Política de avión, política ‘low cost’

Carlos Navarro Antolín | 25 de junio de 2018 a las 23:55

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Los aviones y los perros dan caché. Los gurús que asesoran a los políticos en la era del pensamiento ligero los tienen como símbolos de altura y de fidelidad, respectivamente. Los aviones y los perros (guau) son marcas blancas a las que los políticos quieren vincularse. Aviones y perros se suman estos días a una lista donde hace tiempo que están los mercados y los niños, que representan el pueblo y la inocencia, también respectivamente. Antes no viajaba cualquiera en avión, pero desde que existen las líneas de bajo coste se trata de un medio de transporte socializado, que diría Juan Espadas. El avión se ha democratizado todo lo que no lo ha hecho el coche oficial. A un avión sube ya cualquiera, la clave no está en subir, sino en cómo se aparece subido. Cuando el alcalde Zoido regresó de San Petesburgo, ciudad a la que viajó para defender la Torre Sevilla ante la Unesco, su gabinete montó un tinglado en el aeropuerto de San Pablo para hacer de la necesidad virtud y vender su gestión para salvar el rascacielos, pese a que había prometido tirar la torre cuando era líder de la oposición. Se tragó el sapo y se lo anotó como un éxito en la barra con la tiza del ustedes me la deben. A los periodistas se les invitó a fotografiar la llegada de Zoido a Sevilla. Se retransmitió la bajada del alcalde del avión. La clave no era el sapo, la clave era el avión. Ese día nació el Air Force ‘Juan’.

Pedro Sánchez se fotografía en sus primeros días en la Moncloa con su mascota, en chándal haciendo deporte por los jardines y, por supuesto, en el avión. En la aeronave, por cierto, aparece luciendo una de esas gafas de encendedor de paso de palio que venden los negros en la playa.

Siendo ya ministro del Interior, Zoido exhibió en las redes sociales un viaje a Sevilla para entregar unas condecoraciones a su gente. La de medallas que Zoido le ha dado a  los suyos en año y medio de ministro… Para que luego digan que el PP tiene complejos. Hasta el último día ha estado intentado colocar medallas. En aquel viaje, cómo no, se hizo fotografiar en el Falcon reservado a los ministros. Está visto que el avión luce mucho a derecha y a izquierda. Ni una foto en el despacho, todos trabajando en el avión. Ahora se entiende cómo ha acabado Rajoy. Nos hemos hartado de verlo en chándal con ese andar acelerado cardiosaludable que dejaba ver una piel blanca de primer día de playa y un rostro fatigado de señor oficinista que se pone a hacer deporte el primer día de sus 30 días de vacaciones.

En la jornada de reflexión de las municipales de 2015, Zoido se hizo fotografiar en las barquitas de la Plaza de España. Y la embarcación acabó varada en la ingrata playa de la oposición. Un naufragio del que todavía hay quienes se están quitando las algas. Pero Zoido no lo ha hecho hasta ahora con un perro. Si Cospedal gana las primarias y se alza con la secretaría general, quizás lo acabemos viendo con el can en algún despacho de Madrid. O con las gafas de sol. Pero seguro que para las lentes y las monturas tiene mejor gusto que Sánchez y usa unas gafas mejores. De más altos vuelos. Aquí da igual que se tengan solamente 84 diputados. Lo importante es la foto, el tuit, el impacto. No hacer pensar mucho al personal. De la camisa blanca a las gafas de encendedor. Las gafas son para despistar. Como el avión de Zoido cuando la torre. ¿La torre? Visiten el restaurante de la planta 34. A Monteseirín le gusta mucho. Y Ciudadanos dice ahora que es el último alcalde que ha tenido modelo de ciudad.

El paripé de la juez Alaya al simular una boda en el Parador de Jarandilla

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 5:30

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LOS jueces no deberían ser noticia. Como los árbitros de fútbol. Acaso deberían sonarnos sus nombres, no tener ni pajolera idea de su tono de voz y, por supuesto, no reconocer ni sus caras, ni sus modos de vestir, ni sus hábitos cotidianos. Su mayor logro sería pasar desapercibidos. Y la gran mayoría, de hecho, lo hacen. Nada hace más daño a la profesión de juez que la infografía que explica la tendencia política de cada magistrado en la composición de los altos tribunales, nada mina más su credibilidad que los deseos de notoriedad, el anhelo de vanidad, ese parecer uno más cuando en realidad se encarna nada menos que un poder del Estado. Los jueces deben ser gente seria, que no se toma licencias personales en el ejercicio de su función, que no permite concesiones en el trato cuando actúan como tales y, por supuesto, que se limitan a pronunciarse en sentencias, autos y providencias.

Un día acudimos al estudio del pintor Santiago del Campo (1928-2015) en la calle Betis. Tenía ganas de ser entrevistado, pero no de ser fotografiado. Cuando el reportero gráfico le pidió que se pusiera delante del caballete con el pincel en la mano, el artista fue bastante directo y seco: “Yo no voy a hacer como el que pinta porque pintar es algo muy serio”. Y lo instó a esperar el momento adecuado, a sorprenderle en su tarea. Se negó a simular que estaba trabajando, rehuyó cualquier tipo de paripé.

La ruta de los Paradores de Turismo de España está cargada de sorpresas. Palacios, castillos, piscinas con encanto, salones suntuosos, acantilados de ensueño, una cocina que se ofrece como selecta (aunque no lo es siempre) y un personal que se vende como ejemplo de amabilidad (donde hay lamentables excepciones). Ir de Paradores sirve para conocer España. Y llevarse sorpresas de las que te dejan pasmao, que diría Alfonso Guerra en sus tiempos.

Acude uno al Parador de Jarandilla de la Vera (Cáceres) a conocer el edificio donde se hospedó Carlos V mientras le acondicionaban el monasterio de Yuste y se topa con la boda de un empresario sevillano. Precioso el jardín. Un marco incomparable, oiga. Algo de frío. ¡Bendito frío! No hay frío que no quiten unas buenas migas y un chupito de licor de cerezas del Valle del Jerte, del que te deja sin cantar saetas durante una temporada.

Curiosea uno el enlace, como es debido, sin molestar ni llamar la atención. Qué bien puesto está todo. Que maravilla de invitados, emperifollados y sabiendo estar. Los novios, los testigos, y… ¡Ahí va! Pero si la que está en lugar preferentísimo es doña Mercedes Alaya. Parece que está oficiando la ceremonia. Esa efigie la conozco bien de lejos, con toda precisión, como los buenos pasos de palio. Nos acercamos y efectivamente es ella. Lee los artículos del Código Civil preceptivos en una boda, sobre los derechos y obligaciones de los cónyuges, se hace cargo de entregar los anillos… Qué detalle. Todo ocurre como si estuviéramos en el juzgado competente de Sevilla. Qué bien lo hace todo quien fue para muchos una suerte de esperanza blanca de la Judicatura hasta que evidenció que se consideraba a sí misma más importante que los propios casos que instruía. Y de ahí a sentirse sobrevolando por encima del mal y del bien hay un trayecto muy corto. Qué lujazo que te case Alaya en Extremadura, en un lugar tan cotizado, en un sitio propio de emperadores.

La severa Alaya, la puntillosa Alaya, la independiente Alaya, la temida Alaya, la que no deja pasar ni una, la que no consiente una pamplina cuando interroga, la que encarna la pureza en las formas y en el fondo, la que censura comportamientos de sus compañeros con la autoridad de un tutor sobre un menor, con la superioridad de un abad sobre un fraile raso. Esa misma estaba oficiando una boda en Jarandilla de la Vera, donde los emperadores se retiran para pasar sus últimos días, donde el pimentón es una suerte de oro rojo para la cocina, donde las chacinas disparan la felicidad y el colesterol. Alaya no tiene competencias para oficiar bodas. El Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, informado del caso, confirma el extremo que casi no necesitaba de confirmación. “En este Tribunal no se tiene conocimiento alguno al respecto. Las funciones competen al encargado del registro civil del partido, al notario, al alcalde o al concejal en el que delegue, según la Ley de Registro Civil”. Cáspita, que Alaya ha hecho entonces lo que el pintor Santiago del Campo se negó a hacer: un paripé. Pintar es algo muy serio. Ser juez debería serlo también. No se puede ni se debe jugar a ser juez, ni mucho menos parecer que se hace de juez cuando sencillamente no se puede. Teatro, lo suyo ha sido puro teatro. A Zoido le pasó con la boda de Francisco Rivera Ordóñez. Primero los casó en Sevilla, donde sí era competente como alcalde, y después hizo el paripé en Ronda.

No es que sea un asunto grave, no están en juego grandes valores. No tendría importancia si Alaya no fuera conocida, si no fuera tan puntillosa, si no fuera tan rigurosa y exigente, si no luciera ese barniz de altivez más allá de las horas de toga.

Su Señoría puede pisar la raya de picadores del análisis político al opinar más allá de sus autos y sentencias, puede someterse a los reportajes fotográficos que considere oportunos, puede trufar sus acciones de dosis de frivolidad. Pero en ninguno de esos terrenos tendrá el poder que tiene en un juzgado y, en cambio, sí será vista y tenida siempre como una magistrada de acuerdo con la imagen que ella misma se ha forjado con toda libertad. Ella juzga y es juzgada. Lo de Jarandilla de la Vera, un paripé gratuito, Señoría. Me quedo con la lección de don Santiago. No se puede hacer como el que pinta a riesgo de quedar como un pintamonas. Hay acciones que retratan a un personaje. Por sus obras los conoceréis. Lástima que se esfumara la esperanza blanca. Cada día sabemos más cosas de quien solo deberíamos conocer por sus sentencias, autos y providencias. Jarandilla, donde los emperadores se retiran, donde los jueces estrella pierden el halo.

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Sin barbacoa en la Torre Sur

Carlos Navarro Antolín | 22 de junio de 2018 a las 21:11

Gomez de Celis nuevo Delegado del Gobierno Antonio Pizarro/ Diario de

LA memoria es el camino más corto para la guasa. En política la memoria cotiza a la baja. La gente de la política no conoce término medio: o tiene rencor, que es la memoria con notas al margen, o no se acuerda de nada. A conveniencia. La memoria es como la pariente que estorba, una aguafiestas que se presenta en el lugar menos indicado y en el momento más inoportuno. Veinte años no es nada, pero en la montaña rusa de la política es una eternidad de curvas, ascensos y descensos pronunciados. El eficaz Alfonso Rodríguez Gómez de Celis tomó posesión ayer como nuevo delegado del Gobierno en Andalucía. Buena es la viena de la delegación a falta de la torta del Ministerio. Aceptamos el despacho de la Torre Sur como premio por ser el andaluz que más ha dado la cara por Pedro Sánchez, con permiso del eterno Toscano. Desde la puerta de acceso se notaba que la ceremonia de verdad no era la de toma de posesión de Celis, sino la de los chicos de Celis (Los conocidos como los Celis´boys). Por la Torre Sur pululaban Rafael Pineda, flamante jefe de gabinete del nuevo delegado, el astuto David Hijón (“Consultora Dialoga, dígame”) y la siempre leal Encarnación Martínez. Era verlos y recordar a aquellos jóvenes que preparaban las barbacoas en la casa de Encarni en el Aljarafe, esas fiestas a las que acudía una tal Susana Díaz a la que Alfonso acabó metiendo en el partido. España ya había mejorado por aquel entonces, oiga. De la foto de la tortilla de González, Yáñez y un tal Valle entre pinares, a la presa ibérica en su punto de Alfonso, Encarni y Susana en la ya entonces emergente comarca metropolitana. Veinte años no son nada. Celis toma posesión como delegado del Gobierno dos décadas después de romper sus relaciones con Susana Díaz. Fue en 1999 cuando el todopoderoso Pepe Caballos metió a Susana Díaz en la lista municipal con preferencia sobre Celis (“Alfonsito”, lo llamaba), que era a quien correspondía haber ido en puesto de salida. Caballos rompió el orden natural y enfrentó a los hijos. Ya no hubo más barbacoas, ni Ferias brindadas en las casetas de distrito. Veinte años después de aquello, la Torre Sur unió a todos los protagonistas. Celis, Susana Díaz… Y hasta el mismísimo Pepe Caballos sentado, por cierto, en la misma fila que el arzobispo. Faltaba el órgano entonando el Perdón, oh Dios mío, pero no es cuaresma, sino verano. El PSOE recuperó la Alcaldía en el 99 con Monteseirín apoyado por los andalucistas. Alfredo, presente en la primera fila del acto, será el delegado del Estado para la Zona Franca veinte años después. Son los mismos caballitos del tío vivo, pero sin barbacoa… Y con arzobispo presente.

¿A quién prefieren los cargos sevillanos del PP para la presidencia del partido?

Carlos Navarro Antolín | 21 de junio de 2018 a las 13:39

 

Foto arenas

LA alta tensión vuelve a remover las entrañas del PP de Sevilla por efecto de las primarias que celebrará el partido en toda España el 5 de julio. Cuando la formación llevaba una sucesión de comités ejecutivos y juntas directas provinciales sin ningún incidente, la moción de censura que ha echado a Rajoy del Gobierno sacude de nuevo a uno de las organizaciones provinciales que ya venían de vivir su propia revolución interna. Hasta el cambio de sede han aprobado los populares sevillanos sin discusiones internas tras meses de fuerte división: de Rioja a Luis Montoto. Hay quien dice con sorna que la mudanza no es para ahorrar en el recibo del alquiler, sino para estar más próximos al servicio de Urgencias de la Clínica Santa Isabel por los tiempos que se avecinan… Todo el mundo admite que, especialmente en Sevilla, nada será igual tras el congreso extraordinario nacional. Para empezar, el aparato provincial tenía clara y escenificada su apuesta por Feijóo. La espantada del gallego provocó 24 horas de crisis en la sede provincial, donde se quedaron sin una referencia de cara al congreso. La calma llegó rápido con el paso al frente de la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría para presidir el partido. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, mantiene buena relación con ella y con su íntima amiga, la ex ministra de Empleo, Fátima Báñez, a la que recibió la pasada semana en la puerta de la Fundación Cajasol cuando la onubense acudía a recoger un premio.

Pero no todos los miembros destacados del PP de Sevilla apoyarán a Soraya. Ni mucho menos. El ex alcalde Zoido es partidario acérrimo de la secretaria general María Dolores de Cospedal. A ella le debe luces y sombras. La luz de haber sido ministro del Interior y la sombra de aquella presidencia regional del PP que condujo a Zoido por la calle de la Amargura mientras era alcalde al mismo tiempo. Aquella etapa fue letal para los intereses políticos de Zoido, pues fueron dos años en los que siempre se sintió fuera de cacho en el Parlamento de Andalucía. Nunca vio la hora de dejar aquel cargo y, además, no logró su objetivo de ser sucedido por José Luis Sanz. Soraya se impuso entonces a Cospedal e impuso a Juan Manuel Moreno Bonilla como presidente del PP andaluz.

Cospedal tiene en Zoido un ariete contra el arenismo desde que Javié se quedó sin gobernar en Andalucía en las autonómicas de la cuaresma de 2012 tras la amarga victoria de los 50 insuficientes diputados. Justo en ese momento, algunos quisieron dar por definitivamente amortizado al padre natural de la derecha andaluza, pero el lince de Olvera se reinventó por enésima vez iniciando un proceso que culminó en el congreso provincial del PP sevillano que, bajo su auspicio, ganaron Virginia y Beltrán Pérez.

El 5 de julio se eligen los compromisarios de Sevilla en una urna y se vota entre los posibles presidentes en otra. Virginia Pérez ya se ha proclamado partidaria de Soraya, al igual que el presidente del PP de Huelva. Zoido ha salido del burladero y se ha alineado públicamente con Cospedal. Arenas no dice esta boca es mía por el momento. Ni es previsible que lo haga, aunque todo el mundo debe tener claro que nunca, nunca, apoyará a Cospedal y que siempre, siempre, estará con quien esté contra la secretaria general. Los días aciagos tras las elecciones de 2012 no se olvidan. Arenas jugará a ser la cuota veterana en el organigrama del partido, una suerte de Rubalcaba con Zapatero o de Borrell con Pedro Sánchez, sin olvidar que para la mayoría sigue siendo la referencia andaluza en Génova.

A partir de este planteamiento general, los apoyos se dividirán casi como en un calco a los producidos en el congreso provincial de hace un año. Sólo están previstos pequeños cambios después de un año completo con Virginia Pérez como presidenta.
De los vicepresidentes del PP de Sevilla, Alberto Díaz votará a Cospedal, con cuyo equipo mantiene una muy buena relación, y Patricia del Pozo lo hará en favor de Soraya. Con Soraya estarán también rostros conocidos como el candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez, casi todos los concejales del Ayuntamiento, el diputado autonómico Jaime Raynaud y la mayoría de los diputados provinciales.

Con Cospedal estarán el citado Díaz, los diputados nacionales Ricardo Tarno, Silvia Heredia y María Eugenia Romero; el senador y alcalde de Tomares José Luis Sanz; los diputados autonómicos Juan Bueno y Alicia Martínez, y los diputados provinciales Eloy Carmona y Carolina González Vigo.

¿Y a quién apoyará el secretario general del PP de Sevilla? Juan de la Rosa accedió al cargo como cuota del bando perdedor del congreso provincial (la corriente liderada por Juan Bueno), pero se ha acoplado a la perfección en el equipo de Virginia Pérez en el año que lleva instaurado el nuevo régimen. Por el momento, su voto se le asigna a Soraya Sáenz de Santamaría.

En cualquier caso conviene no olvidar que tendrán derecho al voto más de dos mil militantes en el caso de Sevilla, que vivirán un hecho inédito en la historia del PP, un partido que ha dejado atrás los tiempos de los dedazos y la libretas azules. Será el estreno del sistema Maíllo, quien por cierto se ha negado a difundir sus preferencias de cara al congreso extraordinario. El 5 de julio se miden y se deciden muchas cosas en Sevilla: la influencia del aparato, la capacidad de movilización de la militancia, el futuro de Javier Arenas, el año de gestión de Virginia Pérez y, sobre todo, habrá que mirar bien el resultado de la urna sobre los presidentes. Una cosa es votar en una urna a los compromisarios adscritos a alguna de las candidaturas y otra es votar en otra urna a alguno de los siete candidatos a la presidencia. No tienen por qué coincidir los resultados. En esa urna presidencial fue en la que Virginia Pérez se impuso a Juan Bueno por 24 votos. Y empezó el cambio.

FOTO JOLY Conferencia y almuerzo-coloquio con Juan Ignacio Zoido, presidente del partido Popular de Andalucía y presentado por Dolores de Cospedal, Secretaria General del Partido Popular

Perdemos gorriones

Carlos Navarro Antolín | 20 de junio de 2018 a las 17:58

Reportaje de Gorriones

Nos faltan pájaros. Quién nos lo iba decir. Han revisado los árboles y las fachadas de la ciudad y se notan menos aves. Muchos gorriones se han ido. Y los que se quedan están ansiosos, se meten hasta en el interior de los bares a luchar por una miga. Nuestros gorriones tienen hambre, están revueltos, crispados, sufren desasosiego cual militantes del PP. El telediario informa de la caída de la natalidad y del descenso de las aves urbanas. Y Sevilla es citada como una de las ciudades que pierden pájaros. Ahí duele. Nosotros, que siempre hemos presumido de tener una riquísima avifauna… Los expertos elucubran sobre la causa. ¿Por qué perdemos gorriones? La polución, la desruralización del casco urbano, la excesiva poda de los árboles. No confundan nunca al gorrión, pájaro habitual del casco urbano, con el vencejo. Los vencejos siguen con nosotros. Nos guardan fidelidad. Pero los gorriones están en extinción, como las golondrinas, que ya sólo habitan en los versos. Que Sevilla pierda pájaros es como si un día el telediario informa de la bajada del número de bares. Aquí hay –o había– más pájaros que veladores. Lo curioso es que perdamos gorriones, el ave común, el pájaro de referencia en las conversaciones cuando hay que culpar al de siempre, esa máxima de que todos los pájaros comen trigo y siempre la culpa es del gorrión.

Faltan gorriones como faltan fontaneros. Faltan aves comunes como falta tropa para cargos intermedios. Nada es por casualidad y todos los hechos están relacionados. Qué difícil es ser pájaro común en un partido político, en una hermandad o en cualquier colectivo. Hoy nadie quiere ser gorrión, por eso –ay casualidad– falta marinería en cualquier barco porque a todos los soldados les han dicho en su casa cuantísimo valen. Y traen la lección bien aprendida, el coaching bien digerido. Porque yo lo valgo, oiga, me niego a ser un simple gorrión. Aquí cualquier pájaro ha hecho un máster, cualquier pájaro luce tiros largos con medallas y cualquier pájaro te pone una moción de censura que te manda para ese sitio tan divertido como el Registro de la Propiedad.

Los gorriones se nos van, que lo dice el telediario y el profesor Enrique Figueroa, el catedrático que lleva años pidiendo un manual para el cuidado de las aves urbanas, un protocolo para impedir que se marchen, que dejen huérfanos nuestros cielos por contaminación, por falta de árboles o por carencia de alimentos. Pero a Figueroa no le escuchan los concejales cuando canta las verdades del barquero. Claro, nadie se cree la cantinela de que Sevilla pierde pájaros, sobre todo por la de ejemplares que se ven a todas horas por las calles.

Nos sobran palomas, terribles palomas para la conservación de los monumentos, y nos faltan gorriones de nervio alegre. Primero se fueron las golondrinas, ahora se están marchando los gorriones y después, quién sabe, serán los vencejos. Los vencejos cada día lo tienen más difícil con tanta nueva arquitectura de fachadas sin huecos. Los arquitectos no piensan en los vencejos, qué desconsiderados. Venga a poner placas de hierro chorreado y ni un orificio para nidos. Está claro que ser pájaro en Sevilla es cada día más difícil. Es morir lentamente en cada esquina, buscar cada mañana el trigo imposible, piar en el desierto.

Atentado estético en Águilas

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2018 a las 12:20

Águilas

HAY calle feas y afeadas. Hay calles con belleza, pero incómodas. Hay calles inhóspitas, que no dicen nada, insípidas, pero por las que da gloria pasar, bien por la anchura de las aceras, bien por la ausencia de tráfico rodado, bien por la sombra. El inmenso centro de Sevilla presenta una tipología callejera muy rica, donde no deja de sorprender la habilidad de algunos para romper la estética, destrozar los paisajes, alterar las alineaciones, las planimetrías y todos esos valores que sólo se lloran cuando alguien decide insensible y unilateralmente pasárselos a cuchillo del mal gusto y la falta de tacto.

Águilas es una calle preciosa, pero incómoda. Incómoda y afeada cada día más. Águilas es tan bonita como terrible para ser recorrer tanto por peatones como por automovilistas. Águilas lo tiene todo para ser una calle atractiva: templos y palacios muy próximos, conventos, una trama estrecha, una sombra generosa… Pero hay quien se han encargado de que adquiera todos los vicios de hoy: coches, aceras inexistentes en algunos tramos y comercios con unas fachadas que son vómitos en el conjunto histórico.

El turismo parece la coartada para imponer el planteamiento más funcional a la hora de diseñar los rótulos de un negocio. Todo sea por captar la atención. Vale todo. Da igual que enfrente haya un Bien de Interés Cultural. El problema del entorno de la Catedral no es exclusivo del principal monumento de la ciudad. Al convento de Santa María de Jesús le han colocado un negocio de venta de entradas donde se combinan todos los colores estridentes que el Ayuntamiento quiere impedir en la Avenida de la Constitución, con especial predominio en este caso del amarillo chillón.

Águilas es un suplicio para caminar. Las aceras mínimas obligan a subir y a bajar constantemente. La velocidad máxima para el automóvil es de 20 kilómetros por hora. La real es de 10 kilómetros por hora. Águilas es una calle Baños pero sin Corte Inglés y con mucho turista despistado a la búsqueda de la Casa de Pilatos o de La Carbonería. Sí, es la calle Baños, pero con parte del mejor patrimonio histórico de la ciudad, lo cual no sirve de nada para que un inspector haga su trabajo y levante un acta del crimen perpetrado por quien carece de sensibilidad con los valores que hacen una ciudad sencillamente distinta de otra y, por lo tanto, digna de ser visitada.

En Sevilla falta mucha cultura del patrimonio, como España dicen que es una nación que carece de cultura de defensa. El patrimonio inmaterial de Águilas es el olor a los corazones de obispo que elaboran las monjas, es cruzarte por la acera con Ignacio Medina, duque de Segorbe, que viene de comprobar la última barrabasada en el pavimento de adoquines de la ciudad; al arquitecto Honorio Aguilar, que está ideando la enésima rehabilitación y buscando los mejores pinceles para el paño de la Verónica del Valle, al político Juan Manuel Albendea, en continua renovación del argumentario en defensa de la fiesta de los toros, o al dermatólogo Ismael Yebra, que viene de visitar alguna clausura.

Águilas es una calle de penetración a la Alfalfa, una de las grandes vías de acceso del turismo al casco antiguo. Cuidémosla de los horrores. Impidamos los atentados a su estética. Existe la mafia del taxi en el aeropuerto, como existe la de la indolencia que permite que en una ciudad con un patrimonio tan rico se cometan estas salvajadas. Tragamos con todo. Hasta con el amarillo, en una sociedad donde ya nadie se pone colorado. Perdida la vergüenza, perdido el criterio. Nunca mejor dicho lo del poco tiempo que nos queda el convento.

Atocha, el observatorio de las despedidas de soltero que vienen a Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

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PASEAR por el centro los fines de semana es un verdadero ejercicio de convivencia. La ciudad está tomada por quienes en muchos casos no la tienen como suya. Algo que no se siente como propio no se puede querer. Como algo que no se conoce bien no se puede apreciar a fondo. Se llama turistización al fenómeno de la llegada masiva de visitantes de bajo coste que generan serios problemas a los vecinos de una ciudad. Somos una Venecia sin canales, pero con mucho aspirante a gondolero. Mejor que aludir al bajo coste cabría destacar que se trata más bien de visitantes de escasa formación, de muy poca inquietud y de un nivel cultural cortito (con sifón). Turistas de escaso nivel adquisitivo ha habido siempre y nunca se emplearon términos peyorativos. Todo lo más se aludía a los mochileros que aguardaban colas interminables en el entorno de los monumentos.

En los años noventa arreció el problema de la movida nocturna en el barrio de San Lorenzo. La preciosa plaza era tomada por jóvenes en aquellos primeros tiempos de la botellona y al cobijo de algunos bares efímeros. Hay quienes no olvidan la imagen de los orines entrando en la basílica del Gran Poder. Sí, aquellos jóvenes ebrios se comportaban como hoolingans y hacían sus necesidades en la puerta del templo. La Policía Local intervino un fin de semana con especial celo. Identificó a decenas de los meones. Se supo con precisión quiénes usaban la puerta de la iglesia como urinario. Cuando el informe llegó a la primera autoridad municipal, se convino que era mejor no dar muchas pistas. No se trataba de gamberros del extrarradio, ni de jóvenes desarraigados, ni de canis, ateos beligerantes o miembros de bandas extremistas. Eran niños de familias bien, de esas que son “de toda la vida” de Sevilla, criados en ambientes “de orden”, con unos apellidos tan largos que llamaban la atención en el listado.

El pasado fin de semana, en la planta alta de la estación de Atocha se podía ver una suerte de embarque del ganado que levantaba su particular polvareda de mal gusto. Las hordas de las despedidas de soltero con dirección a Sevilla habían comenzado la fiesta en el punto de origen. Y tenían acceso a la sala Club porque viajaban en Preferente. No eran una ni dos despedidas. Formaban un ejército de horteras bebiendo latas de cerveza caliente empapada con dulces. Eran jóvenes de Madrid, con un notable poder adquisitivo según la información que obligaban a oír a los sufridos testigos de la escena. Estaban dispuestos a vivir unas horas “en el Sur” haciendo el indio, comportándose como gansos. “Esto es lo que va para Sevilla cada viernes. No se sorprenda”, sentenció un fino observador, absorto al ver cómo la turba mezclaba el fermentado con los cortadillos de cidra. La planta alta de la estación de Atocha es cada viernes una suerte de dehesa donde pastan los gamberros, un Observatorio de las Despedidas de Soltero donde un buen veedor ya intuye cuáles son los ejemplares que darán mejor juego en las plazas sevillanas. De la sala Club del AVE a la Plaza del Salvador y después a vivaquear de bar en bar hasta acabar derrotados en un velador, atendidos por un camarero todavía más derrotado que ellos. Hartos unos, harto el otro, penosa estampa que se repite todos los fines de semana. Salen del chiquero del AVE los viernes con todas las energías hasta acabar tirados el domingo por la mañana por Mateos Gago, la Plaza de la Pescadería o cualquier cafetería franquiciada, apenados quizás por el cansancio y por esa sensación del que sabe que, en el fondo, ha hecho el carajote. No se trata de forofos cerveceros ni de gente sin oportunidad de recibir una formación. Se trata de niñatos con acceso a la sala VIP que con su comportamiento de cafres acabaron por echar a viajeros respetuosos que disfrutaban de un café, recargaban el teléfono móvil o tomaban agua mientras leían un periódico. Los mismos cafres que ya acceden a los hoteles de cinco estrellas.

Con el turismo ocurre como con la educación. No porque las partidas presupuestarias sean más altas se garantizan mejores resultados académicos. No por abrir más hoteles de cinco estrellas se asegura una ciudad un turismo de alto nivel cultural que, por ejemplo, valore los negocios con sello local y el conocimiento de la cultura e historia de un sitio. La degradación de la convivencia urbana se aprecia en las bodas, en las playas, en los viajes, en las fiestas… Tenemos probablemente los turistas que nos merecemos. Mejor exhibir las postales, mejor no enseñar la lista de quienes se orinaban en las puertas del templo. Pensemos eso: que son desgraciados pendientes de ser romanizados, pese a que hablaban a voces sobre el nuevo restaurante del barrio de Salamanca. En ocasiones veo despedidas de soltero que viajan en alta velocidad con derecho a merienda servida por azafata. Pronuncian una eses perfectas, sus voces tronantes los delatan. El mal gusto los iguala a todos.

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Ataque de odio contra Manuel Lombo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2018 a las 13:17

Presentacion del concierto de Manuel Lombo en la catedral.
Al cantante Manuel Lombo, que no ha matado a nadie, le han arreado estopa en esas puertas traseras de aseo de instituto que son las redes sociales. ¿Por qué atacan a Lombo pública y cobardemente? No por su voz, ni por las letras de sus composiciones, ni por su capacidad para la interpretación en los escenarios, ni por un calendario de actuaciones más o menos perfilado a juicio de la crítica especializada de su sector. No, a Lombo lo han puesto a parir por odio. El odio es el motor que mantiene a media España viva. Viva… y envenenada. El odio descansa en dos pedestales: el complejo y la envidia. A Lombo le han dicho este fin de semana en letra gorda que es “taurino y cantantucho de copla mala”, le han referido que está “en contra del aborto” y le han rematado con un tiro de gracia: “Eres simplemente patético”. Después, en una segunda oleada de ataques lo han puesto de “asesino”, de tener una “mente atrasada” y, he aquí donde aparece ya el pelaje más profundo, le han referido a su hermano sacerdote, que trabaja con toda discreción en asuntos jurídicos en la curia. Las víboras que se amparan en el anonimato y se envuelven en la noble bandera del feminismo exhibieron en ese momento su verdadera piel demoníaca. Nunca recordarán, por ejemplo, que un sacerdote fue el que cayó asesinado hace dos años en la calle Carrión Mejías por el ex marido de su sobrina. El tipo iba directo a Triana a segar la vida de la que había sido su mujer cuando el cura, que estaba informado por ella del calvario que estaba sufriendo, pagó con su vida retener a aquella bestia todo el tiempo que pudo. No pudo matarla a ella, pero acabó con su protector. Nadie guardó un minuto de silencio por este señor que se enfrentó en la vía pública a aquel individuo poseído por el mal. Nunca mereció un nunca más, ni un tuit de agradecimiento o memoria, ni una velita en el pavimento donde su sangre quedó derramado. Claro: era varón y sacerdote. Lo tenía todo en la sociedad de hoy…

A Lombo le refieren ahora ser hermano de un cura cuando ya no queda otro argumento, cuando se han acabado los celofanes rosas, los esloganes y las manifestaciones, cuando por fin aparece la verdadera razón de ser de estos seres: odiar, envidiar, exterminar al prójimo, vengarse, vomitar la bilis que revuelve sus entrañas, asumir como papagayos la doctrina perversa de la ideología de género. No son capaces de analizar su evolución de promesa del flamenco a firme realidad, ni su falta de complejos para ser joven y apostar por el género de la copla. ¡A quién se le ocurre cantar copla! Se trata únicamente de acabar con Lombo por taurino y defensor de la vida, consiste en acabar con el diferente, con el que está fuera del pensamiento lanar. Siga usted cantando, señor Lombo, nunca suelte el micrófono. Es la mejor respuesta a los ataques de este fin de semana. A cantar, a cantar. Algunos papagayos, hartos de tragar, se acaban convirtiendo en lobos ávidos de carnaza por la árida estepa de las redes sociales.

Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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Las jarras de agua colectivas en los bares de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2018 a las 18:52

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De los bares desaparecieron un buen día los búcaros, como desaparecieron las alfombras de serrín, los carteles que prohibían el cante y los cubiletes donde se ofrecían palillos. Sin búcaros perdimos el sabor del agua enfriada por el barro de Lebrija y tuvimos que empezar a suplicar agua al camarero como Ben-Hur al centurión. La cara de pestiño que ponen muchos camareros cuando se les pide agua es digna de estudio por algún departamento universitario con escasa carga lectiva y mucha agenda de viajecitos y otras tareas de ocio camufladas como labores de investigación. También dan para un estudio las fórmulas que inventan algunos dueños de bares para evitar que sus empleados pierdan tiempo en servir agua. Agilizar se llama. Dan asco esas jarras a disposición de la distinguida clientela (por las que hilan) en lo alto de la barra, con sus vasos de plástico también dispuestos al manoseo de cualquiera, sobre todo en esas cafeterías próximas a organismos públicos donde se sigue al pie de la letra la sevillana del Tiempo detente, porque se para el reloj para muchos funcionarios, empleados públicos y eventuales que echan la mañana de charleta con los vasos y los platos sucios por delante. En Sevilla se desayuna despacito, como el buen toreo. Igual que se asiste a los funerales despacito, muy despacito, de tal forma que algunos no acuden a dar el pésame, sino a echar la mañana en el tanatorio. Hay verdaderos especialistas en la materia. No hay cosa más peligrosa, por ejemplo, que un funeral a las once y media. Se oye en cuantito el cura imparte la bendición: “¿Las doce y cuarto? Ya no merece la pena pasar por el despacho”. Las jarras de uso colectivo, decíamos, son una verdadera porquería, mire usted. La modernidad y la higiene por decreto llegaron a los palillos, cada uno en su funda de papel para que usted se escarbe los piños con total garantía. Pero con el agua hemos involucionado, oiga. Cualquiera manipula la jarra de plástico como cualquiera vuelve a poner el vaso usado donde solo debiera haber vasos limpios, ¿o no? En este país nos dan libertad, muchísima libertad, naturalmente de forma interesada, para una tarea tan expuesta como repostar el coche. Nos obligan a manipular el combustible sin ser expertos y a contribuir así a la amortización de puestos de trabajo. Recuerdo un empleado de estación de servicio que improvisaba tertulias sobre artículos periodísticos mientras llenaba el depósito. Y al cerrarme con toda diligencia la puertecilla del depósito siempre expresaba un deseo: “A ver si un día me presenta a Francisco Correal”. Eche usted gasolina en la estación de servicio de Las Cabezas de San Juan (Bueno) con sus propias manitas y ya verá como le huelen todavía a gasoil cuando entre en Sevilla por los Bermejales. Pues también nos dan barra libre con las jarras del agua en esos desayunódromos que son las innumerables cafeterías de una ciudad que, oh paradojas, carece de un gran café. Es la cultura del sírvase usted mismo, que trata al cliente como consumidor puro y duro. Quién nos iba a decir que echaríamos de menos los pestiños faciales y el comentario malaje de turno del camarero hartito de servir agua: “¿Hemos comido bacalao, jefe?”.