Los restaurantes clandestinos

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2012 a las 20:10


Con la crisis rebrotan una serie de actividades muy interesantes, negocios perdidos u oficios en desuso. La crisis agudiza el ingenio de los cinco botellines en el cubo o del llévese usted la botella de vino que ha descorchado para ronear ante sus invitados y se la termina en su casa con una tapa de queso. Hay familias de las llamadas bien que recuerdan cómo salieron adelante en los años ochenta gracias a esa madre coraje vendiendo joyas por las casas de sus selectas amistades, catálogo en mano y con el orgullo alto. O montando la boutique de turno. O dando clases del manejo del robot de cocina, hoy llamado thermomix. Con discreción y con toda dignidad, la cabeza de familia pulsaba los timbres de los hogares, se metía en el recibidor y desplegaba los últimos modelos de collares, pendientes, esclavas y gargantillas. Y visita a visita iban entrando algunas perras en esa maltrecha economía casera por el fallecimiento del padre o por una desgracia sobrevenida en la empresa familiar por culpa de un hermano trincón.
Las señoras de hoy no venden joyas, pero han hecho de sus grandes casas, con sus extensos salones con vistas al Casco Antiguo o al Aljarafe y sus numerosos aseos, selectos restaurantes en los que dan de comer a una clientela que procede, una vez más, de sus muchas amistades cultivadas en los años de bonanza. Sólo tiene usted que avisar por la mañana y saber la dirección. No hay anuncios ni publicidades, pues no deja de ser un mercado negro del menú al que ya quisiera hincarle el diente el ministro Montoro. Funcionan con el boca a boca y así les va bien. Les llaman ya los restaurantes clandestinos. “¿Quiere que le prepare unas lentejitas o unas albóndigas? Si es para alguna celebración podemos encargarle gambas”. Y la señora, de apellido de rancio abolengo y exquisita educación, le pondrá de almorzar en un ambiente de absoluta tranquilidad y confidencialidad. Tal vez coincida en la mesa de al lado con un aristócrata venido a menos, con un empresario conocido o con alguno de esos niños bien que sus padres han dejado en el agosto sevillano para hincar los codos que no hincaron durante el curso. Puede comer la mar de a gusto desde los 20 euros, atendido con unas formas ya perdidas y metiéndose hasta la cocina de una casa de tronío de la ciudad, sin necesidad de la pastilla de almax y con unas vistas envidiables.
En uno de estos restaurantes clandestinos ya se ofrece hasta la posibilidad de tener un pase de cine privado los martes y domingos. ¿A quién le extrañan estos nuevos negocios? Es una forma de sacarle partido a la agenda y a esas casas de 500 metros cuadrados de los años de vino y rosas, imposibles hoy de colocar a un incauto comprador. Antes eran las joyas, ahora son los guisos. Los guisos…y la intimidad misma de un hogar lo que se ofrece. Hasta en el selecto Aeroclub de la Avenida de la Constitución tienen los socios ya la posibilidad de hacerse su propio plato, que para eso han puesto un hermoso horno en el sótano.

  • Miguel Salas

    Carlos, da direcciones ya, que eso tiene buena pinta.

  • Dario Vinopremier

    Curioso…Mucha gente los está pasando mal y tenemos que buscarnos las lentejas.