Rajoy busca enganche

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

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EL éxito de un acto en Sevilla es que se quede gente fuera de la convocatoria. A Rajoy le organizaron una cuchipanda el viernes por la noche en el Museo de Carruajes bajo el pomposo título de un encuentro del presidente del PP con la “sociedad civil andaluza”. El jefe del Ejecutivo se movió entre los enganches con esa parsimonia, esa serenidad y esa paciencia que son marcas de su heráldica particular. Daba la mano con la izquierda por una lesión en dos dedos de la derecha. Rajoy es la serenidad pura en un corrillo, es ese señor que da gusto encontrarse en el ascensor y cambiar impresiones sobre el clima, es el secretario idóneo para la comunidad de propietarios. Hacendoso, cumplidor, gris y perseverante. Que hay que ir a la cuchipanda de Juan Manuel Moreno, se va. Que hay que saludar y alternar, se saluda y se alterna. Estuvieron algunos de sus ministros: unos con más ganas, otros con menos. A estas alturas no hay caretas. La de Empleo, Fátima Báñez, fue la única que expresó alegría. Siempre se mueve como pez en el agua por Sevilla. Zoido compareció notoriamente cansado. Cospedal y Soraya acudieron con estilo desenfadado y con el tiempo justo. La de Defensa tenía prisa porque la esperaban en el restaurante La Raza para participar en una cena con los componentes de la delegación castellano-manchega. El ministro Nadal andaba por allí, pero en Sevilla es poco conocido. Casi lo confunden con el metre. Montoro fue el último de los ministros en marcharse, anduvo con el perfil bajo, de tapadillo, pero pasándoselo bien a juzgar por el tiempo que permaneció en el sarao. Todos los demás ministros hicieron rabona. Arenas (Javié) estuvo el tiempo preciso. Llegó, fichó y llevó al abogado Moeckel hasta los dominios de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría: “Soraya, éste es Moeckel, el tío que querrían fichar todos los partidos”.

En esa “sociedad civil andaluza” que Moreno Bonilla logró reunir para cumplimentar a Rajoy estaban algunos clásicos del tío vivo local, esa atracción que gira y gira y donde siempre suben y bajan los mismos… ejemplares. El concepto de sociedad civil es tan amplio (y difuso) que permite meter de todo. Curiosamente no estaban algunos de los empresarios andaluces que figuran entre los de mayor facturación de España, según la última clasificación. Tampoco estaban las cofradías. Sí estaban Juan Ramón Guillén, Miguel Gallego, Manuel Contreras, Francisco Herrero, Francisco Arteaga, Jorge Paradela, Ricardo Pumar, etcétera. El alcalde de Carmona llegó con rostros amables como Pansequito, Raúl Gracia El Tato (“Al aparato”, respondía cuando se le llamaba por teléfono) o la pintora Nuria Barrera, siempre oliendo a Quizás (Loewe), una especialista en los tonos azules, azules como los de este PP teñido de cierta melancolía estos días. No corren buenos tiempos para la gaviota reconvertida en encina tras su paso por el laboratorio de Arriola. Rajoy necesita nuevos enganches. El ambiente de la recepción distaba mucho de la de 2011, celebrada en el Real Alcázar. La euforia actual, cuando se escenifica, está muy forzada. Lo de la Cifuentes ha dolido. En privado se reconoce que no se termina de salir de un entuerto cuando el partido se mete en otro. “Presidente, al menos tiene usted la mano izquierda intacta, que es la que mas necesita”. Y Rajoy se ríe por educación mientras musita una suerte de “chichichí”, que en realidad es un “sí, sí, sí”.

El pintor Ricardo Suárez habla de Arte y de la romería del Rocío con Báñez, la ministra de Huelva, como le gusta proclamar a su jefe de gabinete. Juan Ávila es el único alcalde de la provincia de Sevilla que asiste a la recepción. “También es el único que tiene un Parador”, apunta alguien para justificar su presencia. Santiago León, teniente de la Real Maestranza, se lleva bien con Beltrán Pérez, aspirante a la Alcaldía. Los dos son taurinos. Los condes de Peñaflor se despiden a una hora prudente. El encargado del cátering, Miguel Ángel, se hace una foto con el presidente. Soraya se ha ido. Zoido también. De Arenas no queda rastro. Eladio, un amable camarero, sigue atendiendo con la misma diligencia que en el primer minuto. En el exterior cae una lluvia fina sobre la ciudad. Sólo falta una melodía de violín para cuadrar una escena trufada de cierta melancolía que nadie admite en público, pero sí en privado. Entre los invitados emerge la figura colosal de Antonio del Castillo, padre de Marta. Le agradece a Moeckel un artículo que publicó sobre su hija hace unos años. El senador Toni Martín es el alguacil de la plaza, el ojo que todo lo ve, el que apunta con la mirada quienes van saliendo de la cuchipanda. Moreno Bonilla sonríe. A la portavoz parlamentaria Carmen Crespo no le gusta oír una coletilla sobre su jefe: “Llamadme Juanma”. Por el gesto se le nota la desaprobación, pero ya se sabe lo que dijeron en Cádiz: “¡Viva la libertad!”.

El empresario Miguel Gallego se hace fotos con el presidente del Gobierno con numerosos testigos de la escena: el periodista Fernando Seco, Juan Carlos Hernández Buades y María Luisa Ríos (CEU-San Pablo), Julio Cuesta (eternamente Cruzcampo) y ese largo etcétera que hace la melé en torno a los grandes personajes del poder. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, se mueve de corrillo en corrillo. Hay pocos políticos locales. El aforo es limitado y se ha ajustado mucho la lista de invitados. Incluso hay quien da en la diana: “No hay bulla, pero aquí hay más gente que invitados”.

El presidente se ha ido y nadie sabe como ha sido. Hay algunos peinados de peluquería que encajarían en la cafetería de la Guerra de las Galaxias. Esta derecha ya no es la que era. En el umbral, que no en el dintel, se fuma a resguardo de la lluvia. Alguien envía un mensaje: “¿No viene usted a la recepción del presidente”. Y al rato se recibe la respuesta: “Yo he ido a lo de Ciudadanos con los autónomos”.

Eladio rellena con amabilidad algún último catavino de manzanilla. Los enganches aguardan sus jacos. La Feria está próxima en todos los sentidos. El PP está cansado. También necesita que tiren de su carro. Los escándalos son como la lluvia fina. Terminan calando y aparecen los estornudos. Y entonces hay que pedir un pañuelo. Y tener mano izquierda. “Chichichí”.

El máster de Raynaud

Carlos Navarro Antolín | 7 de abril de 2018 a las 17:28

La presidenta del PP de Sevilla

EN este PP que anda con el miedo metido en el cuerpo porque percibe ya a las tropas de Ciudadanos dispuestas al asedio del castillo de su mayoría social en el centro-derecha, están todos muy contentos porque el señor Jaime Raynaud será el director de la campaña electoral de Beltrán Pérez. Pérez es el candidato a la Alcaldía por decisión de Rajoy y por mediación del que manda de toda la vida en el PP andaluz, el de siempre, el que más sabe, el que los ha enseñado a todos, el que tiene más vidas que un gato, el lince protegido de la política andaluza. Sí, el mismo en el que usted está pensando.

–¿Ese mismo?
–Ese, ese…

Raynaud procede de la UCD, todo el mundo alaba ahora su prestigio y su talla intelectual, virtudes que en política no son nada frecuentes, pero nadie habla de su gran mérito. Raynaud tiene un máster en el PP, pero un máster de los de verdad, no como el de Cifuentes. El máster de Cifuentes es el reflejo exacto de la muy blanda y marquetiniana universidad de hoy. Raynaud se ha beneficiado y ha sufrido a partes iguales los efectos de guardar la disciplina de partido. Está hartito de oír en Sevilla esa frase que forma parte del catálogo de pésames que algunas cacatúas callejeras repiten: “¡Qué buen alcalde se perdió la ciudad contigo, Jaime!” Raynaud lleva más de una década oyendo eso de los mismos que no levantaron la voz cuando este Jaime fue apartado de la carrera electoral una tarde de Corpus del 2006, cuando subió en el ascensor del Ayuntamiento acompañado por Gregorio Serrano vistiendo ambos el chaqué de la procesión. “El próximo año saldremos como gobierno, Jaime”, le dijo Serrano. Y horas después bajaron en el mismo ascensor. Bajaron de planta y de escalafón literalmente. Arenas ya había decidido el cambio de candidato. Raynaud debió dar el portazo tras pasarse meses oyendo que él era el cabeza de lista “hoy por hoy”. Pero no lo pegó. Aguantó de concejal raso todo lo que quedó de mandato, cumpliendo con las bodas que tenía apalabradas, con los plenos mensuales y con las procesiones de rigor. Hasta asistió silente, apoyado en la pared, como espectador a la rueda de prensa en la que se anunció su relevo como portavoz. Su gran éxito fue convertirse en mártir. Arenas lo cuidó en lo personal, le telefoneaba los días pares y los impares, y hasta entró en las quinielas del posible primer gobierno del PP andaluz en 2012, cuando la noche de los insuficientes 50 diputados y el camión del cátering de La Raza yéndose antes de tiempo con los canapés intactos. Raynaud guardó la disciplina de partido. La ciudad perdió un líder de la oposición eficaz, que trabajaba los temas, que entendía y explicaba los asuntos del urbanismo como pocos, que vestía con un estilo muy peculiar, chalecos amarillos y chaquetas rosas incluidos. La chaqueta rosa de Rayanaud es todo un símbolo de aquella etapa municipal, como ahora lo es del PP de Sevilla el burro del alcalde de Carmona, que no se llama Juan Ávila, sino Aurelio, so malpensados que son ustedes. Todos mis respetos por el señor Ávila, que reclamó en el comité ejecutivo del lunes que cuando se refiera su burro en las crónicas aparezca por su nombre. Dicho está. Platero y yo. Aurelio y Juan.

El máster de Raynaud ha sido aguantar en silencio el dedito de esa Sevilla compasiva que le daba el pésame por delante (¡Qué gran alcalde se perdió la ciudad) y largaba cobardonamente por detrás: “Hay que ver lo que aguantó este hombre, yo no hubiera soportado eso ni un minuto”. Raynaud aprobó el máster con nota alta, vio a sus colaboradores pasarse de bando, algunos (y algunas) de ellos con una capacidad meritoria para entonar aquello del íbamos a ganar con Jaime cuando hemos acabado ganando con Juan Ignacio. Raynaud se quitó la chaqueta rosa y se puso a trabajar en la sede del PP andaluz elaborando los programas electorales, donde se inventó lo del teleférico de Tomares que proyectó a José Luis Sanz como alcalde del municipio y, por ende, lo alzó como gran estandarte del PP en la Sevilla metropolitana. Y Sevilla, mientras, seguía con el dedito. A Sevilla le encanta usar ese dedito para repetir las mismas preguntas de siempre. Se pasó años esa misma Sevilla cuestionando por qué monseñor Amigo no era cardenal, como se pasó años preguntando por qué Burgos no era pregonero, o se sigue pasando años indagando si Pepe Chamizo sigue siendo cura. Aquí nadie se pregunta por la caída de Abengoa, los despidos en Airbus, la escasa inversión en los túneles de la SE-40 o las razones por las que el ministro de Cultura visita el Arqueológico para hacerse una foto el 31 de diciembre, pero después en los presupuestos generales del Estado sólo figura la limosna de 130.000 euros para este edificio. Toma del frasco, don Iñigo. ¿O será que el ministro de Cultura vino ese día a Sevilla porque por la tarde corrían sus caballos en Dos Hermanas y aprovechó la mañanita para la foto?

El máster de Raynaud, aprobado con nota alta, fue aguantar durante años el dedo de Sevilla, sentarse en la puerta de su casa (bien próxima a la Plaza Nueva) y ver pasar a sus enemigos: unos directamente ya en el limbo, otros aguantando hoy como pueden en sus puestos públicos, alineados en el bando perdedor del partido. Dicen que Raynaud está de vuelta, pero hay caminos de retorno que pueden ser largos, larguísimos, como los meses en silencio que se pasó al ser desbancado de la carrera municipal. Raynaud no dio el portazo que todos hubiéramos hasta aplaudido, no se fue a su casa de Almensilla a cuidar de sus plantas y a libar alguna copa de champán francés. Arenas lo premió con el tiempo con un escaño en el Parlamento Andaluz y lo sigue premiando hoy con responsabilidades notorias. Llevan demasiados años juntos como para no reconocerse los méritos, tanto como para no perdonarse algunas jugarretas. No hay nada que una más que el enemigo común, el que siempre habita en el interior: el eje de Cospedal y Zoido. Está por ver si todo el PP se une ahora contra el enemigo común exterior: la naranja de Ciudadanos que los tiene a todos con la jindama dentro. A Raynaud le basta ahora con enseñarle un modelo de ciudad a Beltrán Pérez. Y a Arenas le basta con llegar al PP de Sevilla y sentirse cómodo.

¡Que no se mueva un varal en Urbanismo!

Carlos Navarro Antolín | 25 de marzo de 2018 a las 5:00

Arquillo del Ayuntamiento. El delgado municipal de Hábitat Urba

LA Gerencia de Urbanismo es la aldea de los galos (bien remunerados) que se resiste al invasor en la Galia municipal. Los habitantes de la aldea (caracolas) gozan de un todopoderosa pócima con uno de los convenios laborales con más ventajas de toda España. Háganse una idea: los sueldos en este organismo municipal son hasta un 60% más altos que en el Ayuntamiento. Por lo tanto, se explica que haya resistencia a cualquier cambio mínimo, no ya de los sueldos o de las condiciones de trabajo, sino a cualquier modificación que pudiera suponer la apertura de un proceso de modernización de una Gerencia de Urbanismo que no funciona como el motor de la ciudad que debiera ser. Antonio Muñoz, delegado de Hábitat Urbano, ha comprobado esta semana que el inmovilismo de la ciudad no radica en las cofradías, dicho sea ahora que empiezan a sonar los tambores en el centro con permiso de la lluvia, sino en una Gerencia acostumbrada a los buenos tiempos y que se resiste siquiera a imaginar que pudiera perder privilegios. El gobierno socialista pretendía esta semana iniciar el proceso de integración de Urbanismo y Medio Ambiente, lo que supone en la práctica traspasar 34 funcionarios a las caracolas de la Cartuja, ocupadas en su mayoría por personal laboral. Para este fin se planteaba –con buen criterio– arrancar con la modificación estatutaria necesaria para ampliar las competencias de la empresa. Nunca se puede olvidar que el Grupo de Ciudadanos fue el que promovió el año pasado con buen criterio una moción en el Pleno para exigir esta fusión con el objetivo de desatascar los procesos de tramitación de licencias. Todos los grupos políticos aprobaron la moción. Resulta extraño que Ciudadanos y el PP rechazaran el jueves la iniciativa impulsada por el gobierno de acuerdo con esa moción. Alegaron falta de consenso, rapidez y otros pretextos. Estaba claro que los grupos de centro-derecha no iban a ponerle las cosas fáciles a Antonio Muñoz a las primeras de cambio, sobre todo cuando algunos activistas sindicales estaban metiendo ruido desde primeras horas de la mañana en la sede de la Gerencia, momentos antes de la reunión del consejo de gobierno donde se tumbó la fusión. El rechazo de Participa Sevilla e Izquierda Unida se daba por amortizado, pero no el del PP y Ciudadanos. El gobierno contaba con el apoyo de los naranjas, pues ellos promovieron la moción, y con la abstención, al menos, de los chicos de la gaviota, la encina o lo que ahora tengan por símbolo. Está claro igualmente que el pontificado de Beltrán Pérez como candidato no iba a arrancar con una ayuda de semejante calibre a un gobierno en minoría. Demasiada concesión hizo el líder de la oposición al permitir con su abstención que salieran adelante los presupuestos: en ese momento, cuando todavía no era candidato, ganó perfil institucional con ese gesto. Ahora ya es el cabeza de lista proclamado por Mariano Rajoy en Marbella, comienza la confrontación, que se irá intensificando con el paso de los días.

Antonio Muñoz es el primer delegado de los asuntos urbanísticos que emprende el intento de efectuar una reforma ambiciosa en la Gerencia de Urbanismo para que los empresarios no tengan que dirigirse a dos ventanillas, sino solo a una, a la hora de abrir un bar, una frutería o cualquier pequeño negocio. Este mero intento se ha encontrado con la oposición frontal de cuatro partidos políticos y de Comisiones Obreras. Unos temen ponérselo fácil al gobierno, otros que este proceso sea el inicio de una pérdida de condiciones laborales especialmente ventajosas. No hace mucho que el PP, con veinte concejales, amagó con reducir los sueldos en la Gerencia de Urbanismo a cambio de que los trabajadores pasaran a gozar de la condición de funcionarios. En el fondo, el PP de Zoido deseaba suprimir la Gerencia como tal, que volviera a ser un servicio municipal más, pero los populares retrocedieron en sus intenciones con rapidez y pusilanimidad al percibir las primeras resistencias al proceso. Yeso que Zoido contó entonces con el apoyo de Juan Espadas, líder de la oposición, para igualar los salarios de la Gerencia a los de los funcionarios municipales.

En los doce años de Monteseirín no hubo mayores problemas porque la Gerencia era el cuerno de la abundancia en los años del boom inmobiliario. El dinero entraba por las licencias, los convenios y los intereses financieros. La caja estaba cargada de billetes. Pero ahora que la crisis parece que ha pasado, los empresarios exigen mayor rapidez en la obtención de licencias. Y Urbanismo necesita más inspectores para realizar el trabajo posterior que requiere el proceso que agiliza los trámites mediante la presentación de una declaración jurada. La Gerencia se resiste, ve el fantasma de la privatización agitado por las partidos de izquierda en la oposición, y la adhesión oportunista de los de derechas que buscan no ya el rédito político propio, sino que el rival no se anote el segundo gran tanto en menos de un mes tras sacar adelante las cuentas. La aldea de los galos se opone. Lógico, pues tras la fusión se anuncia una nueva Relación de Puestos de Trabajo (RPT) que es tan necesaria como imprescindible. Antonio Muñoz necesitará valor y mano izquierda. Carece de poción mágica propia y tiene un gerente que cobra menos que la mayoría de los trabajadores del organismo autónomo por efecto, por cierto, del incomprensible tope salarial impuesto por Juan Espadas. Si en los cuarteles militares reza en la entrada el “Todo por la Patria”, en las caracolas de Urbanismo está clara la leyenda de la pancarta de bienvenida: “¡Que no se mueva un varal!”.

La mejor versión de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

LA CATEDRAL ACOGE EL FUNERAL POR EL NIÑO GABRIEL

MUCHOS españoles no sabrían el pasado jueves, al contemplar a un decaído ministro del Interior con la bufanda azul del pequeño Gabriel en la mano, que Juan Ignacio Zoido ha ejercido muchos años de juez antes de los veinte que lleva en cargos políticos e institucionales. Y que en el ejercicio de su profesión como magistrado nunca se acostumbró, nadie puede hacerlo, a levantar cadáveres de jóvenes fallecidos en accidentes, niños quemados por los braseros domésticos, muchachos ahogados en una piscina… El ministro ha cumplido con pulcritud sus funciones en el caso del secuestro y asesinato del niño de Almería. Ha estado a la altura. Y máxime si se tiene en cuenta la perspectiva personal, nunca despreciable por mucho que cierto criterio aconseje escrutar el desempeño de un cargo público sin reparar en factores personales.

Zoido me hizo una vez una confesión al recordar aquellas duras experiencias como juez a pie de calle: “Con lo que yo he visto, con lo que yo he visto…”. Los meandros de la existencia conducen a los destinos más imprevisibles, a las aguas más embravecidas. Quién le iba a decir al hoy ministro que uno de sus momentos más duros como titular de la cartera de Interior sería el de recibir la bufanda azul de una criatura yacente, sin vida por acción de la maldad humana. Defiende un ex alcalde de Sevilla como Manuel del Valle que la política está deshumanizada. Casi todo vale en esta España de las cloacas de las redes sociales, los pendulazos agresivos en el enfoque de los temas, los garrotazos a lo Goya entre hermanos de una misma nación, los análisis descarnados de los sucesos más delicados, la intimidad mercadeada y, cómo no, la información convertida en espectáculo con tal intensidad que hasta para muchos profesionales de la comunicación resulta difícil distinguir el sentimiento sincero de la actitud impostada. Todo es un gran teatro donde el azul de una bufanda emerge en el oleaje oscuro de los mercaderes, carroñeros y advenedizos del dolor ajeno. Muchos españoles, decíamos, no podían saber el pasado jueves que el ministro del Interior lleva sobre sus hombros no sólo la mochila de su dura etapa como juez, al igual que la llevan muchos de sus compañeros de toga, sino la experiencia propia, sufrida en sus carnes, de recordar cada día a un hijo fallecido. Y hacerlo además con la mayor naturalidad. Zoido, hombre de pueblo y de fe, cuida con esmero las liturgias del recuerdo sin publicidad alguna. Y en esa prelación de homenajes cotidianos figuran en posición destacada frases, repeticiones de momentos, lugares y, cómo no, algunos objetos especiales. Un polo, un cinturón, un rito, un bar, un estadio, un día señalado…

Recibir esa bufanda azul es aumentar, otra vez, el peso de la cruz de los recuerdos. Cuánto pesa la cruz, ministro, y qué pocos cirineos. Recordar es revivir. Tengan por seguro que el ministro se tragó el pasado jueves el llanto, la amargura y el desgarro como el padre que es, como el juez de pueblo que tuvo que mirar los cuerpos sin vida de tantos chavales antes de firmar el levantamiento. Los ministros no dejan de ser personas, padres o hermanos en una política huérfana de alma. Los reyes lloran cuando mueren sus padres e incluso piden perdón cuando se equivocan y, al hacerlo, salvan a la institución. Dejan ver el lado más humano. Ese rostro de Zoido descompuesto con la bufanda en una mano, como un boxeador vencido que se resiste a perder el equilibrio, revela paradójicamente su lado más fuerte. Con lo que había visto Zoido… Con la de veces que se ha tenido que agarrar al árbol de la cruz, nadie podía prevenirle de que la vida le sorprendería con un varetazo emocional de semejante calibre. La madre del pequeño Gabriel le regaló una bufanda de su niño a quien precisamente, sin que casi nadie lo sepa, lleva años luciendo el cinturón o una prenda de su propio hijo fallecido. La inmensa mayoría de los españoles no tienen por qué saberlo. Tal vez no sea trascendental para quienes están llamados a ejercer una fría fiscalización de la gestión pública. Pero sí es una historia cierta, hermosa para muchos, reveladora para otros o intrascendente incluso para algunos. El gran mérito del hoy ministro del Interior es que ha sido una persona que ha vuelto a sonreír después de haber sufrido la mayor desgracia que puede vivir un ser humano. El jueves soportó en silencio la tremenda losa que se le vino encima al recibir aquella preciosa prenda. Baste un ejemplo. Una persona anónima que perdió a un hijo antes que Zoido telefoneaba a Juan Ignacio frecuentemente y siempre comenzaba la conversación con la misma reflexión: “No sé cómo puedes sonreír”. Y Zoido nunca decía nada, guardaba silencio y esperaba a que el interlocutor se explayara de una vez en el motivo real de la llamada. Se tragaba con bravura el caudal de emociones y recuerdos que provocaba aquella maldita confidencia.

El ministro de la coraza volvió a sonreír a lo largo de su vida. Pero el pasado jueves se le puso la misma cara de un día de hace muchos años, un rostro tiniebla que sobresale y se distingue con nitidez de toda la parafernalia propagandística de la política, del hartazgo de las sobreactuaciones y del ruido cotidiano de los sables de unos contra los otros. La gran verdad de la política es que casi todo es mentira, porque la política está secuestrada por los aparatos de los partidos. El dolor de un padre, el ejemplo de un ser humano que abraza con dignidad la cruz de su destino, no entiende de mentiras, ni de ministerios, ni de otras alharacas de la vida pública. Si en las facultades de Bellas Artes se estudia la vida muchas veces desgraciada de un artista para comprender su obra, por qué no habría que tener en cuenta la trayectoria de los políticos para captar su verdadera dimensión y ponderar con justicia sus reacciones. El ministro de la bufanda azul es la mejor versión de Zoido. Esa prenda es el símbolo de sus mejores días como ministro, ironía macabra de un destino que siempre, siempre, parece que le tiene reservada una cruz a la espera de su abrazo.

Intento de estafa con la caseta del PP

Carlos Navarro Antolín | 14 de marzo de 2018 a las 5:00

CASETAS

EL listo de turno ha querido hacer un negocio redondo. O los listos y laslistas. No las listas electorales, oiga. El mercado negro de las casetas ha estado a punto, a puntito, de afectar nada menos que al Partido Popular en Sevilla, que tiene una caseta en la calle Pascual Márquez, números 66 al 70. Quizás, quién sabe, alguien ha querido sacar provecho de que todas las miradas están centradas en el proceso de designación del candidato a la Alcaldía, en los intentos de unos y otros por defender a sus respectivos aspirantes. En el hipódromo de la calle Rioja los caballos corren. Alguno jadea y suda en exceso por la boca, otros llevan la velocidad de un pecherón. Y hasta hay alguno que parece afectado por aquella lejana peste equina. En plena marejadilla interna, alguien ha enviado correos electrónicos detallando una suculenta oferta: disfrutar como “socio” de esta caseta durante toda la Feria a cambio del pago de 1.200 euros que debían ser ingresados en una cuenta abierta al efecto. El correo electrónico ha llegado a personajes muy conocidos en la ciudad. El incauto emisor ha dejado al descubierto todas las direcciones de los supuestos interesados. La cúpula del partido no se enteró de los hechos hasta el pasado jueves. La sospecha, en principio, apuntaba a la posibilidad de que la formación política hubiera perdido la caseta por olvido en el pago de las tasas, pues hubo destinatarios del correo que se percataron de que la dirección de la caseta era la del PP y creyeron de buena fe que se trataba de una pérdida de los derechos y de la posterior nueva adjudicación. Pero no, el Ayuntamiento confirmó que todo estaba en regla. El partido político seguía siendo titular de la caseta. Unas mínimas indagaciones sirvieron para comprobar que alguien vinculado a la cadena de explotación de la caseta estaba ofreciendo su uso privativo, cuando se trata de una caseta de titularidad privada pero de uso eminentemente público. Estaríamos ante una operación expresamente prohibida y especialmente castigada por las ordenanzas reguladoras de la Feria.

Bastó tirar de los hilos para que afloraran los nervios. Cuando los protagonistas de la supuesta estafa estaban ya pillados, enviaron un correo electrónico desmontando la operación, la misma que habían anunciado con todo detalle en el correo electrónico inicial. Todo está recogido en esos correos, según aseguran fuentes relacionadas con los hechos.

El PP recurrió el lunes al juzgado de guardia, donde interpuso una denuncia penal por si los hechos “fueses constitutivos de un delito de estafa del artículo 248 del Código Penal”. En la denuncia se detalla que la caseta tiene tres módulos que suman la nada despreciable extensión de 301 metros cuadrados y se pide al juez, como es de rigor, que efectúe las diligencias necesarias para la aclaración de los hechos.

Por cierto, 1.200 euros no es precio de oferta, precisamente. Salvo que incluya la cena inaugural del pescao. Y unos cuantos chorizos. Muchos chorizos.

La trampa de la transparencia

Carlos Navarro Antolín | 11 de marzo de 2018 a las 5:00

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NADA como una causa justa para justificar una atrocidad. Nada como una bandera blanca como la fe, la igualdad, la salud, la transparencia o cualquier otro valor supremo para esconder espurios intereses. Hay enseñas que son como un Caballo de Troya. Los peligrosos griegos van dentro como los taimados enarbolan el paño y, en nombre de esos valores que nadie discute, cumplen sus muchas veces aviesos objetivos. La moción aprobada en el Pleno del Ayuntamiento para exigir a la Iglesia de Sevilla la relación de propiedades por las que no paga el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI), la antigua contribución urbana, es una moción trampa. Es el Caballo de Troya que algunos, amparados en la sacrosanta transparencia, quieren regalar a monseñor Asenjo para que suelte de una vez la lista de edificios de titularidad eclesiástica que están exentos del principal tributo municipal. No nos engañemos. La intención de los verdaderos promotores de la iniciativa no es la transparencia. ¡Já! El objetivo es abrir con fuerza el mismo debate que se provocó en Córdoba con la Mezquita-Catedral. No hay cosa por la que se pirre más cierta izquierda (radical) que el cuestionamiento del orden establecido. Y en esa prioridad, la Iglesia es ese objeto de deseo al que siempre se dirigen las miradas más sesgadas. La clave es el dinero y su pariente directo: el poder. Como siempre.

A ciertas plataformas les importan muy poco los valores histórico-artísticos de ciertos edificios, su conservación y sus titularidades. El afán está en controlar las cuentas de un monumento que en el caso de Córdoba mueve más de diez millones de euros al año. Es cierto que el Cabildo Catedral de Córdoba, el más rico de España, es un ejemplo de opacidad contable. Cuesta la misma vida hacerse con sus cuentas. Verdaderamente son sorprendentes por ciertos dígitos, muy superiores a los movimientos económicos de la Archidiócesis de Sevilla, y también es verdad que sorprende favorablemente por el destino que se da al dinero: el mantenimiento del patrimonio y toda la relación de causas sociales, caridad y solidaridad a las que se dede dedicar una institución eclesiástica. El Cabildo Catedral de Córdoba es una potencia económica, como prueba que tiene hasta capacidad para ahorrar y generar intereses financieros de gran cuantía. Aquí está la clave. Como lo está en el caso de Sevilla, donde las cuentas del Cabildo Catedral sí se publican de manera ejemplar. Las catedrales son fuentes de dinero, de mucho dinero. Y eso pone nerviosos a los de siempre. La preocupación repentina que a algunos les ha entrado por querer gestionar la Mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla no responde más que a un viejo prejuicio anticlerical muy próximo a posiciones de odio.

Esas mismas plataformas no claman por la conservación del caserío civil de la ciudad de los siglos XVII y XVIII, derribado en no pocas ocasiones por intereses especulativos. No dicen ni mú cuando en el mejor de los casos se sigue una política fachadista que demuele palacios para su transformación en apartamentos turísticos. No se preocupa lo más mínimo, por supuesto, en ayudar a la restauración de antiguos templos que a duras penas sobreviven en la provincia, como se demuestra en la fabulosa guía editada en su momento por la Diputación Provincial. Esos inmuebles no generan titulares ni, sobre todo, ingresos económicos. Las plataformas no quieren transparencia, quieren atacar a la Iglesia, a la que imputan privilegios, influencia y un poder que entienden que debe ser arrebatado. No se han molestado en exigir al Ayuntamiento mejores políticas de recaudación del IBI que revierta en mayor inversión pública, mayores bonificaciones, ni tan siquiera se han interesado por las deudas por este tributo que generan pleitos entre administraciones e incluso entre áreas de un mismo gobierno, como ocurrió recientemente entre delegados del gobierno de Zoido.

Ninguna plataforma reconoce que el 80% del patrimonio histórico de la ciudad es de titularidad eclesiástica y es el que genera el turismo y obliga a la Iglesia a cumplir con un deber de conservación que muchas veces resulta imposible por falta de recursos. Algunos en esta sociedad tienen la particular habilidad de generar problemas donde precisamente hay soluciones: el dinero de la Iglesia sirve en buena medida a atender las causas sociales que el Estado no atiende.
La gestión de la Catedral y de la Giralda son, acaso, un modelo de funcionamiento de éxito que se ha seguido en otras diócesis. Los problemas de una ciudad como Sevilla no están en una mala gestión de su principal monumento. No inventen, no enreden. No piquen algunos partidos como el PSOE y Ciudadanos en el cebo de la transparencia que esconde un anzuelo anticlerical por puro resentimiento. Ni el Hotel Palace ni el Ritz de Madrid pagan IBI. Y no destinan sus ganancias precisamente a la labor asistencial que ejerce la Iglesia sin mirar el credo de los beneficiados. Pidan la lista de edificios civiles y suntuosos de la ciudad que no tributan. ¿Hablarían entonces de privilegios? ¿O entenderían que al tratarse de bienes de interés cultural o de edificios catalogados estamos ante un supuesto de exención con el que se ayuda a su conservación por formar parte de los valores que hacen a una ciudad más bella y, por lo tanto, distinta e interesante? Qué rancio es atacar a la Iglesia, qué pies de barro tienen algunas mociones, qué inocentones y melifluos son quienes han votado a favor de una supuesta transparencia, la bandera justa que se agita para tapar la verdadera intención: la apertura de un debate por el control de una fuente económica en manos de sacerdotes. No es anhelo de transparencia, es expresión de odio camuflada con el celofán buenista y equidistante tan propio de los tiempos que nos han tocado vivir.

El precio de ser una ciudad de bajo coste

Carlos Navarro Antolín | 4 de marzo de 2018 a las 5:00

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HACE tiempo que Sevilla se ha acostumbrado a la fealdad como quien admite el sobrepeso, el maltrato del prójimo o el goteo de un grifo. La naturalidad con la que la ciudad acepta que las cosas dejen de ser bellas es realmente asombrosa. Sevilla es capital de la resignación como será capital del espacio en 2019. Podemos con todo, como dijo Rojas-Marcos cuando fue preguntado por la capacidad de la ciudad para organizar las fiestas mayores del 92 al mismo tiempo que preparar el arranque de la Expo. Claro que podemos. Podemos convertir las calles del centro en una ciudad cualquiera por efecto de la globalización y de la falta de criterio. Podemos dejar despoblado el centro de cafeterías singulares, de sabor netamente local. Podemos pasear en zig-zag por una Avenida tomada por los manteros una mañana de domingo, con toldos y rótulos antiestéticos, que pudiera parecer que caminamos por la Gran Vía del callejero despersonalizado de cualquier ciudad. Cuánta fealdad y qué bien organizada. Sevilla es una ciudad de bajo coste. Lo dice su aeropuerto, con más de un 80% de actividad generada por esas compañías especializadas en clientela de mochilas y sandwich mixto acomodada (es un decir) en unos asientos más estrechos que los de los abonados de Sierpes. El bajo coste lo canta también una hostelería achicharrada, donde no se sabe si fue antes el huevo de la falta de oficio de los camareros, o la gallina de un personal que traga con todo, incapaz de encauzar la exigencia de mínimos niveles de calidad. Sevilla no es una ciudad que capte fácilmente una clientela de cinco estrellas. Nada es casualidad. Ni lo del aeropuerto, ni lo de los bares, ni la hiperpoblación de manteros, ni las reformas de nuestros principales hoteles, menos suntuosos y que han sucumbido al horror globalizado, con un menaje cateto porque probablemente nadie distingue ya una servilleta de hilo del rollo de papel de cocina.

El bajo coste no es sólo en lo económico. Afecta por encima de todo al criterio, genera indolencia, pasividad, desgana. La ciudad guarda silencio ante determinadas atrocidades porque sencillamente no sabe, no quiere alzar la voz, le da lo mismo si la fealdad se apodera de sus calles, de sus negocios principales, de sus fiestas. ¿Para qué clamar? Para nada. El silencio sale rentable y, al menos, no genera coste. Los sevillanos hacen cola en la Plaza del Pan ante una horrorosa heladería en pleno enero. La cola se mete en la calle Huelva. No importan los efectos de la intemperie. También esperan el turno para conseguir un velador, o almuerzan junto a mesas donde platos y vasos sucios se acumulan desde hace tiempo. Da igual. La fealdad no molesta. Prima el estar por encima del cómo se está. Importa el desplazamiento, no el maltrato del taxista. Parecemos ejecutivos de la vida cotidiana obsesionados con nuestra particular cuenta de resultados, no con el esmero, la excelencia, el buen servicio, el trato educado, valores absolutamente a la baja.

Los ciudadanos son poco exigentes. Acaso crueles y agresivos cuando toca echar a un alcalde o dar la espalda a un negocio. Necesitamos creer que vivimos en la ciudad más bonita, fabricamos nuestra propia mentira para ser felices, habitamos en un silencio cómodo para no exigir nada por no señalarnos en ningún ámbito, pagamos gustosos el precio de ser ciudadanos de bajo coste. Nos tratan en el fondo como nos merecemos. Por eso cada día nos movemos haciendo eses por una Avenida que atesora nuestro mejor patrimonio y concentra nuestras peores miserias como ciudad. En la Avenida está la peor y más actual versión de la ciudad (obstáculos, prisas, manteros, franquicias…) y el brillo de sus mejores gemas (Archivo, Catedral, Sagrario).

Seremos capital del espacio en 2019, qué ironía del destino en un ciudad con nefasto criterio a la hora de ordenar sus espacios públicos. Pero nadie vendrá a visitarnos por serlo. Las fotos de la Sevilla de los 70 y 80 revelan una ciudad que verdaderamente ya presentaba una estética fea. Las fotos de la Sevilla de hoy reflejan unos ciudadanos que desprecian la belleza y que sólo quieren consumir experiencias. Somos sevillanos baratos. Tenemos los turistas que nos merecemos. Hemos elegido el paellador pero, al menos, en el espacio no hay veladores. Ni hoteles de cinco estrellas con cortinas de pensión.

Arenas controla, Tarno se enoja

Carlos Navarro Antolín | 26 de febrero de 2018 a las 5:00

24/02/2017: Junta Dirrectiva provincial del PP Andalucía. 24/02/2017: Junta Dirrectiva provincial del PP Andalucía.

LOS comités ejecutivos del PP a puerta cerrada son una mina. La primera señal que mide la expectativa de la cita radica en la presencia o ausencia del gran Povedano, jefe de seguridad del partido. ¿No pide la Delegación del Gobierno en Andalucía que cada cofradía tenga un jefe de seguridad? Pues la derecha hispalense es esa organización preclara que hace años que tiene su propio Cecop. Y les aseguro que funciona perfectamente. Los presidentes provinciales pasan, Povedano siempre se queda. Como Eduardo Herrera en la Federación Andaluza de Fútbol. Como Gallardo en el Colegio de Abogados. Como Paco Vélez en el Consejo de Hermandades. El sábado –a lo que íbamos– se presentó Povedano en el comité ejecutivo. Se barruntaba lío en la sesión a puerta cerrada a cuenta de los catorce expedientes de expulsión por doble militancia (¡Malditos roedores!) y por los dos casos de insultos públicos a la cúpula del partido (¡Malditos tuits y retuits!). Cuando Povedano está es que hay control de firma a la entrada y votaciones. Su presencia tranquiliza. Disuade a los potenciales alborotadores. La sesión estaba presidida por Arenas. Resulta un verdadero espectáculo comprobar cómo Javié controla las situaciones… tantos años después. Su auctoritas es demoledora. Es lo que hay. Su sombra es indiscutiblemente alargada. Los hijos políticos quisieron jubilarle en 2012. Los nietos políticos lo mantienen hiperactivo. Ni siquiera ha entrado en emeritud.

El graderío se situó en torno a la disposición habitual. A la derecha de la entrada y en el centro, el sector más afín a la dirección habitual, junto con alcaldes, la muchachada de Nuevas Generaciones y los presidentes de distritos de la capital. A la izquierda de la mesa, los actuales críticos (antes oficialistas). Una de las novedades del sábado era ver al edil Ignacio Flores completamente integrado en el aparato actual desde que ha sido nombrado portavoz adjunto del grupo municipal. Flores lleva en el Ayuntamiento desde los tiempos de Soledad Becerril, por lo que hay quien considera con guasa que la Real Academia de la Historia puede dar por concluida la Transición.

Los tres últimos ex presidentes del PP de Sevilla (Ricardo Tarno, José Luis Sanz y Juan Bueno) se sentaron juntos. La secretaria de Organización, Macarena O´Neill, leyó las pruebas contra los catorce afiliados que debían ser expulsados, entre los que se encontraba un concejal y baluarte de la candidatura de Juan Bueno en Dos Hermanas. Bueno afirmó que no le habían presentado pruebas concluyentes de dichas descalificaciones, a lo que Virginia Pérez respondió con un completo dossier de descalificaciones o incitaciones a traspasar la militancia a otros partidos. El ex presidente no puso en duda esas pruebas y apoyó la medida en ese caso.

Una crítica con la dirección actual, Maribel Vilches, justificó que comparecía muy arreglada porque tenía una boda (“un evento”). Recordó su condición de abogada para exigir garantías en los expedientes de expulsión, a lo que tanto O´Neill como Juan de la Rosa, secretario general cada vez con más complicidad con la presidenta Virginia Pérez, contestaron que, “evidentemente”, los expulsados tienen un plazo legal para recurrir la decisión. Arenas, siempre presto a promover la distensión en público entre hijos y nietos, recordó con humor que los dados de baja por fallecimiento no necesitan de plazo de alegaciones. Todos (o casi todos) se rieron. Vilches pidió la palabra hasta cuatro veces más, provocando algún bostezo: “Te pido brevedad y lo hago con todo el cariño”, le suplicó Arenas en alguna ocasión. Algún asistente llegó a preguntar en voz alta por la hora de comienzo de la boda a la que estaba invitada Vilches (¡Qué desahogada es esta derecha en ocasiones!). La presidenta Virginia Pérez intervino para exponer a los presentes si no era suficiente prueba en contra de un militante expedientado el hecho de que siendo un cargo público del PP votara contra mociones presentadas por su propio partido, como ocurrió en Dos Hermanas. Sólo se opuso a las expulsiones la muy parlante letrada Vílches. Hasta el ex presidente Juan Bueno y el senador José Luis Sanz votaron a favor de las medidas disciplinarias.

Se trató la creación de una gestora en el municipio de Sanlúcar la Mayor tras la imposibilidad de poner de acuerdo a los dos candidatos que optan a la presidencia local. Esta vez sí hubo una votación y, nueve meses después, se midieron de nuevo las fuerzas internas con un muy desigual resultado. Se registraron 65 votos a favor de la gestora propuesta por la dirección actual, dos abstenciones y 20 votos en contra (entre los que estaban los sufragios de los ex presidentes José Luis Sanz, Ricardo Tarno y Juan Bueno). Curiosos fueron los votos en contra del edil y vicepresidente del partido, Alberto Díaz (ex portavoz municipal y ex jefe de gabinete de Zoido) y el voto a favor de la gestora de José Miguel Luque (actual jefe de gabinete de Beltrán Pérez y antiguo de Zoido). Si algunos mantienen que el partido está roto por la mitad, el sábado se comprobó que una mitad es cada vez más grande y se extiende a la velocidad de los adosados del Aljarafe en tiempos del boom inmobiliario. Distinto es que el partido tenga mayor o menor capacidad de movilización del voto cuando lleguen las elecciones y no se trate ya de ganar partidos amistosos (léase comités ejecutivos), sino poder puro y duro.

Se sucedieron finalmente las intervenciones de clausura. Bueno pidió un “debate serio y sereno” sobre el uso de las redes sociales. Se refirió al “calentamiento” de algunos militantes y a la necesidad de no promover expulsiones. Y advirtió:“Si nos ponemos a buscar insultos en las redes, tendríamos una lista interminable en el último año”. La presidenta Virginia Pérez replicó de inmediato a su antecesor: “Quien después de nueve meses no entienda que no se puede decir en las redes, con el logotipo del partido, que aquí existe una dictadura interna… No puedo consentir que nadie insulte a nadie, es mi responsabilidad. Yo lo pongo en conocimiento del comité de derechos y garantías y que allí se decida. Basta con tener sentido común. No le hagas a tu compañero lo que no quieras que te hagan a ti”. Se oyeron aplausos.

Pedro González, presidente de NNGG y concejal en Tomares, felicitó a la cúpula del partido. Juan Ávila, alcalde de Carmona y, por cierto, poseedor de un burro (El Platero y yo de la Campiña), pidió una reflexión sobre el uso de las redes sociales. “Es penoso lo que está pasando y que perdamos tres horas de un sábado en esto en vez de trabajar para ganar las elecciones. Hay gente que no acepta que unos han ganado y otros han perdido. No se puede estar jugando con los tuits y con la prensa. ¡Que Ciudadanos nos está machacando!”. Sonaron más aplausos. Felipe Rodríguez Melgarejo felicitó al senador José Luis Sanz por las noticias favorables sobre su situación judicial. “Es la segunda vez que atacan a nuestro buen amigo. ¡Que se entere la gente! ¡Que has salido ileso!”. Sonaron aplausos. Arenas aseguró que figuraría en acta la felicitación a Sanz. Maribel Vilches pidió la palabra por enésima vez y se reiteró en su petición de “proporcionalidad” en las sanciones a los ya expulsados. Arenas aseguró que él era feliz con un teléfono Nokia sin capacidad de mensajería rápida: “¡Esto es un martirio chino!”, refiriéndose a su smart phone. “A mí me ponen a parir aquí todos los días y no sé quiénes son”, dijo sobre las redes sociales con el teléfono alzado. “Y esto es un problema extraordinario que perjudica a la infancia y que puede cambiar la sociedad en cinco o diez años. Esto es muy serio”, sentenció.

La letrada Vilches pidió de nuevo la palabra. Arenas le echó humor. El edil Pepelu García exclamó: “¡Que no llegamos al telediario!”. Este último comentario provocó la reacción airada del ex presidente provincial Ricardo Tarno, diputado nacional, que irrumpió e instó a que se respetara a la interviniente: “¡Me parecen impresentables estas faltas de respeto!”. Y abundó en cómo se cuestiona al ministro del Interior en las redes sociales. Arenas apuntó a que no sólo al ministro Zoido, sino que él también sufre ataques en silencio. Tarno recibió algunos aplausos. Arenas de nuevo calmó el ambiente.

Beltrán Pérez actuó como virtual candidato a la Alcaldía presentando el acuerdo presupuestario que permite la bajada de impuestos. Fue aplaudido por el personal de los distritos y de NNGG. Virginia Pérez declaró que no permitiría faltas de respeto y anunció que todos los candidatos de la provincia se presentarían en junio. Arenas felicitó la labor del grupo municipal de la capital y lanzó un mensaje contra las influencias extrenas: “Este partido es autónomo en sus decisiones. La dirección del PP es una”. Las filas de los antiguos oficialistas clareaban ya en ese instante. Fuera del castillo hace frío. Arenas levantó la sesión. Povedano controló la evacuación de la sala. Sin novedad. Virginia Pérez se fue a Carmona a apoyar la labor de los muchachos de NNGG. La letrada parlante se iría a su boda, donde los novios comerían perdices. En fútbol ganan los alemanes. En política, los aparatos. Ignacio Flores ha sido premiado por abrazar el nuevo régimen. Aviso a navegantes.

24/02/2017: Junta Dirrectiva provincial del PP Andalucía.

24/02/2017: Junta Dirrectiva provincial del PP Andalucía.

Dos cabalgan juntos

Carlos Navarro Antolín | 18 de febrero de 2018 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el portavoz del grupo municipal del PP, Beltrán Pérez, firman el acuerdo de Presupuestos para 2018

DE ser acusado de chulo en el Pleno a ser el político fundamental para dar estabilidad al Ayuntamiento. De tenido por chantajista a ser un líder de la oposición con altura de miras. El alcalde ha modificado sustancialmente su percepción del edil Beltrán Pérez en menos de dos meses. El 27 de diciembre se celebró un Pleno en la Casa Grande para aprobar las ordenanzas fiscales con los precios y tasas públicos para 2018. Eran las vísperas de los Santos Inocentes y, por cierto, del cumpleaños de Javier Arenas. El alcalde estalló aquella mañana. Estaba molesto por el estilo que emplea la oposición desde que Pérez asume la tarea de Pepito Grillo: “¡Con la chulería no se va a ninguna parte!”, le advirtió Espadas, quien reprochó al político del PP que le recordara que los presupuestos estaban a la vuelta de la esquina y que necesitaría para sacar adelante las cuentas de los doce votos, o de las doce abstenciones, de los chicos de la gaviota. Beltrán se erigió en todo un oráculo. Acertó. El alcalde se defendió y metió los dedos en el Grupo Popular al recordar las convulsiones internas del partido y sus efectos en el Ayuntamiento: “Lleváis tres años atascados”. El ambiente se vició.

Mes y medio después ha sido Beltrán Pérez, el acusado de chulería y de chantajista, quien ha salvado el presupuesto. No porque a Pérez le haya entrado un repentino ataque de piedad para con el alcalde en minoría, ni un sentimiento de arrepentimiento y reflexión propio del arranque de la cuaresma. Espadas necesita a Pérez, y Pérez necesita de Espadas. Dos cabalgan juntos. Los movimientos en política, desde tiempos de los clásicos, son una suma de conveniencias. Las conveniencias son intereses a corto plazo. Y la política de hoy es tan cortoplacista como esclava del márketing. El presupuesto aprobado permite a Espadas ejercer sus políticas de gobierno. O, al menos, determinadas políticas, porque después ya sabemos cómo son los paupérrimos grados de ejecución de los presupuestos. Espadas se libra de la dependencia del apoyo de la izquierda radical, la misma que en su día lo aupó a la Alcaldía. A este alcalde que encarna el socialismo moderado empiezan a escocerle más de la cuenta los revoltosos chicos de IU y Participa Sevilla. Él es hombre de costumbres sanas, de saber vivir un domingo familiar (costumbrista) en compañía de Rafa Serna, el letrista que públicamente ha proclamado: “Soy del PP, pero votaré a Juan Espadas”. Cuando los concejales de Participa Sevilla anunciaron su rechazo a los presupuestos, el alcalde llamó al correoso Beltrán Pérez para sacar adelante las cuentas. “Beltri, te necesito”. Tardaron cinco minutos en entenderse. Espadas hizo de la necesidad virtud. Y Pérez, acusado de haber estado ejerciendo una política de cara a la galería con su presupuesto alternativo, vio la oportunidad impagable de erigirse en el salvador de las cuentas, de orillar a Ciudadanos como único partido conservador capaz de contribuir a la gobernabilidad, de desprenderse del barniz de niño terrible y de aparecer como político con alturas de miras, todo lo cual escenificado en una firma solemne en la planta alta del Ayuntamiento que ni la del acto de adhesión de España a la Unión Europea.

Espadas demuestra una gran cintura política. Es capaz de entenderse con todos. Y Beltrán Pérez se cobra su apoyo a corto y medio plazo. El PP no ha cambiado un dígito de las cuentas de 2018, que son exactamente las pactadas por el PSOE y Ciudadanos. Beltrán Pérez ha seguido la táctica de despreciar la vía técnica de la presentación de enmiendas. Toda su apuesta ha sido política. El PP pone sus miras en 2019 al obligar al alcalde a asumir un cuadro fiscal que regirá en el año electoral, para el que ya no necesitará del apoyo de Ciudadanos y con el que tendrá que gobernar el futuro alcalde. Y el PP también, he aquí el rédito político que tendrá efectos a la mayor brevedad, se garantiza en breve un Pleno extraordinario en el que se aprobará la exigencia de fondos autonómicos de hasta 14 millones de euros al año para Sevilla (la denominada Patrica, femenino del fijador de pelo) y la red de Metro, en ambos casos tal como las plantean los populares, dos mociones que escocerán a la presidenta Susana Díaz. Además, el abatido líder regional del PP, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) encontrará en la política municipal un poco de ayuda exterior para argumentar sus rifirrafes con el ejecutivo autonómico.

Cuando la presidenta Carmen Castreño abrió el Pleno de presupuestos a los periodistas e invitados el pasado miércoles (“¡Audiencia pública!), Espadas se afanó en estar saludando a los concejales de Ciudadanos en ese momento. Sabe que son los más perjudicados de su pacto con Beltrán Pérez. Espadas los quiso mimar con ese gesto público por lo que pueda ocurrir. El alcalde guarda la ropa por si el peligroso Beltrán le hace una ahogadilla durante el baño. En ese instante de puertas recién abiertas en el Salón Colón, Beltrán apareció rodeado de todos los concejales del PP. Sentado estaba Alberto Díaz, ex portavoz del Grupo Popular, que en 2017 ya tuvo la idea de apoyar de alguna manera los presupuestos de Espadas para ganar peso político.

Queda probada que la unión de los dos grandes partidos tiene una fuerza arrasadora. El presupuesto de 2018 es el que se ha aprobado antes de los tres de Juan Espadas. Con Monteseirín llegamos a ver presupuestos aprobados en junio. El PP está henchido de gloria porque ha logrado evidenciar, al menos por ahora, que Ciudadanos es irrelevante en el ruedo municipal. La verdadera influencia en la elaboración de un presupuesto no se tasa en millones, sino en clave política. La política de hoy es imagen. En la firma del acuerdo enre Espadas y Pérez estaban de nuevo las cámaras de las emisoras de televisión. Y después corrió la cerveza para algunos en los bares de los alrededores, oro líquido que baña los grandes momentos de la ciudad, espuma efímera, glorias pasajeras. Nada en política perdura. Ninguna cerveza se mantiene siempre fría.

Días sin espuma

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

cerveza

JUAN Espadas afronta la imposible misión de que los sevillanos dejemos de ser unos guarros. Los sondeos de Antonio Pascual (Pascualcopia) dicen que el alcalde es un hombre bueno, que la ciudad mejora levemente y otras petaladas, pero le dan calabazas en limpieza. Quizás por eso el hombre se ha puesto manos a la obra a presentar nuevos puntos limpios y otras gaitas. Espadas recuerda en parte a los papás de hoy, que tragan en la puerta de los colegios con que el niño saque calificaciones bajas, no tenga hábito de estudio, orille el cultivo de la memoria y se pase la tarde pegado a una tableta digital, pero se encoleriza si oye que el niño acude sucio a clase, que mi niño es muy limpio, oiga, como lo es toda la familia, que le voy a poner una denuncia en la Junta que va a temblar el misterio. El alcalde está como esos padres de hoy, preocupado porque sus convecinos lo ponen de baldear poco las calles, de ser poco generoso con la escoba. ¡A mí Lipasam, que los arrollo! Hay que decirle al alcalde que baje el balón, que la culpa no es tanto suya como no lo era antes de don Zoido, como sí lo es de la mala educación de un personal malcriado, consentido, sin conciencia de ciudad ni del cumplimiento de las mínimas obligaciones. Los alcaldes –ninguno– no están para educar a la población.

Con la suciedad en la heráldica de la ciudad, a la misma altura que San Isidoro y San Leandro, vivimos unos días sin espuma, unos amaneceres de desgarro interior que deja el alma de Sevilla hecha jirones, unas horas en las que una sensación de vacío se apodera de los vecinos. Los que otros años eran días del gozo, de tirador y cristal fino, son ahora eternas tardes bañadas por la melancolía, trufadas de cierta tristeza contenida, mechadas de un sentimiento taciturno que adelanta la astenia primaveral. Esta ciudad sucia, ayuna de presupuesto, con los barandas pegándose gañafones por el Metro y haciendo posturitas de exhibicionista hortera de playa para ver quien saca más pecho por Sevilla (¡Majestad, por Sevilla, todo por Sevilla!), esta ciudad –decíamos– se ha quedado sin una de sus infraestructuras preferidas y nadie ha dicho esta boca es mía, nadie ha entonado un lamento, nadie ha iniciado una plegaria. Somos sucios y desagradecidos. Somos injustos. Suspendemos a un alcalde por tener el viario como si fuera el Charco de la Pava tras la fiesta de la primavera de los erasmus borrachuzos, cuando en realidad somos nosotros los cochinos sin bellotas ni montanera, pero no echamos de menos a quienes llevan desde 1995 abriéndonos las puertas para todo tipo de actos, con cerveza gratis total, religiosamente tirada al final de cada sesión, con derecho incluso a una diócesis de tortilla española de dos plantas con ático retranqueado. Nadie se ha dado por aludido, nadie ha querido lamentar que este año, ay qué pena más desnuda, no está abierta la sede de la Fundación Cruzcampo por el ambicioso proyecto urbanístico que ha emprendido la compañía Heineken, la de Julio Cuesta y Jorge Paradela, las dos jotas más amables de la ciudad, marcas blancas de las relaciones públicas hispalenses, puertas seguras a las que llamar cuando se busca posada para presentar un libro, reunir a los hermanos mayores, dar un homenaje masivo o cualquier otro acto de alto rango. La ciudad estará dieciocho meses sin la Fundación Cruzcampo, lo que supone, con sus procesos y sus papeleos, dos cuaresmas, dos primaveras, dos veranos… ¿Qué harán esos gorrones de cerveza, esas señoras con las tardes libres que vivaqueaban por el salón cada día que había un acto? Nunca les importaba el orden del día, salvo el punto final: degustación de cerveza de tirador por camarero con batín blanco. El Consejo de Cofradías dice que reubicará por sorteo a los 227 usuarios de las sillas que han esquilmado en Sierpes para que podamos correr más cómodos en la Madrugada, pero la Fundación Cruzcampo, qué falta de tacto, no se ha preocupado de los trincones de croqueta más sibilinos que nunca se han visto.

Días duros para la ciudad, días sin espuma, dieciocho meses es una cuesta (sin Julio) demasiado pronunciada. Hay una sensación de desamparo, de sede vacante, de norte perdido, un espeso silencio donde este cierre de puertas se ha vuelto tabú. Si será grave la cosa que hay quien está convencido de que el acuerdo de las tres administraciones por el Metro es una cortina de humo para que en la ciudad no se hable del cierre provisional del salón del actos de la Fundación Cruzcampo. La ciudad calla, pero la letra de la sevillana de los Romeros de la Puebla pregunta con la crueldad de un niño esas verdades que duelen: ¿Dónde gorronearé la cerveza, Dios mío, la próxima primavera? Antonio Pascual no ha preguntado en su sondeo por lo que de verdad importa. Una omisión piadosa, un servicio más a la ciudad aun a costa de poner al alcalde de limpiar poco. Porça miseria. Ingrata política.