Leyendo hoy este interesante artículo de Iker Seisdedos en El País, he recordado una columna que escribí hace casi un año, once meses para ser exactos, en la antigua web de La Ventana Pop. La combinación MP3-vinilo se perfilaba ya entonces como una alternativa de lo más razonable para la supervivencia de los sellos discográficos que se dedican a la música (esto puede parecer una obviedad o una perogrullada, pero no lo es); hoy resulta una realidad incontestable. Les dejo con aquel texto.
El finado, el enterrador y el espectador socarrón
“Como en cualquier otro ámbito, los cambios tecnológicos afectan a la base de la economía de la empresa discográfica. La remuneración de los artistas dejará de proceder de la venta de discos –ahora compactos– para pasar a depender de la suscripción a una pequeña cuota que dará derecho a conseguir cualquier disco, en cualquier lengua, en cualquier momento y en cualquier lugar. La tendencia ya ha empezado, y sólo es cuestión de unos pocos años para que cope todo el mercado. Estoy convencido de que ello cambiará por completo la pauta de supervivencia de empresas y bandas, y las características de las mismas”.
El responsable de estas palabras no es ningún peligroso ciberpunk empeñado en hundir la industria discográfica convencional; tampoco ningún activista procopyleft preocupado por la libre difusión, o al menos por la difusión a precios ajustados, de los bienes culturales intangibles. Bien al contrario, se trata de un liberal de tomo y lomo, defensor acérrimo del británico gobierno de Margaret Thatcher; un antieuropeísta convencido inmerso en la macroeconomía desde los años 60. Es el Príncipe Rupert Loewenstein, encargado en 1970 de sanear la entonces maltrecha economía de The Rolling Stones y gestor financiero de la banda hasta bien poco, cuando, tras 37 años amasando ingentes cantidades de pasta para el incombustible grupo –en torno a 2.000 millones de dólares, se calcula– decidió que había llegado el momento de jubilarse.
Su reflexión en torno al futuro cercano de esa industria que se mueve con la lentitud de un mastodonte apareció publicada hace ya algunos años, en 2003, en According to The Rolling Stones, aquel divertido mamotreto, editado en España por Planeta, en el que Jagger, Richards, Watts y Wood no se cansaban de hablar bien, en primera persona, de sí mismos.
Salteados entre interminables entrevistas –en las que, por lo general, uno acaba con la sensación de que los entrevistadores han evitado los aspectos, digamos, más problemáticos de la historia del grupo–, se ensartaban artículos de personajes vinculados a la historia de los Stones, entre ellos, el mencionado Loewenstein, de una clarividencia, quizás, cuestionable, pero de un olfato financiero irrefutable.
Que el modelo de negocio discográfico está cambiando es algo que ya no duda nadie, ni siquiera quienes queman sus últimos cartuchos estructurando imponentes lobbies de presión y judicializando cualquier actitud disidente. Lo que no deja de ser un interesante ejercicio de anticipación es hacia dónde. Para Loewenstein, suscripción mediante, se dirige a la descarga digital y a la desaparición del soporte físico. Hasta aquí, desde luego, nada nuevo, y puede que hasta equívoco.
¿Es el mercado de coleccionistas meramente testimonial? Bueno, no es nada en comparación con el macromercado, pero sí que es lo suficientemente activo, además de entregado, como para reportar beneficios a quien los sepa ver. Basta fijarse en algunos irreductibles sellos independientes, o incluso en las cuidadas colecciones de algunas multinacionales, que o bien nunca han abandonado la edición en vinilo o bien han decidido recuperarla. En este sentido, resulta muy significativa una última tendencia detectada cada vez con mayor fuerza: la de los vinilos que incluyen, de regalo, la versión en CD.
Es el caso por ejemplo del –para mí brillante, aunque me temo que también incomprendido– Sky Blue Sky de Wilco, entre cuyas dos magras rodajas negras de 180 gramos se encuentra uno, entre incrédulo y sonriente, con esa mínima expresión de plástico plateado. No deja de tener su gracia. Llegamos a pensar que el CD había matado al vinilo y ahora resulta que no, que, a diferencia de lo previsto, es éste el espectador socarrón de un funeral en el que el MP3 ejerce de enterrador.