La decadencia de Los Remedios

Carlos Navarro Antolín | 10 de septiembre de 2014 a las 5:00

17-1-204 JOSE LUIS MONTERO APERTURA PARKING VIRGEN DE LUJAN
IBÁÑEZ le hace el chaqué al pregonero de la Semana Santa. Todos los años vemos su foto con la lengua apretada entre los dientes mientras se agacha levemente para tomar medidas a esos señores taciturnos y con cara de estar llamados a una alta misión de Estado. Ibáñez se tiene que agachar porque en la gran mayoría de los casos está a mucha más altura que los pregoneros, pero a muchísima más. Por la cara de Ibáñez tomándole medidas al tipo se intuye cómo va a ser el Pregón. Y a la salida del teatro ya se sabe cómo ha sido la cosa.
–¿Qué tal ha estado el pregonero?
–Lo bien que le quedaba al tío el chaqué de Ibáñez con la chepa que tiene, oye.
Pero Ibáñez no vive de los pregoneros, por fortuna para sus fines de mes. Ibáñez, qué callado se lo tenía, también le hace trajes a los alcaldes de la ciudad a lo sastrecillo valiente. Este maestro sastre de la calle Asunción ha dicho, o más bien clamado, que Zoido tiene complejo con Los Remedios, el barrio de España donde mayor porcentaje de votos saca el PP, muy por encima del distrito capitalino de Salamanca, o sea tía. Ibáñez le ha tomado las medidas al alcalde, le ha recogido el bajo del pantalón, ha tenido en cuenta la sisa y el ancho de hombros y, hala, se le ha escapado un alfilerazo a cuenta del persianazo de Cañete por la caída de las ventas en la calle. Ibáñez le ha puesto a voz a muchos vecinos de Los Remedios: “Zoido está acompejadísimo de invertir en Los Remedios”. Sin anestesia. Y ha arremetido también contra Monteseirín por dejar la calle convertida en un paseo de abuelos con nietos, bicicletas y público low cost. Ibáñez ha mandado a los alcaldes a paseo, a paseo por el tramo de Asunción sin coches, pero con madres ocupando veladores con un café de hora y media.
Las calles se van adaptando a los tiempos. Como los seres humanos. Las calles tratan siempre de sobrevivir, de buscar la salida al entuerto. Donde estaba un salón de té, con batidos preparado a mano y bandejas de emparedados caseros, ahora se despachan cubos de botellines con chacinas plastificadas. Donde antier se negociaban hipotecas, se pedían préstamos o se invertía en fondo de inversiones, hoy se venden cigarrillos de vapor o bisutería. La crisis ha mudado la piel de las ciudades. Y la crisis impide también el rejuvenecimiento de la población de muchos barrios. ¿Qué edad tiene Los Remedios? La de sus primeros pobladores. De hecho el principal promotor inmobiliario del barrio, Gabriel Rojas, falleció hace sólo dos años. ¿Quiénes serán los vecinos de Los Remedios del futuro más próximo si no hay quien pueda pagar ni siquiera los recibos de IBI de esos pisos interminables de República Argentina, la Plaza de Cuba o Virgen de la Antigua, por poner sólo tres ejemplos? La gran mayoría de los hijos de aquellos primeros pobladores no viven en Los Remedios, huyeron al área metropolitana (conocida como la Gran Sevilla en la terminología de los años de ladrillo y champán) y sólo vuelven para bañar a sus hijos en las piscinas de los clubes junto al río. Heredar uno de esos pisos es cuadrarse para recibir la estocada limpia y certera de los impuestos correspondientes y los descabellos semestrales de la antigua contribución urbana. No hace tanto tiempo que este periódico publicó la lista de las calles de la ciudad donde más recibos de IBI se deben habitualmente. En el morboso top ten de la morosidad figuraban las principales arterias de Los Remedios… y la Avenida de la Palmera.
Los Remedios es un barrio decadente sin la belleza que lleva aparejada la madurez. Su estética se ha hecho vieja como los bajorrelieves de cerámica tardofranquista de esos portales, custodiados aún por conserjes tras un mostrador y con un par de sillones siempre vacantes a la luz de lámparas de pantalla blanca. El barrio se ha hecho viejo como las láminas de la caza del ciervo en la sala de espera de los dentistas, como las sillas con respaldo de varillas y asiento acolchado de algunas cafeterías. El barrio ha perdido su capacidad de sostenibilidad, que dirían hoy los sesudos analistas. Sus propios vecinos eran la clientela de esos comercios de chaqués y camisas a medida, muebles de caoba, suntuosas lámparas, modelos de boutique y hasta pan de tahona. No hay mejor ejemplo que la mudanza del Ochoa de Virgen de Luján a la Huerta del Rey. Hay mudanzas que son todo un aldabonazo.
Debe ser cierto que para saber la edad de los pobladores de un barrio hay que intentar aparcar el coche en sus calles en Nochebuena. Si hay hueco, barrio joven, emisor de comensales. Si se tarda, barrio viejo, receptor de hijos y nietos a lo Carpanta. Ibáñez padre abrió tienda en Asunción en los setenta. Ibáñez hijo, en los noventa. Pero en la mayoría de los pisos no ha habido sucesión. El ciervo sigue corriendo en las láminas y hay mosaicos de los portales que han perdido las teselas. Las entradas de los pisos son espaciosas en contraste con las viviendas de hoy, cuya puerta principal da directamente al salón y hasta a la cocina, porque el promotor quería rapiñar metros cuadrados para sacar más y más adosados. El barrio perdió el tren comercial cuando El Corte Inglés decidió en 1985 abrir su segundo gran centro en Nervión y no en Los Remedios. La edad de Los Remedios es la de sus primeros pobladores, juntos envejecen a la misma velocidad parsimoniosa que los feligreses salen de la misa de una.

No talarás

Carlos Navarro Antolín | 3 de septiembre de 2014 a las 5:00

almirante lobo
Las fotografías de la calle Almirante Lobo al desnudo y los vídeos de árboles desplomándose como soldados en el frente (caídos por la reurbanización y la sacrosanta peatonalización) son la celulitis incrustada en la piel de un alcalde sin excesivas máculas, la evidencia de que no existe una dirección política en un servicio municipal a priori amable como el de Parques y Jardines y la prueba de que los técnicos siguen operando en función de los mismos criterios e inercias del mandato anterior. En un radio de cien metros, menuda ironía del destino, coinciden el mamarracho de fuente colocado por Monteseirín a la entrada de los Jardines del Cristina, más propia de tanatorio de pueblo, y el atentado de los árboles cometido por el actual gobierno con la coartada de que impedían ver la Torre del Oro (risas en off). ¿Talamos entonces los árboles de la Avenida de Roma con el pretexto de que impiden la contemplación de la fachada del muy catalogado Hotel Alfonso XIII?
La tala de árboles es un tiro en el pie, el desagüe por donde el gobierno pierde esa marea en calma de la vida municipal “normalizada” en la que los chicos de Zoido presumen que navega la barca del ejecutivo local (ay, quién maneja mi barca), la forja de un estigma que deja manchas de las que perduran antiestéticos cercos por mucho que se sustituya el verbo talar por el eufemismo de apear. Al alcalde se la han jugado los suyos, ese enemigo interior que tiene todo gobierno, todo partido, todo colectivo al fin.
Zoido pudo dar marcha atrás con las ocurrencias de colocar el rótulo de Triana en la zapata (a la que llamaron malecón) o de gastar casi 200.000 euros en instalar un helicóptero en una glorieta de los Bermejales. Incluso pudo poner orden cuando su bisoño concejal José Luis García colocó a parientes y afectos en los distritos, al que obligó a sacar el pinrel en un asunto espinoso en las primeras curvas del mandato. O abrir el paraguas y esperar a que cesara el chaparrón por la prohibición de jugar al dominó en los veladores.
Hay crisis que bien manejadas son oportunidades para salir reforzado, catapultado hacia una imagen más sólida como jefe de un gobierno superpoblado. Pero los árboles talados dejan un cementerio de tocones que estigmatiza a cualquiera, un destrozo hecho con el pretendido silenciador de agosto, el mes preferido para publicar las disposiciones más amargas en el BOP, el tiempo idóneo para la liturgia política más incómoda. ¿Recuerdan, por ejemplo, la fecha elegida por alguna mente preclara en Urbanismo para denunciar el goloso convenio colectivo de este organismo autónomo? El 31 de julio. Comunicaron la denuncia del convenio el 31 de julio para que agosto dejara en fuera de juego a los trabajadores y sus representantes.
Los árboles de Almirante Lobo son la víctimas inocentes de la negligencia de técnicos sin dirección política, la muestra de lo que cuesta en esta ciudad hacer las cosas de otra manera, del peso que sigue teniendo el esto se hace así porque siempre se ha hecho así y a santo de qué se va a hacer de otra manera. Estos árboles muertos de Zoido son la sucia y gris losa de pizarra de los andalucistas en el entorno de la Catedral, las plazas inhóspitas y desangeladas de Monteseirín, la capa asfáltica de Manuel del Valle sobre los antiguos adoquines de decenas de calles. La tala de árboles casa muy mal con una gestión huérfana de grandes proyectos (lo cual puede ser hasta una virtud) que busca su reconocimiento en una política de infantería que despliega las tropas de barrenderos, policías locales y obreros en los barrios ejecutando obras bien planificadas (“proyecto, presupuesto y plazo”). La micropolítica de Zoido queda en jaque con una calle Almirante Lobo al sol de lunes a domingo.
La Gerencia de Urbanismo buscaba antes de verano patrocinadores para instalar muchos más toldos en la ciudad, en sitios nuevos como algunos puentes o grandes calles de Triana. Pero no encontró ninguno de esos patrocinadores amigos que después suelen cobrarse el favor. Hubiera bastado con no talar árboles de los que dan sombra gratuita. A este gobierno hay que decirle como al niño que arranca las hojas de una maceta: “¿Qué te ha hecho a ti la planta para que así la trates?” Ahora habrá que ir al penitenciario a pedir perdón. Y hablando de penitenciario, aquí los que saben hacer las cosas con silenciador son los canónigos, que quitaron el Giraldillo a primerísima hora de un martes de 1997 y no se enteró ni el conserje de la Catedral. Claro que era Martes de Feria y el personal andaba con Morfeo. Nada se supo hasta que los faxes escupieron una escueta de nota de prensa. Debe ser porque los canónigos pertenecen a una institución que los cuenta por siglos. Primer mandamiento: no talarás.

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La Sevilla oculta de los urinarios

Carlos Navarro Antolín | 18 de agosto de 2014 a las 20:28

FOTO: RODRIGO
En la ciudad de los pájaros sin sombra (hay otros pájaros que están muy a la sombra, pero de Sevilla-II), de los aspersores de los bares que empañan las gafas, del solarium de la Avenida del tranvía, las bicis y los veladores (tururú para el peatón), y del alcalde haciendo la Ruta del Adoquín saltando de obra en obra, ni se puede beber agua en una fuente, ni se puede orinar en un aseo público. Si opta por beber en la fuentecita de la Plaza Nueva, la que está enfrente del edificio Generali (Se alquila, ¡jajajá!), puede experimentar el inmenso placer de saber cómo y dónde beben los perros, por no referir que parece un pipicán camuflado, de aquellos pipicanes que se hartó de poner el PSOE en Los Remedios para que no dijeran que Monteseirín la tenía tomada con las señoronas de la Nova Roma que perdimos. Las malas lenguas aseguraban que Monteseirín sorteaba un fin de semana en Rota entre los que presentaran una foto de un perro de Los Remedios haciendo uso de un pipicán. Debía ser que eran perros de derechas, pero muy de derechas, que se negaban a aceptar las innovaciones del llamado gobierno de progreso. Sus amos rechazaban las setas de la Encarnación y sus perros los pipicanes de Virgen de Luján.
¿Y dónde hace usted pipí si de pronto le entran ganas en plena vía pública y pertenece usted a la Hermandad del Pudor, de los que no son capaces de pegar el mangazo de urinario sin consumir nada? Aquí es donde hay que echar mano de la guía de la verdadera Sevilla oculta, la de los urinarios de fácil acceso. El primer premio se lo llevan los servicios del Colegio de Abogados, donde a usted le pueden confundir fácilmente como uno de los ocho mil colegiados que siempre votan a José Joaquín Gallardo como decano. Entra usted en el colegio, saluda con decisión al conserje, accede al patio, gira a la derecha con toda soltura y, hala, a orinar gratis total. No mire la arquería del patio, ni las macetas, porque ambas maniobras le delatarían como personal ajeno a la casa. Usted tiene que entrar como si fuera pariente del decano, sin más, con todo desahogo. La verdad es que es una maravilla que José Joaquín Gallardo siga de decano. ¿Se imaginan que con tanta promesa de renovación en los cargos llega al poder una de esas listas alternativas que ahora se cuecen y nos ponen una clave de acceso en los servicios del Colegio de Abogados, en plan chalé del Aljarafe con pretensiones? Uf, eso de teclear para orinar como el que va a sacar los 20 euros en un cajero… Ya tenemos pin para el banco, pin para la impresora, pin para la app del teléfono móvil, pin para el portero electrónico, pin para el acceso al trabajo… Y pin para las aguas menores.
fachada del colegio de abogados
Los expertos también colocan en el listado apócrifo de urinarios privados de fácil acceso a los que están en la planta alta del Ayuntamiento, donde laboran los grupos políticos de la oposición, en el conocido como palomar. El Ayuntamiento también los tiene en la planta baja, pero ahí es más fácil que le trinquen porque están los guardias mucho más cerca y suele ser el que ellos usan. Usted entra en las Casas Consistoriales, si es posible exhiba alguna carpetilla, documento o papel de desocupado mayor del reino, le dice al policía local que va a ver al “líder” y le dan vía expedita para coger el ascensor. El “líder” es el socialista Juan Espadas, líder de la oposición municipal, que así lo llaman algunos de sus concejales en privado en los cafés de media mañana de General Polavieja.
–¿Cómo está el líder hoy?
–Ni te cuento, pero desde que no está en el Senado…
En tercera posición figuran los servicios del edificio Laredo, no los del bar cuya mesa de tequilas, vodkas y ginebras premium invaden la acera. Ese no, el edificio. Usted llega al Laredo, entra directamente hacia el ascensor o hacia la escalera y tenga la completa seguridad de que nadie, absolutamente nadie, le va a sorprender con ese policía local que todo sevillano lleva dentro al usar el pretérito imperfecto que tiene el valor de un portero parando un penalti: “Oiga, oiga, ¿a quién buscaba?” Y, otra vez, hala, a orinar gratis total. Y con suerte, hasta micciona usted fresquito si Doña Asunción Fley, la muy respetada capitular de Hacienda, tiene arreglado el aire acondicionado.
Si los espasmos de las ganas de orinar le sorprenden por el sector de la Campana, vaya a la sede del Labradores de toda la vida, la de la calle Pedro Caravaca. No tiene más que ir vestido con cierta corrección ortodoxa, saludar con mucha fuerza al conserje, no tropezarse con la puerta giratoria (le delataría como un pardillo) y girar inmediatamente a la derecha si busca el urinario de señoras, o bordear el patio hacia la izquierda si busca el de caballeros. No se detenga mucho en los lienzos. Sí, hay uno de Queipo de Llano, pero tiene que parecer que entra usted allí desde hace años, desde los tiempos en que no existía la piscina de las instalaciones de Los Remedios.
Cuatro urinarios, cuatro, habitualmente limpios, de fácil acceso y cómodos, más amplios que ese chalé que se vende en Palomares, sin esas estrecheces de retretes de taberna en los que uno entra, sufre las apreturas propias del paso de misterio de la Carrretería en su capilla, adopta un imposible escorzo para cerrar la puerta sin rozar la taza, se traga la peste de tres días, echa el pestillo, intenta buscar el interruptor de la luz, queda literalmente aprisionado, busca el móvil para tratar de iluminar el habitáculo, cuenta las bolitas de naftalina que hay sobre la rejilla verde metálica y siente la puerta oprimiendo sus riñones y empujando más que un policía nacional a un cangrejero delante de un paso de palio.
No pierda tiempo en buscar urinarios públicos. Usted haga caso de la guía: sea amigo de José Joaquín Gallardo, vaya a entrevistarse con el “líder”, ejerza de sevillano asiduo del Laredo, pero el de verdad, el que no tiene veladores; y entre en el Labradores como Pedro (Sánchez Cuerda) por la Raza. Y a orinar gratis.
fachada del ayuntamiento de Sevilla

¡Tierra a la vista!

Carlos Navarro Antolín | 17 de agosto de 2014 a las 5:00

VISITA ALFONSO  XII.jpg
MIENTRAS el líder de la oposición, Juan Espadas, ha pululado por Rota sin transmitir mucho entusiasmo sobre su futuro político en algunas charlas informales, hay que reconocer que el alcalde del PP ha hecho su agosto. Vamos, que lo está haciendo como un vendedor de sandías pese a alguna foto en Sotogrande (Digan Soto sin más, si quieren darse importancia) que no ha gustado nada entre algunos de sus 20 concejales por considerarse una instantánea de alto riesgo a diez meses de las elecciones. Los halcones del equipo electoral lo pasan fatal cada vez que Zoido sale emperifollado entre señoras ultramaquilladas, de nombres tan diminituvos como ridículos y de pieles notoriamente apergaminadas. Un disgusto, se llevan un disgusto.
Agosto es importante para los políticos, sobre todo el último agosto antes de las urnas. Las oposiciones se ganan en agosto, cuando todos dormitan, cuando las tardes se hacen cuesta arriba y hay que resistir a los cantos de sirena de un exterior que invita a la navegación por los mares del ocio y el relax. El que resiste en agosto y hasta le saca partido, tiene ante sí el sueño de la tierra prometida. Bien lo sabe este magistrado.
Sí, es cierto que los socialistas han sacado estos días sus temas sobres centros de salud, falta de agentes en la plantilla de la Policía Local y hasta se han permitido con toda legitimidad una incursión en la calle Mateos Gago, en ese distrito Centro que dicen que es patrimonio del PP, pero que ya quisiera el PP, porque en realidad es de nuestros nuevos amos y señores que son los hosteleros y los turistas. Mateos Gago huele a pizza, sabe a zanahoria rayada y tiene la horripilante estética de las tizas de colores que anuncia el camembert frito entre las tapas sevillanas.
El alcalde se ha recorrido las obras del centro y de los barrios, metiendo los sebago entre la polvareda de la maquinaria, en las calicatas y saltando las vallas. Hasta se ha hecho una foto original con las monjas de San Leandro a las que la Federación Española de Baloncesto ha obsequiado con unos balones y unas canastas en las vísperas del Mundial. Sólo hay que poner un pero a esa visita: Zoido agradeció el “esfuerzo” de José Luis Sáez, presidente de la FEB, con la orden religiosa. ¿Esfuerzo? El esfuerzo sería si los señores del baloncesto patrio sueltan la morterá para la rehabilitación del monasterio donde se hacen las yemas con cada vez menos huevos de lo caros que están. San Leandro se cae ante la indolencia de los sevillanos y ante extraños comportamientos en los despachos de la curia. También se ha ido el alcalde otra vez a Amate, donde de nuevo ha salido retratado con el tío de la coleta, que es para pensar ya que el tío de la coleta de Amate trabaja por horas para el PP.
La procesión de la Virgen demostró que aquella zoidomanía de 2011 está más que diluida en el agua del paso de los días. Cuatro años desgastan a cualquiera. Pero su triunfo es que la marca personal está intacta. De la euforia novelera de vitorear a un alcalde recién llegado al cargo en aquel Jueves de Corpus se ha pasado a una normalidad que conviene a todo político en el poder. El nivel de expectación fue tan alto tras el resultado de los veinte concejales que no hubiera extrañado alguna reacción airada entre el público. Nada de eso ha ocurrido, incluso hay varias fotografías de niños besados por el alcalde durante el recorrido. En el PSOE ya hay quien piensa que el mayor éxito de Zoido es que forma parte del paisaje urbano de la ciudad. “¿Y cómo se lucha contra eso si no hay escándalos?” Ningún caso de corrupción ha salpicado el azul de esos trajes del alcalde que hasta Espadas reconoce en privado que le quedan perfectos. Salvada la marca personal y con un Gobierno de Rajoy que no se desgasta mucho en las encuestas del CIS a pesar de la situación del país, Zoido gozará incluso de un flotador en caso de que pase apuros para mantenerse a flote: la reforma legal que sentará en el sillón de alcalde al candidato más votado. El PP no quiere más casos como aquel de las elecciones de 2007, cuando Zoido fue el ganador orillado por el pacto de PSOE e IU.
Consciente de que es su marca personal la que se la juega y la única que puede revalidar la Alcaldía y sabedor de que la gestión de ningún concejal en particular le va a solucionar nada (en parte por la configuración de un gobierno ultrapresidencialista) y de que sin Alcaldía todo estaría consumado en su carrera política, Zoido se emplea en una reinvención de su propio personaje, una multiplicación del perfil de alcalde blanco e inmaculado en las trincheras de las obras de Emasesa que ve la tierra prometida de una repetición en el cargo en el mar plato de la política municipal. Hasta el socorrista Rajoy tiene a mano el salvavidas en caso de que Zoido trague agua. Y el tío de la coleta es ya de la familia. Sólo hay que evitar ciertos pergaminos. Y que Espadas siga lamentándose por Rota…

Los 5.000 naranjos de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 11 de agosto de 2014 a las 12:59

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, visita el parque Vega de Triana
¿Qué mal han provocado los árboles a unos políticos que en tan baja estima los tienen? ¿Qué sombra le ha negado un naranjo a Monteseirín o a Zoido? ¿Acaso se la han negado un olmo, una palmera, una jacaranda, un laurel o un plátano? ¿Sienten celillos de los estorninos de la Plaza de Cuba, de los gorriones de Nervión o de los vencejos de la Catedral? Tan sólo Soledad Becerril cuidó de esos grandes desprotegidos que son los árboles, por eso y por muchas cosas más es una dama de la política andaluza con proyección y prestigio verdaderamente nacional y no esa proyección low cost que ahora se vende de alguna con mando en plaza, pero un low cost en plan turista tieso que llega a Sevilla con mochila y botellita de agua, que son los que ahora llegan tras haberse disipado los cruceros como una gaseosa de chiringuito. Los árboles envidian al lince y al velador, los grandes referentes para el PSOE y el PP, respectivamente. No hay árboles para dar sombra a Sevilla más allá del bosque animado de un Ayuntamiento atufado ya de electoralismo. No hay árboles que alivien los andares en esos grandes espacios moscovitas, duros, grises, feos y convertidos en exaltaciones del vacío que nos dejó el urbanismo socialista y alejandrino, de Alejandro, no de la estrofa. Los árboles no están en las prioridades reales de ningún gobierno, pese a que ofrecen sus ramas a las aves, su perfume a los viandantes y su sombra a ciertos pájaros… ¿Qué le hicieron los árboles a Monteseirín, que los taló en el Prado, en la Avenida y en Ramón Cajal, por poner sólo tres ejemplos? Zoido prometió en 2010 nada menos que cinco mil naranjos en un plan de reforestación urbana para evitar el efecto “isla de calor” de Sevilla. Eso dijo. Quedan nueve meses mal contados para las elecciones y por mucho que miramos y miramos no nos salen las cuentas de los árboles nuevos. En el templo de apertura perpetua de San Onofre hay que entrar a suplicar que algunos de esos cinco mil naranjos, bien frondosos, sean plantados en la Avenida, donde se entra blanquecino por la Puerta de Jerez y se acaba salmón en la Plaza Nueva. El entonces candidato del PP a la Alcaldía proclamó que la tala de un árbol requeriría de la firma del alcalde. Mire usted, señor Zoido, bastaría con que la firma del alcalde sirviera para poner algo de sombra en esa inhóspita Avenida de la Constitución, convertida en un video-juego donde el peatón sortea ciclistas, mesas, sillas, banderolas, coches procedentes de Alemanes y peticionarios de firmas para causas humanitarias; en la calle San Fernando, en la Plaza de Armas, en la gran explanada que recibe a los viajeros del AVE y de otras líneas de Renfe y en tantos y tantos metros cuadrados de superficie de esa desangelada Isla de la Cartuja, a la que Monteseirín quiso convertir en un nuevo distrito de la ciudad. Zoido también dijo que por cada árbol talado habría que adquirir el compromiso de plantar cinco. Bastaría, alcalde, con un árbol nuevo por cada nueva licencia de velador, pero entonces Sevilla sería no ya una ciudad con sombra, sino una urbe sin sol. Pocos árboles hay en Sevilla para tantísimo pájaro.
VIRGEN DE LUJAN

La sorpresa de una buena rehabilitación

Carlos Navarro Antolín | 20 de julio de 2014 a las 5:00

rehabilitación
No todo son plazas duras donde la sombra ni está ni se le espera, que resulta increíble que nadie pensara en la sombra cuando la gran reforma urbanística de la Avenida como sí se pensó con la agradable pérgola del Paseo de Cristina. No todos es fachadismo hipócrita que respeta hasta la primera crujía para recibir la bendición de la Comisión de Patrimonio y arrasar luego con todo lo demás. No todo es pastiche, ni iglesias barrocas reconvertidas en un NH. No todo es la puerca pizarra, ni materiales con estética de óxido que lo mismo ensucian el paisaje del río en restaurantes de cristal que hasta las fachadas de las nuevas casas de hermandad. No todos son farolas de cuarto de baño de nuevo rico, ni bancos de paseo marítimo de aquellos años de concejales de Urbanismo gestionando el presupuesto desde lo alto de una carroza, ni proyectos de azulejos impostados en la zapata trianera rebautizada como malecón por la novelería hispalense, ni ese mininalismo de nuevo cuño revestido de modernidad, ni esa afición por lo oscuro en la ciudad de la luz, ni esas casas del área metropolitana con tejados propios de Cantabria, como si aquí lloviera como en Santander y viviéramos entre vacas tudancas. No todo es eso. Hay casas bien rehabilitadas en el centro de Sevilla, como hay comercios arquitectónicamente modélicos como Abrines o la Joyería Reyes. Sevilla es una ciudad que no ha tenido el mínimo tacto para conservar el caserío del XVII y XVIII, que ha tomado asiento en la butaca de la indolencia ante verdaderas atrocidades y que ha tildado de inmovilista cualquier defensa del patrimonio histórico-artístico realizada con criterio y sensibilidad. Hace pocos días ha concluido la obra de rehabilitación de una casa realizada con sensatez, con respeto a los colores y a los huecos de fachada, incluso con el detalle de conservar uno de los escasos y preciosos azulejos publicitarios que quedan en el casco antiguo, en este caso el de Rioja Palacio. Una intervención sin histrionismos, sin alardes, sin licencias propias de divinos enlutados. Se trata de la casa ubicada en la esquina de Muñoz y Pabón con Almirante Hoyos, muchos años en desuso y en la que ahora hay una peluquería donde antaño hubo un negocio de antigüedades. Una peluquería que, por cierto, ha tenido el buen gusto de no emplear rótulos ni irreversibles ni agresivos, lo que prueba que es perfectamente posible la convivencia entre la estética de un negocio moderno, que apuesta por un estilo de autor, y las líneas arquitectónicas de una casa del XIX. No se ha reinventado donde sólo cabía respetar, no se ha reinterpretado donde sólo cabía conservar. Dejen la pizarra para las aulas, el negro para los entierros y planten árboles, que son buenos para todo tipo de pájaros, sobre todo para los que vuelan. Y pían.

Los chinos también cierran por vacaciones

Carlos Navarro Antolín | 17 de julio de 2014 a las 5:00

Chino vacaciones
Se cayó el mito. Se nos rompió el amor. Se vino abajo el quiosco. Nos caímos con todo el equipo, el titular y el suplente. Se rompieron los pedestales de las estatuas más sólidas, se torcieron las farolas de las calles y se derritieron las velas de las promesas. Todo era mentira, fatuo, impostado, hueco, estéril y blando. Todo era una mentira o una verdad con jirones. Todo fue un suspiro, un hálito y un visto y no visto. Horror, pavor y pánico, trío de sensaciones que oprimen el pecho.

-Respire, respire hondo.

Se apagó la lamparilla que siempre estaba de guardia, se le acabó el aceite. Adiós a la anhelada tranquilidad, adiós a la pretendida garantía de tener siempre un templo abierto para las necesidades a deshoras, adiós a los turnos de guardia perfectamente cuadrados. Se acabó. Se apagó la luz encarnada de la capilla sacramental del comercio. Hay chinos que se cogen un mes de vacaciones. Los chinos también echan la persiana. Los chinos se han romanizado. Treinta días de asueto, treinta días sin garita donde comprar el pan rallado, la harina o la bolsa de hielo de urgencia, treinta días sin ver al gato levantar una y otra vez el banderín de fuera de juego, treinta días sin contemplar esas corbatas atornasoladas para las funciones principales de los barrios, treinta días sin disfrutar de los lunares negros de esos perros de porcelana que se regalan en las despedidas de soltero para cabrear a la novia, treinta días sin esos sobres de jamón york a los que hay que mirar siempre la caducidad, porque al chino, so desconfiado, se le exige más que a los grandes almacenes; treinta días sin esas miradas escrutadoras cuando el cliente recorre los pasillos, treinta días sin esas respuestas tan monosilábicas como eficaces, treinta días en los que se ha desmoronado todo lo que era sólido. Hay chinos que tienen un mes de vacaciones. Su fuerza no es eterna. Fuimos felices mientras ellos parecían de otro planeta. Nos hemos hecho mayores. Podemos seguir creyendo en los reyes magos. Pero ya no tanto en los chinos. Roma siempre gana. Como los alemanes en el fútbol.

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El presidente y catorce más

Carlos Navarro Antolín | 16 de julio de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 15/07/2014.
EN Antares, con la Sevilla oficial a la hora del ángelus. Y en el refectorio, a la hora de yantar, con esa realidad siempre efímera que son los cargos orgánicos del partido. Rajoy escogió con mucha precisión a sus acompañantes de mesa en el restaurante Sevilla Bahía. Sólo 14. Hagan la cuenta: la delegada del Gobierno en Andalucía, Carmen Crespo; el alcalde anfitrión, Juan Ignacio Zoido, dos vicesecretarios generales (el andaluz Arenas y el extremeño Floriano), el presidente regional, Juan Manuel Moreno Bonilla; la secretaria general andaluza, Dolores López, y los ocho presidentes provinciales. Los 14 de Rajoy. Catorce en los reservados de la planta alta, mientras los coches oficiales pacen alineados delante justo de la sede de la Tesorería General de la Seguridad Social, en el mismo sitio que –ironías del destino– fue felizmente desactivado un coche bomba de ETA en las vísperas de la Nochevieja de 2000.

Algunos comensales esperaban que el presidente aprovechara el ambiente familiar del partido (dicho sea lo de familiar con toda su carga) para reforzar aún más al líder regional, ese chico quejoso porque en Sevilla no sólo no le colocan la alfombra roja, sino que le ponen chinas en el camino y lo orillan en Becerrita, ese chico de Málaga del que aseguran que ya se arrepiente de la número dos que ha escogido para su aventura andaluza, ese chico del que ya se ha alejado descaradamente su paisano Elías Bendodo –¿por qué no aparece ya en las comparecencias públicas en la sede de San Fernando?– y ese mismo chico que ayer no llevaba cerrado el último botón de la camisa (¿nueva estética de la derecha andaluza renovada?).

Los comensales esperaban mucho del almuerzo. Demasiado. Pero sólo se encontraron con un repertorio de anécdotas de la última campaña de las europeas, una exaltación del jajajá y del jijijí, donde no se dice nada, pero donde se está diciendo todo. Ysí vieron a un Rajoy orgulloso –con razón– por haber evitado el rescate para España: “¿Recordáis ahora aquellos editoriales y aquellas firmas de prestigio que me exigían que pidiera el rescate para España? Pues aquí estamos. Aguantamos y aquí estamos”.

El presidente estuvo flanqueado por Moreno Bonilla y Dolores López. Justo enfrente, en el lugar de privilegio, estuvo Zoido, flanqueado a su vez por Arenas y Floriano, convertidos en las santas Justa y Rufina del PP nacional para el alcalde de la ciudad de la Giralda. No hubo más apoyo del presidente nacional a Moreno Bonilla del ya expresado en el marco institucional y encorsetado de la conferencia. Rajoy no incomodó en ningún momento al sector sevillano en los dominios hispalenses.

“Ha sido un almuerzo tan cordial como de puro trámite”, dijo uno que salió escopetado. Un almuerzo para hacer tiempo antes de que el jefe pillara el AVE de las 16:45. Un almuerzo que hizo recordar la frase de Rajoy en el congreso donde Moreno Bonilla fue elevado al potro de tortura de la presidencia andaluza del PP. “Tú lo has querido”. Eso dijo Mariano aquel día. Sí, es verdad que también dijo acto seguido que él sería el primero en ayudarlo. Pero el gallego despejó la plaza de dudas como un alguacil antiguo al marcar el paseíllo con ese “tú lo has querido” que se ha quedado como una daga en la memoria. Moreno Bonilla lo quiso. ¿Acaso Rajoy no? Y algunos de los elegidos para sentarse a la mesa se metieron en el coche oficial pensando en que, vista la actitud del señor de la Moncloa en el almuerzo a puerta cerrada, la reflexión quedaba ayer completada: “Y tú te las tienes que arreglar, chico”.

El primo de Zumosol al que había llamado insistentemente Moreno Bonilla se marchó por donde vino. Los coches esperaban al sol, como los lunes de tantos millones de parados españoles. Los coches se enfriaron en diez minutos. El frío es bueno para la digestión pesada. Ayuda.

Restaurantes libres de pelambreras

Carlos Navarro Antolín | 14 de julio de 2014 a las 17:55

14.08.00 antilla
Han tenido que pasar veintidós años para que Renfe se decida a habilitar vagones donde pueda viajar esa minoría selecta y pisoteada que sabe hablar en voz baja con el acompañante y que responde al teléfono sin elevar el tono como si estuviera explicándole a un turista en la calle Adriano el camino más corto hasta la Catedral. Renfe prohíbe en positivo, que es políticamente mucho más correcto que prohibir en negativo. No es lo mismo inaugurar el vagón silencioso del AVE que el vagón donde se prohíbe hacer el ganso. Renfe apuesta por esa sutileza transversal que todo lo embadurna hoy con tal de no molestar a esa gran mayoría desahogada. Como el AVE es casi siempre un modelo de buen funcionamiento y encima es junto al fútbol el otro gran elemento vertebrador de España, bien harían otras empresas en tomar nota de su gestión. Si existe un vagón de AVE exento de carracas, la hostelería española, sobre todo la de la costa, podría implantar comederos libres de pelambreras. Si los charlatanes del AVE son verdaderas vuvuzelas para los sufridos acompañantes, piensen qué es un tío sin camiseta en un restaurante de playa, de piscina o de los lagos de las serranías. Un verdadero asco. Seguro que alguna vez le ha pasado. Pide una paella mirando al mar cuando de pronto se sienta en la mesa de al lado un individuo sin camiseta que le planta su oronda y desnuda espalda en su ángulo de visión.

¿Para cuándo un cartelito de advertencia a la entrada de los mil y un comederos en los que nada más abrir la puerta está el tío con el pecho al aire provocando un verdadero episodio de eso que hoy se llama contaminación paisajística? Habría que facilitar camisetas en préstamo a la entrada de ciertos negocios hosteleros para los velludos comensales, al igual que en los años ochenta había un tío que prestaba pantalones para que ningún veraneante de Matalascañas se quedara sin visitar a la Virgen del Rocío por ir en pantalón corto.

Tal vez la mente preclara que quería suprimir los chiringuitos de las costas españolas buscaba acabar con el martirio de comer junto a pobladas pelambreras, abundantes verrugas y otras excrecencias cutáneas. Hasta en restaurantes de cierto nivel con vistas al mar y cubertería de la que no se dobla se pueden ver tipos que se sientan a mesa y mantel con las cadenas de oro asomando entre los pelos, incluida una exhibición de axilas cada vez que abordan la fuente de gambas. Está por estudiar el misterioso origen del placer de comer semidesnudo, seguro que algún antropólogo de guardia puede encontrar antecedentes en alguna primitiva tribu. Tal vez hay que llegar a la conclusión de que el mórbido despechugado consumidor de paella es una especie a proteger en los catálogos de la Junta de Andalucía por ser la reminiscencia de un modelo de vida casi extinguido.

Si quitarse la camiseta es tarjeta amarilla en el fútbol, sentarse a comer sin ella debe ser motivo de roja directa por una mera cuestión de consideración al prójimo, ese gran olvidado que sufre los horrores visuales y los olores terrenales. Salgan a contar pelambreras en los bares de la capital y de las playas, verán que no hay exageración alguna, como se pueden contar y no parar el número de tíos que utilizan las sillas de los veladores para descansar los pinreles. Echan los pies por alto como el toro manso echa las manos, sin reparar en que luego alguien tendrá que tomar ese mismo asiento donde han estado reposando los sudorosos pies. Mucho aspersor para quitarle la sensación de salmonetes fritos a los guiris, pero ningún comedor advierte junto a la lista de los precios de que se trata de un local libre de pelambreras. Lo que sí prohíben es la entrada de perros, cuando hay canes más considerados a la hora de comer y de beber que muchos individuos de dos patas. Y otro ejemplo. ¿Imaginan una Catedral libre de pantalones piratas? Qué sólito se iba a quedar el Lagarto. Y que vacía la caja.

Los árboles que hablan

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2014 a las 5:00

árboles que hablan
Ya está la vuelta al cole anunciada en los grandes almacenes con la premura que todo lo envuelve. Retornamos a las aulas en julio, comemos mantecados de Estepa (ojú, Estepa) a partir de septiembre, nos enteramos de quiénes son los reyes magos del Ateneo antes de la festividad del Carmen y quemamos incienso… cada dos por tres. Incienso se quema todo el año, que los tontos de la cuaresma que dura 365 días son conejitos de Duracell. Y duran y duran… Y no sabe usted lo que duran aún las tertulias sobre lo de la Macarena. Si a usted no le han preguntado si lo del cincuentenario de la Esperanza fue un éxito o una borrachera de actos es que sencillamente no es nadie en Sevilla. ¿Gowex? ¿Qué puñetas es eso de Gowex al lado de un sesudo debate sobre la idoneidad de interpretar la melancólica melodía de Suspiros de España a la Madre de Dios? Llena ahí y ponme un Gowex de ésos con coca cola, pero que sea light que así al menos nos metemos menos azúcar en el cuerpo.
La vuelta al cole en los grandes almacenes coincide con la pegada de carteles en los árboles que rodean a cada facultad. Son los mupis de la naturaleza, los tablones de anuncio de los ecologistas (en acción y parados, que de todo hay). Son los árboles que hablan cada vez que acaba el curso, heraldos de un cambio de liturgia en esa educación en la que los profesores cada vez son más débiles y los alumnos están cada vez más blindados gracias al primo de Zumosol que es la administración competente, autonómica por supuesto. Unos se van de los pisos y otros llegan. Ofrecen viviendas amplias para compartir, pisos de 40 metros cuadrados amueblados o habitaciones individuales. Y buscan chica o chico para repartir los gastos de un piso, que ahí sí que se distingue con toda precisión e intención lo del sexo. Ni paridad, ni cremalleras. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Los árboles cantan (las nubes se levantan) sin tener pájaros posados. O buscan pájaro, o buscan pájara. Cantan la llegada del verano y la proximidad de un nuevo curso en un mundo de prisas, de anticipación y de premura en la que todo se vive desde tres o cuatro meses antes de que se produzca.
-¿Y quiénes dice usted que son los médicos que harán de reyes magos este año? ¿Y de quién es hija la Estrella de la Ilusión?
-Yo no sé nada, sólo escucho el susurro de los árboles.
árboles que hablan (II)