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Un repaso al MUF 2008

Blas Fernández19 de mayo de 2008 a las 11:30 am

Disculpen que lleve algunos días sin actualizar el blog, pero es que el pasado jueves 15 me marché a Huelva para asistir al Músicas Urbanas Festival, MUF 2008, y me ha sido técnicamente imposible: olvidé en casa la fuente de alimentación de mi maltratado portátil, al que la batería apenas le dura ya quince minutos. Teniendo en cuenta que acaparé durante horas el ordenador a disposición pública del hotel donde me alojaba para terminar de preparar la charla que me tocaba dar el sábado 17 –menos mal que no me olvidé el pendrive con toda la documentación necesaria–, usarlo también para actualizar La Ventana Pop, ante la mirada impaciente de otros huéspedes, se me hacía de mala educación.

Hago un resumen de la segunda edición del festival, organizado por la Empresa Pública de Gestión de Programas Culturales (Epgpc), dependiente de la Consejería de Cultura, en colaboración con diversas instituciones y entidades, entre ellas la Universidad de Huelva.

Día 1, 19.30: Qué mal rollo da ver la sala de exposiciones de Cantero Cuadrado prácticamente vacía. Antes de los conciertos, al periodista y crítico musical Fermín Lobatón le llegaba el turno de hablar sobre Diálogos entre el jazz y el flamenco, y lo cierto es que le tocaba hacerlo ante apenas una docena de espectadores. En familia, pero con la misma dedicación que si hubiera un regimiento, Fermín desgranó la historia de los acercamientos del flamenco a otros géneros, desde el Rock Encounter de Sabicas y Joe Beck a la reconstrucción con un cierto toque jondo, todavía inédita, del Kind of Blue de Miles Davis que han grabado varios músicos de jazz gaditanos.

Tras su conferencia, servidor tuvo que elegir entre cenar algo o ver a Omar Sosa. Conclusión: vamos a tomarnos unas tapas (¡qué hallazgo el Garbanzo de Oro!). Eso sí, volví a tiempo de escuchar a Dave Holland con Pepe Habichuela, uno de esos curiosos cruces que Manolo Ferrand ha puesto en pie desde la Epgpc y que pronto quedará registrado en un disco. El concierto estuvo bien, aunque a mí no llegó a pellizcarme. ¿Por qué? Si reviso mis hitos personales de encuentros flamencos-lo que sea la lista queda así: La leyenda del tiempo, Veneno, Blues de la Frontera, Songhai, Omega, Melismas, Retorno al principio y La leyenda del espacio. Cada uno de esos discos, algunos con todo el reconocimiento merecido y otros sin apenas repercusión, me vapuleó o me llamó poderosamente la atención sobre qué direcciones podían seguir esos cruces. En definitiva, eran caminos por explorar, posibilidad de la que la hermosa música que en comandita crean Holland y Habichuela se aparta: eso ya lo hemos escuchado antes. Por cierto, fue el único día que el salón de actos de Cantero Cuadrado (179 localidades) se llenó.

Día 2, 19.30: El conferenciante de turno y yo como único espectador. 19.45: El conferenciante, un servidor y tres espectadores más. Lamentable, porque el conferenciante era y es un tipo muy, pero que muy interesante y también lo es el tema sobre el que iba a hablar, El nuevo rock en Iberoamérica. Félix Allueva es presidente de la Fundación Nuevas Bandas de Venezuela, escritor, investigador, profesor, locutor de radio, productor discográfico y promotor de conciertos y festivales –seguro que me dejo algo–. Su conferencia fue una delicia –se le notaban las tablas didácticas– salteada de muestras sonoras y videográficas que puso el dedo en la llaga: lo poco que a este lado del océano seguimos sabiendo de las escenas pop hispanoamericanas.

La intención de Félix era repasar la fértil historia del rock mexicano desde los 50 hasta nuestros días, ejemplar en el continente, y luego dar el salto a otras escenas locales, pero para cuando se dio cuenta llegaba la hora de los conciertos y tuvo que cortar. Una lástima.

Hago aquí un inciso para comentar que tanto Ferrand como Allueva están implicados ahora en la creación de una red de festivales musicales hispanoamericanos que facilite el intercambio de artistas en uno y otro sentido. La próxima reunión de vocales de esta asociación se celebrará en Sevilla los días 4, 5 y 6 de junio dentro del marco de Territorios Digitales y está previsto que acudan participantes de varios países, así que, aprovechen los músicos andaluces para hacerles llegar sus discos y maquetas, que de estos encuentros siempre salen contactos interesantes.

Vuelvo al MUF y a la pregunta que me asaltó tras cada conferencia: ¿alimento para el espíritu o para el cuerpo? Esa noche tocaban DJ Olive y VJ Mongo y el grupo que más me apetecía (volver a) ver de todo el festival, 12Twelve. “A ver Félix, nos tomamos unas tapas y regresamos a tiempo para 12Twelve. ¿Vale?”. Craso error: o nosotros nos enteramos mal o la organización decidió a última hora cambiar el orden de los grupos. El caso es que para cuando volvimos al salón de actos de Cantero Cuadrado 12Twelve estaba terminando su concierto ante ¡no más de veinte espectadores! Increíble, y triste. El par de temas que escuché, fenomenales.

Día 3, 19.30: Tres espectadores. “Esperemos unos minutos”. 19.45: Ocho. “Vamos allá”. Mi charla giraba en torno a El pop en la era digital y la dediqué a intentar desmontar algunas de las habituales falacias en torno a una supuesta crisis en la creatividad musical derivada de la actual crisis discográfica. De partida, cabe apuntar lo obvio: que industria musical e industria discográfica son dos cosas relacionadas, pero distintas; la primera es un todo del que la segunda forma parte, y la crisis en esta última no afecta en ninguna medida a la creatividad de los músicos. Bien al contrario, lo que han conseguido internet, el MP3 y en general las nuevas tecnologías digitales es poner a disposición de melómanos y músicos la gran biblioteca universal de la música, proporcionándoles herramientas para la formación de la escucha y del gusto inéditas, al menos en esta medida, a lo largo de la historia.

La guerra sucia de las grandes discográficas y entidades de gestión de derechos de autor contra sus potenciales clientes, el consecutivo incremento de los índices de asistencia a espectáculos en directo en España, el entramado de blogs y su incidencia en la transformación de la información musical en los medios de comunicación tradicionales, la incógnita sobre la viabilidad comercial de las licencias Creative Commons y el auge del mercado especializado y la revalorización del vinilo fueron otros de los temas que traté, confiado en no haber aburrido en exceso a mi exigua audiencia.

Los conciertos de la noche los protagonizaron Paul Collins –ni fu ni fa– y Lucas 15, ese proyecto con el que Nacho Vegas y Xel Pereda pretenden darle un aire de rockismo contemporáneo al folclore asturiano. A mí Nacho Vegas, francamente, no me ha interesado nunca demasiado –esta cuestión me ha costado algunas de las discusiones más acaloradas de los últimos años–; Lucas 15, tampoco. El aforo, regulín: media entrada.

Así que del MUF, más allá de la rabia de haberme perdido a 12Twelve, me traigo un recuerdo musical escaso, pero sobre todo una pregunta: ¿qué falló para que hubiera tan poco público en conciertos y conferencias? ¿El cartel? ¿La promoción? ¿Qué pasa en Huelva?

Rewind

Blas Fernández8 de mayo de 2008 a las 10:25 am

Leyendo hoy este interesante artículo de Iker Seisdedos en El País, he recordado una columna que escribí hace casi un año, once meses para ser exactos, en la antigua web de La Ventana Pop. La combinación MP3-vinilo se perfilaba ya entonces como una alternativa de lo más razonable para la supervivencia de los sellos discográficos que se dedican a la música (esto puede parecer una obviedad o una perogrullada, pero no lo es); hoy resulta una realidad incontestable. Les dejo con aquel texto.

El finado, el enterrador y el espectador socarrón

“Como en cualquier otro ámbito, los cambios tecnológicos afectan a la base de la economía de la empresa discográfica. La remuneración de los artistas dejará de proceder de la venta de discos –ahora compactos– para pasar a depender de la suscripción a una pequeña cuota que dará derecho a conseguir cualquier disco, en cualquier lengua, en cualquier momento y en cualquier lugar. La tendencia ya ha empezado, y sólo es cuestión de unos pocos años para que cope todo el mercado. Estoy convencido de que ello cambiará por completo la pauta de supervivencia de empresas y bandas, y las características de las mismas”.

El responsable de estas palabras no es ningún peligroso ciberpunk empeñado en hundir la industria discográfica convencional; tampoco ningún activista procopyleft preocupado por la libre difusión, o al menos por la difusión a precios ajustados, de los bienes culturales intangibles. Bien al contrario, se trata de un liberal de tomo y lomo, defensor acérrimo del británico gobierno de Margaret Thatcher; un antieuropeísta convencido inmerso en la macroeconomía desde los años 60. Es el Príncipe Rupert Loewenstein, encargado en 1970 de sanear la entonces maltrecha economía de The Rolling Stones y gestor financiero de la banda hasta bien poco, cuando, tras 37 años amasando ingentes cantidades de pasta para el incombustible grupo –en torno a 2.000 millones de dólares, se calcula– decidió que había llegado el momento de jubilarse.

Su reflexión en torno al futuro cercano de esa industria que se mueve con la lentitud de un mastodonte apareció publicada hace ya algunos años, en 2003, en According to The Rolling Stones, aquel divertido mamotreto, editado en España por Planeta, en el que Jagger, Richards, Watts y Wood no se cansaban de hablar bien, en primera persona, de sí mismos.

Salteados entre interminables entrevistas –en las que, por lo general, uno acaba con la sensación de que los entrevistadores han evitado los aspectos, digamos, más problemáticos de la historia del grupo–, se ensartaban artículos de personajes vinculados a la historia de los Stones, entre ellos, el mencionado Loewenstein, de una clarividencia, quizás, cuestionable, pero de un olfato financiero irrefutable.

Que el modelo de negocio discográfico está cambiando es algo que ya no duda nadie, ni siquiera quienes queman sus últimos cartuchos estructurando imponentes lobbies de presión y judicializando cualquier actitud disidente. Lo que no deja de ser un interesante ejercicio de anticipación es hacia dónde. Para Loewenstein, suscripción mediante, se dirige a la descarga digital y a la desaparición del soporte físico. Hasta aquí, desde luego, nada nuevo, y puede que hasta equívoco.

¿Es el mercado de coleccionistas meramente testimonial? Bueno, no es nada en comparación con el macromercado, pero sí que es lo suficientemente activo, además de entregado, como para reportar beneficios a quien los sepa ver. Basta fijarse en algunos irreductibles sellos independientes, o incluso en las cuidadas colecciones de algunas multinacionales, que o bien nunca han abandonado la edición en vinilo o bien han decidido recuperarla. En este sentido, resulta muy significativa una última tendencia detectada cada vez con mayor fuerza: la de los vinilos que incluyen, de regalo, la versión en CD.

Es el caso por ejemplo del –para mí brillante, aunque me temo que también incomprendido– Sky Blue Sky de Wilco, entre cuyas dos magras rodajas negras de 180 gramos se encuentra uno, entre incrédulo y sonriente, con esa mínima expresión de plástico plateado. No deja de tener su gracia. Llegamos a pensar que el CD había matado al vinilo y ahora resulta que no, que, a diferencia de lo previsto, es éste el espectador socarrón de un funeral en el que el MP3 ejerce de enterrador.

Autor

Inmerso en el periodismo y la crítica musical desde comienzos de los años 80, Blas Fernández ha trabajado en diversos programas de radio y televisión y firmado múltiples artículos en revistas especializadas y prensa generalista. Desde 1999 es redactor de Cultura del Grupo Joly, donde además mantiene una página semanal de crítica discográfica.

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