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“El valor de Sonic Youth debe calibrarse en niveles de influencia”

Blas Fernández | 17 de noviembre de 2013 a las 5:00

Foto: Carles Rodríguez

Foto: Carles Rodríguez

Veterano de la crítica rock española, Ignacio Julià (Barcelona, 1956) pisó redacciones históricas, incluidas las de Star y Vibraciones, antes de embarcarse en la fundación de Ruta 66, como la revista de cuyo cisma surgió, Rockdelux, una de las cabeceras musicales emblemáticas de la era preinternet. Autor de una de las más celebradas biografías de The Velvet Underground (Feedback. The Velvet Underground: Legend, Truth, 2011) y de libros sobre John Lennon, Neil Young y Bruce Springsteen, entre otros, en Estragos de una juventud sónica (Alterna Editorial, 2013) retorna a uno de sus fetiches esenciales, la banda norteamericana Sonic Youth, punto y aparte del alternativismo norteamericano de los 80 y 90 a la que ya había dedicado, amén de otro volumen firmado junto a Jaime Gonzalo, decenas de reseñas, artículos y entrevistas. Sólo que en esta ocasión lo hace entrelazando sus propias vivencias con las vaivenes del singular grupo neoyorquino. “Llevo algunos años en esto y ya había escrito algunos libros, pero con éste tenía una cierta inseguridad sobre cómo iba a ser recibido precisamente por la parte personal que desvela, por incluirme yo mismo dentro de la historia -reconoce-. Mi hija de 23 años, que acabó de leerlo el otro día, aunque ya conocía el percal, se quedó así como… Pero bueno, hay que ir con la verdad por delante”.

-¿Por que Sonic Youth?

-De alguna forma, Sonic Youth me dio la oportunidad de vivir en tiempo real lo que en los 60 me había perdido con Velvet Underground. Los conocí a todos, a Lou Reed, a John Cale, a Nico, a Sterling Morrison, a Maureen Tucker, pero era ya una historia, digamos, acabada aunque siguiesen sus carreras en solitario. Cuando descubrí a Sonic Youth, hacia el 85, por planteamiento sonoro me recordaron poderosamente a lo que había hecho Velvet Underground en los 60. Además, se movían en el círculo del arte conceptual, venían de escuelas de arte. No era una banda de rock pelado, sino que tenía todas esas connotaciones. Tuve la suerte de ser el primer periodista español que los entrevistó, en Nueva York en el 88, justo cuando estaba a punto de salir Daydream Nation, que fue el disco que los lanzó internacionalmente. Me encontré con unas personas que no diferenciaban entre nosotros somos artistas y tú eres periodista, sino que enseguida compartieron su afición y pasión por el rock conmigo.

-Y se convirtió en una relación más allá de lo profesional…

-Iniciamos una relación que siguió a lo largo de los años. El hecho de haberlos seguido disco a disco, gira a gira cada vez que venían a España, me creó una cierta responsabilidad: tenía todo ese material, y tenía que darle forma y publicarlo en español para el público de habla hispana. Porque a diferencia de Feedback, que se publicó en inglés, éste es un libro hecho pensando en el lector de habla española. Ya existen excelentes biografías de Sonic Youth en inglés. Lo que podía darle un color especial a ésta es que fuera muy personalista y muy localista.

-Transgrede una norma básica, la del distanciamiento entre el periodista y el objeto de su narración…

-Estoy en contra de esa ley no escrita. Entiendo que es aplicable a la ciencia: cuando estudias un fenómeno, tu sola presencia como observador ya lo transforma. Ése es un principio sin discusión. Pero el arte es mucho más voluble, más moldeable. Siempre he sentido esa fascinación por la persona detrás de la obra, sin la que no vas a entenderla nunca completamente. Pero el libro intenta conciliar esa proximidad con la distancia crítica, que está ahí. Y aunque esté próximo a ellos, puedo observar su obra con una distancia que ellos nunca tendrán. El peaje del músico es que nunca se va a poder ver en concierto más allá de un DVD. A veces es quién menos conoce y menos puede explicar su obra.

-Hubo un momento, en los primeros 90, en los que decir Sonic Youth era poco menos que decir Dios…

-Es como los mercados, que suben y bajan. De todas formas, creo que en la época en que Sonic Youth eran Dios estaban sobrevalorados. Yo soy muy fan, pero entiendo que es música que no le puede gustar a todo el mundo, como The Pixies o Nirvana, que usan estructuras más simples, más fáciles, más pop, digamos. Pero Sonic Youth, más que una banda, era un colectivo artístico con muchas facetas. Llegó un momento en el que ficharon por una multinacional, hicieron videoclips, entraron en la MTV y grabaron discos como Goo, Dirty o Experimental Jet Set que marcaron a una generación. Desde el estamento crítico, histórico y musicológico, Daydream Nation está incluso en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos como obra esencial de esa época. Pero creo que estaban sobrevalorados, y esto de alguna forma jugó en su contra. Si no lo hubieran estado igual cuando comenzaron a hacer discos menos asequibles o comerciales el bajón hubiera sido distinto. Ni entonces ni ahora: el valor de Sonic Youth debe calibrarse más en niveles de influencia que quizás en valores estrictamente musicales. Y la influencia ha sido enorme.

estragos_blog-También su valor musical, al menos en determinada época. Quizás por eso sorprende más la celeridad de su invisibilidad tras la disolución.

-En el caso de Velvet Underground, no se comen un rosco en los 60 y después resulta que son tan importantes como The Beatles o Dylan: prácticamente el tríptico sin el que no se entiende la música moderna. El caso de Sonic Youth es similar: la influencia es casi superior al valor musical intrínseco, aunque éste para mí sea muy elevado. Son los primeros en Estados Unidos que salen a la carretera metidos en una furgoneta y prácticamente crean un circuito, llamando a clubes, a bares, y tocando en sitios donde jamás habían escuchado ese tipo de música. Eso, que ocurre en la misma época en la que el hardcore está creando su propio circuito alternativo, crea una infraestructura, apoyada también en las radios universitarias, que da pie a un submundo en el que luego se sustentarán el rock alternativo y el grunge en los 90 para dar el gran salto. Sin ese circuito, por ejemplo, no se entiende a Nirvana, que es el grupo que dispara la alarma y hace que todas las multinacionales se pongan a contratar a bandas a diestro y siniestro. Como el punk en los 70, empuja a toda una generación a montar grupos, gente que se dice que no es necesario ser un virtuoso de la guitarra. De ahí surge el indie español, Los Planetas, El Inquilino Comunista, toda esa generación tan importante, ahora ya un poco superada, sin la que no entenderíamos fenómenos posteriores como el Festival de Benicàssim o el Primavera Sound.

-Y no obstante, se les acusa de manera reiterada de presunción por manejar conceptos artísticos; se les embarca en esa permanente confrontación entre el arte y la presumible naturaleza salvaje del rock…

-Sufrimos la herencia de ese pasado histórico que contempla el arte como algo superior, sublime, destinado a las élites y a la burguesía. Pero todo es arte, y si lo llevamos a su mínima expresión, una forma de pasar el tiempo. Así que no entiendo muy bien esa dicotomía. Volviendo a Velvet Underground, son ellos quienes dan una pátina de literatura al rock. De pronto Lou Reed se pregunta ¿por qué no puedo utilizar el lenguaje en una canción como lo hace Delmore Schwartz en un cuento y que esa canción no sea únicamente tutti frutti o be bop a lula? Pero dentro de ese mismo grupo estaba Sterling Morrison, que decía que el rock no debía tener ningún significado, que debía ser una onomatopeya, una vuelta a Little Richard. Lo cierto es que esa dicotomía sigue existiendo: hay gente para la que el rock ha de ser pura diversión, sin  ningún significado o trascendencia social. Pero hemos llegado a un punto en el que todo está tan mezclado que intentar hacer ese tipo de separaciones es inútil. Ellos se acercan al rock de un modo muy desacomplejado. Cuando en el 92 les pregunto qué opinan cuando los llaman arty, no lo entienden. ¿Arty nosotros? Dentro del grupo había personalidades muy distintas. Thurston Moore sería el rockero prototipo cien por cien, coleccionista compulsivo de discos de grupos raros y, de algún modo, más superficial; Lee Ranaldo sería la persona que admira y sigue a Dylan, el rock de la Costa Oeste, Grateful Dead, Jefferson Airplane…; Kim Gordon sería la que tiene un peso específico artístico más importante, la persona que viene del arte conceptual y entiende mejor que nadie en el grupo que el arte no tiene que ser artefacto, que puede ser un postulado, una idea o un proyecto… Pueden abordar temas políticos o religiosos, muy presentes en su música. El complejo católico de Thurston, por ejemplo, erupciona en muchas canciones que utilizan la imaginería del catolicismo para revertirla y convertirlo en algo distinto, para transgredirlo. Y hay también, aunque más difuminada, una visión política que está incluso en los primeros discos. Bad Moon Rising es una visión apocalíptica y esperpéntica de la América de Reagan, seguramente el principio de lo que estamos viviendo ahora, ese mundo que comienza a gestarse con Reagan y Thatcher.

-¿Es Sonic Youth un fenómeno genuinamente estadounidense?

-Indudablemente, por esa mezcla de ingenuidad e intrepidez que distancia a la cultura y el arte estadounidenses del europeo, más condicionado por su pasado. Además, gran parte de su obra documenta, analiza y critica, aún de modo entre gráfico y subliminal, la sociedad norteamericana y su proyección. En especial el modo en que los dogmas religiosos y políticos, o los todopoderosos medios de comunicación, moldean y controlan al ciudadano.

-Y como recuerda en el libro, “establecen conexiones con otros ámbitos: sus raíces temáticas en la beat generation y la cultura de masas, musicales en el rock más subterráneo y la vanguardia, visuales en la pintura, el collage, el cine, la videoinstalación…”

-Yo nací en el 56, así que vengo de una cultura literaria, de un cine de calidad, de arte y ensayo… Y de pronto Warhol nos dice que un bote de sopa de un supermercado puede ser un objeto artístico tan importante como cualquier otro. La gran lección del relativismo de los 60, que está en Marshall McLuhan, que está en Warhol, es que todo puede juntarse y que de hecho es bueno hacerlo. Aunque Godard siempre recuerde que se inventó en el XIX, creo que el cine fue seguramente el arte del siglo XX. Y es el primer ejemplo de un arte que acoge a todos los demás: es pintura, fotografía, literatura… Estamos en un momento en el que a nadie entre 25 y 30 años le puedes discutir que, en el actual mundo digital, arte es todo, y que todo está interrelacionado. La música sólo es hoy una parte más de ese universo paralelo que es el ámbito digital. Quizás por ello el rock ha perdido la preponderancia, la importancia y la trascendencia que tuvo en su día. La potencia que tenía un disco en los 60 no es la de hoy para un chaval de 20 años, al que los impactos informativos le llegan desde todas partes. Ese potencial del rock se ha perdido; ahora, entre comillas, es una parte más de ese mundo del entretenimiento. El final de Sonic Youth entronca también con el final de ese rock tal y como lo conocíamos. Actualmente es muy difícil que el rock pueda tener la importancia que tuvieron ellos o que tuvieron sus ahijados Nirvana.

-Eso que dice, y que también está en el libro, entronca con la tesis de una columna para la web de Rockdelux en la que, poco menos, consideraba finiquitado el papel tradicional de la crítica musical…

-Aquella columna, que ha tenido una gran repercusión en blogs e incluso en periódicos, debía tomarse con una buena cucharada de ironía y pillándole el sarcasmo. Era una radiografía de la situación actual de un gremio minoritario, el de los críticos musicales, que hoy se ven desplazados por los espontáneos opinadores que proliferan en Internet, empobrecidos en su modo de vida por los recortes brutales que ha sufrido en los últimos años la prensa, y en cierto modo dejados atrás por una nueva realidad en plena transformación, la de la otra dimensión de lo digital, donde la música rock ya no es algo central, sino un elemento más. Mi artículo planteaba que quizás esta nueva abundancia y disponibilidad de la música redundaría en oyentes con mayor criterio propio, quedando el crítico relegado al rol de un veterano experto que deberá aportar contexto, ayudar a relacionar músicas con otras músicas y sus nexos con otros aspectos culturales de la nueva realidad global. El problema, llegados a una cierta edad, es que los críticos especializados de nuestro país no pueden ingresar en la academia, por así decirlo, como ocurre en el ámbito anglosajón, donde las universidades dedican cursos y cátedras a la cultura del rock.

-Le confieso que, tras años de enconada y proverbial rivalidad entre Ruta 66 y Rockdelux, me sorprendió descubrirlo firmando en esta última…

-Cuando Rockdelux estrenó su web se me invitó a colaborar con una columna y acepté. Han sido dos años y nueve columnas, que han tenido una gran acogida, pero la colaboración ha llegado a su fin, como insinuaba la última entrega. Es cierto que durante años hubo una manifiesta rivalidad entre Ruta 66 y RDL, pero ambas revistas han evolucionado y, además, el momento crítico que está pasando la prensa especializada, por el trasvase al mundo digital y la caída de publicidad que ha conllevado la crisis, llama a sinergias en el sector, no a enfrentamientos.