Que Kurt Wagner sigue en estado de gracia es una evidencia. Lo constata esa maravilla que abre la última entrega en la ya larga, muy larga, trayectoria de Lambchop, Ohio, una canción queda, de delicadeza extrema, que acaba adquiriendo consistencia en su propia evanescencia (parece un trabalenguas contradictorio, pero haga la prueba).
Que la edición de literatura musical en España vive uno de los mejores momentos de su historia, si no el mejor, parece un hecho evidente atendiendo a las publicaciones de sellos como Robinbook, Global Rhythm Press o Ediciones Lenoir, entre otros. A esa constelación de editoriales especializadas se ha sumado recientemente Metropolitan Ediciones, nacida al amparo de la discográfica independiente Mushroom Pillow –casa de grupos como Sr. Chinarro, Tarik y La Fábrica de Colores, Travolta y Triángulo de Amor Bizarro– y estrenada con sendas biografías de dos personajes de hechuras monumentales, al menos si reparamos en la fundamental influencia que su legado ha dejado en el tiempo, Nick Drake e Ian Curtis.
Más allá de sus respectivas herencias –cortas en cuanto al número de referencias discográficas, enormes en su repercusión–, ambos comparten además destino trágico: muerte prematura y autoinducida, aunque en el caso de Drake, Trevor Dann, autor de Más oscuro que el más profundo mar, vuelva a dejar en el aire las dudas razonables sobre si su fallecimiento fue consecuencia o no del suicidio.
Sólo los hechos
Pese a llevar en activo desde 1974, empleando buena parte de esos años como director de programas de la BBC, y de haber trabajado para diversos medios impresos –The Times, The Guardian, Mojo…–, Más oscuro que el profundo mar. En busca de Nick Drake, publicado originalmente en Gran Bretaña el pasado 2006 y bien traducido al español por Miguel Serrano Larraz, es el primer libro de Trevor Dann, quien parece haber encontrado en una más que evidente pasión por la figura y obra de Drake (Rangún, Birmania, 1948-Tanworth-in-Arden, Inglaterra, 1974) el vehículo idóneo para armar su ópera prima.
Dann no se anda por las ramas y, lejos de trazar el recorrido cronológico habitual, arranca su obra con la llegada del biografiado a Cambridge en 1967 –de hecho, no comenzará a explorar los antecedentes familiares y la infancia del personaje hasta pasadas más de cincuenta páginas–, punto de partida de la extraña y en su día ignorada carrera discográfica de Drake.
Voluntariamente ajeno a la intrepretación de unos hechos no siempre comprobados o divergentes según qué versión de la historia, el periodista prefiere reunir una vastísima documentación, procedente tanto de incontables entrevistas directas con allegados al músico como de otras fuentes solventes –programas de radio, publicaciones, documentales televisivos y radiofónicos…–, para montar un relato de encomiable pulcritud quizás sólo sutilmente personalizado en un aspecto discutible, la percepción, reiteradamente insinuada, que Trevor Dann tiene del productor Joe Boyd, elemento esencial en el devenir de Drake, como un personaje cuanto menos oscuro. Para equilibrar esa visión resulta muy recomendable conocer la versión del propio Boyd, recogida en el ineludible volumen Blancas bicicletas (Global Rhythm Press, 2007). Completa la obra, que se interroga a fondo sobre la influencia que el músico ha tenido en generaciones posteriores, una pormenorizada revisión de la discografía de Nick Drake.
PD: Ésta es una buena web sobre Nick Drake en español.
La mujer dolida
Prescindible en cuanto a su errático estilo, su mala traducción y hasta lo descuidado de su edición, pero altamente recomendable como documento de primera mano, Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division, libro publicado por primera vez en Gran Bretaña en 1995, es el descarnado retrato que Deborah Curtis, viuda del líder de la célebre banda, hace de su marido (1956-1980), personaje, qué duda cabe, de compleja y atormentada psicología.
Sin embargo, parece inevitable reseñar que sobre ese relato gravita por momentos la sensación de asistir a un cierto ajuste de cuentas por parte de una esposa despechada, dolida no sólo por la infidelidad de su pareja, sino también por su carácter caprichoso, desdeñoso y cruel. En este sentido, y haciendo un inciso, hay que apuntar que ése es precisamente el matiz que el realizador Anton Corbijn ha sabido filtrar con acierto en su algo más que correcta película Control, todavía inédita en nuestras pantallas, que toma precisamente el libro de Deborah Curtis como base de su guión.
Acompaña a la narración un amplio repaso a la discografía, las letras de todas las canciones grabadas y algunas inéditas –desgraciadamente, sólo traducidas al español– y diversos escritos inconclusos.
Ahí les dejo de postre el enigmático e inolvidable vídeo de Atmosphere, dirigido en su día por el propio Corbijn…
La primera de las tres jornadas de la IV edición del sevillano South Pop Festival tras su traslado al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo arrancó con una mala noticia: Pauline en la Playa se caía del cartel porque, literalmente, una de las hermanas Álvarez, Mar, se caía del escenario, justo tras acabar su prueba de sonido, mientras bajaba la escalera. Traslado inmediato al Virgen Macarena y diagnóstico en urgencias: fractura doble de tobillo requerida de intervención quirúrgica. Tanto la paciente como su hermana, Alicia, decidieron que lo mejor era que la operación se llevase a cabo en su ciudad, Gijón. Ambas abandonaban el centro hospitalario sobre las once de la noche y hoy partían, a las cuatro de la tarde, en vuelo directo hacia casa.
En eso quedó el susto –pudo ser peor–, en eso y en el desconcierto y la pesadumbre que pareció adueñarse de la organización durante las primeras horas del festival. El accidente no sólo provocó un retraso de cuarenta y cinco minutos respecto a la hora de inicio anunciada, las 19.30, sino también un cierto nerviosismo traducido, quizás, en la deficiente sonorización sufrida por la banda encargada de abrir el South Pop.
No. No debe de resultar nada fácil sonorizar a una formación tan numerosa y ambiciosa en sus planteamientos como Limousine, que acabó, en cualquier caso, pagando el pato: su flamante rock psicodélico quedó reducido durante buena parte del concierto a esa temible bola de sonido en la que uno, por más que se esfuerce, apenas distingue los muchos instrumentos sobre el escenario. Sólo en la última y contundente canción consiguieron desde la mesa de mezclas poner un poco de orden, sirviéndonos una imagen tardía de lo que pudo ser y no fue. Lástima, porque el grupo cordobés merecía, sin duda, mejor suerte.
Los siguientes en subir al escenario fueron A Hawk and A Hacksaw, propuesta procedente de Albuquerque, Nuevo México, y encuadrable, como la de sus paisanos Beirut, en ese singular proceso de reivindicación desde el universo pop de la música balcánica. Pero si tanto la peculiar oferta de Zach Condon como los propios discos de A Hawk and A Hacksaw mantienen ese nexo con el pop, en directo Jeremy Barnes y Heather Trost optan por prescindir de él y transcribir su repertorio para el acordeón, el violín y unas mínimas percusiones. En ese proceso, me temo, se pierde buena parte del interés que tiene su música, los muchos matices desplegados por unos metales y cuerdas aquí tan inexistentes como las hermosas melodías vocales, también borradas del mapa.
Si pintoresco resulta que un grupo de Albuquerque haga música zíngara, más paradójica le parece a quien firma esta crónica esa corriente testimonial que atraviesa el pop español cantando en francés (¿?). Más resolutivos y potentes en directo de lo que cabía esperar, uno no puede sin embargo dejar de preguntarse qué hace una banda de Pamplona como Souvenir traduciendo a ese idioma un clásico del rock nuevaolero en inglés como Hangin’ On The Telephone, de Blondie. ¿Rizar el rizo?
Así las cosas, tuvimos que esperar hasta cerca de la medianoche para sentir justificada la asistencia al festival, que encontró en el sueco-argentino José González a su redentor. Cantante y guitarrista de extraordinaria sensibilidad, como atestiguan sus dos imponentes discos, Veneer (2003) y In Our Nature (2007), González aglutina un brillante catálogo de referencias folk y pop manejadas con extraordinaria solvencia. Bebe de Nick Drake, sí, pero también de Víctor Jara –el toque percutivo, rítmico de las seis cuerdas y sus hermosos tejidos armónicos–, del primer Caetano Veloso, de la música africana y de Crosby, Stills & Nash –los juegos a dos y tres voces–. No hay trampa ni cartón, sólo los elementos tan sabiamente manejados en esos discos enormes. En solitario con la guitarra española, primero, o flanqueado luego por los coros y los detalles de percusión y teclado, José González impuso un respeto proyectado desde la fascinación que sus canciones infunden. Las suyas y, claro, también las ajenas. La magistral revisión de Teardrop de Massive Attack cayó justo al final, pero mayor aún fue la sorpresa del bis, el Love Will Tear Us Apart de Joy Division. Ovación cerrada, sentida y merecida.
Me disculparán, pero tras semejante despliegue de talento, lo de Friska Viljor, rock juerguista de alta graduación alcohólica, sonaba a broma.
PD: La foto de José González no corresponde al concierto del South Pop, es de recurso. Estos vídeos que vienen a continuación, tampoco. Pero qué bonitos son…
Inmerso en el periodismo y la crítica musical desde comienzos de los años 80, Blas Fernández ha trabajado en diversos programas de radio y televisión y firmado múltiples artículos en revistas especializadas y prensa generalista. Desde 1999 es redactor de Cultura del Grupo Joly, donde además mantiene una página semanal de crítica discográfica.