La ciudad respira

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2018 a las 5:00

 

SEVILLA.

Por la noche todas las ciudades mejoran. La noche es aliada de la belleza como el silencio del sosiego y el vacío de la calma. La noche camufla los defectos, las señales del tiempo, las arrugas por el uso. La noche estiliza las formas, funde el cielo oscuro con la penumbra de las calles. La caída de la noche es el chorreón de agua de búcaro en la muleta de un torero en una tarde de viento. Templa, apacigua los ánimos, permite una perspectiva de los asuntos libre de la contaminación de ruidos y ajetreos, huérfana de los estruendos del transporte urbano y del repertorio de pitidos de las nuevas tecnologías, tam-tam de la vida cotidiana.

La noche es como el agua en el albero: refresca las cabezas, alivia de calor el ambiente. La noche ensalza la arquitectura y hace brillar los pavimentos de adoquines. Por la noche se oye respirar a una ciudad que parece ajena a todos los sucesos de la capital del reino, a las disputas municipales, a las guerras por el poder en clave local, a las pugnas por el control de un territorio del tamaño de una baldosa. La noche puede con todo, deja un aire limpio que ni siquiera enturbian las dimisiones de ministros, las peleas de gallinero de las redes sociales, las diadas del odio o los plagios sonrojantes que dejan en jaque a la Universidad.

La noche es una oportunidad para el reencuentro íntimo con la ciudad, con los secretos de la trama urbana, con los sonidos que sólo se oyen cuando todos duermen. La ciudad de noche ofrece una versión para cada habitante, no dejar de ser más que la prolongación de uno mismo. A la luz de la luna es posible una ciudad a la carta, personalizada, a la medida.

No se conoce bien una ciudad hasta que cae la noche y ella se deja cortejar, exhibe su verdadera piel, derriba fachadas impostadas y muestra fachadas desconocidas, sonidos imperceptibles durante el día: el descorrer de una persiana a deshoras, unas pisadas marcadas por esa velocidad que sólo imprime el miedo, un portazo, un grito, una discusión, un susurro, un motor que de pronto se apaga, los cascos de un caballo de coche de punto de recogida por el Paseo de Colón, el reguero de un manguerazo por Cuna, el choque de dos vasos recogidos de una vez por la mano de un camarero del Salvador, el silbido del conductor del camión de la basura por la Plaza de la Magdalena, el tintineo del llavero del tabernero del Arenal que retorna a casa…

La noche embellece hasta las partes menos agraciadas de la ciudad, como los tapacubos lo hacen con las ruedas de un coche de alta gama. Las ciudades, como las personas, son mejores cuando duermen. Todas las ciudades son preciosas en una postal y cuando son paseadas por la noche. Para conocer una ciudad hay que patearla de noche, cuando ella habla sola sin que nadie hable por ella, cuando se muestra como en los planos, sin capacidad de engaño, en el cuerpo desnudo de su arquitectura, en el sosiego de sus parques vacíos, en la montaña hueca de la Catedral, que vista desde el espacio parecerá un cráter con vencejos; en los azulejos de imágenes que recogen alguna oración a baja luz, en las avenidas despobladas donde los semáforos buscan diálogos imposibles y los monumentos de bronce parecen mimos sin pedir limosna.

La ciudad de noche tiene mucho de territorio exclusivo para cabales. A veces parece que la ciudad se ha hecho tan adulta que no se reconoce en ella ningún rasgo de esa infancia sin aristas, de esos días azules como urbe, de esas señales que hacen posible una imagen idealizada que sirve de asidero emocional de nuestros días. Será que la ciudad se ha roto de tanto usarla. Por eso la noche es buena, porque nos reencuentra con el asfalto de nuestra existencia bajo la luz romántica de una farola. Y entonces valoramos más todo aquello que no vemos durante el día por pura incapacidad, por exceso de ruido, por prestar atención a esa suma de frivolidades que marcan las horas que nos han tocado vivir.

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