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La tecnología agudiza las diferencias entre lectores pasivos y proactivos

Julio Alonso | 2 de abril de 2006 a las 23:29

Alejandro Piscitelli, gerente general del portal educativo del Estado argentino, Educ.ar, y a quien se presenta en Clarin.com como “uno de los tipos que saben”, es de la siguiente opinión:

“Para la mayoría de la gente el consumo de medios es tan sólo leer, hojear, alguna vez marcar o señalar, y a otra cosa. (…) La mayoría de la gente no quiere opinar, no quiere escribir, no quiere publicar y probablemente tampoco quiera pensar, salvo en casos acotados, y les deja el trabajo a los otros. En este contexto imaginar una apropiación masiva y sistemática de las herramientas de la Web 2.0 por parte de los lectores de siempre es un error de apreciación notable.”

Por su parte, Jeff Mignon, consejero delegado y director creativo de 5W Mignon Media, ha escrito en su blog Media Café (en francés):

“Elección, atomización y gratuidad son, sin duda alguna, algunas de las claves de la revolución Internet. Unas realidades que ponen totalmente en causa el business model de la prensa escrita… y también el de la televisión. Todo esto no es nuevo. ¿Nos dirigimos, por tanto, hacia un servicio de medios a la carta, hacia un sistema de micropago basado en el consumo de un servicio?”

Estas dos notas, más los comentarios que cada una de ellas ha suscitado, cuya lectura recomiendo, me permiten las siguientes observaciones:

  • El hecho, real, de que abunden los lectores que prefieren que se lo den todo hecho beneficia a la prensa impresa, efectivamente, pero no tanto a los periódicos tradicionales como a los gratuitos.
  • La ley del mínimo esfuerzo, de no complicarse la vida, no es de ahora. Lo normal ha sido que los periódicos populares tengan más lectores que los llamados quality papers; más Bild Zeitung que Frankfurter Allgemeine Zeitung (Alemania), o más The Sun que The Guardian (Reino Unido). Salvo en los países mediterráneos, con hábitos de lectura menos arraigados, donde nunca triunfó la prensa popular y de ahí que cabeceras como Expresso (Portugal), El País (España) o Corriere della Sera (Italia) se tengan por las más ‘sesudas’ y, al mismo tiempo, por las de mayor número de ejemplares vendidos. (Francia es caso aparte, a caballo entre estos dos modelos: el principal periódico es Le Monde, diario sui géneris incluso por su condición de vespertino, pero el de mayor circulación es Ouest-France, un regional.)
  • Si la costumbre de comprar el diario —el que sea, que suele ser ‘el de toda la vida, el que siempre se compró en casa’— pesa tanto como parece deducirse de lo anterior, el bajo índice de lectura de periódicos entre los jóvenes no es un buen presagio.
  • Tampoco otra costumbre igualmente arraigada entre los jóvenes: la de lo gratuito. Con casi tres millones de ejemplares repartidos a diario en España por Qué!, 20 Minutos y Metro Directo, según PRNoticias, nuestros periódicos se enfrentan a un difícil y costoso reto: el de la calidad. Lo cual compromete por igual a las empresas, obligadas a inversiones extra, y a las redacciones, forzadas a extremar la imaginación y sacudirse el polvo del ‘siempre se ha hecho así’.
  • La complejidad de las herramientas informáticas, o su mero desconocimiento, restringe considerablemente el acceso pleno a los nuevos medios. ¡Qué duda cabe! Siempre existirán desfases de esta naturaleza. Sin embargo, nunca se podrá comparar la masificación de los medios impresos, ni siquiera en sus mejores momentos, con la que ofrecen los nuevos; la masificación de la era digital, pese a las limitaciones mencionadas, con la de la era Gutenberg. Basta ver lo extendido que está entre la población adulta el manejo de programas como Word o Power Point, y comparar estas habilidades elementales con las posibilidades de edición existentes hace poco más de un cuarto de siglo: nulas, pues estaban prácticamente reservadas a los profesionales de la imprenta. No digamos nada si se comparan con las demostradas por la población juvenil. El salto es abismal.
  • Finalmente, la posibilidades de participación, el sírvase usted mismo e incluso el cambio de tono en los nuevos medios (del sermón a la conversación) alteran sustancialmente el panorama. Puede que el uso de agregadores, o suscripción a través de hilos RSS, nunca pase de ser algo minoritario, propio de superusuarios. Aun así, las simples búsquedas en Internet —convertidas ya en la segunda actividad de los internautas norteamericanos, después del correo electrónico— supone un cambio sustancial en el consumo de medios.

Todas estas evidencias llevan a las siguientes previsiones de futuro:

  • Crecimiento de los periódicos gratuitos, el medio más cómodo para los que prefieren que se lo den todo hecho. Y si es sin rascarse el bolsillo, pues tanto mejor.
  • Periódicos impresos híperlocales, abiertos a la participación ciudadana, en los que primará el análisis y el reportaje frente a la información útil (los servicios), la pequeña publicidad (anuncios clasificados) o las noticias de última hora, más propias de sus websites.
  • Viabilidad de periódicos de alta calidad, ya impresos o ‘imprimibles’ (mediante PDF o a través del llamado papel electrónico), de periodicidad no diaria (quizá semanal; por ejemplo, los domingos), de pequeño tamaño (tabloide como mucho, si no en el estándar A4, como ya ha pronosticado Mario García) y con precios muy superiores a los actuales.
  • Usuarios lo suficientemente duchos en la navegación a través de internet, o de otros medios digitales, capaces de seleccionan personalmente la información que necesitan, escogiéndola de muy diversas fuentes, y dispuestos a pagar por ella, bien por suscripción fija o mediante micropagos puntuales.
  • Piscitelli y Mignon tienen razón, cada cual desde el ángulo elegido; es más, no creo que su concepción global del futuro difiera mucho. Se han limitado a retratar dos situaciones extremas del mercado —lector pasivo pero raro comprador frente a lector exigente y comprador habitual—, las cuales requieren también respuestas diferentes. Las empresas periodísticas y los periodistas harán bien en tomar nota de tales diferencias.