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El abuelo que abraza la cruz

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2013 a las 13:34

Una iglesia de bancos vacíos, cirios encendidos e imágenes a la espera de plegarias. Unas capillas y lápidas que hablan. Un atrio consagrado a la santería en el encanto de un día laborable. La única música que se oye es el chirrido de algunas suelas. Las únicas miradas, las de los nazarenos de madera de siempre, antifaz levantado y símbolos exhibidos. Todo pasó. No queda nada de aquellos días. Huele a iglesia. Hay un eco mundano de grandes almacenes. No hay carey, ni plata, ni azahar, ni lirios, ni trono dorado ni catedral con costaleros, ni pitos, ni olor a esparto. Como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera existido, como si todo hubiera sido un sueño que envejece repentino para dejar un recuerdo confuso. Como si los querubines nunca hubieran brincado en su dorado, como si las borlas nunca hubieran tintineado de su plata, como si el oro nunca hubiera vestido su cuerpo dulce ni hubiera enaltecido su tierna mirada. El Nazareno abraza su cruz a las horas en que media ciudad trabaja y la otra media busca la azada para trabajar la tierra. El abuelo siempre exhibe en el pecho la foto de su nieta desaparecida como los nazarenos llevan prendidas en el corazón las cinco cruces. El abuelo reza en soledad sentado en ese lugar del templo al que el Nazareno siempre dirige sus grandes ojos. Ironías del destino o destino en toda su dureza, cada uno abraza su particular cruz. Los dos tienen dulce, limpio y sereno el semblante. Frente a frente, dos hombres que se comprenden. Dos hombres con la dignidad entera, alta la vista, erguido el cuello y siempre al frente la mirada. Ocurrió hoy en Sevilla. Pudo ser cualquier día. Pero fue hoy, hace un rato, cuando el abuelo de Marta del Castillo ha estado de verdad, pero de verdad, ante el tribunal supremo contra el que no cabe recurso, donde las togas no bailan ni caben mentiras ni montajes. Sucedió en silencio, con el mundo exterior metido en sus particulares ruidos, en sus luchas estériles y en sus penas cotidianas. En aquel lugar de muros gordos y techos altos, dos hombres se hablaban. Uno abrazaba la cruz antigua de madera lisa. Y el otro, la cruz de quien sólo aspira a enterrar a una nieta. Lo que allí se dijeron, allí se queda. Silencio, se reza.

  • Edu

    Fantastico. Me ha encantado. Un saludo.

  • OSCAR

    Sin palabras. Sobrecogedor relato de inmaculado texto.

  • Maria Luz

    Me he quedado sin palabras y muy emocionada.un saludo