La belleza de la mentira

Carlos Navarro Antolín | 14 de abril de 2018 a las 20:00

FERIA DE SEVILLA 2012.

EL pintor Ricardo Suárez tiene toda la razón cuando proclama que hoy comienza la más bella de las mentiras en esta ciudad. La mentira en Sevilla goza de prestigio, porque todos sabemos en qué consiste, dónde está, a qué hora empieza y a qué hora acaba. Jugamos con la mentira como niños que carecen de la medida del tiempo. En el fondo, tenemos claro que la verdad, la gran verdad, es que la mentira mueve sus cartas y nosotros aceptamos las que nos tocan de su baraja. Se dice que la Feria es una fiesta elegante, selectiva por cerrada, con glamour. Mentira. Mentira gorda, oronda como un picador que desborda su figura en lo alto del jaco. El glamour de los famosos en la Feria forma parte de tiempos pretéritos, de fotografías en sepia con los bordes desgastados. Por aquí desembarcan desde hace años otro tipo de rostros conocidos, pero no los grandes. La Feria es de familias, cierto; pero no de famosos. El año que vino Flavio Briatore, con su barco atracado en el Náutico, alguien se apresuró a proclamar.

–¡Por fin vuelven los famosos!

Y recibió como respuesta una mirada gélida y un comentario.

–Por favor… Que en la Feria han estado Grace Kelly y Jackie Kennedy.

No tenemos una Feria de cinco estrellas en el aspecto social. Nos creemos lo del glamour en el real de Los Remedios como tenemos interiorizada una belleza idealizada de la ciudad. Es curioso, nunca hemos tenido tantos hoteles de cinco estrellas en Sevilla y nunca el turismo y los visitantes han sido de tan bajo nivel. Se anuncian nuevos hoteles de la máxima categoría en el centro cada semana al mismo tiempo que se multiplican las despedidas de soltero. ¿Será que verdaderamente podemos con todo? Negativo, que diría el chofer del C-2 en la parada de Barqueta. Escrito está: o se es de la jet o se es de Almería, o niñatas despendoladas y niñatos vestidos de carajote, o un turismo de alta calidad que pase, al menos, dos noches en Sevilla y que aprecie las rutas culturales y gastronómicas de la capital de Andalucía.

Donde hay tantísimas despedidas de solteros no puede haber nunca turismo de alta calidad, de ese glamour de cuyo recuerdo vivimos. Los hoteles de cinco estrellas no se llenan de clientes de alto nivel sino de clientes con dinero, que no es lo mismo. Pero cada cual es libre de engañarse para ser feliz. No se ha disparado por Sevilla el interés de un visitante de elevado nivel socio-cultural, sino de un público de elevados ingresos económicos y, por supuesto y al mismo tiempo, de las hordas de horteras consumistas que espectacularizan los hitos de su vida (bodas, bautizos y comuniones) haciendo de ellos barracas que apestan a gofres.

El concepto de Feria de muchos sevillanos es una mentira. Como muchas mentiras, puede que hasta tenga una efecto de terapia. Un sastre célebre le dijo un día a un cliente de confianza si quería una chaqueta de color barquillo para “presumir en la puerta de la caseta”. Y el cliente, sorprendido, le replicó: “Presumir ¿ante quién? ¿Quién apreciará este tejido? Déjelo”.

La Feria, al fin, es el reflejo preciso de la ciudad. Nadie puede dudar de la belleza del recinto, sobre todo en las primeras horas, cuando el ambiente está sereno, las zonas nobles de las casetas todavía están limpias y semidespejadas, se puede disfrutar del paseo de los enganches, cascabeleos, soberbios tiros y ese sonido de los cascos de los caballos que es la melodía del paso del tiempo. La belleza, fugaz, se esfuma con el paso de las horas. El público consumista no permite ya limpiar las casetas y establecer una diferencia entre la mañana y la noche. La sesión continua destroza esa pausa saludable, la misma que sería necesaria entre el final del Jueves Santo y la Madrugada, la que tendría el efecto de lavar las caras con agua fría, mandar a muchos a acostarse y recibir a un público nuevo y aseado. Los hábitos sociales cambian, replican siempre quienes se sienten cuestionados en lo personal por estos análisis. Claro que sí, por supuesto que cambian. Y esas modificaciones ofrecen una valiosa información sobre el estado de una ciudad, sobre el perfil de un colectivo. Las cinco estrellas de los hoteles de 2018 no son las mismas de hace veinticinco años. Se han degradado. El propio Hotel Palace de Madrid, una referencia para toda España, está repleto los fines de semana. Sí, pero cargado de chinos embobados con sus tabletas digitales y vestidos como el tío que recoge las fichas de los coches locos.

–Eso es políticamente incorrecto.

–Me importa lo que antes dijimos: un gofre.

Será verdad lo que dice el maestro sastre Rodríguez Ávila: “El hombre de hoy se ha desvestido”. La cultura de la comodidad impera como lo hace la cultura de la participación. Por la primera cultura, puede ir usted vestido como un indio, venteando sudores, castigando al prójimo, pero, eso sí, hable usted siempre de acuerdo con los dictados de género, que eso es lo único que importa. Y por la segunda cultura, la de la participación, puede usted salir de nazareno sin creer en Dios. Qué más da. La impostura cotiza al alza.

Algunos van a la Feria creyendo que se toparán con la Grace Kelly del siglo XXI, que montarán a caballo y serán Álvaro Domecq, o que se cruzarán con los Príncipes de España en la puerta de la caseta del Labradores, al igual que algunos chinos piden las habitaciones donde durmió Ava Gadner. Se trata de repetir, mimetizar, creer que se pueden seguir las pautas de lo que otros hicieron: los modos de vida, el lugar donde se hospedaron hace mucho tiempo quienes algún día fueron y hoy ya no existen. Esa es la mentira que esconde la devaluación de una sociedad que le echa refresco a la manzanilla, que paga un cubierto a 60 euros en un restaurante sin mantel, y que acepta tapicerías de autobús escolar en hoteles de cinco estrellas. Ocurre que la autenticidad no se puede comprar. Y mucho menos el glamour. Disfruten, pero no se engañen mucho. Al final del camino siempre aguarda la resaca.

  • Rafael Romero

    Si señor.
    Eso es lo que hay
    Estamos devaluados
    Nos visitan de acuerdo al personal que ofrece
    Y asi nos va

  • paco

    A mí la feria no me gusta por estridente, pero la crítica que usted le hace falla por un hecho fundamental: la jet set ya no existe, ni aquí ni en ningún lado. Si va usted a Gstaad en invierno, Tánger en otoño, las Maldivas en verano, Río en carnaval, se encuentra los mismos visitantes de clase alta que vienen a Sevilla: gente con dinero, pero no jet set. Decía J. L. de Vilallonga que la jet set murió en los años 80, cuando la economía se volvió loca, y el dinero viejo fue superado y comprado por el dinero nuevorico. Los descendientes de lo que antaño fueron jet set, siguen existiendo, pero llevan una vida más normalizada y de círculos discretos y cerrados, ya no son los reyes del mambo. El glamour está de capa caída en todo el mundo, y eso no es culpa de la feria de Sevilla, más bien la feria sería víctima.

  • Alberto Perez Reyes

    El glamour era Ava Gardner? Para alguien del Siglo XIX seri’a ni ma’s ni menos que una buscona con tendencias alcoho’licas. Pero supongo que cualquier tiempo pasado fue mejor…