La amenaza de los apartamentos turísticos en Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 1 de julio de 2018 a las 5:30

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El andaluz inglés que sigue siendo Luis Uruñuela se encontró un Ayuntamiento con todo por hacer. Las arañas saludaban en la caja de caudales y, menos vender el Tesoro del Carambolo, al primer alcalde de la democracia se le ocurrió de todo para sacar adelante la institución. Le quitó, por ejemplo, las subvenciones directas a las cofradías a cambio de la cesión de la vía pública (carrera oficial) para que ellas mismas asumieran la explotación. Hoy se diría que Uruñuela le dio la mayoría de edad a las cofradías en el plano económico. Achuchó con las polémicas propias de una España en transición en todos los sentidos, donde unos confundían la libertad con la falta de respeto (ay, aquella caseta municipal literalmente invadida), entendían mal el concepto de igualdad, o se pasaban de rosca (como hoy) con la laicidad del Estado. Al socialista Manuel del Valle le tocó poner a punto la ciudad para la Exposición, enterrar la obra del Metro (“Un túnel sin salida”, rezaba la cartelería) y promover los grandes viarios que seguimos disfrutando. Alejandro se llevó la gloria de la Expo, pero tuvo que lidiar con los gorrillas, con una protesta sindical en la Feria a la que supo contestar revestido de héroe, y se fabricó él solito algunos charcos en los que se metía con gusto, caso del traslado de los clubes al innecesario estadio de la Cartuja, la reforma urbanística del entorno de la Catedral o los proyectos de candidatura olímpica. Tuvo que lidiar con el concepto que más daño le ha hecho: el urbanismo bajo sospecha. Soledad Becerril gobernó en la Sevilla de la depresión posterior a la Exposición, lidió con el fenómeno de la botellona ya consolidado y sufrió la última gran sequía que obligó a cortar los grifos.

A Alfredo Sánchez Monteseirín, como a los cardenales de largo pontificado, le dio tiempo para casi todo: acertar, equivocarse, quedarse a la mitad, pasarse de la raya, ganar enemigos y adeptos, etcétera. Zoido se limitó a sostener las cuentas en plena crisis, hacer la vista gorda con los veladores, instaurar el mapping en Navidad y recuperar el acceso de los autobuses hasta la Plaza del Duque por Laraña. A todos les han unido los problemas con la Policía Local, como a casi todos los alcaldes de España. Y con los taxistas.

El actual alcalde no tiene ante sí una ciudad deprimida tras un gran fasto, ni aspiraciones de ser sede de torneos deportivos de gran resonancia. Los gorrillas no son ahora como los que sufrió Alejandro. En la cabeza de Espadas no cabe, precisamente, la fabricación de charcos propios, más allá de la ampliación del formato de la Feria. Los problemas de Espadas más patentes, aquellos que percibe el ciudadano a pie de calle, son tres: la mafia del taxi, los apartamentos turísticos y las despedidas de solteros. Los tres, qué casualidad, están relacionados con la degradación de la convivencia urbana que afecta a la sociedad en general. El del taxi es un problema heredado, como puede ocurrir con los veladores. Ocurre que a Espadas le ha tocado el segundo gran brote de protestas, el primero lo sufrió  Monteseirín siendo edil de Tráfico el ínclito Blas Ballesteros. Esta ciudad es especialista en sufrir un problema en silencio, como las hemorroides, hasta que llega el día en que alguien decide señalar alto y claro dónde hay una lacra y sacarle rédito político a una situación que pone a muchos ciudadanos de los nervios. Y a Espadas le ha estallado desde hace unos meses un problema que viene de lejos, como a Zoido le cayó el de los veladores sin que se le ocurriera mejor reacción que admitir que se había abierto la mano para ayudar a los hosteleros en tiempos de crisis. Horror de los horrores, Juan Ignacio.

El de los apartamentos es un problema que nace durante el mandato de Espadas, como ha surgido en otras grandes ciudades. Y es cierto que la burocracia es lenta para establecer un marco regulatorio.

Hay empresarios muy conocidos de esta ciudad que gestionan apartamentos que no generan una sola protesta. Se nota que están encima del negocio y que seleccionan bien a los huéspedes, como ocurre con muchos taxistas a los que da gusto felicitar por su atención y diligencia en el trato con el cliente. La carestía de los hoteles genera la multiplicación de apartamentos, y el monopolio del taxi relaja la calidad del servicio y genera con el tiempo el negocio de las VTC donde, qué casualidad, se vende el esmero como el valor añadido.

El delegado de Urbanismo, Antonio Muñoz, puede manejar todos los informes que quiera sobre el grado de aceptación de los sevillanos ante los apartamentos turísticos. Como si encarga una encuesta y sale la sangre encebollada como la tapa preferida. Con los apartamentos turísticos hay un problema creciente mucho mas difícil de controlar, si cabe, que el de los taxistas. Que el 66% de los 1.032 encuestados por el Consorcio de Turismo diga que no le importa que haya pisos turísticos en su edificio no reduce en nada un problema que salta a la vista, como saltaba el de los gorrillas, la masificación de las aulas universitarias o la botellona en los años noventa. En una sociedad de grandes mayorías silenciosas nadie quiere aparecer en contra de casi nada, nadie quiere señalarse, nadie quiere mojarse. Sevilla aguanta las hemorroides en un perfecto silencio, más allá de un tuit de Paquili harto de aguantar sábanas tendidas en el balcón de enfrente, o de las quejas del sector hotelero expuestas en reuniones formales con platitos de caramelos y botellitas de agua baja en sodio.

Cada alcalde tuvo su afán. Espadas conoce a la perfección cuál es el suyo cuando tiene casi un año de mandato por delante. Nadie le exige que amplíe el tranvía, ni que aspire a unos Juegos Olímpicos, ni que aumente los días de Feria, ni siquiera que sanee las cuentas. Nos ha puesto fuentes para beber en la vía pública, lo cual es elogiable, pero falta remediar la carencia absoluta de urinarios para que dejemos de hacer uso, por ejemplo, de los aseos de entidades como el Colegio de Abogados. Agua, sombra, parques, taxis limpios y eficaces, limpieza en la vía pública… El gran reto de Espadas no es el urbanismo bajo sospecha, ni sacarnos del corsé de medidas intervencionistas en lo económico, sino hacer que Sevilla sufra lo menos posible la degradación de esa convivencia urbana que afecta a toda una sociedad. A Uruñuela le invadieron la caseta municipal, a Espadas le invaden los turistas el centro de la ciudad. Que nunca haya que colocar un cartel: “El centro, un túnel sin salida”.

 

  • paco

    “Hay empresarios muy conocidos de esta ciudad que gestionan apartamentos que no generan una sola protesta. Se nota que están encima del negocio y que seleccionan bien a los huéspedes”. Pues ya me dirá cómo, porque seleccionarlos es imposible, ya que las reservas son siempre a través de internet. La única posibilidad sería ponerlos muy caros, pero entonces no lo reserva nadie.

  • Manuel

    Bueno el tema de los taxistas, como bien dice, no es reciente pero es ahora cuando los periodista, en especial ustedes, estáis sacando leña del árbol caído. También, las VTC no surge por la “relaja de la calidad del servicio” por parte del taxi (mal llamado por ud monopolio), sino como una alternativa al taxi desde hace bastante década. Primero como licencia tipo C y luego como VTC desde los años 90.
    Si es cierto, que con respeto a las viviendas turísticas no le falta razón. Y es, posiblemente, el problema más grave que tiene que resolver el señor Espadas, ya que no esta en juego un modelo de negocio u otro, sino la autenticidad de nuestra ciudad.