Archivos para el tag ‘Sheridan Le Fanu’

Drácula en Galicia

Manuel Gregorio González | 1 de agosto de 2012 a las 22:23

Es en el Tratado sobre los vampiros del padre Calmet, publicado en París en 1751, donde se da noticia puntual de esta criatura de los Cárpatos. Más tarde, Hoffmann, Maupassant, Le Fanu, Poe, Stevenson, Gautier, Potocki, Polidori, serán quienes propalen su atávica voracidad nocturna. No obstante, parece claro que sólo el Drácula de Stoker (1897) alcanza el inequívoco grosor del  mito. Un mito de la modernidad, en cualquier caso, donde la actividad fabril de la metrópoli, el Londres victoriano de Oscar Wilde, John Ruskin y Conan Doyle, se nos presenta bajo la capa un sanguinario caudillo székely.

En La Coruña, una estupenda exposición recorre la figura de Drácula, sus orígenes y su evolución, desde las leyendas magiares a las modestas películas de la Hammer. Se olvida una cuestión previa, sin embargo: ¿Qué buscó -qué encontró- el XIX en el personaje de Stoker? ¿Qué fuerzas latentes se resumen en él, convirtiéndolo en parte viva del imaginario fin de siècle? Es sabido que, tras su publicación, muchos lectores creyeron en la existencia real de Drácula (nueve años antes, ya había ocurrido con Sherlock Holmes); y no fue menor el  entusiasmo que saludó la versión teatral en ambos lados del Atlántico. Esto significa que Drácula pulsó, de algún modo, un nervio medular de la época. Y ese malestar quizá se deba a la doble condición de folletín burgués y drama teológico que la obra despliega.

En Drácula se solapan un mundo que muere y el mundo que nace. El mundo crepuscular, heráldico, signado por la divinidad, de las viejas castas nobiliarias -léase el vampiro-, y la trepidación burguesa, su laboriosidad incesante, recogida en las figuras de sus persecutores. Todos ellos, incluido Lord Godalming, representan a un siglo industrioso, donde la riqueza es fruto del propio esfuerzo, y no de una vaga relación consanguínea. Todos ellos, repito, se ven amenazados por una fuerza atávica, irracional, nebulosa, que perecerá finalmente por las habilidades y prodigios de la nueva ciencia. ¿No es acaso la sabiduría de Van Helsing, la puntualidad de los trenes, la efectividad de los winchester, el cruce de telegramas y diarios, lo que permite acorralar a la bestia? ¿No es acaso la bestia un producto de la tradición, de la tierra, una criatura teológica, escindida del orbe medieval? ¿No es el vampiro una forma refinada de la Naturaleza, Naturaleza él mismo, señor de los lobos, niebla nocturna? En Drácula, pues, se escenifica un amargo triunfo: el triunfo de la racionalidad burguesa sobre las antiguas fuerzas que coparon una vez el mundo.

Esas fuerzas, de índole irracional, libres ya de la coerción diurna, vendrán bajo el auspicio de la noche: el escalofrío del sexo, la violencia y la sangre, la eternidad como una forma de condena. Van Helsing, tras la ebriedad del holocausto, teme haberse convertido en un “loco de Dios”. Lo cierto, sin embargo, era lo contrario. Muerto el vampiro, el XIX cientifista, el conocimiento empírico, había aniquilado el último vestigio -magnífico y terrible- de lo sagrado.

 

Drácula, un monstruo sin reflejo. Cien años sin Bram Stoker (1847-1912). Fundación Luis Seoane. La Coruña. Hasta el 7 de Octubre.