La obsesión por el eje

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla
NINGÚN alcalde de Sevilla de la democracia se ha caracterizado por chinchar a las localidades hermanas, ni siquiera a la hora de reivindicar el estatuto de capitalidad. Sevilla se emborrachó de inversiones en el 92 y presumió de jefe del Gobierno de 1982 a 1996. Hoy permanece en ese estado de melancolía y arrepentimiento que sigue a los períodos de excesos. Por complejo o por arrepentimiento, asume estar relegada a un papel discreto y sumiso cuando pasan y pasan los presupuestos autonómicos y estatales sin que reflejen un verdadero compromiso con alguno de los grandes proyectos pendientes, más allá de partidas aisladas, dinero para estudios previos o arreglo de carreteras menores.

Ningún alcalde ha levantado la voz, decíamos, más allá de alguna réplica poco original de Zoido cuando en 2013 aludió a que Málaga tendría el Pompidou, pero no la Giralda y otros valores de postal de la capital andaluza. Tampoco Zoido, hay que reconocerlo, tuvo jamás la afición pirómana de Celia Villalobos, cuando siendo alcaldesa de Málaga, era un catálogo de ocurrencias, majaderías y perlas al abonarse al discurso fácil de los agravios entre ambas ciudades en los años de la pos-Expo, justo cuando Sevilla estaba más débil. El populismo de la esposa de Arriola contra el supuesto centralismo sevillano le valió una mayoría absoluta. Cuando Aznar la reclamó en 2000 como ministra de Sanidad, toda España comenzó a saber lo que hasta entonces sólo era conocido de Despañerros para abajo. Y cumple tres lustros ya de polémica en polémica, ora porque llama tontitos a los discapacitados, ora porque es pillada dispersa con un videojuego en lugar de atender a la sesión del Congreso de los Diputados, ora porque tiene una gran facilidad para ver machismo a las primeras de cambio.

Villalobos incendió aquellos pastos entre Sevilla y Málaga que otros hoy tratan de apagar. Hasta en el fútbol dejó sembrados cultivos donde las llamas se extienden rápido, como los celos, el rencor y los agravios. Nunca otros alcaldes de Málaga habían incurrido en semejante irresponsabilidad. Ni los de Sevilla. Ni Luis Uruñuela, ni Manuel del Valle, ni Alejandro Rojas-Marcos, ni Monteseirín. En su relación con Málaga, Zoido estaba condicionado por los celillos personales que Francisco de la Torre sentía en clave interna por el auge del aparato sevillano (Zoido y su cirineo Sanz) en la estructura regional tras la (presunta) dimisión de Arenas. Es cierto que Zoido ya había aludido a la necesidad de potenciar el eje Sevilla-Málaga años antes que Juan Espadas y Francisco de la Torre fueran de la mano. Pero también lo es que Monteseirín aceptaba siempre cualquier debate con el alcalde malagueño del PP y ya hablaban de una necesaria colaboración que beneficiara a ambas partes. Durante una serie de años, los posteriores a la era de los disparates de la Villalobos, Sevilla se ha movido entre ese complejo por haber sido la niña bonita del Estado felipista y el blablablá de las buenas intenciones entre ambos municipios nunca cristalizadas en logros. Cuando hace un par de años se reunieron en Antequera algunos ex-políticos y algunos empresarios de postín de Sevilla y Málaga para impulsar una plataforma de trabajo conjunto, uno de los asistentes confesó a la salida: “Hemos comido muy bien, esto es un buen inicio. Pero el sevillano seguirá prefiriendo coger el vuelo a Londres que le deja en Gatwik, a dos horas y media por carretera de la capital, antes que ir a Málaga a tomar el que le deja directamente en Heathrow. Y el malagueño va a la ópera en Madrid, no al Teatro de la Maestranza en Sevilla”.

Aquel foro nació marcado por un fin noble, una ilusión necesaria: el buen entendimiento entre dos ciudades vecinas. Nació marcado también por la cantidad de ‘ex’ que se sentaban a la mesa, expertos en diferentes ramas y disciplinas, pero casi todos con el retrato ya pintado de antiguos presidentes de instituciones, alcaldes o decanos. José Rodríguez de la Borbolla, Manuel del Valle, Luis Merino, Antonio Ojeda, José María Ferrer, Manuel Atencia, Manuel Contreras, Concha Cobreros…

Hacían falta tal vez no sólo caras más jóvenes, pues el de menor edad era el empresario José Moya, con 62 años, sino que los convocados tuvieran posición en la trinchera de la actualidad diaria, en la gestión cotidiana, en el día a día donde se deciden presupuestos, trazados urbanísticos y calendarios de vuelos internacionales de los aeropuertos, más allá de vacas sagradas influyentes en función de un currículum y de una trayectoria. En esto estábamos, con el enésimo intento de crear una plataforma, un lobbie o un chiringuito, según los casos, cuando el alcalde sevillano, el socialista Juan Espadas, se toma muy en serio la iniciativa y asume esta semana la reivindicación de mejoras de la propia Málaga aludiendo al impacto indirecto que tendrían en la economía sevillana. No es que reciba en Sevilla hasta seis veces al alcalde de Málaga en un solo trimestre con las consiguientes fotos, sino que se mete a exigir la conexión por AVE de la estación ferroviaria María Zambrano con el aeropuerto Costa del Sol, donde llegan millones de guiris de piel albina y regresan como salmonetes. Espadas aspira a que entre vuelta y vuelta en la sartén de las playas, se acerquen a Sevilla y dejen unos euros en la Catedral, los veladores, el Alcázar y las setas. Y, por encima de todo, tiene la esperanza de que el Estado y la Junta pierdan el complejo de invertir en Sevilla si se presentan proyectos entre ambas urbes, sobre todo porque cada ciudad está gobernada por un partido político distinto. Y eso vende concordia. El eje es un pacto de intereses, una alianza, una UTE en clave política, que evolucionará de la palabrería a los hechos, de los castillos en el aire a los resultados prácticos, del comité de sabios con la servilleta atada al cuello en el comedor del Parador de Antequera a los presupuestos públicos, y de las fotografías amables a la ausencia de discursos incendiarios, cuando de Sevilla a Málaga se pueda ir directamente en AVE sin parada en Córdoba, cuando de verdad lleguen los fondos europeos a proyectos trabajados por ambas ciudades, cuando se demuestre que el turismo de cruceros que llega a Málaga repercute en Sevilla y cuando se dispare el número de norteamericanos a los que se vende el destino Sevilla a través del aeropuerto de la Costa del Sol; cuando el entendimiento entre las ciudades andaluzas evite, por ejemplo, una multiplicación estéril de facultades y una mejor administración de los esfuerzos, cuando se aplaque el cainismo de taberna y graderío, cuando pasen más años y sigan en las Alcaldías los perfiles de políticos mesurados, que si no trabajan juntos, al menos que no incendien y, sobre todo, el eje tendrá resultado cuando un político del PSOE pague unos pantalones en la franquicia malagueña de Roberto Verino y, al pagar con la tarjeta del banco en la que aparece la Giralda, no tenga que oír de la cajera: “De Sevilla y viene aquí a comprar…”.

El alcalde de Sevilla tiene fijación por el eje con Málaga. Es su juguete preferido en estos momentos, una naranja fácil de exprimir porque genera titulares inmediatos en una política municipal ávida de novedades, en una política de márquetin que agradece mensajes de entendimiento más allá del ámbito local, pero es una estrategia que rápidamente se va a prestar a evaluación. Las fotos de sofá no son más que una declaración de intenciones. El eje no es más que la lucha por salir del complejo. Que dejen de vernos como los eternamente preferidos, como los obligados a pedir perdón (hasta lo suplicamos por apoderarnos por error del salmorejo cordobés), como los condenados a estar cubiertos por una hoja de parra porque ya tuvimos nuestro particular cuerno de la abundancia. Sólo cabe esperar que el eje no sea una muestra más de que el complejo continúa. Y que sea verdad eso de las alianzas, las sinergias productivas y la Andalucía Tech, que suena a perfume barato de equivalencia, y se traduzca en resultados apreciables por el contribuyente. Por el momento, el primer resultado es que en Antequera se come bien. Y el segundo es que ya sabemos que a Espadas le encanta subir a Gribalfaro, ver los aviones tomar pista y soñar con que están cargados de turistas deseosos de venir, en realidad, a una Sevilla que asume el enésimo intento por no parecer lo que es: una capital condenada.
01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla

Autobuses para la adoración nocturna

Carlos Navarro Antolín | 28 de octubre de 2015 a las 21:55

jose angel garcia
Tussam cuelga el cartel de servicio de 24 horas de viernes a domingo, como la cocina del Rinconcillo. Open kitchen all day. En la taberna más antigua de la ciudad, última pareja de cirios de los hosteleros locales, no miran con mala cara al que llega pidiendo pavías a deshoras procedente del último AVE. A la inmensa mayoría de restaurantes no ose usted llegar después de las diez y media preguntando por el menú, porque probablemente tenga que oír que el horario del cocinero es hasta las once, que la culpa siempre es del cocinero, o en el mejor de los casos experimentará la extraña sensación de que le están haciendo un favor en caso de que accedan a servirle algo rápido. Esta urbe que aspiró ser ciudad candidata a unos Juegos Olímpicos en varias ocasiones (pulsen el emoticono de llanto de risa) tendrá por fin autobuses en sesión continua los fines de semana, autobuses dando barzones para recoger a la clientela de discotecas y botellonas. Juan Espadas no apuesta por el botellódromo que una edil de Juventud llamada Susana Díaz quiso impulsar a principios de siglo, pero sí facilita los desplazamientos de los amantes de la otra adoración nocturna, la de las discotecas con licencia de apertura hasta las seis, la de los destilados, los after hour y las tiendas de chino. Medio millón de euros costará tener la brigada nocturna de autobuses municipales. Tussam all day, como la cocina del Rinconcillo. San Onofre, que acoge la adoración perpetua de la diócesis, vale para patrón de la empresa de transportes cuya mero funcionamiento es una prueba de la existencia de Dios, porque los autobuses se siguen moviendo pese a una gestión económica sangrante que recibe periódicas transferencias económicas como placebos. Dios está en todas partes, al teresiano modo. Y los autobuses de Tussam, también. Este acierto de Espadas debe ser cosa de Enrique Belloso, asesor espiritual de un alcalde que preside pasos de palio en octubre y acude a las canonizaciones de Roma al mismo tiempo que el secretario general de su partido hace sonar el trompeterío que augura una España laica. Autobuses para la adoración nocturna. La de pavías que se pueden comprar con medio millón de euros…

Una ciudad de bocinazo

Carlos Navarro Antolín | 27 de octubre de 2015 a las 20:52

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UNA de las mayores satisfacciones en periodismo está en que un lector confiese que ha reído leyendo un artículo, que ha pasado un buen rato en la sala de espera del oculista, que se ha tenido que aguantar la carcajada en la cafetería o delante de la pantalla del ordenador. En los tiempos que corren, que alguien encuentre algo tan serio como el humor en las páginas de un periódico es de una importancia capital, no confundir con el capitol de los viernes por la tarde. Ocurre que no sólo de viñetas y artículos de ingenio ha de vivir el hombre que aún consume periódicos de los que dejan huellas en negro en las yemas blancas de los dedos. Hay titulares, informaciones puras y duras, que provocan una carcajada, una reacción de hilaridad, que convierten ciertas páginas en el dedo que señala el esperpento. Hay hechos que mueven a la risa, que conducen al ridículo y la desesperanza. Lean este titular: “La Policía Local denuncia por el ruido de las protestas a los despedidos de La Corchuela”. Al portavoz del colectivo con el que, por cierto, se fotografió Juan Espadas el día de su toma de posesión, se le ocurrió tocar una bocina en la Plaza Nueva, lo que al parecer no ha hecho nadie en los últimos lustros. Ni los vecinos que se quejaban de la movida en el Arenal en los 90, que llegaron a arrojar basura de la movida a las puertas del Ayuntamiento; ni los cocheros de caballos que metieron las bestias en el andén dejando las correspondientes y bienolientes cestas de Navidad de color marrón; ni los trabajadores municipales cuando bramaron por el aumento de la jornada laboral hasta las 37,5 horas semanales; ni los representantes sindicales de los propios policías, bomberos, empleados de Mercasevilla, eventuales de Tussam, colaboradores sociales, etcétera. En la Plaza Nueva, gran manifestódromo de la ciudad en el tardoalfredismo y durante todo el zoidismo, hemos visto ruidos de bocinas, música estruendosa de equipos de música con altavoces (con nevera de botellines incorporada) para hacer sonar el séptimo de caballería a la llegada de ciertos concejales, tintes de pelo en quienes debían ser modelos de conducta, acampadas en plena cuaresma para presionar ante el paso de procesiones, insultos a los hijos de determinados capitulares, petardazos, pancarterío variado, disfraces, burros sobre los que se montaban liberados sindicales con careta, coacciones a los concejales que estaba tomando café en los bares de General Polavieja, cartelería cargada de ironía como la del gran circo mundial con el rostro de Zoido, griterío antisistema a los invitados del Pleno constituyente de 2011… Hemos visto hasta cerrar apresuradamente las puertas del Ayuntamiento para impedir el acceso de grupos con virulencia, por no contar la de veces que son expulsados del Salón Colón los representantes de ciertos colectivos cuando interrumpen el Pleno, insultan al gobierno del color que sea, lanzan papelillos por toda la estancia o exhiben una cartelería que no es precisamente del Domund. ¿Quiénes rellenaban entonces los boletines de denuncia, criaturas mías?.

Ahora resulta que el bocinazo del portavoz de los despedidos de la Corchuela merece una multa de la Policía Local. Activen la carcajada que esto es algo muy serio. Ríanse porque resulta mucho más liberador que sacar el pañuelo de papel para enjugar las lágrimas. Esto es como la preocupación (legítima) de don Manuel Bustelo, presidente del Sindicato de la Policía Local porque en esta sección apareció por error –un error por el que pedimos perdón con toda humildad– que tendrá que sentarse en el banquillo por el supuesto amaño de las oposiciones de la Policía Local, cuando en realidad es su hijo el que tendrá que dar explicaciones ante la Justicia en un caso en el que están procesadas nada menos que 45 personas, incluido el superintendente, por la filtración del examen.

Si las ordenanzas del ruido se hicieran cumplir siempre con el mismo celo, Sevilla sería una ciudad de ruan, una inmensa clínica del sueño donde el piar de los estorninos sería la única causa de apnea, un vagón de AVE silencioso sin la barrila de charlas ajenas, una permanente salida de Mortaja con los golpes de esquila y las toses como única melodía. Pero en Sevilla, oh casualidad, no hay inspectores de Medio Ambiente por las tardes, ni siquiera los fines de semana. Hagamos tal disparate que quitemos a los inspectores de trabajar en las horas que más ruido se genera. Tan sólo hay algún policía que de vez en cuando multa por tocar la bocina en una manifestación, que es como sancionar al desgraciado que suda en el desierto. Al menos, estos disparates elevados a titulares por imperativo de la realidad son cardiosaludables, liberadores de toxinas y tonificadores de la piel.

¡Cómo cuida Javié a los de Almería!

Carlos Navarro Antolín | 18 de octubre de 2015 a las 5:00

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Mientras el PSOE se dispersa con el fichaje de Irene Lozano, en el PP están pendientes del reparto de bollos, vienas y otros mendrugos. ¿Quién será el número uno por Sevilla? ¿Zoido? Depende de lo que haga Javié. ¿Quién será el número uno por Almería? ¿Hernando? Depende de lo que haga Javié. ¿Quién será el dos por Sevilla y por Almería? Depende de lo que haga Javié. Preguntar en el PP andaluz por las listas en ciertas circunscripciones es que como intentar sacarle conversación a la máquina de tabaco, que aunque la menees porque se ha quedado con un euro, siempre responde amable: “Su tabaco, gracias”. Pues eso: “Depende de lo que haga Javié”. ¿Y qué hace Javié? Volver a ganar la plaza de catedrático del Culebreo, volver a venderle a todos que Mariano lo acaba de llamar, impartir el Máster sobre cómo sobrevivir a todas las derrotas, relegar a Moreno Bonilla a la condición de pequeño saltamontes del centro-derecha andaluz, tener a todos con el corazón en vilo hasta la foto finish de la composición de la lista y, sobre todo, despedir la legislatura con los diputados y senadores por Almería. ¡Cómo cuida Javié a los de Almería por lo que pueda pasar! Ahí lo tienen días atrás de almuerzo, fraternal por supuesto, con Rosario Soto, Rafael Hernando, Luis Rogelio Rodríguez Comendador (con tirantes), Juan José Matarí, Eugenio González, Mar Agüero y Carmen Navaro. Este Javié siempre tiene un pie el atrio (macareno) y otro en el desierto almeriense; un pie en el AVE y otro en la A-92. Que si se queda de senador autonómico para ser presidente del Senado en la próxima legislatura, que si Moreno Bonilla dice que Javié no manda en Andalucía (risas en off) y a los tres días dice que es un político de prestigio, brillante y de trayectoria inigualable que irá en la lista que quiera (de lo cual no nos cabe duda), que si Javié está metiéndole el dedo en el ojo a Zoido haciéndole esperar más que el dentista de la Seguridad Social… Y resulta que Javié lo que estaba es compartiendo mesa, mantel y tinto con su gente de Almería. Almería es a Javié lo que Sevilla al Rey Sabio: nunca lo ha dejado. Y todo político es como un perrillo de ojos tiernos: siempre acude al sitio donde más caricias recibe en el lomo. Llena ahí, Luis Rogelio, y pide media de queso para acabar el tinto.

La enmienda del Alcázar

Carlos Navarro Antolín | 13 de octubre de 2015 a las 21:16

Real Alcázar  Espadas informa de una reunión con los alcaldes de la primera corona metropolitana
SOLEDAD Becerril dio la espantá del patronato del Alcázar cuando Monteseirín, en tiempos de convenios urbanísticos, delirios de PGOU y otras vacas gordas, se inventó el desvío de fondos del monumento para costear restauraciones y otras ocurrencias en la Casa Consistorial. Aquellos años 2003, 2004 y 2005 sobraba dinero en la caja municipal. Un político con dinero tiene más peligro que un cofrade con la tarde libre. Soraya Sáenz de Santa María lo confesó en El Hormiguero antes del baile: “Tiene que ser una gozada gobernar con dinero. A nosotros no nos ha tocado”. Monteseirín vivió en un gozo continuo. Superada la crisis del 92, contó como impulso inicial de su mandato con el Mundial de Atletismo del 99 y, después, con los años del boom económico del ladrillo. La resaca de la Exposición se la chupó Soledad Becerril apagando luces del Ayuntamiento para no gastar, salvo en los últimos días que quiso levantar un gran edificio municipal en el Prado, pero si a Felipe le faltó una semana de campaña y un debate en las generales de 1996, a Soledad le faltaron unos meses como alcaldesa en 1999 para inaugurar aquella obra que abortó Monteseirín. La segunda gran resaca, la del ladrillo, se la ha pasado Zoido en un permanente y perfecto estatuario para no llevarse ninguna andanada. Los dos alcaldes del PP que ha tenido la ciudad han gobernado sin gozos. Tampoco sombras.

Monteseirín se levantaba cada mañana con una idea, digámoslo así. Un día se le ocurrió terminar con el exorno plateresco de la fachada del Ayuntamiento, la que da a la Plaza de San Francisco, al igual que Salamanca va rematando los medallones de su Plaza Mayor con nuevos personajes. ¿De dónde sacar el dinero para ese proyecto? Una mente preclara lo iluminó: del superávit del Alcázar. Y reformó los estatutos del patronato. El catedrático Vicente Lleó dimitió. Y Soledad Becerril y Jaime Raynaud también. Pero como no se trataba de las dimisiones de hermanos mayores, a la ciudad le importó un pimiento (morrón)la marcha de ambos. Lo mejor de la carta de renuncia de la ex alcaldesa y ex ministra de Cultura fue la comparación que hizo: “No es conveniente que sobre el Alcázar se haga recaer la conservación de la Casa Consistorial porque es como si sobre el Museo del Prado recayera la conservación de la Casa de las Siete Chimeneas, sede del Ministerio de Cultura”.

Diez años después de aquella reforma estatutaria, el alcaide del Alcázar, Bernardo Bueno, confirma que el gobierno está dispuesto a cortar el desvío de fondos del Alcázar para pagar las restauraciones del edificio noble del Ayuntamiento, una enmienda en toda regla a una de las principales reformas del anterior alcalde socialista. El Alcázar ha generado hasta ahora 1,1 millones de euros que se han empleado en mejoras de la Casa Consistorial, donde en los últimos meses de Monteseirín faltaba el papel higiénico.

Bernardo Bueno, socialista sevillano de la vieja guardia, defiende con todo acierto el retorno al plural en la denominación del conjunto monumental. Esta ciudad tiene 13.000 veladores, una Catedral y unos Reales Alcázares, al ser una suma de palacios de diferentes períodos. Si Bueno anuncia que las cosas volverán al statu quo previo a la reforma de Monteseirín, hay que darlo por hecho. Porque cada vez que hay marejada en el PSOE sevillano, alguien que sabe dice que hay que mirar en qué bando está Bernardo Bueno. Su bando es siempre el que gana.

Los zascandiles de Espadas

Carlos Navarro Antolín | 6 de octubre de 2015 a las 18:43

Plaza Nueva.  Jura de bandera de personal civil
EL Ayuntamiento de Sevilla parece recuperar su antiguo espíritu del convento de San Francisco que fue. Los concejales de la oposición sólo dan pellizcos de monja al gobierno en minoría. ¿Pero Espadas no estaba apoyado por formaciones radicales (Participa Sevilla) o radicalizadas (IU)? El domingo se desarrolló con toda normalidad en la Plaza Nueva un acto militar de jura de bandera con la participación de casi quinientos civiles. ¿Pero Espadas no se iba a comer a los niños crudos por imperativo de los dos grupos que lo sostienen en la Alcaldía? Uno ve la foto del alcalde y sus dos concejales en las tribunas decoradas con la enseña nacional, con cura de sotana que parece escapado de una novela de Cela, y recuerda a Lampedusa: se ha cambiado de alcalde, pero hay cosas que siguen exactamente igual para desesperación de los agoreros que veían en jaque hasta la Semana Santa.

A las mismas puertas del Ayuntamiento, bajo el patronazgo de bronce de San Fernando, hubo chimpún militar con bandera, banda y vivas a la patria. Y allí estaban tres socialistas tres sobre el redondel: el alcalde, Castreño y Cabrera. Normalidad, se llama. Ni las Santas Justa y Rufina de la actual política municipal española, Ada Colau y Manuela Carmena, se atreverían a presidir semejante acto con toda naturalidad. Aceptamos el cromo de Antonio Muñoz empeñado en culturizar la Navidad –que lo peor no es que la culturice, sino que utilice el término “evento”– con tal de que nos consiga el cromo de poner sombra en la Avenida y logre arrancar el motor gripado de la Gerencia. Y hasta aceptamos que restaurar Santa Catalina no encaje en el objeto social de Emasesa, que no encaja, como si el PSOE no hubiera utilizado en tiempos los dineros de la compañía metropolitana de aguas para pagar sobrecostes de proyectos urbanísticos, que cada vez que Monteseirín necesitaba liquidez por la vía exprés mandaba telefonear a su Cofidis particular: “Llamad a Marchena y que busque una partida”.

Lo más inteligente que hace Espadas y su gobierno es ocupar los nichos que tradicional (y estúpidamente) se atribuyen en exclusiva a las formaciones de centro-derecha, verbigracia los actos castrenses. En la ocupación de todos esos huecos es donde cualquier político se crece, cuando se abre a todos los sectores y no se acomoda en el círculo de confort. Bolívar no estaba el domingo en la Plaza Nueva, pese a que Sevilla iba a pasar formar parte de la red de ciudades bolivarianas como está ya en la de ciudades de alta velocidad, o en la red de urbes magallánicas. En la Plaza Nueva, decíamos, sigue San Fernando, aunque despojado de día festivo por la autoridad civil, y huérfano de procesión propia por la autoridad eclesiástica.

La ciudad está en calma, sin novedad. Los 13.000 veladores están en su sitio y el alcalde en el suyo: con el Ejército. Espadas se apoya en zascandiles, pero por el momento no zascandilean más allá de ladridos de 140 caracteres. A la hora del refectorio, entre los frailes de esta plúmbea corporación sólo hay pueriles lanzamientos de mendrugos de pan. Para poner orden ya está esa gran madre abadesa que es Carmen Castreño. Y el cura de la sotana si fuera preciso. La sotana, una prenda reservada ya para ciertos eventos, que diría Muñoz.
Plaza Nueva.  Jura de bandera de personal civil

El cupón por la espalda del alcalde

Carlos Navarro Antolín | 30 de septiembre de 2015 a las 5:00

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EL alcalde de Sevilla está en Estados Unidos. Promociona la ciudad como ya hizo Manuel del Valle en los años previos a la Expo. Los alcaldes de grandes capitales deben viajar cuando haya que viajar. Los periplos no deben evaluarse desde una perspectiva cateta que casi criminaliza el mero hecho de viajar, sino desde la valoración sobre la oportunidad del viaje y sus verdaderos frutos para los intereses de la ciudad. Se ha ido Espadas a Estados Unidos y se ha liado parda entre Podemos y Participa Sevilla, que andan a la gresca pública sin ningún recato ni preocupación por el qué dirán, gañafoneándose como dos vecinas de corral del XIX. Espadas, se confirma, es un tipo con suerte. Tanta suerte que yo le pasaría el cupón de los viernes por la espalda de esa americana que siempre luce con las mangas un pelín largas. Espadas es alcalde sin haber ganado las elecciones, es alcalde sin haber siquiera mejorado el peor resultado del PSOE en su fortín tradicional (la circunscripción de Sevilla) y es alcalde con el apoyo de dos grupos políticos marcados por la bisoñez. La Izquierda Unida municipal es de medio pelo, de graznidos en las redes sociales, de proclamas dibujadas en la carpeta estudiantil y carente de sentido institucional. La muchachada de Participa está repudiada por su padre natural, que es la formación de Pablo Iglesias. Y el PP está en tengerengue, abonado a clases de coaching, de lemas con spray en las paredes para levantar unos ánimos de tanatorio, en la cuerda floja y con el personal buscando asideros tras las debacles andaluza y catalana. Sólo Ciudadanos se mueve algo en la Plaza Nueva, pero afectados por el papelón que está haciendo en Andalucía, de difícil digestión para su electorado.

Ya hubiera querido para sí semejante panorama el muy señorial y andalucista Luis Uruñuela, que las pasó canutas para gobernar en minoría, sacar adelante los presupuestos con socialistas y comunistas de navajas afiladas, y que hasta tuvo ingenio para inventarse una fórmula, que sigue hoy vigente, para que las cofradías obtuvieran ingresos económicos directos sin afectar a las arcas municipales.

Cuando el avión de Espadas aterrice en San Pablo, la primera teniente de alcalde, doña Carmen Castreño, le dará el parte de la ciudad a pie de escalerilla:

–Alcalde, todo está aún mejor que cuando te fuiste. Puedes dejarnos solos. El único que sigue largando fiesta es el defensor, Pepe Barranca. Por lo demás, la ciudad tranquila y en calma. Y la oposición, anestesiada y recluida en el palomar.
Y le pasará el cupón del viernes por la espalda.

La ciudad eclipsada

Carlos Navarro Antolín | 29 de septiembre de 2015 a las 5:00

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Sevilla es una ciudad aliada de los eclipses, de la noche que vuelve pardos los gatos, de los contraluces, medias luces y apagones. A esta ciudad le sientan mejor las luces indirectas, de lámpara de pie, que las directas, de lámparas votivas que cuelgan del techo y se mecen con las brisas. La Sevilla de hoy soporta mal los baños de luz, que deja ver la piel de naranja de calles convertidas en abrevaderos, pero administra bien los restos de su belleza idealizada cuando se enrosca en el casquillo una bombilla de baja potencia. Los eclipses de luna maquillan la ciudad, ofrecen de ella la versión idealizada que cada cual ha ido forjando en el arcano de la memoria, y contribuyen a reforzar la gran verdad sobre Sevilla: su belleza habita cada día más en una recreación virtual y no en una realidad cuidada y mimada con criterio.

Sevilla está sentada en los veladores de la memoria, cuyo bisturí extirpa la gangrena de la arquitectura de tanatorio, siempre a la espera de una esperanza blanca que vaya más allá de las que salen de terciopelo y oro en una noche cada año más encanallada. Sevilla vive feliz en su mentira de postal, en su pasado exaltado, en sus ojos velados, en su ignorancia defensiva, en su carácter indolente, en su particular submundo que es en realidad su mundo cotidiano, en su olor a callejón trasero y frito recalentado, en su comercio globalizado y despersonalizado, en sus arranques de grandeza cada cien años, andanadas de ciudad mansa; en el usar y tirar con crueldad a políticos como pañuelos de papel. Vive feliz al viajar en el tranvía más corto del mundo, en el Metro que va por superficie, en el fuego cruzado de confrontaciones políticas, en un aeropuerto sin tren pero con mafiosos al volante y derecho a parada. Vive feliz en polémicas estériles de procesiones y tiros largos, venteando el humo del puesto de castañas de proyectos imposibles, oyendo el chuchú de trenes de la felicidad que nunca llegan a Santa Justa, recibiendo turistas de bolso en banderola y paella precocinada, perdiendo las horas, los días y las fuerzas en reformas de la carrera oficial, y soñando que del bombo de la lotería del Estado salga el Gordo de una nueva exposición, un nuevo sonajero agitado a conciencia, un nuevo señuelo que sirva para alimentar la conciencia colectiva de vivir en una urbe universal.

A Sevilla le sientan los eclipses como un traje a medida, proyectan la luz perfecta, de baja intensidad, que solo permite intuir la silueta, la forma, los contornos, los perfiles, las fachadas. No está la ciudad para mirarla cara a cara bajo lonas y al son de las corcheas, no soporta un primer plano de su rostro cotidiano. Mejor intuirla en el sonido de los cascos de un caballo, soñarla oliendo a jazmines, recrearla en la sombra fresca del patio de una casa señorial, vivirla en el escaparate de sus fiestas mayores, velar su sueño de dama revestida por la historia, abrigar su estado de continua esperanza, acunar los destellos de belleza aún conservada y oficiar en la intimidad el funeral civil de cada día por cada rincón adulterado, por cada negocio centenario cerrado, por cada árbol sacrificado en el altar del urbanismo duro, por cada interior de vivienda del XVII y XVIII derrumbado.

La gran verdad de la Sevilla de hoy no es que se nos vaya, como en una proclama manoseada de quien se limita a lanzar quejíos de poesías y versos fáciles. La gran verdad es que sobre una mentira prefabricada se levanta la arquitectura de su definición más ajustada: la ciudad eclipsada.

La muerte globalizada

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2015 a las 18:20

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El tanatorio es la muerte franquiciada. Un lugar desubicador, frío, funcional, carente de calidez, como esas cafeterías que son las mismas en Roma que en Bilbao, en Madrid que en Lisboa, en Sevilla que en Vitoria. El uso del tanatorio se impone, como también lo hace el de las cafeterías despersonalizadas a falta de negocios singulares. El tanatorio es como las listas de boda, un uso social impuesto que todos damos por bueno, una inercia contra la que no cabe rebeldía. El tanatorio es cómodo, operativo y perfecto para una sociedad que prima lo instantáneo frente a lo elaborado y lo material frente a lo romántico. Por ponerle sólo un pero, al tanatorio de la SE-30 sólo le falta una parada de taxi. Se llega bien en taxi, pero es difícil salir en otro. Tal vez el problema de verdad sea cuando se llega al tanatorio, pero no se vuelve. O entonces ya ni eso sea un problema. A este mismo tanatorio comienzan a sobrarle cuadros de hermandades para no parecer Casa Ricardo. Las cofradías compiten en donar el cuadro más grande y con el marco dorado más recargado. Y ni así consiguen darle un punto de ternura a un lugar anónimo.

El Arzobispado de Sevilla quiere revitalizar las parroquias al disponer que los funerales de cuerpo presente se celebren en los templos. Menos tanatorio y más parroquia. Menos liturgia de Ikea y más calor parroquial. La ciudad sin cafeterías singulares tiene decenas de parroquias que no se utilizan para despedir a los seres queridos, porque el tanatorio es la vía exprés, el camino rápido y despersonalizado, el todo incluido de la muerte, la pulserita que da derecho a un sinfín de prestaciones sin que usted tenga que preguntar por nada. La muerte es el negocio que nunca quiebra. El filón está garantizado. Sevilla fue de las últimas grandes capitales en tener tanatorio. En quince años ha tenido dos, con el correspondiente despoblamiento de las parroquias en los adioses a sus feligreses.
Los párrocos y sus gélidos sacristanes tendrán que ser también más receptivos para que se logre el empeño del Arzobispado por recuperar la parroquia como lugar para las exequias. Los curas y sus empleados tendrán que dar facilidades, ser flexibles en la organización de los funerales, contribuir de verdad al acercamiento a la parroquia. No pocas veces hay trabas para hacer cursillos matrimoniales, inscribir a un niño en catequesis o pedir una simple fe bautismal.

Las funerarias tendrán que contar con más personal si la demanda de traslados a las parroquias crece con esta nueva medida. En los tanatorios sólo se podrán rezar responsos. Todo indica que a más de uno y de dos lo pasaportarán al paraíso con el mero responso de tanatorio. Y eso tiene el sabor de un café de franquicia, la frialdad tasadora de un regalo de lista de boda. El tiempo dirá si la medida devuelve la actividad a las parroquias. O si es demasiado tarde, pues ya pocos valoran la creatividad y el tiempo invertido en el obsequio que se busca con interés y afecto para aquel al que verdaderamente se conoce, como parece que no se aprecia el funeral celebrado ante las imágenes a las que se acompañó cada Semana Santa (no ante cuadros), o en la parroquia a la que se sirvió en vida (no en salones multiusos). El tanatorio es la globalización de la muerte, el todo a cien.

Sevilla, capital por fin de algo serio

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2015 a las 19:15

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SEVILLA es proclamada capital de tantas sandeces a lo largo del año que está muy bien que al menos, por una vez, lo sea de algo tan serio como el Domund, gracias al cual se financia especialmente la labor de los miles de misioneros católicos repartidos por todo el mundo. El calor, las tapas, el fútbol europeo, la peatonalización, las casas regionales, el socialismo español, los frikis sin fronteras, no digamos los veladores y otras tantas materias, sostienen apócrifos títulos de capitalidad que surgen como efímeros champiñones todo el año, ya sea con intereses comerciales, periodísticos o políticos. Hasta hemos sido alguna vez la capital de la corrupción y lo somos del desempleo de forma perenne. Todo menos hacer uso del título de capital de Andalucía, título aprobado en el Parlamento en junio de 1982, no se vayan a molestar los vecinos del mapa.

La Conferencia Episcopal, ese órgano que de vez en cuando sale en los telediarios con señores de negro que rezan de pie con un librito, se trae a Sevilla las jornadas anuales que darán a conocer a toda España cómo se parten la cara en todo el mundo los misioneros, mil de ellos andaluces. El Domund es para el imaginario colectivo la hucha de un niño y un cartel de color chillón que colisiona cada otoño con la estética de la reja de la Puerta de los Palos de la Catedral. El Domund suena al padre Martín Clemens dejando la comodidad del cirio escolta junto al Cachorro para irse largo tiempo al Perú a vivir otros Viernes Santos. Los misioneros son los grandes activistas de la Iglesia Católica, la fiel infantería que ocupa siempre las primeras posiciones de la caridad y cuya labor casi siempre tiene el silenciador evangélico de la mano derecha que ignora la ayuda que ofrece la izquierda.

Baste un ejemplo. Cuando en 2010 se produjo la tragedia de Haití, un alto representante de las misiones envió un mensaje a varios medios de comunicación con eco nacional ante la oleada de apoyo económico y la ingente cantidad de voluntarios desplazados hasta la isla caribeña, muchos de ellos ofreciendo su ilusionado testimonio mochilero antes de subirse al avión en Barajas. El mensaje privado era muy directo: “Agradecemos enormemente el dinero y las manos que nos llegan. Nosotros, los misioneros españoles, ya estábamos aquí antes del terremoto, seguimos aquí recibiendo con alegría tanta ayuda, y aquí seguiremos también cuando todos se hayan ido, cuando cesen las aportaciones periódicas y cuando ya no se hable de Haití”. Nadie aprovechó la oportunidad que se brindaba para elaborar informaciónde calidad sobre la labor de los misioneros, cuyo testimonio hubiese sido quizás enormemente valioso para tener conocimiento directo de los problemas del país. Claretianos, salesianos, paúles, oblatos de María Inmaculada, misioneras de la Inmaculada Concepción… Siguieron en el afán de cada día sin las luces de los focos. Nunca las han buscado, tampoco las han rehuido.