Turismo cutre: el precio de la socialización

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

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No por alinear más delanteros se meten más goles, ni por abrir más hoteles de cinco estrellas se capta necesariamente un turismo de mayor calidad. El turismo es un fenómeno de masas, como lo son hace tiempo las bodas, las primeras comuniones, las franquicias, la propia Universidad, el postre de tarta de zanahoria, los veladores y tantas otras entidades, acontecimientos y viandas. Hay tantos ejemplos tan distintos como capas de toros de Prieto de la Cal. La cultura de masas lo marca todo en unos tiempos malos, malísimos, para las minorías. Nuestro alcalde, Juan Espadas, prefiere decir que el turismo se ha “socializado” antes que admitir directamente que se ha masificado. Dice que se ha socializado la Feria como dice que se ha socializado la Madrugada. Todo tiende a socializarse, tiene razón nuestro alcalde, ¡faltaría más!, pero eso no quiere decir que nos traguemos los efectos de esa masificación que el alcalde ha rebautizado para pegarle un regate a la realidad con la finta del lenguaje políticamente correcto.

Las colas para entrar en el Real Alcázar alcanzaron esta semana la Plaza de la Alianza, como las de la Casa de Pilatos llegaron hasta casi el final de Caballerizas, con los turistas pegados a la pared (“los blancos muros rozando”) cada vez que un coche pasaba por la estrechez del viario. Esto se nos está yendo de las manos, o se nos está socializando, o como quieran llamarlo. Por supuesto que hay un turismo cutre al alza, alentado por la superación de la crisis y que ancla sus bases en la concepción de un centro histórico diseñado por Monteseirín (1999-2011) para comodidad de los turistas e incomodidad de los sevillanos, y que posteriormente Zoido (2011-2015) pobló de veladores cual Carlos III con las nuevas poblaciones de Sierra Morena.

Vivir hoy en el centro es una aventura. Sevilla se parece a Venecia sin góndolas. Pasear por el centro a determinados horas es un suplicio. Entre la nefasta planificación político-urbanística y la entrega simbólica de las llaves de la ciudad a las cadenas hoteleras, hemos terminado por generar un hábitat (va por usted, Antonio Muñoz) donde sólo sobreviven los que mejor se adaptan a la ausencia de sombra, las aceras convertidas en carriles bici, terrazas de veladores o superficies para manteros. El centro es una gran franquicia que se presenta a los turistas con pretensiones de autenticidad. Como los turistas son cada vez menos exigentes, tragan con lo que se les eche. Uno de los efectos de cualquier proceso de masificación es la pérdida del criterio. No se viaja, se consumen viajes. No se viven las cosas, se tienen experiencias.

El nivel en general ha pegado tal bajonazo que al perro flaco de la ciudad todo son pulgas de despedidas de solteros y huéspedes de educación ‘low cost’ en apartamentos convertidos en zahúrdas. La culpa, ay alcalde, no es del todo suya, claro que no. La realidad de hoy responde a decisiones tomadas muchos años atrás. La propia Soledad Becerril, siendo alcaldesa, advirtió de la gran cantidad de bares que concentraba la Sevilla posterior a la Exposición Universal. La cultura de masas ha acabado afectando a la hostelería como lo ha hecho con las promociones urbanísticas, la Universidad o la propia Semana Santa. Cuando entra la masa conviene santiguarse. Tenemos los problemas de Madrid y Barcelona, pero sin red de Metro, sin un anillo ferroviario de cercanías rentable, sin un tren entre el aeropuerto y la estación de San Justa… Como los conductores malos, hemos hecho nuestros los vicios rápidamente, pero ninguna de las virtudes. Nos parecemos tanto a la capital en lo malo que en Sevilla vamos a acabar teniendo hasta un PP a la madrileña. Con todos sus callos. Tenemos los turistas de pantalón corto por legiones, las franquicias del café con los guiris con los pies por alto, los taxistas de la parada del aeropuerto con el parche de piratas y sólo nos queda que pillen a alguien del PP hurtando dos porciones de… tarta de zanahoria. Todo cutre como el turismo, todo cutre como el tiempo de masas que nos ha tocado vivir.

 

 

El caso Cifuentes en clave sevillana: nuestros botes de crema

Carlos Navarro Antolín | 29 de abril de 2018 a las 5:00

Cristina Cifuentes anuncia su dimisión

TODO ciudadano tiene un amigo, vecino o compañero con comportamientos en ocasiones raros, marcados por la anormalidad, el histrionismo o la obsesión. A una le da por hurtar dos botes de crema en un supermercado, como a otros por birlar la lámpara de un bar, llevarse los platillos de las chocolatinas del café del Alfonso XIII, o robar los rollos de papel higiénico de la biblioteca Infanta Elena. Que estas conductas se manifiesten en responsables públicos prueba que la jura de un cargo no imprime carácter. La gente no cambia. Es conocida sobradamente la fijación de la cabra por el mismo accidente geográfico. Seamos realistas. Los cambios en los rasgos más oscuros de una personalidad suelen ser a peor. Nadie mejora por entrar en política, acaso se suaviza por ingresar en un congregación religiosa o tal vez por superar una desgracia. El desempeño de un cargo público no equivale a recibir un sacramento. Muchos enloquecen con el acceso a determinadas comodidades, tanto como con el establecimiento de relaciones sociales de un nivel muy superior al que tenían antes de entrar en la política. No pueden volverse locos con los ingresos económicos porque en muchos casos los sueldos son injustificadamente bajos. Cuando algunos entran en política comienzan las anormalidades, el error de creerse impunes y, sobre todo, la convicción de que el pasado no existe, cuando, precisamente, el pasado de un político cuenta siempre con una indudable proyección de futuro.

En Sevilla ha habido casos de conductas anormales, excéntricas, de algunos responsables públicos. Pero no había cámaras de televisión. En la era en la que todo se graba conviene tener cierta cautela porque siempre hay quien está dispuesto a liberar la hormigas blancas del pasado, que ya no están en la lista de morosos del BOP, sino en los teléfonos móviles de los adorables compañeros de partido, que son los que guardan facturas, grabaciones e imágenes. Cuando el poder entra por la puerta de muchas casas, la ética sale por la ventana. Sólo el poder cotiza más que el dinero, por eso quizás quedan profesionales dispuestos a renunciar a sus ingresos económicos por un buen puesto en la administración. No todo es el dinero, pero sí lo es todo el poder. Por eso, si es preciso, se rescatan las penosas imágenes de un hurto marcado por el azul eléctrico de la vestimenta de una dama. Y por eso hay por estos lares quienes saltan de puesto en puesto de la administración auspiciados por sus propios partidos políticos, porque son personajes que saben demasiado, guardan demasiados papeles y generan ese miedo que se envuelve hipócritamente con el celofán del respeto. Van de pájaros cuando en realidad son ratas. Aprietan con facilidad el gatillo si es necesario para el oportuno y medido ajuste de cuentas. Se aprecia en las guerras internas de los partidos, en los relevos de los gobiernos de administraciones e instituciones, en los ordenadores borrados, en los archivos menguados, en las órdenes dadas al bancario para que no sople el modus operandi de los últimos años…

Esta sociedad de la crispación es propensa al zasca hiriente, a la humillación pública, al destrozo, a dar de probar esa comida que siempre, siempre, se sirve fría. La política es un duelo de alacranes, un submundo donde no hay amistades, sino aliados transitorios, no hay concesión de responsabilidades sino colocaciones para asegurar bocas selladas, no hay actos de justicia sino bofetadas indirectas al enemigo que siempre habita dentro, no se premia el espíritu crítico sino la docilidad, la sumisión, la disponibilidad para cualquier misión urgente. Y ahí Madrid es igual que Sevilla. Unidas por el AVE tanto como por los bajos fondos.

Un dirigente cofradiero de hace ya veinte años se negó un día a ser fotografiado a la vera de las imágenes titulares de su cofradía. Quiso que se ilustrara la entrevista con imágenes tomadas en la vía pública. “Mire usted, no es probable que me ocurra por mi educación y mis valores, pero soy humano y, si se me va la cabeza y algún día bebo más de la cuenta, me da por meter la pata con una señora o quiebra mi empresa de forma escandalosa, no quiero que nadie nunca pueda perjudicar a mi hermandad poniendo la foto de mi rostro junto a la cara de la Virgen”. Un visionario se llama.

El hurto de dos botes de crema hace siete años, quién lo diría, perjudica a las siglas de un partido político. Si la Cifuentes hubiera tenido el tacto de aquel cofrade, ese sentido de la anticipación, la capacidad de frenar cierto impulso y, por supuesto, no hubiera generado tantos enemigos, su destino sería hoy otro. Pero tal vez entonces no estaríamos hablando de política, sino de un mundo donde primaría el mérito y , por supuesto, se exigiría una especial ejemplaridad a los cargos, pero siempre sin perder la compasión que merece toda persona en momentos de humana debilidad. Claro está que los alacranes no son humanos.

En el caso de Sevilla no es que sea una ciudad más compasiva que Madrid, pero sabe mirar perfectamente tras el visillo y comentar cuanto ve a quien aguarda en el interior de la estancia. No nos sorprendemos, incluso digerimos, que hace años hubiera concejales pasados de tinto removiendo las estancias de su grupo político tras una sobremesa muy cargada, ni censuramos que un vicepresidente como Guerra juegue equívocamente con insinuaciones sobre falsas intimidades ajenas en un discurso de campaña en el atril de un prestigioso foro. Hemos presenciado cómo ha pasado por señorito quien no lo es por una foto en el betunero del Palace, un ataque de guante blanco perfectamente diseñado para denigrar a un potente rival. O hemos dejado caer reyes magos días antes de la cabalgata por asuntos del pasado delicados, personales y más que archivados, que trascendieron al estilo de lo ocurrido esta semana en Madrid. Y hay muchos más casos de ajustes de cuentas o de anormalidades que no se dicen, sólo se comentan. Aquí somos más finos, por ahora. Vemos, comentamos y dejamos el visillo echado.

Herrera deja el barranco

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2018 a las 5:00

Herrera

LA Lonja del Barranco, el mercado gourmet que capta turistas a la vera del Puente de Triana, pierde su símbolo más potente y su marca de mayor éxito: el periodista Carlos Herrera. El comunicador se ha desvinculado de este negocio al vender el 11% de las acciones que poseía desde los inicios de un proyecto hostelero inaugurado en tiempos del alcalde Juan Ignacio Zoido. Herrera ha tomado la decisión dentro de un plan de reestructuración de sus negocios. Se ha ido sin mayores problemas ni tensiones con los actuales accionistas. Llegó una buena oferta de compra y aprovechó para vender su cupo. La Lonja del Barranco sigue adelante, pero sin la figura de Herrera, quien desde el principio se volcó en el arranque del proyecto. La lonja fue una idea del socialista Monteseirín, que se inspiró en el mercado de San Miguel de Madrid. Monteseirín dejó de ser alcalde en mayo de 2011 sin que le diera tiempo a sacar adelante los pliegos del concurso administrativo. Zoido, con la mayoría absolutísima de los veinte concejales, apostó por la idea, capitalizó la iniciativa y la convirtió, en buena medida, en uno de los estandartes de su mandato, cuatro años de gestión basada en la recuperación económica pero con pocos logros materiales en un contexto de fuerte crisis económica y financiera y condicionado por un encorsetamiento asfixiante aplicado por el Estado a las cuentas de todos los ayuntamientos de España.

En la UTE que se hizo con la concesión de la lonja figuraba también el matador de toros Francisco Rivera Ordóñez, que arrancó con el mayor paquete de acciones. El negocio es un éxito, pero más entre los turistas que entre los sevillanos. El personal de la capital es poco aficionado a ir con la bandeja de un puesto a otro. O codo en la barra, o servicio en mesa. “La última vez que me levanté con una bandeja para comer fue en el servicio militar”, dijo un célebre empresario de la hostelería local el día de la inauguración de la lonja.

El gobierno del PP tuvo que usar al límite el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) para permitir un mercado gourmet de iniciativa privada en las Naves del Barranco. El Plan califica la parcela como Servicio de Interés Público y Social (SIPS) con usos socioculturales. Los usos de un SIPS de esas características están perfectamente tasados y ninguno guarda relación ni directa ni aparente con los de un mercado de productos delicatessen. Los epígrafes de los usos contemplados son los siguientes: centros cívicos asociativos, centros culturales, centros cívicos municipales, centros de culto, bibliotecas, museos, archivos y culturales recreativos.

¿Cuál fue la maniobra del gobierno de Juan Ignacio Zoido para permitir un negocio privado de productos delicatessen en un edificio público, altamente catalogado y al que se asignan usos culturales? El recurso a una excepción. El artículo 6.6.6 de la normativa urbanística del Plan General establece que los usos socioculturales sólo podrán ser sustituidos por cuatro: educativos, equipamientos administrativos, de economía social o de servicio público. A la última posibilidad de esta excepción se agarró la Gerencia de Urbanismo, dirigida entonces por el concejal Maximiliano Vílchez, para alterar el uso asignado por el Plan General a la parcela de la Nave del Barranco. Para lo cual, claro está, el gobierno local presentó el mercado gourmet de explotación privada como un servicio público para la ciudad de Sevilla.

La UTE de Rivera Ordóñez en la que participaba Herrera tuvo que salvar otros escollos antes de la inauguración del negocio. El corte de la cinta se demoró varios meses por efecto de las impugnaciones de las que fue objeto el concurso de adjudicación. El proyecto estuvo varado como consecuencia de los recursos interpuestos por la UTE que perdió el concurso, en la que estaban integrados el futbolista Sergio Ramos y el torero José María Manzanares. Hasta tres recursos fueron elevados contra el concurso, todos en relación con las supuestas deudas con Hacienda y la Seguridad Social que tendrían entonces vigentes algunas de las sociedades que integraban la UTE ganadora. Los dos primeros recursos fueron inadmitidos porque fueron dirigidos contra actos previos a la adjudicación. El tercero fue presentado directamente contra la adjudicación y de forma separada por distintas sociedades (Sermos 32 S.L. y Romero Álvarez S.A.) de la UTE perdedora del concurso. El Tribunal Administrativo de Recursos Contractuales de la Junta de Andalucía desestimó todos los recursos.

La lonja se ha consolidado. Pero los actuales responsables han preferido mantener silencio sobre la pérdida de su gran referencia, la marcha de un símbolo.

Feria larga, trago largo

Carlos Navarro Antolín | 22 de abril de 2018 a las 5:00

FERIA

LA Feria del Prado de San Sebastián tenía un horario de mañana de 12 del mediodía a cinco de la tarde, tal como recordaba el gran Rafael Carretero en una reciente conferencia en el Ateneo de Sevilla, la institución que ha repuesto a este ejemplar funcionario municipal en el sitio de prestigio público que nunca debió perder por efecto de la obsesiva judicialización de la vida política en tiempos no tan pretéritos. En la Feria de 2018 no han estado precisamente los canónigos a la hora del Ángelus, sino los repartidores y la legión de infatigables borrachuzos que se arrastran por el albero y buscan las tablas en las primeras calles de Los Remedios, de tal forma que los trabajadores de la carga y descarga se las ven y se las desean en muchas ocasiones para acceder a las casetas que aún siguen pobladas de aficionados al after hour bajo las lonas. Si la Feria de Sevilla ya había perdido el concepto de mañana antes de la reforma de Espadas, el formato largo de la actual –vista la experiencia consolidada de este segundo año– ha fomentado el trago largo. El personal se abona a la madrugada, donde los gatos tienen todos el mismo pelaje, en cuanto se garantiza la mañana despejada de obligaciones. No se vive el día más largo, sino la noche mucho, muchísimo más larga. La cena del alumbrado genera una sobremesa larguísima. Los taxistas estuvieron llevando gente a la Feria hasta las cinco de la madrugada. “Y hemos sacado de ella a los últimos feriantes a las once y media de la mañana”, comentaba uno de ellos al volante el domingo a mediodía.

Al público asociado a una caseta se sumó el que cena por los alrededores y se apunta con posterioridad al segundo turno, cuando los socios se han tomado ya la odiosa copa de Castelblanch que siempre se queda a la mitad, y se abren las lonas para que el tío del bar haga caja. Esta Feria larga conduce directamente al trago largo tanto en la del pescaíto como en esta pasada noche. Con el público nocturno ocurre como con el turismo de mochila. Es de cantidad, pero no de calidad. Los riesgos son mayores. La Feria nocturna es más de discoteca si cabe. Por la noche se gasta menos y se hace más ruido. Desaparecen las sevillanas y el vino, y desembarcan aún con más fuerza los éxitos de la radio fórmula y las ginebras, rones y destilados escoceses. Esta Feria con luz solar es de una placidez notable y preciosa en muchos momentos.

La delegada de Fiestas Mayores de los últimos tiempos del alcalde Monteseirín, la socialista Rosamar Prieto-Castro, intentó recuperar la mañana de la Feria jugando con los horarios del paseo de caballos. Fue en vano. No por abrir antes las calles llegaron más temprano ni los caballistas ni los enganches. Para colmo, el cierre cada vez más tardío del real y la necesidad de dejar un tramo de al menos dos horas para que los reponedores hagan su labor, limita también cualquier apuesta por recuperar, aunque sea un poco, el horario matinal. La feria de formato largo, servida en bandeja de plata para nuestros señores los hoteleros, entierra definitivamente cualquier esperanza de adelantar los horarios de la fiesta y, por lo tanto, de reducir los efectos perniciosos de fomentar demasiadas horas el consumo de alcohol de alta graduación. ¿O no se han hartado de explicarnos los barandas municipales que el alcohol es el gran culpable de las madrugonas de Semana Santa? Lo que es válido para la Semana Santa en materia de seguridad también debe serlo para la Feria. A no ser que tomemos como dogma de fe lo que ha proclamado nuestro dilecto alcalde, con el que cada día están más contentos todos los de derechas, o al menos eso dicen, que después ya veremos qué papeleta cogen. Espadas dice que lo más importante es que “se ha socializado” la noche del alumbrado. Todos podemos dormir tranquilos. Lo que se ha socializado, querido don Juan, es el chorreón de ginebra en las trastiendas. Esta Feria se ha socializado tanto que pide versos populares, señor alcalde: “Cada vez que estás bebía, gitana, te acuerdas de mi querer, permita Dios que te bebas Sanlúcar, el Puerto y Jerez”.El Puerto (de Rives) sí que se ha bebido más que nunca en esta Feria larga.

A esta Feria alargada le han añadido por delante, además, un espectáculo de inauguración que se celebra a la vera de la portada, que debe ser más cuidado en algunos aspectos: desde la mesa donde se instala el botón del alumbrado, más propia de una velá de barrio y en la que la bandera de la ciudad parece reducida a la condición de un mantel de chiringuito, hasta una megafonía de tómbola que deslucía la calidad de algunas de las interpretaciones.

La caseta municipal fue reabierta con éxito por Juan Espadas en 2016, pero algunos detalles de la logística también deberían ser más esmerados . A las tres de la tarde aparecen las mesas altas cargadas de vasos y platos sucios, como cualquier bar del entorno de una sede de la Junta a media mañana con los restos de las tostadas y las tazas con cercos de café. El personal invitado se acostumbra a consumir incluso en un ambiente de covacha, poco agradable. La empresa adjudicataria del servicio debe cuidar este aspecto en años próximos, al igual que cuida con buen criterio la hora de terminación de las recepciones municipales, en las que por cierto entra tanta gente que a veces se está al borde del colapso. La caseta municipal debe ser siempre ejemplar.

El gran reto de la Feria actual no es ya la ampliación o su traslado, dos fórmulas descartadas con buen criterio, sino ganarle horas a una mañana luminosa y restárselas a la noche. Es cierto que esta Feria de larga duración que el alcalde Espadas nos ha regalado como estandarte de su mandato permite algunas comodidades, pero fomenta descaradamente la noche en detrimento del día, apuesta sin pretenderlo por el borrachuzo trasnochado frente al feriante tradicional, evidencia las limitaciones del servicio del taxi y convierte los regresos a casa en verdaderas odiseas a la intemperie. Y en los toros, cuando los festejos son largos, suele ser señal de que han salido los cabestros…Y tras los cabestros siempre tienen que emplearse a fondo los barrenderos.

La belleza de la mentira

Carlos Navarro Antolín | 14 de abril de 2018 a las 20:00

FERIA DE SEVILLA 2012.

EL pintor Ricardo Suárez tiene toda la razón cuando proclama que hoy comienza la más bella de las mentiras en esta ciudad. La mentira en Sevilla goza de prestigio, porque todos sabemos en qué consiste, dónde está, a qué hora empieza y a qué hora acaba. Jugamos con la mentira como niños que carecen de la medida del tiempo. En el fondo, tenemos claro que la verdad, la gran verdad, es que la mentira mueve sus cartas y nosotros aceptamos las que nos tocan de su baraja. Se dice que la Feria es una fiesta elegante, selectiva por cerrada, con glamour. Mentira. Mentira gorda, oronda como un picador que desborda su figura en lo alto del jaco. El glamour de los famosos en la Feria forma parte de tiempos pretéritos, de fotografías en sepia con los bordes desgastados. Por aquí desembarcan desde hace años otro tipo de rostros conocidos, pero no los grandes. La Feria es de familias, cierto; pero no de famosos. El año que vino Flavio Briatore, con su barco atracado en el Náutico, alguien se apresuró a proclamar.

–¡Por fin vuelven los famosos!

Y recibió como respuesta una mirada gélida y un comentario.

–Por favor… Que en la Feria han estado Grace Kelly y Jackie Kennedy.

No tenemos una Feria de cinco estrellas en el aspecto social. Nos creemos lo del glamour en el real de Los Remedios como tenemos interiorizada una belleza idealizada de la ciudad. Es curioso, nunca hemos tenido tantos hoteles de cinco estrellas en Sevilla y nunca el turismo y los visitantes han sido de tan bajo nivel. Se anuncian nuevos hoteles de la máxima categoría en el centro cada semana al mismo tiempo que se multiplican las despedidas de soltero. ¿Será que verdaderamente podemos con todo? Negativo, que diría el chofer del C-2 en la parada de Barqueta. Escrito está: o se es de la jet o se es de Almería, o niñatas despendoladas y niñatos vestidos de carajote, o un turismo de alta calidad que pase, al menos, dos noches en Sevilla y que aprecie las rutas culturales y gastronómicas de la capital de Andalucía.

Donde hay tantísimas despedidas de solteros no puede haber nunca turismo de alta calidad, de ese glamour de cuyo recuerdo vivimos. Los hoteles de cinco estrellas no se llenan de clientes de alto nivel sino de clientes con dinero, que no es lo mismo. Pero cada cual es libre de engañarse para ser feliz. No se ha disparado por Sevilla el interés de un visitante de elevado nivel socio-cultural, sino de un público de elevados ingresos económicos y, por supuesto y al mismo tiempo, de las hordas de horteras consumistas que espectacularizan los hitos de su vida (bodas, bautizos y comuniones) haciendo de ellos barracas que apestan a gofres.

El concepto de Feria de muchos sevillanos es una mentira. Como muchas mentiras, puede que hasta tenga una efecto de terapia. Un sastre célebre le dijo un día a un cliente de confianza si quería una chaqueta de color barquillo para “presumir en la puerta de la caseta”. Y el cliente, sorprendido, le replicó: “Presumir ¿ante quién? ¿Quién apreciará este tejido? Déjelo”.

La Feria, al fin, es el reflejo preciso de la ciudad. Nadie puede dudar de la belleza del recinto, sobre todo en las primeras horas, cuando el ambiente está sereno, las zonas nobles de las casetas todavía están limpias y semidespejadas, se puede disfrutar del paseo de los enganches, cascabeleos, soberbios tiros y ese sonido de los cascos de los caballos que es la melodía del paso del tiempo. La belleza, fugaz, se esfuma con el paso de las horas. El público consumista no permite ya limpiar las casetas y establecer una diferencia entre la mañana y la noche. La sesión continua destroza esa pausa saludable, la misma que sería necesaria entre el final del Jueves Santo y la Madrugada, la que tendría el efecto de lavar las caras con agua fría, mandar a muchos a acostarse y recibir a un público nuevo y aseado. Los hábitos sociales cambian, replican siempre quienes se sienten cuestionados en lo personal por estos análisis. Claro que sí, por supuesto que cambian. Y esas modificaciones ofrecen una valiosa información sobre el estado de una ciudad, sobre el perfil de un colectivo. Las cinco estrellas de los hoteles de 2018 no son las mismas de hace veinticinco años. Se han degradado. El propio Hotel Palace de Madrid, una referencia para toda España, está repleto los fines de semana. Sí, pero cargado de chinos embobados con sus tabletas digitales y vestidos como el tío que recoge las fichas de los coches locos.

–Eso es políticamente incorrecto.

–Me importa lo que antes dijimos: un gofre.

Será verdad lo que dice el maestro sastre Rodríguez Ávila: “El hombre de hoy se ha desvestido”. La cultura de la comodidad impera como lo hace la cultura de la participación. Por la primera cultura, puede ir usted vestido como un indio, venteando sudores, castigando al prójimo, pero, eso sí, hable usted siempre de acuerdo con los dictados de género, que eso es lo único que importa. Y por la segunda cultura, la de la participación, puede usted salir de nazareno sin creer en Dios. Qué más da. La impostura cotiza al alza.

Algunos van a la Feria creyendo que se toparán con la Grace Kelly del siglo XXI, que montarán a caballo y serán Álvaro Domecq, o que se cruzarán con los Príncipes de España en la puerta de la caseta del Labradores, al igual que algunos chinos piden las habitaciones donde durmió Ava Gadner. Se trata de repetir, mimetizar, creer que se pueden seguir las pautas de lo que otros hicieron: los modos de vida, el lugar donde se hospedaron hace mucho tiempo quienes algún día fueron y hoy ya no existen. Esa es la mentira que esconde la devaluación de una sociedad que le echa refresco a la manzanilla, que paga un cubierto a 60 euros en un restaurante sin mantel, y que acepta tapicerías de autobús escolar en hoteles de cinco estrellas. Ocurre que la autenticidad no se puede comprar. Y mucho menos el glamour. Disfruten, pero no se engañen mucho. Al final del camino siempre aguarda la resaca.

Sevilla no deja solo a Feijóo

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2018 a las 5:00

PPcaja

Robles

DICEN que la gente que acude a los actos sin acompañante es mucho más de fiar que quienes siempre necesitan del calor almibarado de un séquito o saber de antemano con quién serán sentados a la mesa. La tarde del sábado terminaban las sesiones de la convención nacional del PP –en ese hotel de la Cartuja al que te lleva un taxi y te cuesta un ojo de la cara– cuando las distintas delegaciones organizaban sus cenas. Una vez que Cifuentes se cargó la convención y procuró que la delegación madrileña hiciera todo el ruido posible para parecer que el plenario cerraba filas en torno a su figura, el morbo estaba en conocer las afinidades de mesa y mantel: el quién con quién y dónde. Esa noche estaba convocada la cena de la delegación de Sevilla en el Asador Salas, el sitio favorito de socialistas como Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, hoy en la ejecutiva federal del guapo Sánchez.

El presidente gallego Alberto Núñez Feijóo estaba aparentemente sin compañía para esa noche cuando recibió numerosas ofertas de la militancia acreditada de Sevilla. Los Zidane (Arenas) y Pavones (Beltranes) del PP sevillano lo invitaron a su cena. En Sevilla encanta eso de agasajar al de fuera si se le ve despistado (casi tanto como se disfruta dándole la espalda al que se quiere colar). Sevilla, habitualmente cruel, no dejó sólo a Feijóo, como no dejó en soledad al rey sabio. Los peperos locales tejieron la madeja y se lo llevaron de parranda. Ocurrió –qué cosas– que el presidente Rajoy tampoco quería cenar solo y organizó su propia velada. Y a última hora se llevó a ella a algunos de los que habían citado a Feijóo en el asador. El poder es así, rompe las agendas de cualquiera en un minuto. El gallego llegó al asador del Arenal y no estaba la plana mayor que le había convocado: se habían tenido que ir con el presidente. En el asador faltaban las varas, pero estaban todos los tramos de cirios y penitentes de la cofradía. Y el gallego, considerado por el arenismo como el futuro del PP en España, disfrutó con la compaña y con la ensaladilla servida en bolas (uf), el revuelto de champiñones, los chocos bien separados para que parecieran más y esos platos de carne que incluye todo menú que se precie para que no falten las proteínas. A los postres en el asador sí llegaron ya la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez. El aparato sevillano, por fin, se movió de gallego a gallego. Hubo gran foto de familia (sin tortilla) que algunos ven como reveladora del futuro.

Rajoy, mientras, no se quedó solo en Robles. Compartió su litúrgico dedo de escocés (con agua y su cubito de hielo) en compañía, entre otros (y otras), de Juan Manuel Moreno Bonilla, Cospedal, Zoido y Arenas. Javié estuvo con Rajoy hasta el final, como estuvo en Valencia en aquel congreso donde el registrador casi se queda con la brocha en la mano cuando la Aguirre le quería birlar la escalera. Arenas no lo dejó solo. Y eso que Rajoy nunca lo ha hecho ministro. Y ganó el congreso del PP de Sevilla por 24 votos, como 24 fueron los caballeros que entraron con San Fernando en la ciudad, el hijo del rey sabio. La historia no se repite, es la misma. A río revuelto, ganancia de la hostelería.

Rajoy busca enganche

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

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EL éxito de un acto en Sevilla es que se quede gente fuera de la convocatoria. A Rajoy le organizaron una cuchipanda el viernes por la noche en el Museo de Carruajes bajo el pomposo título de un encuentro del presidente del PP con la “sociedad civil andaluza”. El jefe del Ejecutivo se movió entre los enganches con esa parsimonia, esa serenidad y esa paciencia que son marcas de su heráldica particular. Daba la mano con la izquierda por una lesión en dos dedos de la derecha. Rajoy es la serenidad pura en un corrillo, es ese señor que da gusto encontrarse en el ascensor y cambiar impresiones sobre el clima, es el secretario idóneo para la comunidad de propietarios. Hacendoso, cumplidor, gris y perseverante. Que hay que ir a la cuchipanda de Juan Manuel Moreno, se va. Que hay que saludar y alternar, se saluda y se alterna. Estuvieron algunos de sus ministros: unos con más ganas, otros con menos. A estas alturas no hay caretas. La de Empleo, Fátima Báñez, fue la única que expresó alegría. Siempre se mueve como pez en el agua por Sevilla. Zoido compareció notoriamente cansado. Cospedal y Soraya acudieron con estilo desenfadado y con el tiempo justo. La de Defensa tenía prisa porque la esperaban en el restaurante La Raza para participar en una cena con los componentes de la delegación castellano-manchega. El ministro Nadal andaba por allí, pero en Sevilla es poco conocido. Casi lo confunden con el metre. Montoro fue el último de los ministros en marcharse, anduvo con el perfil bajo, de tapadillo, pero pasándoselo bien a juzgar por el tiempo que permaneció en el sarao. Todos los demás ministros hicieron rabona. Arenas (Javié) estuvo el tiempo preciso. Llegó, fichó y llevó al abogado Moeckel hasta los dominios de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría: “Soraya, éste es Moeckel, el tío que querrían fichar todos los partidos”.

En esa “sociedad civil andaluza” que Moreno Bonilla logró reunir para cumplimentar a Rajoy estaban algunos clásicos del tío vivo local, esa atracción que gira y gira y donde siempre suben y bajan los mismos… ejemplares. El concepto de sociedad civil es tan amplio (y difuso) que permite meter de todo. Curiosamente no estaban algunos de los empresarios andaluces que figuran entre los de mayor facturación de España, según la última clasificación. Tampoco estaban las cofradías. Sí estaban Juan Ramón Guillén, Miguel Gallego, Manuel Contreras, Francisco Herrero, Francisco Arteaga, Jorge Paradela, Ricardo Pumar, etcétera. El alcalde de Carmona llegó con rostros amables como Pansequito, Raúl Gracia El Tato (“Al aparato”, respondía cuando se le llamaba por teléfono) o la pintora Nuria Barrera, siempre oliendo a Quizás (Loewe), una especialista en los tonos azules, azules como los de este PP teñido de cierta melancolía estos días. No corren buenos tiempos para la gaviota reconvertida en encina tras su paso por el laboratorio de Arriola. Rajoy necesita nuevos enganches. El ambiente de la recepción distaba mucho de la de 2011, celebrada en el Real Alcázar. La euforia actual, cuando se escenifica, está muy forzada. Lo de la Cifuentes ha dolido. En privado se reconoce que no se termina de salir de un entuerto cuando el partido se mete en otro. “Presidente, al menos tiene usted la mano izquierda intacta, que es la que mas necesita”. Y Rajoy se ríe por educación mientras musita una suerte de “chichichí”, que en realidad es un “sí, sí, sí”.

El pintor Ricardo Suárez habla de Arte y de la romería del Rocío con Báñez, la ministra de Huelva, como le gusta proclamar a su jefe de gabinete. Juan Ávila es el único alcalde de la provincia de Sevilla que asiste a la recepción. “También es el único que tiene un Parador”, apunta alguien para justificar su presencia. Santiago León, teniente de la Real Maestranza, se lleva bien con Beltrán Pérez, aspirante a la Alcaldía. Los dos son taurinos. Los condes de Peñaflor se despiden a una hora prudente. El encargado del cátering, Miguel Ángel, se hace una foto con el presidente. Soraya se ha ido. Zoido también. De Arenas no queda rastro. Eladio, un amable camarero, sigue atendiendo con la misma diligencia que en el primer minuto. En el exterior cae una lluvia fina sobre la ciudad. Sólo falta una melodía de violín para cuadrar una escena trufada de cierta melancolía que nadie admite en público, pero sí en privado. Entre los invitados emerge la figura colosal de Antonio del Castillo, padre de Marta. Le agradece a Moeckel un artículo que publicó sobre su hija hace unos años. El senador Toni Martín es el alguacil de la plaza, el ojo que todo lo ve, el que apunta con la mirada quienes van saliendo de la cuchipanda. Moreno Bonilla sonríe. A la portavoz parlamentaria Carmen Crespo no le gusta oír una coletilla sobre su jefe: “Llamadme Juanma”. Por el gesto se le nota la desaprobación, pero ya se sabe lo que dijeron en Cádiz: “¡Viva la libertad!”.

El empresario Miguel Gallego se hace fotos con el presidente del Gobierno con numerosos testigos de la escena: el periodista Fernando Seco, Juan Carlos Hernández Buades y María Luisa Ríos (CEU-San Pablo), Julio Cuesta (eternamente Cruzcampo) y ese largo etcétera que hace la melé en torno a los grandes personajes del poder. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, se mueve de corrillo en corrillo. Hay pocos políticos locales. El aforo es limitado y se ha ajustado mucho la lista de invitados. Incluso hay quien da en la diana: “No hay bulla, pero aquí hay más gente que invitados”.

El presidente se ha ido y nadie sabe como ha sido. Hay algunos peinados de peluquería que encajarían en la cafetería de la Guerra de las Galaxias. Esta derecha ya no es la que era. En el umbral, que no en el dintel, se fuma a resguardo de la lluvia. Alguien envía un mensaje: “¿No viene usted a la recepción del presidente”. Y al rato se recibe la respuesta: “Yo he ido a lo de Ciudadanos con los autónomos”.

Eladio rellena con amabilidad algún último catavino de manzanilla. Los enganches aguardan sus jacos. La Feria está próxima en todos los sentidos. El PP está cansado. También necesita que tiren de su carro. Los escándalos son como la lluvia fina. Terminan calando y aparecen los estornudos. Y entonces hay que pedir un pañuelo. Y tener mano izquierda. “Chichichí”.

El máster de Raynaud

Carlos Navarro Antolín | 7 de abril de 2018 a las 17:28

La presidenta del PP de Sevilla

EN este PP que anda con el miedo metido en el cuerpo porque percibe ya a las tropas de Ciudadanos dispuestas al asedio del castillo de su mayoría social en el centro-derecha, están todos muy contentos porque el señor Jaime Raynaud será el director de la campaña electoral de Beltrán Pérez. Pérez es el candidato a la Alcaldía por decisión de Rajoy y por mediación del que manda de toda la vida en el PP andaluz, el de siempre, el que más sabe, el que los ha enseñado a todos, el que tiene más vidas que un gato, el lince protegido de la política andaluza. Sí, el mismo en el que usted está pensando.

–¿Ese mismo?
–Ese, ese…

Raynaud procede de la UCD, todo el mundo alaba ahora su prestigio y su talla intelectual, virtudes que en política no son nada frecuentes, pero nadie habla de su gran mérito. Raynaud tiene un máster en el PP, pero un máster de los de verdad, no como el de Cifuentes. El máster de Cifuentes es el reflejo exacto de la muy blanda y marquetiniana universidad de hoy. Raynaud se ha beneficiado y ha sufrido a partes iguales los efectos de guardar la disciplina de partido. Está hartito de oír en Sevilla esa frase que forma parte del catálogo de pésames que algunas cacatúas callejeras repiten: “¡Qué buen alcalde se perdió la ciudad contigo, Jaime!” Raynaud lleva más de una década oyendo eso de los mismos que no levantaron la voz cuando este Jaime fue apartado de la carrera electoral una tarde de Corpus del 2006, cuando subió en el ascensor del Ayuntamiento acompañado por Gregorio Serrano vistiendo ambos el chaqué de la procesión. “El próximo año saldremos como gobierno, Jaime”, le dijo Serrano. Y horas después bajaron en el mismo ascensor. Bajaron de planta y de escalafón literalmente. Arenas ya había decidido el cambio de candidato. Raynaud debió dar el portazo tras pasarse meses oyendo que él era el cabeza de lista “hoy por hoy”. Pero no lo pegó. Aguantó de concejal raso todo lo que quedó de mandato, cumpliendo con las bodas que tenía apalabradas, con los plenos mensuales y con las procesiones de rigor. Hasta asistió silente, apoyado en la pared, como espectador a la rueda de prensa en la que se anunció su relevo como portavoz. Su gran éxito fue convertirse en mártir. Arenas lo cuidó en lo personal, le telefoneaba los días pares y los impares, y hasta entró en las quinielas del posible primer gobierno del PP andaluz en 2012, cuando la noche de los insuficientes 50 diputados y el camión del cátering de La Raza yéndose antes de tiempo con los canapés intactos. Raynaud guardó la disciplina de partido. La ciudad perdió un líder de la oposición eficaz, que trabajaba los temas, que entendía y explicaba los asuntos del urbanismo como pocos, que vestía con un estilo muy peculiar, chalecos amarillos y chaquetas rosas incluidos. La chaqueta rosa de Rayanaud es todo un símbolo de aquella etapa municipal, como ahora lo es del PP de Sevilla el burro del alcalde de Carmona, que no se llama Juan Ávila, sino Aurelio, so malpensados que son ustedes. Todos mis respetos por el señor Ávila, que reclamó en el comité ejecutivo del lunes que cuando se refiera su burro en las crónicas aparezca por su nombre. Dicho está. Platero y yo. Aurelio y Juan.

El máster de Raynaud ha sido aguantar en silencio el dedito de esa Sevilla compasiva que le daba el pésame por delante (¡Qué gran alcalde se perdió la ciudad) y largaba cobardonamente por detrás: “Hay que ver lo que aguantó este hombre, yo no hubiera soportado eso ni un minuto”. Raynaud aprobó el máster con nota alta, vio a sus colaboradores pasarse de bando, algunos (y algunas) de ellos con una capacidad meritoria para entonar aquello del íbamos a ganar con Jaime cuando hemos acabado ganando con Juan Ignacio. Raynaud se quitó la chaqueta rosa y se puso a trabajar en la sede del PP andaluz elaborando los programas electorales, donde se inventó lo del teleférico de Tomares que proyectó a José Luis Sanz como alcalde del municipio y, por ende, lo alzó como gran estandarte del PP en la Sevilla metropolitana. Y Sevilla, mientras, seguía con el dedito. A Sevilla le encanta usar ese dedito para repetir las mismas preguntas de siempre. Se pasó años esa misma Sevilla cuestionando por qué monseñor Amigo no era cardenal, como se pasó años preguntando por qué Burgos no era pregonero, o se sigue pasando años indagando si Pepe Chamizo sigue siendo cura. Aquí nadie se pregunta por la caída de Abengoa, los despidos en Airbus, la escasa inversión en los túneles de la SE-40 o las razones por las que el ministro de Cultura visita el Arqueológico para hacerse una foto el 31 de diciembre, pero después en los presupuestos generales del Estado sólo figura la limosna de 130.000 euros para este edificio. Toma del frasco, don Iñigo. ¿O será que el ministro de Cultura vino ese día a Sevilla porque por la tarde corrían sus caballos en Dos Hermanas y aprovechó la mañanita para la foto?

El máster de Raynaud, aprobado con nota alta, fue aguantar durante años el dedo de Sevilla, sentarse en la puerta de su casa (bien próxima a la Plaza Nueva) y ver pasar a sus enemigos: unos directamente ya en el limbo, otros aguantando hoy como pueden en sus puestos públicos, alineados en el bando perdedor del partido. Dicen que Raynaud está de vuelta, pero hay caminos de retorno que pueden ser largos, larguísimos, como los meses en silencio que se pasó al ser desbancado de la carrera municipal. Raynaud no dio el portazo que todos hubiéramos hasta aplaudido, no se fue a su casa de Almensilla a cuidar de sus plantas y a libar alguna copa de champán francés. Arenas lo premió con el tiempo con un escaño en el Parlamento Andaluz y lo sigue premiando hoy con responsabilidades notorias. Llevan demasiados años juntos como para no reconocerse los méritos, tanto como para no perdonarse algunas jugarretas. No hay nada que una más que el enemigo común, el que siempre habita en el interior: el eje de Cospedal y Zoido. Está por ver si todo el PP se une ahora contra el enemigo común exterior: la naranja de Ciudadanos que los tiene a todos con la jindama dentro. A Raynaud le basta ahora con enseñarle un modelo de ciudad a Beltrán Pérez. Y a Arenas le basta con llegar al PP de Sevilla y sentirse cómodo.

¡Que no se mueva un varal en Urbanismo!

Carlos Navarro Antolín | 25 de marzo de 2018 a las 5:00

Arquillo del Ayuntamiento. El delgado municipal de Hábitat Urba

LA Gerencia de Urbanismo es la aldea de los galos (bien remunerados) que se resiste al invasor en la Galia municipal. Los habitantes de la aldea (caracolas) gozan de un todopoderosa pócima con uno de los convenios laborales con más ventajas de toda España. Háganse una idea: los sueldos en este organismo municipal son hasta un 60% más altos que en el Ayuntamiento. Por lo tanto, se explica que haya resistencia a cualquier cambio mínimo, no ya de los sueldos o de las condiciones de trabajo, sino a cualquier modificación que pudiera suponer la apertura de un proceso de modernización de una Gerencia de Urbanismo que no funciona como el motor de la ciudad que debiera ser. Antonio Muñoz, delegado de Hábitat Urbano, ha comprobado esta semana que el inmovilismo de la ciudad no radica en las cofradías, dicho sea ahora que empiezan a sonar los tambores en el centro con permiso de la lluvia, sino en una Gerencia acostumbrada a los buenos tiempos y que se resiste siquiera a imaginar que pudiera perder privilegios. El gobierno socialista pretendía esta semana iniciar el proceso de integración de Urbanismo y Medio Ambiente, lo que supone en la práctica traspasar 34 funcionarios a las caracolas de la Cartuja, ocupadas en su mayoría por personal laboral. Para este fin se planteaba –con buen criterio– arrancar con la modificación estatutaria necesaria para ampliar las competencias de la empresa. Nunca se puede olvidar que el Grupo de Ciudadanos fue el que promovió el año pasado con buen criterio una moción en el Pleno para exigir esta fusión con el objetivo de desatascar los procesos de tramitación de licencias. Todos los grupos políticos aprobaron la moción. Resulta extraño que Ciudadanos y el PP rechazaran el jueves la iniciativa impulsada por el gobierno de acuerdo con esa moción. Alegaron falta de consenso, rapidez y otros pretextos. Estaba claro que los grupos de centro-derecha no iban a ponerle las cosas fáciles a Antonio Muñoz a las primeras de cambio, sobre todo cuando algunos activistas sindicales estaban metiendo ruido desde primeras horas de la mañana en la sede de la Gerencia, momentos antes de la reunión del consejo de gobierno donde se tumbó la fusión. El rechazo de Participa Sevilla e Izquierda Unida se daba por amortizado, pero no el del PP y Ciudadanos. El gobierno contaba con el apoyo de los naranjas, pues ellos promovieron la moción, y con la abstención, al menos, de los chicos de la gaviota, la encina o lo que ahora tengan por símbolo. Está claro igualmente que el pontificado de Beltrán Pérez como candidato no iba a arrancar con una ayuda de semejante calibre a un gobierno en minoría. Demasiada concesión hizo el líder de la oposición al permitir con su abstención que salieran adelante los presupuestos: en ese momento, cuando todavía no era candidato, ganó perfil institucional con ese gesto. Ahora ya es el cabeza de lista proclamado por Mariano Rajoy en Marbella, comienza la confrontación, que se irá intensificando con el paso de los días.

Antonio Muñoz es el primer delegado de los asuntos urbanísticos que emprende el intento de efectuar una reforma ambiciosa en la Gerencia de Urbanismo para que los empresarios no tengan que dirigirse a dos ventanillas, sino solo a una, a la hora de abrir un bar, una frutería o cualquier pequeño negocio. Este mero intento se ha encontrado con la oposición frontal de cuatro partidos políticos y de Comisiones Obreras. Unos temen ponérselo fácil al gobierno, otros que este proceso sea el inicio de una pérdida de condiciones laborales especialmente ventajosas. No hace mucho que el PP, con veinte concejales, amagó con reducir los sueldos en la Gerencia de Urbanismo a cambio de que los trabajadores pasaran a gozar de la condición de funcionarios. En el fondo, el PP de Zoido deseaba suprimir la Gerencia como tal, que volviera a ser un servicio municipal más, pero los populares retrocedieron en sus intenciones con rapidez y pusilanimidad al percibir las primeras resistencias al proceso. Yeso que Zoido contó entonces con el apoyo de Juan Espadas, líder de la oposición, para igualar los salarios de la Gerencia a los de los funcionarios municipales.

En los doce años de Monteseirín no hubo mayores problemas porque la Gerencia era el cuerno de la abundancia en los años del boom inmobiliario. El dinero entraba por las licencias, los convenios y los intereses financieros. La caja estaba cargada de billetes. Pero ahora que la crisis parece que ha pasado, los empresarios exigen mayor rapidez en la obtención de licencias. Y Urbanismo necesita más inspectores para realizar el trabajo posterior que requiere el proceso que agiliza los trámites mediante la presentación de una declaración jurada. La Gerencia se resiste, ve el fantasma de la privatización agitado por las partidos de izquierda en la oposición, y la adhesión oportunista de los de derechas que buscan no ya el rédito político propio, sino que el rival no se anote el segundo gran tanto en menos de un mes tras sacar adelante las cuentas. La aldea de los galos se opone. Lógico, pues tras la fusión se anuncia una nueva Relación de Puestos de Trabajo (RPT) que es tan necesaria como imprescindible. Antonio Muñoz necesitará valor y mano izquierda. Carece de poción mágica propia y tiene un gerente que cobra menos que la mayoría de los trabajadores del organismo autónomo por efecto, por cierto, del incomprensible tope salarial impuesto por Juan Espadas. Si en los cuarteles militares reza en la entrada el “Todo por la Patria”, en las caracolas de Urbanismo está clara la leyenda de la pancarta de bienvenida: “¡Que no se mueva un varal!”.

La mejor versión de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

LA CATEDRAL ACOGE EL FUNERAL POR EL NIÑO GABRIEL

MUCHOS españoles no sabrían el pasado jueves, al contemplar a un decaído ministro del Interior con la bufanda azul del pequeño Gabriel en la mano, que Juan Ignacio Zoido ha ejercido muchos años de juez antes de los veinte que lleva en cargos políticos e institucionales. Y que en el ejercicio de su profesión como magistrado nunca se acostumbró, nadie puede hacerlo, a levantar cadáveres de jóvenes fallecidos en accidentes, niños quemados por los braseros domésticos, muchachos ahogados en una piscina… El ministro ha cumplido con pulcritud sus funciones en el caso del secuestro y asesinato del niño de Almería. Ha estado a la altura. Y máxime si se tiene en cuenta la perspectiva personal, nunca despreciable por mucho que cierto criterio aconseje escrutar el desempeño de un cargo público sin reparar en factores personales.

Zoido me hizo una vez una confesión al recordar aquellas duras experiencias como juez a pie de calle: “Con lo que yo he visto, con lo que yo he visto…”. Los meandros de la existencia conducen a los destinos más imprevisibles, a las aguas más embravecidas. Quién le iba a decir al hoy ministro que uno de sus momentos más duros como titular de la cartera de Interior sería el de recibir la bufanda azul de una criatura yacente, sin vida por acción de la maldad humana. Defiende un ex alcalde de Sevilla como Manuel del Valle que la política está deshumanizada. Casi todo vale en esta España de las cloacas de las redes sociales, los pendulazos agresivos en el enfoque de los temas, los garrotazos a lo Goya entre hermanos de una misma nación, los análisis descarnados de los sucesos más delicados, la intimidad mercadeada y, cómo no, la información convertida en espectáculo con tal intensidad que hasta para muchos profesionales de la comunicación resulta difícil distinguir el sentimiento sincero de la actitud impostada. Todo es un gran teatro donde el azul de una bufanda emerge en el oleaje oscuro de los mercaderes, carroñeros y advenedizos del dolor ajeno. Muchos españoles, decíamos, no podían saber el pasado jueves que el ministro del Interior lleva sobre sus hombros no sólo la mochila de su dura etapa como juez, al igual que la llevan muchos de sus compañeros de toga, sino la experiencia propia, sufrida en sus carnes, de recordar cada día a un hijo fallecido. Y hacerlo además con la mayor naturalidad. Zoido, hombre de pueblo y de fe, cuida con esmero las liturgias del recuerdo sin publicidad alguna. Y en esa prelación de homenajes cotidianos figuran en posición destacada frases, repeticiones de momentos, lugares y, cómo no, algunos objetos especiales. Un polo, un cinturón, un rito, un bar, un estadio, un día señalado…

Recibir esa bufanda azul es aumentar, otra vez, el peso de la cruz de los recuerdos. Cuánto pesa la cruz, ministro, y qué pocos cirineos. Recordar es revivir. Tengan por seguro que el ministro se tragó el pasado jueves el llanto, la amargura y el desgarro como el padre que es, como el juez de pueblo que tuvo que mirar los cuerpos sin vida de tantos chavales antes de firmar el levantamiento. Los ministros no dejan de ser personas, padres o hermanos en una política huérfana de alma. Los reyes lloran cuando mueren sus padres e incluso piden perdón cuando se equivocan y, al hacerlo, salvan a la institución. Dejan ver el lado más humano. Ese rostro de Zoido descompuesto con la bufanda en una mano, como un boxeador vencido que se resiste a perder el equilibrio, revela paradójicamente su lado más fuerte. Con lo que había visto Zoido… Con la de veces que se ha tenido que agarrar al árbol de la cruz, nadie podía prevenirle de que la vida le sorprendería con un varetazo emocional de semejante calibre. La madre del pequeño Gabriel le regaló una bufanda de su niño a quien precisamente, sin que casi nadie lo sepa, lleva años luciendo el cinturón o una prenda de su propio hijo fallecido. La inmensa mayoría de los españoles no tienen por qué saberlo. Tal vez no sea trascendental para quienes están llamados a ejercer una fría fiscalización de la gestión pública. Pero sí es una historia cierta, hermosa para muchos, reveladora para otros o intrascendente incluso para algunos. El gran mérito del hoy ministro del Interior es que ha sido una persona que ha vuelto a sonreír después de haber sufrido la mayor desgracia que puede vivir un ser humano. El jueves soportó en silencio la tremenda losa que se le vino encima al recibir aquella preciosa prenda. Baste un ejemplo. Una persona anónima que perdió a un hijo antes que Zoido telefoneaba a Juan Ignacio frecuentemente y siempre comenzaba la conversación con la misma reflexión: “No sé cómo puedes sonreír”. Y Zoido nunca decía nada, guardaba silencio y esperaba a que el interlocutor se explayara de una vez en el motivo real de la llamada. Se tragaba con bravura el caudal de emociones y recuerdos que provocaba aquella maldita confidencia.

El ministro de la coraza volvió a sonreír a lo largo de su vida. Pero el pasado jueves se le puso la misma cara de un día de hace muchos años, un rostro tiniebla que sobresale y se distingue con nitidez de toda la parafernalia propagandística de la política, del hartazgo de las sobreactuaciones y del ruido cotidiano de los sables de unos contra los otros. La gran verdad de la política es que casi todo es mentira, porque la política está secuestrada por los aparatos de los partidos. El dolor de un padre, el ejemplo de un ser humano que abraza con dignidad la cruz de su destino, no entiende de mentiras, ni de ministerios, ni de otras alharacas de la vida pública. Si en las facultades de Bellas Artes se estudia la vida muchas veces desgraciada de un artista para comprender su obra, por qué no habría que tener en cuenta la trayectoria de los políticos para captar su verdadera dimensión y ponderar con justicia sus reacciones. El ministro de la bufanda azul es la mejor versión de Zoido. Esa prenda es el símbolo de sus mejores días como ministro, ironía macabra de un destino que siempre, siempre, parece que le tiene reservada una cruz a la espera de su abrazo.