Salvemos la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de mayo de 2018 a las 21:00

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CUÁNTAS veces no ha oído usted ese lamento, ese canto a la nostalgia, ese suspiro recurrente cuando es demolida una casa del centro para hacer un hotel de cuatro estrellas, cuando pega el persianazo un negocio de toda la vida para ser sustituido por una heladería franquiciada, cuando las mentes ociosas se inventan una jornada de Semana Santa al revés para hacer el mayor mamarrachos que conocieron las cofradías tras Munarco, cuando usted siente que no se cuida la imagen de la ciudad tenida como tradicional. Es en ese momento cuando se oye: “¡Sevilla se nos va!”. Yadmitimos, fieles a una imagen idealizada, que la ciudad que nos fue dada se está escapando porque, sencillamente, está cambiando, como el hijo que crece y llega un día que parece que se ha criado en otra casa. Esta ciudad no es la mía, esta Feria no es la que yo viví, estos veranos de Sevilla ya no son como antes, pues ahora hay gente por todos lados y a todas horas, ya no queda ni el sonido de la chicharra, pues la chicharra ha sumado los días propios a las vacaciones y se ha dado el piro hasta septiembre. De pronto, fíjese usted qué cosas, hemos vuelto a ese pasado idealizado como cuando a Jesús Becerra le da por rescatar las tapas antiguas por un día. Nos ha ocurrido con la Catedral, que no parece la Catedral, sino la antigua feria de muestras que se celebraba en el Casino de la Exposición y que impulsaba, entre otros, un emergente Juan Salas Tornero. Se entraba en el recinto y comenzaba una carrera oficial de mostradores donde se exponía toda suerte de artilugios y artículos: maquinaria agrícola, maquinaria industrial, vinos, electrodomésticos, artesanía, etcétera. Ahora se guarda la cola en la Catedral y lo de menos, anda qué no, es la gitana que te da la brasa con el romero cuando uno está a punto de acceder por el atrio de la Puerta del Príncipe, a los pies del falso Giraldillo.

–Cógelo, payo, no me lo rechaces… Valiente cara de esaborío con lo grande que eres.

Tras superar los tornos, igualitos a los que hay en un estadio de fútbol, empieza la galería de los horrores de cintas, prohibiciones y, oh sorpresa, los mostradores de diversos productos. Se quejaban en los noventa de la cafetería permanente que el Cabildo pretendía montar en la azotea de la Cilla, que hubiera sido continuadora de la que funcionó en el Patio de los Naranjos en el 92, pero lo de ahora es mucho peor. Es una feria de muestras que va creciendo, con puestos donde a usted le ofrecen otras rutas turísticas por la ciudad, o paseos en autobuses que son muy recomendables –no hay duda– pero con mostradores que casan malamente con la estética gótica de la Catedral y con el concepto de edificio sagrado. Esperando estamos algunos a que pongan un cajero automático debajo del altar de Laureano de Pina, un comercial de banca en la Puerta de la Concepción para ofrecer planes de pensiones y, por supuesto, ya están tardando en montar el mostrador del barco turístico Luna del Guadalquivir.

El interior de la Catedral de hoy es la feria de muestras de los años 70 pero sin don Juan Salas. ¿Dónde ha quedado la sensibilidad de otros tiempos en los que se cuidaba que no se vieran los cables de la luz por los pilares? No nos creemos que los conservadores de prestigio del templo, que los tiene, asuman como propias estas agresiones a la Catedral. Los horripilantes mostradores de productos turísticos sólo pueden obedecer a una visión marcadamente comercial de la denominada visita cultural. Como obedece el centro histórico los fines de semana, como obedece la Feria de formato largo, como obedece todo en esta coyuntura que nos ha tocado vivir a ese fenómeno que se ha bautizado como turistización. Soportamos una Avenida convertida en una Benidorm sin playa porque había que suprimir los autobuses contaminantes. La piedra se caía por efecto de la polución que generaba el tráfico rodado. Y ahora hieren a los sentidos los mupis que crecen como champiñones sobre el frío mármol de la Catedral. ¿Dónde está, oh comisión de patrimonio, tu victoria?

Que no, que no nos creemos que los conservadores del templo bendigan estos horrores. Y mucho menos don Juan José Asenjo, pastor de la diócesis y experto en Arte. No nos podemos creer que avale una Catedral donde las empresas turísticas tratan de aumentar la cifra de negocio. Todo no vale en turismo. Todo no puede valer. ¡La Catedral se nos va! La Nave del Crucero parece una franquicia con tanto turista y tanto mostrador. Ypara esto hicimos la guerra contra los autobuses. Para crear una feria de muestras con canónigos.

  • jose simon

    totalmende de acuerdo es una AUTENTICA VERGUENZA que el Cabildo Catedral o a quien le corresponda consienta estas cosas. en tiempos de Jesucristo, el Señor entro al Templo y echo a los mercaderes pues parecia una cueva de ladrones.
    Pero claro…esos expositores etc no estan por gusto, dejan dinerito a las Arcas que es lo que interesa, verdad Sr. Arzobispo?

  • FedeGravina

    El asqueroso y lamentable uso mercantil que el Cabildo está dando al Templo Metropolitano, con la aquiescencia de la Mitra y del alcalde y de la Junta y de los conservacionistas y del sumsum corda, es de Juzgado de Guardia

  • Rosa

    ¿Que no lo bendicen los conservadores del templo ni el arzobispo? ¿Entonce quién? Está claro. Ya una vez Cristo echó a los mercaderes del templo,tendría que venir otra vez, pero desgraciadamente llevamos muchos siglos esperándole y nada que no. Y mientras tanto la institución con voto de pobreza, más y más rica.


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