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The Cinematic Orchestra conquista el Royal Albert Hall

Blas Fernández10 de junio de 2008 a las 10:27 am

The Cinematic Orchestra

Foto vía All things to all men

The Cinematic Orchestra cover

Live at The Royal Albert Hall
The Cinematic Orchestra. Ninja Tune. Jazz. 2LP / CD

De la composición virtual frente a la pantalla del ordenador al escenario del Royal Albert Hall, ocupado para la ocasión por 40 músicos. La ocasión, en sí misma inmejorable, fue algo así como el punto final a la larga gira de presentación de Ma Fleur, ese disco de The Cinematic Orchestra que despistó a buena parte de sus seguidores aparcando temporalmente las estructuras de jazz y electrónica de sus entregas previas -fundamentalmente, las fijadas en Every Day (2002)- para introducirse en un territorio abierto por donde poder transitar desde la música de cámara al rock.

No es cuestión de extenderse sobre aquel fenomenal álbum -ya lo hice en su momento-, sobre todo si lo que tienes entre manos es esta primorosa grabación en vivo, registrada en noviembre de 2007, que de seguro colmará tanto la ambición de Jason Swinscoe, cerebro y motor de la orquesta, como las expectativas de los seguidores más abiertos de la formación. Construido en torno a nueve temas de los dos discos citados, en Live at The Royal Albert Hall se echan en falta las voces de la venerable Fontella Bass y de Patrick Watson -¿recuerdan la emocionante versión original de To Build a Home?-; por lo demás, supone un arrebatador tour de force en el que el jazz gana enteros poniendo los pelos de punta. Un gran , gran disco en directo.

PD: La edición en formato de doble vinilo virgen de 180 gramos no llega a los 20 euros.

Rewind

Blas Fernández8 de mayo de 2008 a las 10:25 am

Leyendo hoy este interesante artículo de Iker Seisdedos en El País, he recordado una columna que escribí hace casi un año, once meses para ser exactos, en la antigua web de La Ventana Pop. La combinación MP3-vinilo se perfilaba ya entonces como una alternativa de lo más razonable para la supervivencia de los sellos discográficos que se dedican a la música (esto puede parecer una obviedad o una perogrullada, pero no lo es); hoy resulta una realidad incontestable. Les dejo con aquel texto.

El finado, el enterrador y el espectador socarrón

“Como en cualquier otro ámbito, los cambios tecnológicos afectan a la base de la economía de la empresa discográfica. La remuneración de los artistas dejará de proceder de la venta de discos –ahora compactos– para pasar a depender de la suscripción a una pequeña cuota que dará derecho a conseguir cualquier disco, en cualquier lengua, en cualquier momento y en cualquier lugar. La tendencia ya ha empezado, y sólo es cuestión de unos pocos años para que cope todo el mercado. Estoy convencido de que ello cambiará por completo la pauta de supervivencia de empresas y bandas, y las características de las mismas”.

El responsable de estas palabras no es ningún peligroso ciberpunk empeñado en hundir la industria discográfica convencional; tampoco ningún activista procopyleft preocupado por la libre difusión, o al menos por la difusión a precios ajustados, de los bienes culturales intangibles. Bien al contrario, se trata de un liberal de tomo y lomo, defensor acérrimo del británico gobierno de Margaret Thatcher; un antieuropeísta convencido inmerso en la macroeconomía desde los años 60. Es el Príncipe Rupert Loewenstein, encargado en 1970 de sanear la entonces maltrecha economía de The Rolling Stones y gestor financiero de la banda hasta bien poco, cuando, tras 37 años amasando ingentes cantidades de pasta para el incombustible grupo –en torno a 2.000 millones de dólares, se calcula– decidió que había llegado el momento de jubilarse.

Su reflexión en torno al futuro cercano de esa industria que se mueve con la lentitud de un mastodonte apareció publicada hace ya algunos años, en 2003, en According to The Rolling Stones, aquel divertido mamotreto, editado en España por Planeta, en el que Jagger, Richards, Watts y Wood no se cansaban de hablar bien, en primera persona, de sí mismos.

Salteados entre interminables entrevistas –en las que, por lo general, uno acaba con la sensación de que los entrevistadores han evitado los aspectos, digamos, más problemáticos de la historia del grupo–, se ensartaban artículos de personajes vinculados a la historia de los Stones, entre ellos, el mencionado Loewenstein, de una clarividencia, quizás, cuestionable, pero de un olfato financiero irrefutable.

Que el modelo de negocio discográfico está cambiando es algo que ya no duda nadie, ni siquiera quienes queman sus últimos cartuchos estructurando imponentes lobbies de presión y judicializando cualquier actitud disidente. Lo que no deja de ser un interesante ejercicio de anticipación es hacia dónde. Para Loewenstein, suscripción mediante, se dirige a la descarga digital y a la desaparición del soporte físico. Hasta aquí, desde luego, nada nuevo, y puede que hasta equívoco.

¿Es el mercado de coleccionistas meramente testimonial? Bueno, no es nada en comparación con el macromercado, pero sí que es lo suficientemente activo, además de entregado, como para reportar beneficios a quien los sepa ver. Basta fijarse en algunos irreductibles sellos independientes, o incluso en las cuidadas colecciones de algunas multinacionales, que o bien nunca han abandonado la edición en vinilo o bien han decidido recuperarla. En este sentido, resulta muy significativa una última tendencia detectada cada vez con mayor fuerza: la de los vinilos que incluyen, de regalo, la versión en CD.

Es el caso por ejemplo del –para mí brillante, aunque me temo que también incomprendido– Sky Blue Sky de Wilco, entre cuyas dos magras rodajas negras de 180 gramos se encuentra uno, entre incrédulo y sonriente, con esa mínima expresión de plástico plateado. No deja de tener su gracia. Llegamos a pensar que el CD había matado al vinilo y ahora resulta que no, que, a diferencia de lo previsto, es éste el espectador socarrón de un funeral en el que el MP3 ejerce de enterrador.

Tómate tu tiempo

Blas Fernández3 de abril de 2008 a las 10:56 pm

Little Lucid Moments

LITTLE LUCID MOMENTS

★★★★

Motorpsycho. Stickman Records. Rock. 2LP/ CD

Motorpsycho

El hard-rock, las inclinaciones psicodelizantes, el gusto por los largos desarrollos instrumentales partiendo de estructuras improvisatorias propias del jazz y la influencia del folk-pop de los 60 son algunas de las claves, quizás las principales, manejadas por Motorpsycho a lo largo de su ya muy dilatada trayectoria.
La banda noruega, procedente de la costera ciudad de Trondheim y con una formación cambiante sólo inalterada en su núcleo duro, el integrado por el bajista y vocalista Bent Sæther y el también cantante y guitarrista Hans Magnus Snah Ryan, lleva en activo desde 1989. A lo largo de todo ese tiempo ha facturado la friolera de catorce álbumes, un disco compuesto e interpretado junto a la sección de metales de Jagga Jazzist –el fascinante In The Fishtank (2003)–, dos títulos oficiales en vivo y un número difícilmente cuantificable de sencillos y epés –incluido un split-single con el inefable Alice Cooper–.
En el ahora trío, completado desde el año pasado por el baterista Kenneth Kapstad, todo parece apuntar al exceso, incluido el talento. Su torrencial producción tiende a buscar acomodo en los discos dobles y, en el caso del vinilo, formato mimado por el grupo con especial dedicación, hasta triples. Pero por encima de esa agradecida incontinencia prevalece una comprobada voluntad de no ceñirse a ningún género concreto más allá de su identidad rock y de mantener intacta la capacidad de explorar estilos diversos.
Quizás esa decisión haya minimizado el impacto público de su obra jugando al despiste –el sector heavy de su audiencia difícilmente podría encajar el desbordante genio pop de silueta postista mostrado en álbumes como Let Them Eat Cake (2000) y Phanerothyme (2001), palabras mayores en su vasta discografía–, pero al mismo tiempo ha proporcionado a la banda el margen de movimiento necesario para ensayar distintos enfoques y dar con hallazgos memorables.

Así, tras el muy notable Black Hole / Black Canvas (2006), donde la vertiente hard-rock ganaba posiciones frente al gusto por la ornamentación melódica pop y la especulación instrumental de tinte experimental sin llegar a desplazar por completo ambos factores, el muy ambicioso Little Lucid Moments apuesta ahora por conjugar justo esas tres direcciones ofreciendo en una hora sólo cuatro cortes de duración aparentemente desproporcionada: el homónimo Little Lucid Moments (21’06”), Year Zero (A Damage (Report) (11’26”), She Left on The Sun Ship (14’25”) y The Alchemyst (12’27”).

Antes de asustarse convendría recordar que, de Neil Young a Godspeed You! Black Emperor, por poner ejemplos premeditadamente distantes, la propensión a estirar el tiempo ha sido una constante para muchos músicos de rock desde, al menos, mediados de la década de los 60. Los propios Motorpsycho lo habían hecho con asiduidad en ocasiones anteriores, aunque a menudo como consecuencia de las referencias jazzísticas antes mencionadas. Sin embargo, en la nueva entrega no es estrictamente así. Sus cuatro cortes articulan cuatro macrocanciones con brillantes desarrollos melódicos en sus cuidados juegos vocales, remitentes sin coartadas a Crosby, Stills, Nash & Young, sobre guitarras capaces de ponerle los dientes largos al mismo J Mascis.
Conviene también, en cualquier caso, no terminar sin una advertencia. Si uno entra en contacto ahora, por primera vez, con la música de Motorpsycho, Little Lucid Moments no es el disco idóneo para introducirse en su singular discografía. Quizás sea mejor revisar antes los títulos ya mencionados en esta reseña u otros como Blissard (1995), Barracuda (2001) o It’s a Love Cult (2002). A partir de ahí, descubiertas las claves que citaba al comienzo, es como la última entrega de la incansable formación se disfruta en su integridad.

Les dejo un par de vídeos, uno incompleto de The Other Fool (le falta la fantástica coda final), procedente de Let Them Eat Cake


…y otro de The Slow Phaseout, de Phanerothyme. Que los disfruten, si es que no los conocían.


Autor

Inmerso en el periodismo y la crítica musical desde comienzos de los años 80, Blas Fernández ha trabajado en diversos programas de radio y televisión y firmado múltiples artículos en revistas especializadas y prensa generalista. Desde 1999 es redactor de Cultura del Grupo Joly, donde además mantiene una página semanal de crítica discográfica.

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