El ultimátum de la presidenta del PP de Sevilla al enemigo interno

Carlos Navarro Antolín | 17 de mayo de 2018 a las 5:00

Virginia Pérez y Beltrán Pérez ofrecen una rueda de prensa Beltrán nuevo candidato

La documentación comprometida ya ha pasado por el notario. Está protocolizada. La presidenta del PP de Sevilla, Virginia Pérez, remató la sesión: “No se pueden consentir este tipo de actuaciones. No voy a consentirle a nadie que nos mate, nos humille, nos insulte, ni nos arrastre”. La presidenta se ha hartado y tiene claro quién trata de remover los cimientos del PP sevillano. Virginia Pérez ha lanzado un ultimátum a sus enemigos internos. En su última intervención a puerta cerrada no cita a los destinatarios de su invectiva, pero todos saben hacia quiénes va dirigido el torpedo. O, mejor dicho, el anuncio de torpedo. “Quien nada debe, nada teme”, advirtió ante un auditorio expectante en la sede regional de la calle San Fernando. La camarlenga, que preside el PP de Sevilla desde hace un año, convocó un comité ejecutivo extraordinario para dejar clara su posición en las polémicas internas que sacuden la vida doméstica del partido desde que venció en el polémico congreso provincial. Los enemigos –esos seres que siempre habitan en el interior, nunca mejor dicho– son el bando que fundamentalmente componen Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior; el diputado Ricardo Tarno y los ex presidentes provinciales José Luis Sanz y Juan Bueno, los cuatro componentes de la conocida como mesa camilla del antiguo régimen del PP sevillano, todos ellos auspiciados por María Dolores de Cospedal, ministra de Defensa y secretaria general del PP. Naturalmente ninguno de ellos reconoce abiertamente estar en contra de Virginia Pérez, más bien al contrario. La política es así, una interpretación continua de papeles, una asunción de roles temporales, una ficción maquillada de autenticidad.

Los enemigos de la presidenta son duros. Especialmente duros. Interior es un ministerio poderoso. Pérez tiene el control del aparato provincial, que no es poco, pues su papel es decisivo en la composición de las listas electorales, y los apoyos de Javier Arenas, vicesecretario general, y del candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez. Arenas está henchido de gloria desde que ganó el congreso provincial, lo que equivalió –nunca se olvide– a ganárselo nada menos que a la secretaria general del partido y a un ministro.

En el comité ejecutivo extraordinario, la presidenta recibió un largo aplauso de la militancia tras un informe rutinario de gestión al que siguió el verdadero motivo de la convocatoria de la sesión: un aviso directo a la curia que trata de alargar el tardozoidismo. Fueron llamativas las ausencias en la sesión de todos los miembros de esa mesa camilla, como si intuyeran que el único punto del orden del día iba, efectivamente, dirigido contra ellos.

El tenso comité ejecutivo ya tuvo un precedente en diciembre de 2015 con ocasión de una junta directiva provincial. Virginia Pérez admitió en aquella ocasión que no admitiría un PP sevillano marcado por los personalismos. Entonces era solamente coordinadora general, un puesto que se conoció popularmente como el de camarlenga. Fue un aviso directo a Zoido y sus muchachos, que entonces todavía penaban la pérdida de la Alcaldía. Virginia jugó fuerte. Se veía ya de presidenta, como así fue tras la guerra del congreso provincial que venció por 24 votos, como 24 fueron los caballeros que acompañaron a San Fernando en su entrada triunfal en Sevilla, por eso 24 son los nazarenos con cera verde que anteceden al Cristo de la Vera-Cruz. El otro día, en el seno de un comité ejecutivo extraordinario, lanzó el segundo aviso a los componentes del antiguo régimen del partido de la gaviota. La guerra interna no ha cesado, las aguas bajan muy revueltas por el arroyo pepero. Se aproxima la formación de las listas electorales. Los puestos de salida se cotizan muy caros, carísimos, porque la guadaña naranja diezmará las opciones del hasta ahora partido hegemónico de la derecha española. El modo de vida de muchos dirigentes –no nos engañemos– está en juego porque saben que Virginia y sus partidarios no van a perdonar algunos ataques. La paz ya no es posible. La situación es muy delicada, como admitió el veterano Jaime Raynaud. El antiguo régimen, la mesa de camilla tensa todo lo que puede esa situación con dos objetivos: que Virginia Pérez o cualquiera de sus más fervientes partidarios, sufran algún resbalón, cometan algún desliz, incurran en alguna desaplicación, que diría Vicente Cantatore y, de esa forma, que Cospedal tenga argumentos para instar a la formación de una gestora. Con la gestora sería más controlable la constitución de las listas electorales a las autonómicas y municipales.

VIRGINA PEREZ PP

No hubo una sola voz que de forma enérgica se posicionara en contra del discurso de la presidenta, acaso el más duro nunca oído en un comité ejecutivo del PP, un partido que nunca en su historia había vivido una división interna de este calibre. Aunque, todo sea dicho, en los comités y juntas directivas provinciales que se han vivido a lo largo del año no han sido significativas las intervenciones críticas, como tampoco han sido ajustadas las votaciones sobre diversos asuntos. Pérez ha ido ganando de largo todas las votaciones. La batalla se ha centrado en tratar por todos los medios de reavivar el polémico escrutinio del congreso provincial y determinados movimientos en Dos Hermanas. Las denuncias presentadas ante el juzgado y la Policía por un militante fueron archivadas. Oficialmente no hay nada, pero las escaramuzas se han sucedido, tratando se sembrar dudas sobre supuestas compras de votos y otras maniobras por el momento no probadas. El discurso de la presidenta fue muy duro en varios momentos de la sesión, celebrada a puerta cerrada: “No voy a consentir que nadie, y nadie es nadie, por muy cargo público que sea, trace estrategias que perjudiquen al PP. ¡A nadie! Ni a diputados, ni a senadores, ni a concejales, ni a parlamentarios. ¡A nadie es a nadie! Al que se le atragante la democracia que se lo haga mirar. No doy un paso atrás. Y os pido que no dudéis nunca, nunca, de la integridad de esta dirección que ha actuado siempre con responsabilidad y que se conduce con tan rectitud que hasta se ha ido al notario para protocolizar algunas cuestiones. Que nada ni nadie nos entretengan de nuestra tarea, que son las elecciones. Vamos a seguir con la cabeza muy alta”. Entre las adhesiones que recibió la presidenta figuró la del veterano Jaime Raynaud, diputado autonómico y director de la campaña del PP en Sevilla capital, que dio todo su apoyo a las acciones que apruebe el comité ejecutivo para normalizar la vida interna: “No pensaba nunca que tuviera que intervenir en un órgano como éste, pero tengo que hacerlo en un día triste y amargo. No pensaba que esto llegara nunca a producirse, pero se ha producido. La presidenta ha hecho un relato dramático, verdaderamente dramático, de los hechos acaecidos con el PP y con algunos de sus militantes en los tribunales. Los hechos son como son y la realidad es tozuda. Hoy lamentablemente tengo que pedir al comité ejecuitivo y a la presidenta que, con la misma dureza, si me permitís la expresión, se emprendan todas las acciones judiciales necesarias, se usen todas las armas legales contra todos los que han manchado el nombre del PP de Sevilla. Esto ha pasado de la legítima divergencia, de la discrepancia, de la disparidad de criterios que se suelen resolver con diálogo en un espacio como éste, de las opiniones distintas, de la elegancia, del saber perder cuando se pierde y del saber ganar cuando se gana, a otro estadio muy distinto, a una situación abiertamente incontrolable desde el punto de vista político. Hemos pasado a un nivel distinto. Hablo exclusivamente en mi nombre. Que se llegue hasta donde se tenga que llegar. Contad siempre con mi respaldo. El comité ejecutivo tiene todo mi apoyo, lo digo públicamente”. 

 

El manuscrito inédito de Soledad Becerril

Carlos Navarro Antolín | 13 de mayo de 2018 a las 5:00

PLENO DEL CONGRESO

La noche se precipitaba sobre aquella Plaza Nueva de 1995, marcada por el ruido del motor de los autobuses de Tussam de color butano. Todavía era alcalde el andalucista Rojas-Marcos, que se resistía a soltar el bastón, pese a que había conseguido solamente nueve concejales, uno menos que el PP de Soledad Becerril (Madrid, 1944) y también uno menos que el PSOE de José Rodríguez de la Borbolla. Alejandro había logrado ser investido alcalde en 1991 con el apoyo del PP, con Becerril de primera teniente. No solo no se llevaron bien nunca, sino que la relación fue siempre de mal en peor. Todo indicaba que, cuatro años después de la primera coalición, había llegado la hora de invertir los papeles para ser coherentes con el escrutinio. Los socialistas no sumaban suficientes ediles para gobernar con IU (cuatro concejales) y habían renunciado a tratar de hacerse con el gobierno coaligados con el PA. Borbolla había sufrido un duro ataque de Rojas-Marcos el primer día de campaña, cuando el andalucista lo acusó de tener manchadas las manos de sangre de los GAL. Aquella acusación hacía todavía más difícil cualquier entendimiento entre ambos líderes. Pepote, por encima de todo, aceptaba su papel en la oposición con diez concejales, los mismos que el PP, pero con tres mil sufragios menos. Soledad tenía la vía expedita y debía ser la alcaldesa al haber ganado en número de votos. No había dudas. Pero para su modelo de gobierno necesitaba el apoyo de los andalucistas, liderados por el ego inigualable de un Rojas-Marcos que a duras penas aceptaría que esta vez su lema electoral (ligeramente retocado) no le había bastado para mantenerse en la Alcaldía. Del ‘Amo Sevilla’ de 1991 al ‘Amo Sevilla, barrio a barrio’ de 1995, exhibidos en banderas muy llamativas colgadas en los balcones de muchas casas del centro y de lejos del casco histórico. Ni el brillo de haber sido el alcalde de la Expo le bastó para, al menos, repetir una vez más como alcalde. El PP y el PA negociaron la posible reedición del pacto de gobierno durante varios días de aquella primera quincena de junio. A la mesa se sentaban Jaime Bretón, por los populares, y José Antonio Hurtado, por los andalucistas. Los dos se llevaban muy bien. Se veían en casa de Alejandro, en la calle Castelar, pero sin la presencia del líder mesiánico. El PA endurecía cada día las condiciones, ponía cortapisas a todo, elevaba el listón de exigencias cuando más próximo parecía estar el acuerdo. Soledad se impacientaba. El Pleno de investidura, previsto para el 18 de junio, se acercaba sin que se oteara una solución para garantizar un gobierno sólido para una ciudad que seguía penando la depresión posterior a la Exposición Universal. Los andalucistas o, mejor dicho, Alejandro, interpretaban el papel de negarse al acuerdo. El líder se vendía muy caro. Hubiera bastado, en principio, con una permuta de puestos entre los dos líderes, pues el gobierno estaba rodado, los concejales controlaban ya sus áreas. El alcalde pasaría a primer teniente y la primera teniente al cargo de alcaldesa. Pero el PA ponía trabas continuamente. Tan cuesta arriba parecía el acuerdo que Soledad tomó un bolígrafo azul en su despacho de la Plaza Nueva y se puso a escribir la nota de prensa que haría llegar a todos los medios. Aquella noche del 17 de julio de 1995 escribió con letra picuda un texto hasta hoy inédito en el que, como curiosidad, se aprecia que Becerril rectifica la primera versión y opta por el plural mayestático tras haber empleado la primera persona del singular.

escrito Soledad Becerril

“Lamentamos no haber alcanzado un acuerdo para formar una coalición de gobierno. Desde luego hemos estado dispuestos a un acuerdo tan generoso como el que fuimos capaces de realizar en 1991, pero no podemos, ni queremos, en virtud de pacto alguno, renunciar a tener una Alcaldesa con todas las facultades que le confiere la ley, dialogante y generosa, pero una Alcaldesa revestida de autoridad y con las competencias que la ley establece y la ciudad merece”.

 

Minutos después de haber redactado la nota, con la toalla tirada y el complejo horizonte de un gobierno en minoría, todo dio un vuelco. Alejandro telefoneó a Soledad. Conversaron y, por fin, se cerró un acuerdo. Alejandro, cómo no, quiso erigirse en el conseguidor de la estabilidad para la ciudad. A última hora, como el Séptimo de Caballería. Sin foto oficial. Nunca la hubo, ninguno la quiso. Soledad pudo por fin ser la alcaldesa y él acabó aceptando ser el primer teniente de alcalde. Alejandro se reservó las vicepresidencias ejecutivas de la Gerencia de Urbanismo y del Instituto Municipal de Deportes, dos organismos que concentraban las principales partidas económicas. El PP retenía delegaciones como Hacienda, Fiestas Mayores y Parques y Jardines. Aquel manuscrito se quedó en el archivo y veintitrés años después ve la luz en las páginas de este periódico.

Con ocasión de las elecciones municipales de 1999, cuatro años después, a esta veterana de la política le tocó vivir otro proceso con Alejandro Rojas-Marcos nuevamente enfrente, y con Alfredo Sánchez Monteseirín liderando la lista socialista. Soledad ganó las elecciones de nuevo, pero Alejandro esta vez fue quien directamente le puso muy cara la posible tercera edición del pacto de gobierno. Ambos se entrevistaron un día de la primavera baja en el Real Alcázar. Soledad aguardaba nerviosa a todo un zorro de la política como el líder andalucista. Ella entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto Alejandro llegó afloraron las tensiones: “No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda, ¿no?”. Soledad creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Estaban frente a frente dos políticos que se evitaban, que procuraban no hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero el PSOE esta vez apretó, estaba deseando recuperar la Alcaldía de Sevilla. Rojas-Marcos recibió a Manuel Chaves en su casa aquel mismo día en que se había celebrado el encuentro de alta tensión en el Alcázar. Alejandro exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que no había ganado las elecciones, pero sí las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general del PP, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. Dicen que no quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

SEVILLA/27/02/2008/ FOTO: GARCIA CORDERO/  Soledad Becerril

Becerril siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo: ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, como el propio escritor nos contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista: “Lo que me faltaba por oír. ¡Que a Soledad la jalearan también por guapa!”.

Monteseirín le arrebató la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad, ya ex alcaldesa, fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Alfredo. Dos señoras comentaron: “Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de taberna de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas llegaron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-Marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales. Ella, como ya se ha dicho, siempre evitaba el contacto directo con Alejandro.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles la llevó a impedir la tala de los laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como pedía el Consejo de Cofradías para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?”. Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.

Hace pocos meses que los concejales de antiguas corporaciones municipales se reunieron en el Ayuntamiento y almorzaron posteriormente en el Hotel Inglaterra. Coincidieron de nuevo Alejandro y Soledad. Entre ellos hubo un frío polar reeditado. Los autobuses hoy son de color carmesí y ya no llegan hasta la misma Plaza Nueva. Hay un tranvía, un alcalde en minoría y un líder de la oposición que estudiaba Derecho cuando Soledad escribió aquel texto que hoy ve la luz. Alejandro sigue negándose a medallas y reconocimientos. Alfredo gana en imagen cada día que pasa después de doce años de alcalde. Y, por cierto, sigue sudando mucho en verano. El manuscrito inédito de Soledad reflejaba ya en 1995 la misma posición que adoptó cuatro años después y por la que pagó la tarifa de no ser alcaldesa a cualquier precio. Hay quien sigue prefiriendo los principios al poder. Como el que prefiere el autobús al tranvía.

El Cecop manda más que los hoteles

Carlos Navarro Antolín | 11 de mayo de 2018 a las 9:04

Ambiente de feria 2018 Jueves

LAS tensiones internas son habituales en todos los gobiernos. Absolutamente en todos. Se miran de reojo Cospedal y Santamaría en los maitines de Génova, como pugnan dos canónigos por el favor del arzobispo. Luchas de poder, ego, influencias. Nada nuevo bajo el sol… del paseo Marqués de Contadero. Tremendo sol, por cierto. Un sol embotellado (Tío Pepe) en el agua recalentada de las mochilas de los turistas. En el escuálido gobierno de Espadas no se pierden de vista Antonio Muñoz y Juan Carlos Cabrera: la Sevilla cultureta y la Sevilla del centro, el traje desestructurado y el terno clásico de Dustin, el sevillano de la Alameda y el sevillano del Rinconcillo, el aficionado a las cofradías de tapadillo y el cofrade público y comprometido. Qué listo este Espadas que tiene corceles para las diferentes carreras, qué largo este alcalde que emplea diferentes cañas de pescar según el caladero, qué hábil que lo mismo se pasea con el pintor Luis Gordillo y Antonio Muñoz por los palcos que se presenta por sorpresa en la cruz de mayo de Los Estudiantes. Se puede ser sevillano al estilo de Muñoz, como se puede serlo al estilo de Cabrera.

Muñoz, ay mi dilecto Antonio, quería una Feria que arrancara inmediatamente después de la Semana Santa, con el primero de mayo incrustado en plena celebracion de farolillos. Es cierto que defendió su propuesta sin acritud, como diría Felipe González. Sin escándalos. Cabrera, en cambio, apostó siempre por un periodo de dos semanas entre la entrada del Resucitado y la inauguración del alumbrado. Dos planteamientos legítimos en la Sevilla dual. Dos formas de concebir la realidad, dos visiones distintas de la ciudad. Muñoz mira por los hoteleros, sector pujante en un turismo cambiante. Cabrera cuida de los técnicos de sus delegaciones: Seguridad, Movilidad y Fiestas Mayores.

El alcalde se ha basado en el informe del Cecop para dejar finalmente esas dos semanas de seguridad entre las fiestas mayores. La seguridad es hoy un valor incontestable, una carta insuperable si se echa en el tapete donde se juega la organización de cualquier fenómeno de masas. Con la seguridad ocurre hoy como con la igualdad. Da igual el enfoque. Nadie osa discutir ningún argumento que se base en una u otra bandera.

Si el alumbrado se celebrara el sábado posterior al Domingo de Resurrección, el dispositivo de Feria se debería montar el jueves anterior, lo que hubiera supuesto contar con sólo tres días de margen entre las dos fiestas: solamente el lunes, martes y miércoles para montar los estacionamientos (la letanía del P-1, P-2, P-3…), los carriles de Asunción, las placas de tráfico, la inspección de las casetas y los cacharritos, las cámaras de seguridad, etcétera. No se olvide que los técnicos que montan y desmontan la Semana Santa son los mismos que trabajan en la Feria. Las cámaras son las mismas: hay que mudarlas del Salvador a Joselito el Gallo, del Postigo a Pascual Márquez. No había tiempo material por mucho que Rojas-Marcos proclamara en el 92 que Sevilla puede con todo cuando aquel año se sucedieron la Semana Santa, la Feria y la inauguración de la Exposición Universal. La ciudad de hace 25 años no es la de hoy. El modelo ha cambiado tanto que aquellos patrones no sirven. Esta sociedad se ha vuelto garantista, calculadora, previsora, alarmista y acomodaticia. Queremos la máxima seguridad y el máximo impacto económico. La Feria íntegra en mayo garantiza lo primero. La Feria de formato largo está concebida para lo segundo. La Feria de 2019 es previa a las elecciones municipales, por lo que, cómo no, ha ganado la seguridad. En política vencen los aparatos. Yen las fiestas mayores siempre gana el Cecop. Espadas ya ha contentado bastante a los hoteles con la Feria ampliada. Es hora de no arriesgar. De darle la razón a Cabrera.

¿Usted mismo no prefiere unos días de desahogo entre una fiesta y otra? Las cuentas corrientes y el estómago lo agradecen. Sobre todo con tanto formato largo por todas partes. A Espadas le arrean por estirar la Feria de Sevilla al estilo de Málaga, pero hace tiempo que la Semana Santa también fue artificialmente alargada y nos la hemos tragado sin rechistar como si fuera una insípida tortilla francesa a la que sigue de postre una pera. O su masculino: un pero. Agradezcamos su decisión al alcalde. Con seis días entre Semana Santa y Feria, algunos hubiéramos confundido ciertas cofradías con el Ratón Vacilón.

Turismo cutre: el precio de la socialización

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

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No por alinear más delanteros se meten más goles, ni por abrir más hoteles de cinco estrellas se capta necesariamente un turismo de mayor calidad. El turismo es un fenómeno de masas, como lo son hace tiempo las bodas, las primeras comuniones, las franquicias, la propia Universidad, el postre de tarta de zanahoria, los veladores y tantas otras entidades, acontecimientos y viandas. Hay tantos ejemplos tan distintos como capas de toros de Prieto de la Cal. La cultura de masas lo marca todo en unos tiempos malos, malísimos, para las minorías. Nuestro alcalde, Juan Espadas, prefiere decir que el turismo se ha “socializado” antes que admitir directamente que se ha masificado. Dice que se ha socializado la Feria como dice que se ha socializado la Madrugada. Todo tiende a socializarse, tiene razón nuestro alcalde, ¡faltaría más!, pero eso no quiere decir que nos traguemos los efectos de esa masificación que el alcalde ha rebautizado para pegarle un regate a la realidad con la finta del lenguaje políticamente correcto.

Las colas para entrar en el Real Alcázar alcanzaron esta semana la Plaza de la Alianza, como las de la Casa de Pilatos llegaron hasta casi el final de Caballerizas, con los turistas pegados a la pared (“los blancos muros rozando”) cada vez que un coche pasaba por la estrechez del viario. Esto se nos está yendo de las manos, o se nos está socializando, o como quieran llamarlo. Por supuesto que hay un turismo cutre al alza, alentado por la superación de la crisis y que ancla sus bases en la concepción de un centro histórico diseñado por Monteseirín (1999-2011) para comodidad de los turistas e incomodidad de los sevillanos, y que posteriormente Zoido (2011-2015) pobló de veladores cual Carlos III con las nuevas poblaciones de Sierra Morena.

Vivir hoy en el centro es una aventura. Sevilla se parece a Venecia sin góndolas. Pasear por el centro a determinados horas es un suplicio. Entre la nefasta planificación político-urbanística y la entrega simbólica de las llaves de la ciudad a las cadenas hoteleras, hemos terminado por generar un hábitat (va por usted, Antonio Muñoz) donde sólo sobreviven los que mejor se adaptan a la ausencia de sombra, las aceras convertidas en carriles bici, terrazas de veladores o superficies para manteros. El centro es una gran franquicia que se presenta a los turistas con pretensiones de autenticidad. Como los turistas son cada vez menos exigentes, tragan con lo que se les eche. Uno de los efectos de cualquier proceso de masificación es la pérdida del criterio. No se viaja, se consumen viajes. No se viven las cosas, se tienen experiencias.

El nivel en general ha pegado tal bajonazo que al perro flaco de la ciudad todo son pulgas de despedidas de solteros y huéspedes de educación ‘low cost’ en apartamentos convertidos en zahúrdas. La culpa, ay alcalde, no es del todo suya, claro que no. La realidad de hoy responde a decisiones tomadas muchos años atrás. La propia Soledad Becerril, siendo alcaldesa, advirtió de la gran cantidad de bares que concentraba la Sevilla posterior a la Exposición Universal. La cultura de masas ha acabado afectando a la hostelería como lo ha hecho con las promociones urbanísticas, la Universidad o la propia Semana Santa. Cuando entra la masa conviene santiguarse. Tenemos los problemas de Madrid y Barcelona, pero sin red de Metro, sin un anillo ferroviario de cercanías rentable, sin un tren entre el aeropuerto y la estación de San Justa… Como los conductores malos, hemos hecho nuestros los vicios rápidamente, pero ninguna de las virtudes. Nos parecemos tanto a la capital en lo malo que en Sevilla vamos a acabar teniendo hasta un PP a la madrileña. Con todos sus callos. Tenemos los turistas de pantalón corto por legiones, las franquicias del café con los guiris con los pies por alto, los taxistas de la parada del aeropuerto con el parche de piratas y sólo nos queda que pillen a alguien del PP hurtando dos porciones de… tarta de zanahoria. Todo cutre como el turismo, todo cutre como el tiempo de masas que nos ha tocado vivir.

 

 

El caso Cifuentes en clave sevillana: nuestros botes de crema

Carlos Navarro Antolín | 29 de abril de 2018 a las 5:00

Cristina Cifuentes anuncia su dimisión

TODO ciudadano tiene un amigo, vecino o compañero con comportamientos en ocasiones raros, marcados por la anormalidad, el histrionismo o la obsesión. A una le da por hurtar dos botes de crema en un supermercado, como a otros por birlar la lámpara de un bar, llevarse los platillos de las chocolatinas del café del Alfonso XIII, o robar los rollos de papel higiénico de la biblioteca Infanta Elena. Que estas conductas se manifiesten en responsables públicos prueba que la jura de un cargo no imprime carácter. La gente no cambia. Es conocida sobradamente la fijación de la cabra por el mismo accidente geográfico. Seamos realistas. Los cambios en los rasgos más oscuros de una personalidad suelen ser a peor. Nadie mejora por entrar en política, acaso se suaviza por ingresar en un congregación religiosa o tal vez por superar una desgracia. El desempeño de un cargo público no equivale a recibir un sacramento. Muchos enloquecen con el acceso a determinadas comodidades, tanto como con el establecimiento de relaciones sociales de un nivel muy superior al que tenían antes de entrar en la política. No pueden volverse locos con los ingresos económicos porque en muchos casos los sueldos son injustificadamente bajos. Cuando algunos entran en política comienzan las anormalidades, el error de creerse impunes y, sobre todo, la convicción de que el pasado no existe, cuando, precisamente, el pasado de un político cuenta siempre con una indudable proyección de futuro.

En Sevilla ha habido casos de conductas anormales, excéntricas, de algunos responsables públicos. Pero no había cámaras de televisión. En la era en la que todo se graba conviene tener cierta cautela porque siempre hay quien está dispuesto a liberar la hormigas blancas del pasado, que ya no están en la lista de morosos del BOP, sino en los teléfonos móviles de los adorables compañeros de partido, que son los que guardan facturas, grabaciones e imágenes. Cuando el poder entra por la puerta de muchas casas, la ética sale por la ventana. Sólo el poder cotiza más que el dinero, por eso quizás quedan profesionales dispuestos a renunciar a sus ingresos económicos por un buen puesto en la administración. No todo es el dinero, pero sí lo es todo el poder. Por eso, si es preciso, se rescatan las penosas imágenes de un hurto marcado por el azul eléctrico de la vestimenta de una dama. Y por eso hay por estos lares quienes saltan de puesto en puesto de la administración auspiciados por sus propios partidos políticos, porque son personajes que saben demasiado, guardan demasiados papeles y generan ese miedo que se envuelve hipócritamente con el celofán del respeto. Van de pájaros cuando en realidad son ratas. Aprietan con facilidad el gatillo si es necesario para el oportuno y medido ajuste de cuentas. Se aprecia en las guerras internas de los partidos, en los relevos de los gobiernos de administraciones e instituciones, en los ordenadores borrados, en los archivos menguados, en las órdenes dadas al bancario para que no sople el modus operandi de los últimos años…

Esta sociedad de la crispación es propensa al zasca hiriente, a la humillación pública, al destrozo, a dar de probar esa comida que siempre, siempre, se sirve fría. La política es un duelo de alacranes, un submundo donde no hay amistades, sino aliados transitorios, no hay concesión de responsabilidades sino colocaciones para asegurar bocas selladas, no hay actos de justicia sino bofetadas indirectas al enemigo que siempre habita dentro, no se premia el espíritu crítico sino la docilidad, la sumisión, la disponibilidad para cualquier misión urgente. Y ahí Madrid es igual que Sevilla. Unidas por el AVE tanto como por los bajos fondos.

Un dirigente cofradiero de hace ya veinte años se negó un día a ser fotografiado a la vera de las imágenes titulares de su cofradía. Quiso que se ilustrara la entrevista con imágenes tomadas en la vía pública. “Mire usted, no es probable que me ocurra por mi educación y mis valores, pero soy humano y, si se me va la cabeza y algún día bebo más de la cuenta, me da por meter la pata con una señora o quiebra mi empresa de forma escandalosa, no quiero que nadie nunca pueda perjudicar a mi hermandad poniendo la foto de mi rostro junto a la cara de la Virgen”. Un visionario se llama.

El hurto de dos botes de crema hace siete años, quién lo diría, perjudica a las siglas de un partido político. Si la Cifuentes hubiera tenido el tacto de aquel cofrade, ese sentido de la anticipación, la capacidad de frenar cierto impulso y, por supuesto, no hubiera generado tantos enemigos, su destino sería hoy otro. Pero tal vez entonces no estaríamos hablando de política, sino de un mundo donde primaría el mérito y , por supuesto, se exigiría una especial ejemplaridad a los cargos, pero siempre sin perder la compasión que merece toda persona en momentos de humana debilidad. Claro está que los alacranes no son humanos.

En el caso de Sevilla no es que sea una ciudad más compasiva que Madrid, pero sabe mirar perfectamente tras el visillo y comentar cuanto ve a quien aguarda en el interior de la estancia. No nos sorprendemos, incluso digerimos, que hace años hubiera concejales pasados de tinto removiendo las estancias de su grupo político tras una sobremesa muy cargada, ni censuramos que un vicepresidente como Guerra juegue equívocamente con insinuaciones sobre falsas intimidades ajenas en un discurso de campaña en el atril de un prestigioso foro. Hemos presenciado cómo ha pasado por señorito quien no lo es por una foto en el betunero del Palace, un ataque de guante blanco perfectamente diseñado para denigrar a un potente rival. O hemos dejado caer reyes magos días antes de la cabalgata por asuntos del pasado delicados, personales y más que archivados, que trascendieron al estilo de lo ocurrido esta semana en Madrid. Y hay muchos más casos de ajustes de cuentas o de anormalidades que no se dicen, sólo se comentan. Aquí somos más finos, por ahora. Vemos, comentamos y dejamos el visillo echado.

Herrera deja el barranco

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2018 a las 5:00

Herrera

LA Lonja del Barranco, el mercado gourmet que capta turistas a la vera del Puente de Triana, pierde su símbolo más potente y su marca de mayor éxito: el periodista Carlos Herrera. El comunicador se ha desvinculado de este negocio al vender el 11% de las acciones que poseía desde los inicios de un proyecto hostelero inaugurado en tiempos del alcalde Juan Ignacio Zoido. Herrera ha tomado la decisión dentro de un plan de reestructuración de sus negocios. Se ha ido sin mayores problemas ni tensiones con los actuales accionistas. Llegó una buena oferta de compra y aprovechó para vender su cupo. La Lonja del Barranco sigue adelante, pero sin la figura de Herrera, quien desde el principio se volcó en el arranque del proyecto. La lonja fue una idea del socialista Monteseirín, que se inspiró en el mercado de San Miguel de Madrid. Monteseirín dejó de ser alcalde en mayo de 2011 sin que le diera tiempo a sacar adelante los pliegos del concurso administrativo. Zoido, con la mayoría absolutísima de los veinte concejales, apostó por la idea, capitalizó la iniciativa y la convirtió, en buena medida, en uno de los estandartes de su mandato, cuatro años de gestión basada en la recuperación económica pero con pocos logros materiales en un contexto de fuerte crisis económica y financiera y condicionado por un encorsetamiento asfixiante aplicado por el Estado a las cuentas de todos los ayuntamientos de España.

En la UTE que se hizo con la concesión de la lonja figuraba también el matador de toros Francisco Rivera Ordóñez, que arrancó con el mayor paquete de acciones. El negocio es un éxito, pero más entre los turistas que entre los sevillanos. El personal de la capital es poco aficionado a ir con la bandeja de un puesto a otro. O codo en la barra, o servicio en mesa. “La última vez que me levanté con una bandeja para comer fue en el servicio militar”, dijo un célebre empresario de la hostelería local el día de la inauguración de la lonja.

El gobierno del PP tuvo que usar al límite el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) para permitir un mercado gourmet de iniciativa privada en las Naves del Barranco. El Plan califica la parcela como Servicio de Interés Público y Social (SIPS) con usos socioculturales. Los usos de un SIPS de esas características están perfectamente tasados y ninguno guarda relación ni directa ni aparente con los de un mercado de productos delicatessen. Los epígrafes de los usos contemplados son los siguientes: centros cívicos asociativos, centros culturales, centros cívicos municipales, centros de culto, bibliotecas, museos, archivos y culturales recreativos.

¿Cuál fue la maniobra del gobierno de Juan Ignacio Zoido para permitir un negocio privado de productos delicatessen en un edificio público, altamente catalogado y al que se asignan usos culturales? El recurso a una excepción. El artículo 6.6.6 de la normativa urbanística del Plan General establece que los usos socioculturales sólo podrán ser sustituidos por cuatro: educativos, equipamientos administrativos, de economía social o de servicio público. A la última posibilidad de esta excepción se agarró la Gerencia de Urbanismo, dirigida entonces por el concejal Maximiliano Vílchez, para alterar el uso asignado por el Plan General a la parcela de la Nave del Barranco. Para lo cual, claro está, el gobierno local presentó el mercado gourmet de explotación privada como un servicio público para la ciudad de Sevilla.

La UTE de Rivera Ordóñez en la que participaba Herrera tuvo que salvar otros escollos antes de la inauguración del negocio. El corte de la cinta se demoró varios meses por efecto de las impugnaciones de las que fue objeto el concurso de adjudicación. El proyecto estuvo varado como consecuencia de los recursos interpuestos por la UTE que perdió el concurso, en la que estaban integrados el futbolista Sergio Ramos y el torero José María Manzanares. Hasta tres recursos fueron elevados contra el concurso, todos en relación con las supuestas deudas con Hacienda y la Seguridad Social que tendrían entonces vigentes algunas de las sociedades que integraban la UTE ganadora. Los dos primeros recursos fueron inadmitidos porque fueron dirigidos contra actos previos a la adjudicación. El tercero fue presentado directamente contra la adjudicación y de forma separada por distintas sociedades (Sermos 32 S.L. y Romero Álvarez S.A.) de la UTE perdedora del concurso. El Tribunal Administrativo de Recursos Contractuales de la Junta de Andalucía desestimó todos los recursos.

La lonja se ha consolidado. Pero los actuales responsables han preferido mantener silencio sobre la pérdida de su gran referencia, la marcha de un símbolo.

Feria larga, trago largo

Carlos Navarro Antolín | 22 de abril de 2018 a las 5:00

FERIA

LA Feria del Prado de San Sebastián tenía un horario de mañana de 12 del mediodía a cinco de la tarde, tal como recordaba el gran Rafael Carretero en una reciente conferencia en el Ateneo de Sevilla, la institución que ha repuesto a este ejemplar funcionario municipal en el sitio de prestigio público que nunca debió perder por efecto de la obsesiva judicialización de la vida política en tiempos no tan pretéritos. En la Feria de 2018 no han estado precisamente los canónigos a la hora del Ángelus, sino los repartidores y la legión de infatigables borrachuzos que se arrastran por el albero y buscan las tablas en las primeras calles de Los Remedios, de tal forma que los trabajadores de la carga y descarga se las ven y se las desean en muchas ocasiones para acceder a las casetas que aún siguen pobladas de aficionados al after hour bajo las lonas. Si la Feria de Sevilla ya había perdido el concepto de mañana antes de la reforma de Espadas, el formato largo de la actual –vista la experiencia consolidada de este segundo año– ha fomentado el trago largo. El personal se abona a la madrugada, donde los gatos tienen todos el mismo pelaje, en cuanto se garantiza la mañana despejada de obligaciones. No se vive el día más largo, sino la noche mucho, muchísimo más larga. La cena del alumbrado genera una sobremesa larguísima. Los taxistas estuvieron llevando gente a la Feria hasta las cinco de la madrugada. “Y hemos sacado de ella a los últimos feriantes a las once y media de la mañana”, comentaba uno de ellos al volante el domingo a mediodía.

Al público asociado a una caseta se sumó el que cena por los alrededores y se apunta con posterioridad al segundo turno, cuando los socios se han tomado ya la odiosa copa de Castelblanch que siempre se queda a la mitad, y se abren las lonas para que el tío del bar haga caja. Esta Feria larga conduce directamente al trago largo tanto en la del pescaíto como en esta pasada noche. Con el público nocturno ocurre como con el turismo de mochila. Es de cantidad, pero no de calidad. Los riesgos son mayores. La Feria nocturna es más de discoteca si cabe. Por la noche se gasta menos y se hace más ruido. Desaparecen las sevillanas y el vino, y desembarcan aún con más fuerza los éxitos de la radio fórmula y las ginebras, rones y destilados escoceses. Esta Feria con luz solar es de una placidez notable y preciosa en muchos momentos.

La delegada de Fiestas Mayores de los últimos tiempos del alcalde Monteseirín, la socialista Rosamar Prieto-Castro, intentó recuperar la mañana de la Feria jugando con los horarios del paseo de caballos. Fue en vano. No por abrir antes las calles llegaron más temprano ni los caballistas ni los enganches. Para colmo, el cierre cada vez más tardío del real y la necesidad de dejar un tramo de al menos dos horas para que los reponedores hagan su labor, limita también cualquier apuesta por recuperar, aunque sea un poco, el horario matinal. La feria de formato largo, servida en bandeja de plata para nuestros señores los hoteleros, entierra definitivamente cualquier esperanza de adelantar los horarios de la fiesta y, por lo tanto, de reducir los efectos perniciosos de fomentar demasiadas horas el consumo de alcohol de alta graduación. ¿O no se han hartado de explicarnos los barandas municipales que el alcohol es el gran culpable de las madrugonas de Semana Santa? Lo que es válido para la Semana Santa en materia de seguridad también debe serlo para la Feria. A no ser que tomemos como dogma de fe lo que ha proclamado nuestro dilecto alcalde, con el que cada día están más contentos todos los de derechas, o al menos eso dicen, que después ya veremos qué papeleta cogen. Espadas dice que lo más importante es que “se ha socializado” la noche del alumbrado. Todos podemos dormir tranquilos. Lo que se ha socializado, querido don Juan, es el chorreón de ginebra en las trastiendas. Esta Feria se ha socializado tanto que pide versos populares, señor alcalde: “Cada vez que estás bebía, gitana, te acuerdas de mi querer, permita Dios que te bebas Sanlúcar, el Puerto y Jerez”.El Puerto (de Rives) sí que se ha bebido más que nunca en esta Feria larga.

A esta Feria alargada le han añadido por delante, además, un espectáculo de inauguración que se celebra a la vera de la portada, que debe ser más cuidado en algunos aspectos: desde la mesa donde se instala el botón del alumbrado, más propia de una velá de barrio y en la que la bandera de la ciudad parece reducida a la condición de un mantel de chiringuito, hasta una megafonía de tómbola que deslucía la calidad de algunas de las interpretaciones.

La caseta municipal fue reabierta con éxito por Juan Espadas en 2016, pero algunos detalles de la logística también deberían ser más esmerados . A las tres de la tarde aparecen las mesas altas cargadas de vasos y platos sucios, como cualquier bar del entorno de una sede de la Junta a media mañana con los restos de las tostadas y las tazas con cercos de café. El personal invitado se acostumbra a consumir incluso en un ambiente de covacha, poco agradable. La empresa adjudicataria del servicio debe cuidar este aspecto en años próximos, al igual que cuida con buen criterio la hora de terminación de las recepciones municipales, en las que por cierto entra tanta gente que a veces se está al borde del colapso. La caseta municipal debe ser siempre ejemplar.

El gran reto de la Feria actual no es ya la ampliación o su traslado, dos fórmulas descartadas con buen criterio, sino ganarle horas a una mañana luminosa y restárselas a la noche. Es cierto que esta Feria de larga duración que el alcalde Espadas nos ha regalado como estandarte de su mandato permite algunas comodidades, pero fomenta descaradamente la noche en detrimento del día, apuesta sin pretenderlo por el borrachuzo trasnochado frente al feriante tradicional, evidencia las limitaciones del servicio del taxi y convierte los regresos a casa en verdaderas odiseas a la intemperie. Y en los toros, cuando los festejos son largos, suele ser señal de que han salido los cabestros…Y tras los cabestros siempre tienen que emplearse a fondo los barrenderos.

La belleza de la mentira

Carlos Navarro Antolín | 14 de abril de 2018 a las 20:00

FERIA DE SEVILLA 2012.

EL pintor Ricardo Suárez tiene toda la razón cuando proclama que hoy comienza la más bella de las mentiras en esta ciudad. La mentira en Sevilla goza de prestigio, porque todos sabemos en qué consiste, dónde está, a qué hora empieza y a qué hora acaba. Jugamos con la mentira como niños que carecen de la medida del tiempo. En el fondo, tenemos claro que la verdad, la gran verdad, es que la mentira mueve sus cartas y nosotros aceptamos las que nos tocan de su baraja. Se dice que la Feria es una fiesta elegante, selectiva por cerrada, con glamour. Mentira. Mentira gorda, oronda como un picador que desborda su figura en lo alto del jaco. El glamour de los famosos en la Feria forma parte de tiempos pretéritos, de fotografías en sepia con los bordes desgastados. Por aquí desembarcan desde hace años otro tipo de rostros conocidos, pero no los grandes. La Feria es de familias, cierto; pero no de famosos. El año que vino Flavio Briatore, con su barco atracado en el Náutico, alguien se apresuró a proclamar.

–¡Por fin vuelven los famosos!

Y recibió como respuesta una mirada gélida y un comentario.

–Por favor… Que en la Feria han estado Grace Kelly y Jackie Kennedy.

No tenemos una Feria de cinco estrellas en el aspecto social. Nos creemos lo del glamour en el real de Los Remedios como tenemos interiorizada una belleza idealizada de la ciudad. Es curioso, nunca hemos tenido tantos hoteles de cinco estrellas en Sevilla y nunca el turismo y los visitantes han sido de tan bajo nivel. Se anuncian nuevos hoteles de la máxima categoría en el centro cada semana al mismo tiempo que se multiplican las despedidas de soltero. ¿Será que verdaderamente podemos con todo? Negativo, que diría el chofer del C-2 en la parada de Barqueta. Escrito está: o se es de la jet o se es de Almería, o niñatas despendoladas y niñatos vestidos de carajote, o un turismo de alta calidad que pase, al menos, dos noches en Sevilla y que aprecie las rutas culturales y gastronómicas de la capital de Andalucía.

Donde hay tantísimas despedidas de solteros no puede haber nunca turismo de alta calidad, de ese glamour de cuyo recuerdo vivimos. Los hoteles de cinco estrellas no se llenan de clientes de alto nivel sino de clientes con dinero, que no es lo mismo. Pero cada cual es libre de engañarse para ser feliz. No se ha disparado por Sevilla el interés de un visitante de elevado nivel socio-cultural, sino de un público de elevados ingresos económicos y, por supuesto y al mismo tiempo, de las hordas de horteras consumistas que espectacularizan los hitos de su vida (bodas, bautizos y comuniones) haciendo de ellos barracas que apestan a gofres.

El concepto de Feria de muchos sevillanos es una mentira. Como muchas mentiras, puede que hasta tenga una efecto de terapia. Un sastre célebre le dijo un día a un cliente de confianza si quería una chaqueta de color barquillo para “presumir en la puerta de la caseta”. Y el cliente, sorprendido, le replicó: “Presumir ¿ante quién? ¿Quién apreciará este tejido? Déjelo”.

La Feria, al fin, es el reflejo preciso de la ciudad. Nadie puede dudar de la belleza del recinto, sobre todo en las primeras horas, cuando el ambiente está sereno, las zonas nobles de las casetas todavía están limpias y semidespejadas, se puede disfrutar del paseo de los enganches, cascabeleos, soberbios tiros y ese sonido de los cascos de los caballos que es la melodía del paso del tiempo. La belleza, fugaz, se esfuma con el paso de las horas. El público consumista no permite ya limpiar las casetas y establecer una diferencia entre la mañana y la noche. La sesión continua destroza esa pausa saludable, la misma que sería necesaria entre el final del Jueves Santo y la Madrugada, la que tendría el efecto de lavar las caras con agua fría, mandar a muchos a acostarse y recibir a un público nuevo y aseado. Los hábitos sociales cambian, replican siempre quienes se sienten cuestionados en lo personal por estos análisis. Claro que sí, por supuesto que cambian. Y esas modificaciones ofrecen una valiosa información sobre el estado de una ciudad, sobre el perfil de un colectivo. Las cinco estrellas de los hoteles de 2018 no son las mismas de hace veinticinco años. Se han degradado. El propio Hotel Palace de Madrid, una referencia para toda España, está repleto los fines de semana. Sí, pero cargado de chinos embobados con sus tabletas digitales y vestidos como el tío que recoge las fichas de los coches locos.

–Eso es políticamente incorrecto.

–Me importa lo que antes dijimos: un gofre.

Será verdad lo que dice el maestro sastre Rodríguez Ávila: “El hombre de hoy se ha desvestido”. La cultura de la comodidad impera como lo hace la cultura de la participación. Por la primera cultura, puede ir usted vestido como un indio, venteando sudores, castigando al prójimo, pero, eso sí, hable usted siempre de acuerdo con los dictados de género, que eso es lo único que importa. Y por la segunda cultura, la de la participación, puede usted salir de nazareno sin creer en Dios. Qué más da. La impostura cotiza al alza.

Algunos van a la Feria creyendo que se toparán con la Grace Kelly del siglo XXI, que montarán a caballo y serán Álvaro Domecq, o que se cruzarán con los Príncipes de España en la puerta de la caseta del Labradores, al igual que algunos chinos piden las habitaciones donde durmió Ava Gadner. Se trata de repetir, mimetizar, creer que se pueden seguir las pautas de lo que otros hicieron: los modos de vida, el lugar donde se hospedaron hace mucho tiempo quienes algún día fueron y hoy ya no existen. Esa es la mentira que esconde la devaluación de una sociedad que le echa refresco a la manzanilla, que paga un cubierto a 60 euros en un restaurante sin mantel, y que acepta tapicerías de autobús escolar en hoteles de cinco estrellas. Ocurre que la autenticidad no se puede comprar. Y mucho menos el glamour. Disfruten, pero no se engañen mucho. Al final del camino siempre aguarda la resaca.

Sevilla no deja solo a Feijóo

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2018 a las 5:00

PPcaja

Robles

DICEN que la gente que acude a los actos sin acompañante es mucho más de fiar que quienes siempre necesitan del calor almibarado de un séquito o saber de antemano con quién serán sentados a la mesa. La tarde del sábado terminaban las sesiones de la convención nacional del PP –en ese hotel de la Cartuja al que te lleva un taxi y te cuesta un ojo de la cara– cuando las distintas delegaciones organizaban sus cenas. Una vez que Cifuentes se cargó la convención y procuró que la delegación madrileña hiciera todo el ruido posible para parecer que el plenario cerraba filas en torno a su figura, el morbo estaba en conocer las afinidades de mesa y mantel: el quién con quién y dónde. Esa noche estaba convocada la cena de la delegación de Sevilla en el Asador Salas, el sitio favorito de socialistas como Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, hoy en la ejecutiva federal del guapo Sánchez.

El presidente gallego Alberto Núñez Feijóo estaba aparentemente sin compañía para esa noche cuando recibió numerosas ofertas de la militancia acreditada de Sevilla. Los Zidane (Arenas) y Pavones (Beltranes) del PP sevillano lo invitaron a su cena. En Sevilla encanta eso de agasajar al de fuera si se le ve despistado (casi tanto como se disfruta dándole la espalda al que se quiere colar). Sevilla, habitualmente cruel, no dejó sólo a Feijóo, como no dejó en soledad al rey sabio. Los peperos locales tejieron la madeja y se lo llevaron de parranda. Ocurrió –qué cosas– que el presidente Rajoy tampoco quería cenar solo y organizó su propia velada. Y a última hora se llevó a ella a algunos de los que habían citado a Feijóo en el asador. El poder es así, rompe las agendas de cualquiera en un minuto. El gallego llegó al asador del Arenal y no estaba la plana mayor que le había convocado: se habían tenido que ir con el presidente. En el asador faltaban las varas, pero estaban todos los tramos de cirios y penitentes de la cofradía. Y el gallego, considerado por el arenismo como el futuro del PP en España, disfrutó con la compaña y con la ensaladilla servida en bolas (uf), el revuelto de champiñones, los chocos bien separados para que parecieran más y esos platos de carne que incluye todo menú que se precie para que no falten las proteínas. A los postres en el asador sí llegaron ya la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez. El aparato sevillano, por fin, se movió de gallego a gallego. Hubo gran foto de familia (sin tortilla) que algunos ven como reveladora del futuro.

Rajoy, mientras, no se quedó solo en Robles. Compartió su litúrgico dedo de escocés (con agua y su cubito de hielo) en compañía, entre otros (y otras), de Juan Manuel Moreno Bonilla, Cospedal, Zoido y Arenas. Javié estuvo con Rajoy hasta el final, como estuvo en Valencia en aquel congreso donde el registrador casi se queda con la brocha en la mano cuando la Aguirre le quería birlar la escalera. Arenas no lo dejó solo. Y eso que Rajoy nunca lo ha hecho ministro. Y ganó el congreso del PP de Sevilla por 24 votos, como 24 fueron los caballeros que entraron con San Fernando en la ciudad, el hijo del rey sabio. La historia no se repite, es la misma. A río revuelto, ganancia de la hostelería.

Rajoy busca enganche

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

rajoyenganches

EL éxito de un acto en Sevilla es que se quede gente fuera de la convocatoria. A Rajoy le organizaron una cuchipanda el viernes por la noche en el Museo de Carruajes bajo el pomposo título de un encuentro del presidente del PP con la “sociedad civil andaluza”. El jefe del Ejecutivo se movió entre los enganches con esa parsimonia, esa serenidad y esa paciencia que son marcas de su heráldica particular. Daba la mano con la izquierda por una lesión en dos dedos de la derecha. Rajoy es la serenidad pura en un corrillo, es ese señor que da gusto encontrarse en el ascensor y cambiar impresiones sobre el clima, es el secretario idóneo para la comunidad de propietarios. Hacendoso, cumplidor, gris y perseverante. Que hay que ir a la cuchipanda de Juan Manuel Moreno, se va. Que hay que saludar y alternar, se saluda y se alterna. Estuvieron algunos de sus ministros: unos con más ganas, otros con menos. A estas alturas no hay caretas. La de Empleo, Fátima Báñez, fue la única que expresó alegría. Siempre se mueve como pez en el agua por Sevilla. Zoido compareció notoriamente cansado. Cospedal y Soraya acudieron con estilo desenfadado y con el tiempo justo. La de Defensa tenía prisa porque la esperaban en el restaurante La Raza para participar en una cena con los componentes de la delegación castellano-manchega. El ministro Nadal andaba por allí, pero en Sevilla es poco conocido. Casi lo confunden con el metre. Montoro fue el último de los ministros en marcharse, anduvo con el perfil bajo, de tapadillo, pero pasándoselo bien a juzgar por el tiempo que permaneció en el sarao. Todos los demás ministros hicieron rabona. Arenas (Javié) estuvo el tiempo preciso. Llegó, fichó y llevó al abogado Moeckel hasta los dominios de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría: “Soraya, éste es Moeckel, el tío que querrían fichar todos los partidos”.

En esa “sociedad civil andaluza” que Moreno Bonilla logró reunir para cumplimentar a Rajoy estaban algunos clásicos del tío vivo local, esa atracción que gira y gira y donde siempre suben y bajan los mismos… ejemplares. El concepto de sociedad civil es tan amplio (y difuso) que permite meter de todo. Curiosamente no estaban algunos de los empresarios andaluces que figuran entre los de mayor facturación de España, según la última clasificación. Tampoco estaban las cofradías. Sí estaban Juan Ramón Guillén, Miguel Gallego, Manuel Contreras, Francisco Herrero, Francisco Arteaga, Jorge Paradela, Ricardo Pumar, etcétera. El alcalde de Carmona llegó con rostros amables como Pansequito, Raúl Gracia El Tato (“Al aparato”, respondía cuando se le llamaba por teléfono) o la pintora Nuria Barrera, siempre oliendo a Quizás (Loewe), una especialista en los tonos azules, azules como los de este PP teñido de cierta melancolía estos días. No corren buenos tiempos para la gaviota reconvertida en encina tras su paso por el laboratorio de Arriola. Rajoy necesita nuevos enganches. El ambiente de la recepción distaba mucho de la de 2011, celebrada en el Real Alcázar. La euforia actual, cuando se escenifica, está muy forzada. Lo de la Cifuentes ha dolido. En privado se reconoce que no se termina de salir de un entuerto cuando el partido se mete en otro. “Presidente, al menos tiene usted la mano izquierda intacta, que es la que mas necesita”. Y Rajoy se ríe por educación mientras musita una suerte de “chichichí”, que en realidad es un “sí, sí, sí”.

El pintor Ricardo Suárez habla de Arte y de la romería del Rocío con Báñez, la ministra de Huelva, como le gusta proclamar a su jefe de gabinete. Juan Ávila es el único alcalde de la provincia de Sevilla que asiste a la recepción. “También es el único que tiene un Parador”, apunta alguien para justificar su presencia. Santiago León, teniente de la Real Maestranza, se lleva bien con Beltrán Pérez, aspirante a la Alcaldía. Los dos son taurinos. Los condes de Peñaflor se despiden a una hora prudente. El encargado del cátering, Miguel Ángel, se hace una foto con el presidente. Soraya se ha ido. Zoido también. De Arenas no queda rastro. Eladio, un amable camarero, sigue atendiendo con la misma diligencia que en el primer minuto. En el exterior cae una lluvia fina sobre la ciudad. Sólo falta una melodía de violín para cuadrar una escena trufada de cierta melancolía que nadie admite en público, pero sí en privado. Entre los invitados emerge la figura colosal de Antonio del Castillo, padre de Marta. Le agradece a Moeckel un artículo que publicó sobre su hija hace unos años. El senador Toni Martín es el alguacil de la plaza, el ojo que todo lo ve, el que apunta con la mirada quienes van saliendo de la cuchipanda. Moreno Bonilla sonríe. A la portavoz parlamentaria Carmen Crespo no le gusta oír una coletilla sobre su jefe: “Llamadme Juanma”. Por el gesto se le nota la desaprobación, pero ya se sabe lo que dijeron en Cádiz: “¡Viva la libertad!”.

El empresario Miguel Gallego se hace fotos con el presidente del Gobierno con numerosos testigos de la escena: el periodista Fernando Seco, Juan Carlos Hernández Buades y María Luisa Ríos (CEU-San Pablo), Julio Cuesta (eternamente Cruzcampo) y ese largo etcétera que hace la melé en torno a los grandes personajes del poder. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, se mueve de corrillo en corrillo. Hay pocos políticos locales. El aforo es limitado y se ha ajustado mucho la lista de invitados. Incluso hay quien da en la diana: “No hay bulla, pero aquí hay más gente que invitados”.

El presidente se ha ido y nadie sabe como ha sido. Hay algunos peinados de peluquería que encajarían en la cafetería de la Guerra de las Galaxias. Esta derecha ya no es la que era. En el umbral, que no en el dintel, se fuma a resguardo de la lluvia. Alguien envía un mensaje: “¿No viene usted a la recepción del presidente”. Y al rato se recibe la respuesta: “Yo he ido a lo de Ciudadanos con los autónomos”.

Eladio rellena con amabilidad algún último catavino de manzanilla. Los enganches aguardan sus jacos. La Feria está próxima en todos los sentidos. El PP está cansado. También necesita que tiren de su carro. Los escándalos son como la lluvia fina. Terminan calando y aparecen los estornudos. Y entonces hay que pedir un pañuelo. Y tener mano izquierda. “Chichichí”.