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El músico en su encrucijada

Blas Fernández | 19 de octubre de 2012 a las 18:15

Cline, Tweedy y Jorgensen, durante el concierto de Wilco. / Foto: Manuel Gómez

Wilco. Lugar: Auditorio Rocío Jurado. Fecha: Jueves 18. Formación: Jeff Tweedy (guitarras y voz); Pat Sansone (guitarras y teclados); John Stirratt (bajo); Glenn Kotche (batería); Mikael Jorgensen (teclados); Nels Cline (guitarras). Aforo: En torno a 2.000 espectadores.

Lástima, pero casi en lo único que superó el concierto de Wilco que vimos el pasado jueves en el Auditorio de La Cartuja a aquel otro de 2009, dentro del cartel del festival Territorios, fue en su duración. Fueron dos horas, incluido un generoso bis de 30 minutos, de incuestionable entrega y conexión con el respetable, pero también reveladoras del momento delicado que la banda de Jeff Tweedy atraviesa: dulce en relación con el mercado y con una creciente base de seguidores fieles; agridulce en su indefinición frente al camino a seguir una vez llegados a este punto.

Donde en la gira de Wilco (The Album) había contención, una voluntad inequívoca de resaltar los múltiples matices de su música desde la sobriedad –sin que ello significase necesariamente regatear el desmelene cuando fuera propicio–, en la The Whole Love hay desbordamiento, pero no entendido éste como consecuencia de un sentimiento de urgencia o conmoción, sino más bien de concesión a un arquetipo, a un ritual rock mil, diez mil o un millón de veces experimentado –más fuerte, más rápido…–.

Cierto que el sonido de la carpa instalada en el auditorio para protegernos de las inclemencias meteorológicas no ayudó –opaco, disperso y, por momentos, embarullado–, pero no fue ése el mayor problema, no. Tampoco debiera serlo el excesivo protagonismo de Nels Cline –veremos durante cuánto tiempo–, aunque sí, quizás, cómo lo ejerce: impostando con la fiabilidad que su pericia frente a las seis cuerdas le permite una suerte de guitar hero a lo Satriani –ah, ese exhibicionismo artificioso a lomos de una digitación tan acelerada como predecible…–. Éste, definitivamente, no sólo no es el Cline que firma con nombre propio discos arriesgados, peligrosos; ni siquiera es, por pasado de rosca, el que provoca tan rendidas muestras de admiración hacia la discografía de Wilco tras su tardía adscripción al grupo de Chicago.

Con estos mimbres, resulta obvio, la cesta cambia. Aunque por fortuna aún mantiene la capacidad de contener y sostener un cancionero a menudo incólume frente a los vaivenes de la interpretación, caudaloso y abierto a la repesca emotiva. Particularmente, cuando un Jeff Tweedy levemente resfriado, y en complicidad creciente con sus espectadores después de un arranque bastante huraño, tiró de forma inesperada de perlas como California Stars, incluida en aquel primer volumen de Mermaid Avenue, rescató cortes tan robustos e irresistibles como Outtasite (Outta Mind), del inagotable Being There, y nos recordó con Heavy Metal Drummer o The Art of Almost la posibilidad real de unos Wilco partícipes de su época y no sólo hábiles rentistas del legado de otros.

Ésa última es la encrucijada a la que Tweedy –aparentemente cómodo en su rol de estrella indie para audiencias cada vez mayores, en cantidad y en edad– se enfrenta hoy. Veremos cómo la resuelve –quizás no viniera nada mal otro revulsivo tipo Jim O’Rourke– en próximas entregas y, a ser posible, también en próximas visitas.

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Wilco, madera de tótem

Blas Fernández | 17 de octubre de 2012 a las 7:09

Presencia ya habitual en los escenarios españoles, Wilco, la banda norteamericana convertida hoy casi en estandarte de la escena del rock independiente con penetración mainstream, protagoniza durante esta semana una nueva gira nacional que, tras arrancar el pasado domingo en Bilbao y pasar por Barcelona y Madrid, desembarca mañana jueves en Sevilla antes de despedirse de estas latitudes, el viernes, con un concierto en Murcia.

Será la segunda ocasión en que el veterano grupo liderado por Jeff Tweedy –ocho discos en estudio con proyección ascendente desde su debut a mitad de la década de los 90– pase por la ciudad. La primera fue en 2009, dentro del cartel del festival Territorios, con motivo de la gira de presentación de su anterior y homónimo álbum, cita recordada con agrado por quienes disfrutaron del impecable y emocionante directo de la formación, una de sus celebradas e inapelables señas de identidad.

Nombre también destacado en la última edición del festival barcelonés Primavera Sound –con una llamativa e inesperada pleitesía mediática marcando la temperatura, alta, del fenómeno–, el motivo de esta nueva visita es la consabida gira en torno a su último lanzamiento, The Whole Love (2011), en fondo y forma, una excusa tan buena como cualquier otra para revalidar la vigencia de ese culto creciente y, hasta el momento, imparable en torno a la banda de Chicago. Un pujante estatus, no obstante, cuestionado desde algunos flancos críticos, al menos, desde la edición de Sky Blue Sky (2007).

Más allá de los parabienes, hoy se le reprocha a Wilco esa apariencia totémica, como de banda de dinosaurios de la década de los 70, y hasta la rendida entrega, presuntamente acrítica, de sus seguidores. Sin embargo, tampoco dista mucho esta perspectiva, cíclica y recurrente, de la deparada a otras formaciones con marchamo indie tras su aceptación por el gran mercado –el caso de R.E.M., un ejemplo todavía cercano, podría suponerse un símil ajustado–.

Wilco fue la invención Tweedy tras la separación, batalla de egos mediante, de Uncle Tupelo, una banda señalada en la escena del country alternativo de los primeros 90 y responsable de cuatro discos antes de su estampida. El último de ellos, Anodyne (1993), fue editado ya al amparo de Warner, la misma multinacional encargada de poner en circulación el debut de la nueva banda, A. M., en 1995 y en coordenadas estilísticas muy similares.

El doble Being There (1996), en la misma estela de rock vitaminado y enraizado, pletórico de melodías efusivas, y el continuista y brillante Summerteeth (1999) –separados ambos por la primera de las colaboraciones del grupo con el cantautor británico Billy Bragg en torno al cancionero de Woody Guthrie, Mermaid Avenue (1998)– pronosticaban entonces tanto una tranquila convivencia con su discográfica como una trayectoria destinada a agotarse en los puestos de cabeza de la serie B del rock canónico, no por superpoblada menos interesante.

Pero algo se torció… ¡Y con resultados sorprendentes! La enconada negativa inicial por parte de Warner a la publicación del siguiente álbum de Wilco, considerado raro y poco comercial, propicio una revuelta en toda regla: el grupo compró el máster de Yankee Hotel Foxtrot (2002) y la multinacional acabó tragándose el sapo de una entusiasta bienvenida crítica con traslación a la larga en la cuenta de resultados.

Por supuesto, no hay que minusvalorar el papel de la moraleja en la progresiva ola de simpatía que la banda levantó en aquel momento –reforzada por las declaraciones de Tweedy sobre el modus operandi de las grandes discográficas y su situación tras la implantación masiva de Internet; al fin y al cabo, el del justiciero siempre ha sido un mito atractivo–, pero fue su combinación con una lectura más contemporánea del rock, menos caligráfica y más libre, quizás afianzada en la presencia del veterano experimentalista Jim O’Rourke tras la mesa de mezclas, la que terminó por catapultar a Wilco a otra división creativa.

Los fenomenales A Ghost is Born (2004) y el directo Kicking Television: Live in Chicago (2005) ahondaron esa brecha, que cuanto mayor se hacía mayor público parecía atrapar, al tiempo que marcaron dos movimientos significativos en el devenir de la formación: el ya fallecido Jay Bennet, contrapeso de Tweedy en Wilco de manera similar a la ejercida por Jay Farrar en Uncle Tupelo, dejó el grupo, al que se incorporó como guitarrista Nels Cline, veterano y reputado músico de jazz experimental desde comienzos de los 80.

El mencionado Sky Blue Sky, un disco con títulos tan monumentales como Impossible Germany, inició sin embargo el retorno hacia posturas más clásicas, argumento primordial en Wilco (The Album) (2009), un trabajo pleno de grandes cortes, pero desprovisto de la vertiente afilada de las tres entregas precedentes.

En éstas, The Whole Love recupera parte del pulso especulativo dejando el pistoletazo de salida a Art of Almost, un tour de force con aires motorik en el que la guitarra de Cline termina por estallar rabiosa, mientras que gran parte del resto se contenta, que no es poco, ni mucho menos, con dejar el protagonismo a esas melodías inmaculadas y artesanales que Tweedy borda. Sobre el escenario, además, con propina extra de cercanía y complicidad.

Wilco actúa mañana, jueves 18, en la carpa cubierta del Auditorio Rocío Jurado. The Hazey Janes, banda telonera, comenzará su concierto a las 20:30. Wilco, a las 22:15. Entradas en venta anticipada, 35,90 euros más gastos de distribución. En taquilla, 45 euros.

Para ir abriendo boca, puede escuchar en la web de RTVE el concierto del pasado lunes en el Liceo de Barcelona, que fue retransmitido en directo por Radio 3.

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Música que fluye

Blas Fernández | 8 de septiembre de 2011 a las 10:58

Wilco, durante su actuación en el festival Territorios Sevilla en 2009. / Foto: Nazaret Beca

The Whole Love. Wilco. dBpm Records. Rock. 2LP / CD y descarga a la venta a partir del 27 de septiembre.

Un breve anuncio, realizado con escaso margen temporal, y zas, la sorpresa: el pasado día 5, y sólo durante 24 horas, la web de Wilco permitió la escucha en streaming del nuevo álbum de la banda, The Whole Love, que no estará a la venta hasta el próximo día 27.

La estrategia -“una recompensa a los fans”, se dijo- no sólo provocó el colapso de la página del grupo, que pidió en Twitter paciencia e incluso disculpas a quien se quedó con la miel en los labios, sino también las preguntas habituales. ¿Se adelantó el streaming porque el disco, en cualquier caso, ya fluía por la red? Y ante esta última evidencia, ¿por qué limitar ese streaming a 24 horas? ¿Temían acaso los de Chicago que se les fundiera el servidor?

Frente a los interrogantes se adivina la sospecha de que en poco o nada afectan estas cuestiones a la sólida percepción que el oyente tiene de la banda de Jeff Tweedy -ni a las ventas de ésta, al menos en un sentido negativo-. Son minucias, anécdotas empequeñecidas por la colosal discografía que Wilco inició en 1995, tras la desbandada de Uncle Tupelo, y que con esta nueva entrega, descontados el ejercicio de reinvención junto a Billy Bragg del cancionero inédito de Woody Guthrie y aquel directo de 2005, alcanza el octavo capítulo.

Tras la escucha, The Whole Love plantea nuevas incógnitas, aunque éstas sean de naturaleza puramente artística, sin duda conectadas con la necesidad de mantener el brillo de un discurso que, incluso en sus momentos menos inspirados, es un decir, mantiene el tipo y la distancia.

En Wilco (2009) o en Sky Blue Sky (2007) algunos echaron de menos la vertiente más arriesgada de la formación, aquella que permitía experimentar sin desdeñar el sustrato folk-rock. Otros, por contra, añoraban aquel apego a la tradición que revelaban los primeros pasos de la banda.

The Whole Love no se decanta por uno u otro extremo, sino que mantiene un difícil y aun así logrado equilibrio entre el carácter menos convencional del rock contemporáneo -la llamativa Art of Almost, con sus bases electrónicas y su explosión eléctrica final; casi una radioheadización de Wilco- y esa permanente reivindicación del sustrato que desde hace tiempo constituye en sí mismo un metalenguaje musical: la perfecta asimilación del rock de otros -de la herencia, al fin y al cabo- para configurar el rock propio. Y en eso Tweedy, también desde hace muchos años, es un auténtico maestro.

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Territorios noche dos: Y después de Wilco, ¿qué?

Blas Fernández | 31 de mayo de 2009 a las 13:05

Nazaret Beca

Wilco. Foto: Nazaret Beca

Con el lógico cambio en el perfil del público respecto a la jornada anterior, Territorios Sevilla volvió a registrar la noche del viernes 29 una considerable afluencia de espectadores, en buena medida atraídos por la presencia en el cartel del que sin dudas es hoy por hoy, y desde hace ya bastantes años, uno de los grandes nombres del rock norteamericano, Wilco.

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Pequeño gran disco

Blas Fernández | 27 de mayo de 2009 a las 10:20

WILCO (THE ALBUM). Wilco. Nonesuch. Rock. Escucha en streaming. LP / CD a partir del 30 de junio.

La relación de Wilco con internet ha sido de una naturalidad tan evidente que el grupo de Jeff Tweedy supo usarla como poderosa herramienta de promoción en un momento especialmente delicado, cuando Warner se negó a editar aquella maravilla titulada Yankee Hotel Foxtrot por considerarlo un disco “no comercial”. Es historia conocida que la banda compró el master y lo colgó en la red, haciendo que el interés por la formación y su música creciera de manera exponencial y allanara el camino a la exitosa edición comercial del álbum en 2002.

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Territorios 2009

Blas Fernández | 16 de enero de 2009 a las 14:50

Primera confirmación: Wilco. Será el viernes 29 de mayo en el Monasterio de la Cartuja de Sevilla, donde presentarán su nuevo disco, que se espera para primavera. No está mal para arrancar, ¿verdad?

Actualización 17/1. La gira completa por Canarias y la península:

23: Tenerife, Auditorio
25: Málaga, Teatro Cervantes
26: Madrid, Teatro Calderón
29: Sevilla, CAAC, Territorios.
30: Braga, Theatro Circo.
31: Lisboa, Coliseu.
1: Santiago de Compostela, Palacio de Congresos.
3: San Sebastián, Kursaal.
4: Barcelona, Auditori.

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Rewind

Blas Fernández | 8 de mayo de 2008 a las 10:25

Leyendo hoy este interesante artículo de Iker Seisdedos en El País, he recordado una columna que escribí hace casi un año, once meses para ser exactos, en la antigua web de La Ventana Pop. La combinación MP3-vinilo se perfilaba ya entonces como una alternativa de lo más razonable para la supervivencia de los sellos discográficos que se dedican a la música (esto puede parecer una obviedad o una perogrullada, pero no lo es); hoy resulta una realidad incontestable. Les dejo con aquel texto.

El finado, el enterrador y el espectador socarrón

“Como en cualquier otro ámbito, los cambios tecnológicos afectan a la base de la economía de la empresa discográfica. La remuneración de los artistas dejará de proceder de la venta de discos –ahora compactos– para pasar a depender de la suscripción a una pequeña cuota que dará derecho a conseguir cualquier disco, en cualquier lengua, en cualquier momento y en cualquier lugar. La tendencia ya ha empezado, y sólo es cuestión de unos pocos años para que cope todo el mercado. Estoy convencido de que ello cambiará por completo la pauta de supervivencia de empresas y bandas, y las características de las mismas”.

El responsable de estas palabras no es ningún peligroso ciberpunk empeñado en hundir la industria discográfica convencional; tampoco ningún activista procopyleft preocupado por la libre difusión, o al menos por la difusión a precios ajustados, de los bienes culturales intangibles. Bien al contrario, se trata de un liberal de tomo y lomo, defensor acérrimo del británico gobierno de Margaret Thatcher; un antieuropeísta convencido inmerso en la macroeconomía desde los años 60. Es el Príncipe Rupert Loewenstein, encargado en 1970 de sanear la entonces maltrecha economía de The Rolling Stones y gestor financiero de la banda hasta bien poco, cuando, tras 37 años amasando ingentes cantidades de pasta para el incombustible grupo –en torno a 2.000 millones de dólares, se calcula– decidió que había llegado el momento de jubilarse.

Su reflexión en torno al futuro cercano de esa industria que se mueve con la lentitud de un mastodonte apareció publicada hace ya algunos años, en 2003, en According to The Rolling Stones, aquel divertido mamotreto, editado en España por Planeta, en el que Jagger, Richards, Watts y Wood no se cansaban de hablar bien, en primera persona, de sí mismos.

Salteados entre interminables entrevistas –en las que, por lo general, uno acaba con la sensación de que los entrevistadores han evitado los aspectos, digamos, más problemáticos de la historia del grupo–, se ensartaban artículos de personajes vinculados a la historia de los Stones, entre ellos, el mencionado Loewenstein, de una clarividencia, quizás, cuestionable, pero de un olfato financiero irrefutable.

Que el modelo de negocio discográfico está cambiando es algo que ya no duda nadie, ni siquiera quienes queman sus últimos cartuchos estructurando imponentes lobbies de presión y judicializando cualquier actitud disidente. Lo que no deja de ser un interesante ejercicio de anticipación es hacia dónde. Para Loewenstein, suscripción mediante, se dirige a la descarga digital y a la desaparición del soporte físico. Hasta aquí, desde luego, nada nuevo, y puede que hasta equívoco.

¿Es el mercado de coleccionistas meramente testimonial? Bueno, no es nada en comparación con el macromercado, pero sí que es lo suficientemente activo, además de entregado, como para reportar beneficios a quien los sepa ver. Basta fijarse en algunos irreductibles sellos independientes, o incluso en las cuidadas colecciones de algunas multinacionales, que o bien nunca han abandonado la edición en vinilo o bien han decidido recuperarla. En este sentido, resulta muy significativa una última tendencia detectada cada vez con mayor fuerza: la de los vinilos que incluyen, de regalo, la versión en CD.

Es el caso por ejemplo del –para mí brillante, aunque me temo que también incomprendido– Sky Blue Sky de Wilco, entre cuyas dos magras rodajas negras de 180 gramos se encuentra uno, entre incrédulo y sonriente, con esa mínima expresión de plástico plateado. No deja de tener su gracia. Llegamos a pensar que el CD había matado al vinilo y ahora resulta que no, que, a diferencia de lo previsto, es éste el espectador socarrón de un funeral en el que el MP3 ejerce de enterrador.