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Las jarras de agua colectivas en los bares de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2018 a las 18:52

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De los bares desaparecieron un buen día los búcaros, como desaparecieron las alfombras de serrín, los carteles que prohibían el cante y los cubiletes donde se ofrecían palillos. Sin búcaros perdimos el sabor del agua enfriada por el barro de Lebrija y tuvimos que empezar a suplicar agua al camarero como Ben-Hur al centurión. La cara de pestiño que ponen muchos camareros cuando se les pide agua es digna de estudio por algún departamento universitario con escasa carga lectiva y mucha agenda de viajecitos y otras tareas de ocio camufladas como labores de investigación. También dan para un estudio las fórmulas que inventan algunos dueños de bares para evitar que sus empleados pierdan tiempo en servir agua. Agilizar se llama. Dan asco esas jarras a disposición de la distinguida clientela (por las que hilan) en lo alto de la barra, con sus vasos de plástico también dispuestos al manoseo de cualquiera, sobre todo en esas cafeterías próximas a organismos públicos donde se sigue al pie de la letra la sevillana del Tiempo detente, porque se para el reloj para muchos funcionarios, empleados públicos y eventuales que echan la mañana de charleta con los vasos y los platos sucios por delante. En Sevilla se desayuna despacito, como el buen toreo. Igual que se asiste a los funerales despacito, muy despacito, de tal forma que algunos no acuden a dar el pésame, sino a echar la mañana en el tanatorio. Hay verdaderos especialistas en la materia. No hay cosa más peligrosa, por ejemplo, que un funeral a las once y media. Se oye en cuantito el cura imparte la bendición: “¿Las doce y cuarto? Ya no merece la pena pasar por el despacho”. Las jarras de uso colectivo, decíamos, son una verdadera porquería, mire usted. La modernidad y la higiene por decreto llegaron a los palillos, cada uno en su funda de papel para que usted se escarbe los piños con total garantía. Pero con el agua hemos involucionado, oiga. Cualquiera manipula la jarra de plástico como cualquiera vuelve a poner el vaso usado donde solo debiera haber vasos limpios, ¿o no? En este país nos dan libertad, muchísima libertad, naturalmente de forma interesada, para una tarea tan expuesta como repostar el coche. Nos obligan a manipular el combustible sin ser expertos y a contribuir así a la amortización de puestos de trabajo. Recuerdo un empleado de estación de servicio que improvisaba tertulias sobre artículos periodísticos mientras llenaba el depósito. Y al cerrarme con toda diligencia la puertecilla del depósito siempre expresaba un deseo: “A ver si un día me presenta a Francisco Correal”. Eche usted gasolina en la estación de servicio de Las Cabezas de San Juan (Bueno) con sus propias manitas y ya verá como le huelen todavía a gasoil cuando entre en Sevilla por los Bermejales. Pues también nos dan barra libre con las jarras del agua en esos desayunódromos que son las innumerables cafeterías de una ciudad que, oh paradojas, carece de un gran café. Es la cultura del sírvase usted mismo, que trata al cliente como consumidor puro y duro. Quién nos iba a decir que echaríamos de menos los pestiños faciales y el comentario malaje de turno del camarero hartito de servir agua: “¿Hemos comido bacalao, jefe?”.

Un bar para no entrar

Carlos Navarro Antolín | 21 de septiembre de 2013 a las 5:00

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EN un bar del barrio de San Lorenzo se han hartado del chiquillerío sediento que pide vasos de agua para calmar la sed de las tardes de juego en la plaza, a la vera del azulejo del Señor y del monumento a Juan de Mesa que ya luce las pintadas de rigor en el pedestal. O sus padres consumen en el bar, o no hay agua para los niños. Ni el socorrido búcaro, ni la bandeja con vasos usados que usan ya muchos bares como fórmula alternativa. El que quiera agua que pida primero una fanta. El agua es solo para el cliente. Como la llave del servicio, como el campo para quien lo trabaja, como la hoja de reclamaciones. Dejad que los niños se acerquen a mí, pero que sus padres pasen por caja primero. Se suponía que el agua no se le negaba ni al enemigo, pero el dueño de este bar es como Bilardo. ¡Domingo, Domingo, a los niños ni agua! Hace tiempo que hay que hacer en Sevilla una lista de bares poco recomendables, una lista negra como el negro de los camareros vestidos a lo Baremboin, esos camareros que son la otra cofradía de Los Negros que aún no ha estudiado Isidoro Moreno Navarro. El bar que niega agua a los niños no merece la pena ni aunque tuviera la mejor ensaladilla del mundo. Si no sabes sonreír, no te coloques detrás de un mostrador. Eso dicen los chinos. Si tienes una de las plazas más bonitas de la ciudad, una ristra de veladores y una algarabía infantil cada tarde y eres incapaz de encauzar de una forma eficaz la demanda de agua de los niños, mejor será que busques una franquicia sin alma, desubicadora y de las que cronometran el tiempo de atención al cliente. Las prohibiciones revelan cómo es la sociedad del momento. Ya no se prohíbe el cante ni escupir. Ahora se prohíbe pedir agua si no hay alguna consumición de pago. Quien coloca carteles para negarle el agua a los niños sabe que la clientela de los bares de Sevilla es cada vez menos exigente, que traga con todo, de ahí la degradación descarada de una hostelería que es la gallina de los huevos de oro reventada. El público se traga los bares sucios como se traga los taxis sin aire acondicionado, el público acepta de forma lanar verdaderos tratos indebidos de muchos camareros, urinarios sin papel higiénico, saludos que no son correspondidos, desdén en la atención y tantas y tantas muestras de que el noble oficio del tabernero se ha dejado en manos de cualquiera, porque cualquiera montaba un bar, enterraba la tapa y te obligaba a jamar raciones o platos en los veladores para engordar la caja como un cochino bellotero. Y el público, tragando. Ahora, ironías del destino, se cierran los reservados y se vuelve a las mesas con tapas. La crisis ha resucitado la tapa en cierta forma. El público de los bares recuerda demasiadas veces al de la plaza de toros, se conforma con lo que le echen. Y traga con sentarse en una mesa en la que hiere a los sentidos la sola contemplación de semejante prohibición. ¿Saben que en Sevilla hay 4.000 bares? Pues para algunos sólo hay ya 3.999. Los sevillanos tenemos los bares que nos merecemos. A la plaza, sólo para rezarle al Señor y sentarse en un banco.