El dulce credo de la verdad
LOW. Sala: Teatro Central. Fecha: Lunes 8. Formación: Alan Sparhawk (guitarra y voz); Mimi Parker (percusiones y voz); Matt Livingston Steve Garrington (bajo). Grupo telonero: Úrsula. Aforo: lleno completo.
Abarrotado, sin un asiento libre, con todo el papel vendido: así recibió el Central la esperada actuación de Low, con el presentimiento de la abultada audiencia, cuando no el convencimiento, de que aquello que iba a ofrecer el trío de Duluth superaría con creces los márgenes de lo ordinario. Lo auguraba no sólo el rosario de rendidas reseñas previas desperdigadas a lo largo del itinerario de su gira española –con punto final en Sevilla–, sino el propio carácter de la formación, su talento, su oficio, su imponente discografía y, por qué no decirlo, su leyenda. Y vaya si se cumplieron las expectativas…
La música de Low destila, hasta un grado de depuración embriagador, las múltiples corrientes sonoras que configuraron, y configuran, el crisol del rock americano –resulta fascinante rastrear en ella los referentes gospel, folk, blues, pop, hard-rock…– y lo hace, es bien sabido, a fuego lento, preparando con calma esos momentos de ebullición en los que la tormenta eléctrica desplaza la dulce voz de Mimi Parker (¡qué voz!), los matices de Sparhawk (¡qué voz y qué guitarra!), para desplegar con elegancia toda la intensidad y emoción contenida.
Sin artificio alguno –guitarra, bajo, semibatería– y acudiendo a un repertorio equilibrado –con numerosos y agradecidos rescates de The Things We Lost in The Fire, incluida majestuosa interpretación de Sunflower e hipnótica revisión de Laser Beam–, más que meterse al público en el bolsillo Low se nos metió en el alma, sea lo que eso sea, y no nos abandonó en la hora y media larga de actuación, incluidos los cuatro bises a la carta.
Monkey!, California!, Play everything!, gritó por último un fan repentinamente encarnado en representante de la totalidad de asistentes. Bien pudiera haber sido así: la banda estaba contenta, se notaba, y el público no hubiera tenido reparos en continuar con semejante ritual de perfección –o casi: a Mimi se le escapó un exabrupto poco piadoso cuando Alan se adelantó en una estrofa–. La máxima, su máxima, cobró sentido pleno sobre las tablas: la verdad os pondrá tristes; la verdad os hará felices. Amén





