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Dos pintores flamencos

Manuel Gregorio González | 4 de julio de 2012 a las 23:50

Un azar editorial nos trae noticia de dos pintores flamencos: Francisco Frutet y Johannes van der Beeck, llamado Torrentius. El primero pintó en la Sevilla del XVI, junto a Pedro de Campaña y Luis de Vargas. El segundo lo hará, a primeros del XVII, en el Ámsterdam que precede a Rembrandt y Baruch Spinoza. Hay un problema, sin embargo; Frutet nunca existió. Como acaba de demostrar el profesor Jesús Rojas-Marcos, Francisco Frutet es un espectro erudito, creado a medias por la imaginación de Ceán Bermúdez y un error de transcripción de Palomino. Así, el célebre Frans Floris (Francisco Flores) se convierte en su Museo Pictórico de 1724 en un desconocido Antonio Flores que, algo más tarde, será el enigmático Frutet recogido por Bermúdez. Y no es hasta el XIX, con Fétis y José Gestoso, cuando comience a dudarse de la autoría de sus cuadros. El Tríptico del Calvario de Frans Francken I, en el Bellas Artes de Sevilla, es una de las obras que se atribuyeron a este singular fantasma. Un fantasma, en cualquier caso, debido al genio ilustrado de Ceán, a su inexplicado arbitrio (Floris, Flores, Frutet), y no a una vaga ensoñación romántica.

¿Y Torrentius, este excesivo Van der Beeck del que nada o casi nada sabemos?Torrentius se preciaba de pintar bajo el auspicio del Diablo. La fría exactitud de su pincel así lo sugiere. Más tarde, Paganini disfrutaría de una leyenda similar, fundamentadas ambas en un virtuosismo inhumano. Pero Torrentius es de temperamento sanguíneo, y sus declaraciones rondan a veces la herejía. Simon Leys lo sitúa como lejano inspirador de Jeronimus Cornelisz, el funesto criminal, de insólita elocuencia, que exterminó a Los náufragos del Batavia en 1629. Dos años antes, Torrentius ha sido condenado por blasfemo ante un tribunal de Haarlem. Allí será torturado, y sus obras arrojadas al fuego. Aún así, Carlos I de Inglaterra lo reclama para su corte. Gracias a él, el pintor salva la vida en el destierro. Gracias al mecenazgo del monarca, luego decapitado por Cromwell, hoy conocemos un único cuadro de Torrentius, Naturaleza muerta con brida, cuyo destino, hasta su descubrimiento, había sido el de servir como tapadera de un tonel de uvas. Sobra decir que Van der Beeck morirá en la más estremecedora pobreza.

Uno y otro, Frutet y Torrentius, han disfrutado una curiosa forma de inexistencia. El primero, pintor de motivo religioso, es un espejismo de la erudición dieciochesca; el segundo, prodigioso ejecutor de bodegones, hijo del Humanismo y la Protesta, será fulminado por una cuestión teológica en la tolerante Flandes. Ambos son, en cierto modo, un vestigio anómalo e indeseado. Frutet, la huella inverosímil de la Ilustración hispana; Torrentius, la soberbia excrecencia de una morigerada Europa.

Damien Hirst

Manuel Gregorio González | 25 de junio de 2012 a las 15:32

Vargas Llosa define a Damien Hirst como un “honesto embaucador”. Su arte le parece tedioso, previsible, ignaro, carente de cualquier destreza. Aun así, el Nobel reconoce la sinceridad del artista: Hirst escogió el collage por su impericia como dibujante. Hay algo, sin embargo, que nos reclama en Damien Hirst, más allá de las salutaciones de la crítica entusiasta. En Hirst, de un modo involuntario, se han coaligado la Ilustración y la bisutería. O más exactamente, la datación de cuerpos y especímenes que inaugura Leonardo y sigue, por ejemplo, en Rembrandt y Linneo. Así, los tiburones en formol, sus criaturas viviseccionadas, la vasta farmacopea que ameniza su obra, no son más que la traslación del saber, de las ciencias, al ámbito de la frivolidad y el dólar. Tampoco esto es nada nuevo: Leonardo debió sus ingresos a la magnanimidad de Francisco I; y antes de Ludovico Sforza, para quien ideó una máquina de picar vacas. El hallazgo de Hirst, en cualquier caso, es una cuestión de grado. Las ciencias ya se muestran ahí como decoración y afiche. La biología o la medicina son apenas un valor añadido del producto. En cierto modo, son el producto mismo, carente de su utilidad, decorativo e inane. Salvando las distancias, quizá radique ahí el éxito de Ferrán Adriá. En su cocina, es la química, la biología molecular, la exactitud de sus procesos, aquello que la dramatiza y la prestigia.