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Tiempos de promesas y amor loco

Rodolfo Serrano | 27 de abril de 2011 a las 9:08

Vienen buenos tiempos para el amor. Tiempos preelectorales en que todo el mundo es bueno. Y se ama. Si no pasionalmente, con suavidad y cariño. Da gusto.

Presidentes y candidatos, diputados y aspirantes, alcaldes y concejales sacan lo mejor de sí mismos. Prometen, aman, besan niños y te tratan como si fueras de la familia. Es lo que se llama buscar el voto. Acercarse al pueblo.

Lástima que dure poco. Justo lo que la campaña electoral. Por prometer que no quede. Como el alcalde de un pueblo que frecuento. Durante la pasada campaña se me acercó a llevarme su programa electoral. Un folleto primorosamente impreso. Y allí estaba: internet para todos.

-Esto está muy bien, hombre. Una gran idea.
El aspirante a alcalde asintió, sospecho que sin saber muy bien de lo que le hablaba. Ganó las elecciones. Y al poco tiempo me lo volví a encontrar.
-Oye, que de internet nada. Que no hay wifi.
Muy serio, el flamante alcalde me dijo:
-¿Cómo que no? Todo el que quiera se da de alta en Telefónica y ya está.
Y me enumeró una serie de vecinos que, pagando, disfrutaban ya de internet.

No sé si incumplió su promesa, porque lo que es cierto es que internet haber, había, aunque fuera pagando. Pero sospecho yo que las promesas electorales son muy parecidas a las de mi alcalde. Depende lo que se entienda por ellas. De hacerse un estudio sobre los programas con los que las fuerzas políticas se presentan a las elecciones, la situación del país cambiaría radicalmente con sólo que se cumpliera en un mísero 10%.

En el amor, como en las elecciones, las promesas no se cumplen por que nadie espera que se cumplan. Del te amaré para siempre se pasa, sin remedio, al ahí te quedas. Y del internet para todos a Orange, Jazztel o Movistar.

Así las cosas, lo mejor es dejarse llevar. Dejar que te abrace el candidato, que bese incluso a tu niño, que te invite a unas cañas en el Correo, por ejemplo, o aceptarle el llavero y el mechero. Que menos da una piedra.

A vivir que son dos días, y, como decía Tierno Galván, ese alcalde tan querido de Madrid: “Vivir son cuatro días, y, además, dos de ellos feriados”. A aprovecharlos y a disfrutar. La pasión –la amorosa y la política- dura un suspiro.

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