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Las voces acordes de Niño de Elche

Blas Fernández | 18 de abril de 2015 a las 5:00

Niño de Elche, en la librería La Fuga de Sevilla. / Foto: Celia Macías

Niño de Elche, en la librería La Fuga de Sevilla. / Foto: Celia Macías

nino_elche_portada_blvpVoces del extremo. Niño de Elche. Rock jondo. Autoedición. Descarga digital con licencia CC.

Embarcado desde hace tiempo en una incesante actividad que, sólo en los últimos meses, lo ha llevado a producir y dirigir un documental –Sobre MH–; publicar vía Knockturne Records una cassette registrada en vivo, junto al grupo experimental alicantino Seidagasa, en la casa natal de Miguel Hernández –Calle de arriba, 73– o a preparar la presentación del espectáculo Raverdial en el festival barcelonés Sónar junto al dúo sevillano Los Voluble –integrado por los hermanos Benito y Pedro Jiménez–, Francisco Contreras Molina (Elche, Alicante, 1985), alias Niño de Elche, desborda prácticamente desde sus primeros pasos –Mis primeros llantos, Dienc, 2007– los presumibles cauces de un cantaor flamenco. Y Niño de Elche lo es, qué duda cabe, aunque su innata curiosidad por experimentar con formas y sonoridades en principio ajenas al género lo reubica tanto en un universo mayor como en la cósmica estela de otros aventureros de lo jondo de ayer y hoy –es recurrente la comparación con Enrique Morente, aunque lo suyo quede generacionalmente más cerca de la absoluta libertad creativa del bailaor sevillano Israel Galván o del desprejuiciado conocimiento musicológico de la cantaora onubense Rocío Márquez, con la que ha colaborado en varias ocasiones–.

Niño de Elche, que mantiene además una apretada agenda de conciertos, bien en formatos flamencos más o menos tradicionales o poniendo en pie cualquiera de los múltiples proyectos propios o conjuntos en los que participa, se apunta con indisimulada avidez a cualquier idea o reto que sacuda la fosilizada imagen de un género que muchos pretenden sacro, intocable, premeditadamente inconscientes, en incontables ocasiones, de su natural bastardía (la de cualquier otra expresión musical, sin ir más lejos). Así, Francisco Contreras presta su voz al coreógrafo Juan Carlos Lérida; graba con el dúo experimental José Cicuta o deja escuchar su quejío junto a los rockeros Kaufer.

De uno de esos encuentros crece y florece este sorprendente Voces del extremo que nos ocupa. Colaborador en De palmas y cacería (2013), tercer álbum de Pony Bravo, no cuesta mucho entender el grado de complicidad que Niño de Elche parece haber alcanzado con el grupo sevillano: la misma curiosidad de unos es, al fin y al cabo, la del otro.

Daniel Alonso, vocalista y teclista de la formación, se pone al frente de la producción, tarea en la que cuenta con la ayuda de otro integrante de la banda, Darío del Moral, y de Raúl Pérez –ingeniero de sonido, productor de los discos de Pony Bravo y de una significativa porción de algunos los mejores discos españoles de rock de los últimos años–. Se prestan al juego, además, músicos como el contrabajista Javier Mora y los guitarristas Raúl Cantizano y Fernando Junquera, otros cómplices de largo recorrido que contribuyen a dar al álbum ese carácter de excepcionalidad, de nueva vuelta de tuerca en la ya larga historia de encuentros (y desencuentros) entre flamenco y rock.

Niño de Elche ya lo había intentado en su anterior trabajo firmado con nombre propio, Sí, a Miguel Hernández (2013), pero, por abundar en una fórmula ya reiterada de acercamiento entre ambos mundos, aquel homenaje al poeta –figura en torno a la cual pivota buena parta de la obra del cantaor hasta la fecha– carecía quizás de la inventiva y el riesgo, también de la frescura, que Voces del extremo despliega del primer al último (y décimo) corte, alternando piezas de una sonoridad eléctrica exuberante –la enorme pulsión krautrock de Que os follen, El comunista y Mercados; el aire a reggae marciano de Miénteme; los sincopados teclados de Estrategias de distracción…– con otras canciones de apariencia desnuda, ésas a las que Niño de Elche se enfrenta apenas flanqueado por uno o dos instrumentistas –Nadie, Canción de corro de niño palestino, Informe para Costa Rica, Han sido 30 años y la cenital Canción del levantado / Notificaciones, estas dos últimas con Junquera tejiendo redes de cuerdas, limpias o saturadas, que bien pudieran remitir a los discos en solitario de Tom Verlaine–.

Musicalmente, Voces del extremo es un disco deslumbrante, y lo es tanto por la interpretación de Francisco Contreras como por la pericia y entrega de los músicos que lo acompañan. Y deslumbra en tal medida que uno tiende a pasar por alto –así lo induce el conjunto– que quizás no todos los textos de las diez canciones están a la misma altura.

Nutrido en lo lírico por poemas procedentes de los encuentros que dan título al álbum, celebrados en Moguer desde 1999 con el apoyo de la Fundación Juan Ramón Jiménez y la coordinación del poeta Antonio Orihuela, Voces del extremo recala con comprensible y más que justificada rabia en eso que algunos denominan poesía de la conciencia –a esa corriente se adscriben los autores seleccionados–, en ocasiones tan concienciada que casi pierde, ¡oh!, cualquier pretendida connotación poética. Pero no ocurre nada (malo): es tal la convicción con la que Niño de Elche defiende esas tonadas que se sobra y basta para insuflarles él mismo toda la poesía necesaria.

Niño de Elche presenta en directo Voces del extremo este sábado a las 22:00 en el Teatro Alameda de Sevilla dentro del espectáculo de clausura de la XVII edición del Festival Zemos98.

El día que ‘Bill’ nos mató

Blas Fernández | 23 de abril de 2014 a las 12:34

Una canción -¡una sola canción!- le ha bastado a Hi Corea! para protagonizar un debut ciertamente fulgurante y sorprendente. Bill, volcada ayer por sorpresa en el soundcloud de la formación, encontraba rápida respuesta y difusión a través de las consabidas redes sociales, despertando la lógica curiosidad por la banda sevillana y ese anunciado Odd Nature EP, que debería estar disponible a la vuelta del verano.

¿Pero quiénes son Hi Corea!? ¿Está el resto de sus canciones a la altura de esa delicia psicodélica que nos han servido como aperitivo?

Vamos por partes… El núcleo duro del grupo lo conforman el vocalista, guitarrista y teclista Berni Ruiz -anteriormente en Neorama-, el guitarrista y teclista Carlos Moreno -habitual en los directos de Marina Gallardo- y la baterista Clarisa Guerra -antes en Autocine Stoller-. Para algunos directos, avisan, contarán con el refuerzo del percusionista Pepe Benítez (Marina Gallardo, José Cicuta) y el bajista Nacho García (Viento Smith, Marina Gallardo).

La respuesta a la segunda pregunta es… ¡un sí rotundo! Gran parte del encanto de Bill reside en los cuidados juegos de voces que el trío traza sobre tan lisérgica atmósfera -delineada con acierto por el productor del EP, el hiperactivo Raúl Pérez-. Y ésa, con variaciones, es una constante en las otras tres canciones de Odd Nature -con bonita portada a cargo del dibujante Cristian Pineda-, que el grupo aún guarda celosamente a la espera de edición oficial (o autoedición) para el próximo mes de septiembre.

Woods, Tame Impala y Bahamas constan como influencias confesas, pero parece obvio que ni el espíritu de Syd Barrett les queda lejos ni Animal Collective les resultan unos desconocidos. Psicodelia de ayer y hoy compartiendo viaje…

Respecto a las virtudes del grupo en directo, los más curiosos pueden despejar dudas este próximo sábado 26, ya que un concierto de la banda forma parte del amplio cartel de actividades programadas por el Soho Benita en su Spring Fest/14. En concreto, Hi Corea! actuará en la tienda Isadora (Pérez Galdós, 1) a partir de las 20:30.

“El hecho de que un disco suene mejor o peor es un aspecto bastante relativo”

Blas Fernández | 20 de octubre de 2013 a las 5:00

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Pony Bravo, Marina Gallardo, Maika Makovski, McEnroe, GAF y La Estrella de la Muerte, I Am Dive, Las Buenas Noches, Tentudía, Tannhäuser… El nombre de Raúl Pérez aparece bajo el epígrafe productor en cerca de un centenar de discos, muchos de ellos títulos destacados en la reciente escena del panorama musical independiente. Natural del Pozoblanco (Córdoba), llegó a Sevilla a comienzos de la pasada década. Desde hace cuatro años dirige en Espartinas los estudios de grabación La Mina. Ahora la marca se estrena, además, como sello discográfico.

–¿Cómo acabó aquí?

–Si allá por el 2002 te apetecía dedicarte a la producción y a la grabación musical, si querías estudiar sonido, casi lo único que había eran escuelas privadas en Vigo, Barcelona, Madrid y Sevilla. Estuve en la de Vigo, que no terminó de convencerme, y acabé rebotado en Sevilla. Nunca había pensado venirme a estudiar aquí, pero cuando llegué me impresionó la actividad musical, la cantidad de grupos y de sitios para tocar, aunque esto último haya cambiado. Empecé a tocar con The Baltic Sea y a conocer gente. Tenía una especie de carretilla portátil e iba grabando por los ensayos. Así grabé la primera maqueta de Pony Bravo. Ahí estaban las versiones originales de los temas que luego salieron en el primer disco. Y cuando acabé los estudios, poco a poco, fui montando La Mina.

–¿Se puede adquirir con formación académica la sensibilidad que requiere un productor?

–Bueno, ni siquiera había una ingeniería de grabación musical, sino un ciclo superior de sonido en Formación Profesional. Eso te da un conocimiento teórico básico, pero realmente no profundiza. Para mí lo más interesante de estudiar aquí fue el contexto, conocer a la gente adecuada. Por eso me alegro de haberme quedado. La producción musical, como el hecho de tocar un instrumento, se basa en buena medida en tu propia investigación y en tu cultura musical. De hecho, creo que en la escuelas de sonido una de las asignaturas básicas debería ser Historia de la Música. A la hora de producir a un grupo es primordial que el productor esté como mínimo al mismo nivel o, aun mejor, por delante de la banda. No puede venirte un grupo con unos referentes que tú desconoces. Si no tienes ese interés, esa vocación, no te puedes poner a producir.

raul_perez_blog_2–Ésa es otra gran tradición: productor y músico a la vez. ¿Disocia?

–Para un productor ser músico es un plus. Es una herramienta más en tu trabajo, aunque tienes que tener muy claro el rol que desempeñas en cada proyecto. Hay discos en los que el grupo necesita una labor de arreglos o que le soluciones la papeleta de una disonancia que no sabe de dónde viene. Ahí te puedes meter, sí, pero hay otros grupos que tienen muy claro qué es lo que traen y quién tiene la última palabra. Los dos roles están presentes, pero el músico sale después, en las conversaciones posteriores o cuando te piden ayuda. El enfoque es más parecido al de un director de orquesta. Se trata más de concentrar las energía y las intenciones.

–Y en ocasiones, de ejercer como psicólogo…

–Sí [ríe], o de guía espiritual. Al final es cien por cien psicología. Tratas con gente que lleva un año preparando un proyecto que desemboca en tres o, con mucha suerte, diez días frenéticos. El contexto y el momento influyen de manera definitiva en cómo ocurre. Que el ambiente sea propicio, que los músicos estén cómodos, es primordial para que finalmente salga lo que tú crees que puede salir de esas canciones.

–Ésa es una queja extendida: con la disminución en ventas, apenas se hacen ya grandes producciones al estilo antiguo, alquilando un estudio durante un mes y echando mano de una orquesta si el proyecto lo requiere.

–Está claro que eso se ha perdido, pero cuando se pierde una cosa a veces se gana otra. Creo que se estaba pecando de sobreproducción. El lado positivo es que ese menor tiempo en el estudio hace que en muchos casos todo resulte más fresco. Para mí, el hecho de que un disco suene mejor o peor es un aspecto bastante relativo. Además, los precios de los estudios tampoco son ahora los de antes. El volumen general de negocio ha bajado, pero como los precios también lo han hecho, de algún modo se compensa. Y en el plano artístico, esa espontaneidad me sirve: no hay que perder de vista que existen discos clásicos grabados en 40 ó 60 horas; el Bleach de Nirvana, sin ir más lejos, en 24. Y si lo que quieres es experimentar, como grupo te tienes que plantear las cosas de otra forma. En lugar de pegarte un mes en el estudio, ahora, y esa posibilidad no existía antes, haces la preproducción del disco en casa con un home studio. De hecho, creo que las preproducciones se están saliendo ya del contexto del estudio. Cuando ahora me llega un grupo, yo empiezo ya en la mitad del camino, porque cuando contacto con ellos les pido que me manden los temas y ellos, durante meses, los están trabajando y maquetando en casa. Cuando llegan parto de algo que antes no se hacía, que se trabajaba en el estudio. ¿Es menos profesional ahora? En cierto sentido sí, porque hay menos dinero de por medio, porque hay menos gente cobrando de eso, pero no porque se haga peor.

–La Mina debuta ahora como sello discográfico con Temario, primer álbum de Algunos Hombres, un disco que, vaya, no produce Raúl Pérez…

–No quería relacionar directamente el sello con mis producciones. El sello es como una apuesta melómana: ves pasar a muchos grupos delante de ti y te dices qué buena es esta gente. Te gustaría echar una mano más, pero no puedes. Por eso decidí darme el gusto de sacar, en principio al menos una vez al año, una referencia que me apeteciera, producida por mí o no. Algunos Hombres me pareció un grupo ideal, me gusta mucho lo que hacen y son como de mi familia, de mi pueblo. Si hay posibilidad de sacar más referencias al año, pues lo haremos, pero necesito organizar mi trabajo: me falta tiempo.

–Pues ahora tendrá aún menos: vuelve a la música activa con Viento Smith, con gente de McEnroe y Jacob y disco a la vuelta de la esquina…

–Sí, y me apetece mucho. Desde que dejé The Baltic Sea, aunque he tocado en algunos proyectos, no había vuelto a meterme en algo así. Veremos, porque sólo con los conciertos de Pony Bravo, con los que voy en directo como técnico de sonido, ya me quedo sin fines de semana. Es complicado, pero también de las cosas que más me ilusionan ahora.

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–Ha producido los tres discos de Pony Bravo. ¿Intuía la repercusión?

–Creo que era algo que se veía. Cuando llegué a Sevilla y los vi por primera vez ya me dio la sensación de que era algo creíble que podía funcionar. Lo que me alegra es justo que haya sido así. Te pueden gustar más o menos, pero es un grupo que lo hace todo de una forma artesanal, a su manera, sin casarse con nadie y haciendo algo imprevisible, incluso de un disco para otro. Siempre, con cada disco, me han sorprendido. Es difícil pillarles las vueltas incluso para mí, que estoy en el mismo contexto y suelo tener los mismos gustos e influencias. Aún así, siempre me sorprenden. Ver a un grupo tan libre que funciona es algo que me alegra.

–Su peso como productor ha crecido en paralelo a la repercusión de Pony Bravo, pero es sólo una pequeña parte del trabajo. ¿Cuántos discos van?

–Rondan los cien entre álbumes y epés. Sobre todo en los últimos años el trabajo ha sido continuo. Ha habido meses en los que he llegado a grabar tres discos. Un no parar. Ahora intento enfocarlo de otra manera, dejar algo de tiempo entre uno y otro. También me apetece hacer otras cosas, colaborar con otra gente. En enero viene a Sevilla Nigel Walker, el famoso productor, a grabar a un grupo de Huelva, Visión Sonora, a lo que yo ya le grabé un disco hace un par de años. Al tipo le ha llamado la atención, le ha gustado y quiere producirlo. Y vamos a hacerlo en La Mina. Me apetece trabajar con él, compartir puntos de vista.

–¿Productor favorito?

–Me gusta mucho Nick Launay, que ha producido discos muy diversos, desde Nick Cave hasta PIL o Arcade Fire. Y un estudio, Dub Narcotic Studio, de la gente de K Records en Washington. Como concepto me gusta mucho, es como una oficina gigante en la que nada está separado: sello, estudio… Me encantan las cosas que salen de ahí.

–Salvando las distancias, ha intentado algo similar con La Mina…

–Es curioso. El estudio se llamó La Mina porque el primer local donde estuvo, en San Jerónimo, era un auténtico agujero, un local de ensayos sin ventanas, oscuro, con las paredes negras, monstruoso… Luego empezaron a llegarme grupos de fuera, de Barcelona, y el tema del alojamiento se convirtió para mí en algo primordial. Quería que el grupo estuviera en un contexto cómodo. Al igual que cuando componen las canciones están en su casa, me gusta la idea de cuando las graben estén en un ambiente similar, no en un sitio hostil. Por eso me gustan tan poco esos estudios con un aspecto clínico, tan de la tradición inglesa. Prefiero los americanos, más hippies, por decirlo de alguna forma. La idea era enfocar La Mina como un estudio de grabación que favoreciera la comodidad y la convivencia. Pillé primero una casa en Palomares, pero seguí mirando, porque todavía no era justo lo que buscaba. Y entonces encontré la casa en Espartinas, un chalet de finales de los 60 con mucho encanto. Ahí llevo cuatro años. Y lo principal es la comodidad. Cuando iba como músico a grabar a un estudio, la sensación que siempre me quedaba era que podía haber dado mucho más de sí si el contexto hubiera sido idóneo. El sitio donde grabas es muy importante. Lo que te rodea tiene que apoyarte; tienes que sentirte a gusto.

Algunos hombres (son buenos)

temario_blogParadoja: el debut del sello del productor, el Temario de Algunos Hombres, está producido por otro. Pero no por otro cualquiera. Pedro Cantudo dejó muestras de su exquisito gusto como músico en Jubilee, y su experiencia abrillanta aquí unas canciones que se antojarían niqueladas ya de fábrica. La banda de Pozoblanco parece rendir tantas cuentas a la americana y el folk-rock como a ese rock español con punto de partida en los 80 –El chaval de negro, con su aire clásico, podría compartir ilustres referencias con los primeros Nacha Pop– o a algunos paisanos iconoclastas –en el guiño localista de Rosabel está quizás el mismo espíritu que iluminó a Tarik y La Fábrica de Colores–. ¿Busca entonces una banda de rock en español? Atento: ésta tiene posibilidades de llegar a un público amplio sin sacrificar nada a cambio.

En efecto, es éste…

Blas Fernández | 25 de octubre de 2012 a las 7:09

Marina Gallardo, en la época de ‘Some Monsters Die and Other Returns’. / José Braza

This is The Sound. Marina Gallardo. Foehn Records. Rock. LP / CD

Cuando en 2008 Marina Gallardo publicó Working to Speak faltó tiempo para intentar encuadrarla en una presunta escena emergente de cantautoras folkies españolas, y no hace falta dar otros nombres, con el inglés como primera elección a la hora de fijar sus letras sobre el papel. Pero exceptuando el detalle idiomático, fácil y generalista, una escucha medianamente atenta del disco en cuestión servía para cuestionar, por arbitraria, esa apresurada calificación.

El ascendente folk estaba ahí, sí, enredado en los modos y medios de la portuense, pero también había algo más -y X Song era quizás el mejor ejemplo-, una voluntad de esquivar previsiones, de sacar los pies del tiesto, que dos años después, en el hermoso y oscuro Some Monsters Die and Other Returns, comenzó ya a ganar peso y siluetear con mayor nitidez las verdaderas hechuras del personaje -en poco o nada, por cierto, semejante a sus supuestas compañeras de viaje-.

La rotunda e inquietante belleza de aquel título, sin embargo, palidece ahora en comparación con esta nueva entrega, no por avanzada en sucesivos directos -y con urgente fruición vía soundcloud- menos sorprendente en su deslumbrante escucha completa.

This is The Sound argumenta su intencionada declaración de principios en una indisimulada satisfacción -es el disco, su sonido, lo que la provoca sobre el oyente- por haber alcanzado, al fin, un equilibrio perfecto y rotundo entre el qué y el cómo; entre lo que, se intuía, rondaba por la cabeza de Marina Gallardo y aquello que, finalmente, se muestra ante nosotros: una escritora concisa en la longitud sus sugerentes textos que, sin embargo, nos fuerza a ser expansivos en la interpretación de los mismos; una cantante de voz frágil, casi tímida y al tiempo de una dulzura desarmante, muy capaz de provocar tormentas; una compositora bien dispuesta al crecimiento, al juego, a la prueba, que viste ahora sus canciones con unos arreglos tan precisos como proclives a la ensoñación.

En lo último, desde luego, juega su definitivo su papel ese curtido plantel de músicos acompañantes -ni más ni menos que la banda que la flanquea en sus conciertos- al que se suma con tiempo y mimo, tras la mesa de mezclas y colgándose de manera ocasional la guitarra o el bajo, Raúl Pérez, el imparable productor sevillano que, con éste, protagoniza un capítulo más en su espectacular temporada. Entre todos construyen este álbum con vocación de carga de profundidad emocional, uno de esos discos que ganan y calan tras reiteradas e inevitables escuchas, desvelando detalles abonados a la sutileza y por completo ajenos a la grandilocuencia con que hoy se adornan algunas de aquellas colegas de su misma generación.

Bastante menos kraut de lo que algunas actuaciones y declaraciones presagiaban -un eco, no obstante, más que presente en canciones como The War Inside, The Swimmer o Going to Die, de la que el álbum extrae su título: Say you are sorry / I’m going to die / Your breath are waves / This is the sound of music-; enmarcado en una atmósfera alucinatoria de la que surgen cortes de un esplendor casi formal -Tears y su aire vals, So Glad y su cabaret galáctico, Recurrente Dream y su turbadora cabalgada a lo western, Funeral y su solemne vértigo ante la nada; y cómplice de una sensibilidad rock que, probablemente sin pretenderlo, la emparenta con la PJ Harvey poética y conmovedora de Let England Shake -Cold Eye y Longers Days, enormes-, a Marina Gallardo le han bastado tres movimientos para llegar hasta aquí, hasta esta obra madura, redonda, que uno se resiste a tildar de madurez atendiendo a lo que a buen seguro aún está por llegar, pero que hoy, ahora, no se puede imaginar más completa.