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Un nuevo bar en la Plaza Nueva y otro en…¿la placita de Santa Marta?

Carlos Navarro Antolín | 18 de diciembre de 2013 a las 21:22

santa marta
Un local vacío tiene más peligro que un camello de la Alameda (ojo que muerde). El riesgo no está en que el local se quede sin vida per secula seculorum, sino en que se convierta en un bar.

-Doctor, en ocasiones veo bares donde antes había bancos.
-¿Dónde es ahora, hijo?
-En la Encarnación, donde antes estaba la oficina casi subterránea de Cajasol. Ahora hay un pedazo de bar como un camello de la Zoidonavidad de grande.

El premio gordo es para el que encuentre en Sevilla no un bar de reciente creación, sino un bar con perchero. Nada más hay que fijarse en las consecuencias que provoca la ausencia de percheros en el tabernerío local: pilas y pilas de abrigos en una silla o en un taburete. Hasta que llega el gracioso que pide la silla para lo que fue creada: para sentarse. Y todo el mundo, hala, a colocarse la pelliza, la gabardina, la trenca o la cazadora sobre las piernas. ¿Y han pasado por Castelar? Castelar no ha tenido un bar en su vida, sólo tintorerías, cristalerías, la residencia Tartessos, cofradías de filas largas, una casa desde donde antes se mandaba la ciudad con servidumbre de guantes blancos y alguna tienda de ropa deportiva mudada ahora a la Plaza de Armas. Pues ya tiene un bar, con sus clientes acodados y su tirador. Y está a punto de abrir otro bar en la Plaza Nueva, donde antes había una agencia de viajes, junto al Capitol de la bulla de las tardes libres de copas, que hay que ver la cantidad de gente que tiene las tardes libres en esta ciudad, que eso antes era sólo cosa de cofrades ociosos, de ahí que se dijera aquello de tienes más peligro que un cofrade con las tardes libres, pero el peligro ahora lo tienen los camellos, aunque ya se sabe que el camello de la Alameda es inocente, que la culpa era del niño de seis añitos que fue capaz de sacar al camello de sus casillas.

-Toma del frasco, so camello.

No más digresiones. Un, dos y tres, respondan rápido: ¿Qué plaza del centro de Sevilla resiste como la aldea de los locos galos al invasor de la fiebre hostelera? La de Teresa Enríquez, la de Pilatos y la recoleta de Santa Marta, junto al Monasterio de la Encarnación, desde cuyas ventanas altas las monjas rezan a la Patrona cada 15 de agosto, que es cuando tiene que salir a la calle la Virgen de los Reyes, a ver si se enteran en el edificio de enfrente y no la sacan más a destiempo para ese público que cabe en un taxi. En la plaza de Teresa Enríquez está de guardia Juan Salas Rubio a la caza del primero que pida licencia. Y en la Plaza de Pilatos sigue estando de guardia Zurbarán, imaginando desde el pedestal de su estatua nuevos óleos de refectorios con monjes a la hora de yantar. Pero en la de Santa Marta hay una obra que trae locos a los vecinos. Y todo indica que es para eso: para un nuevo bar. Tan es así que Urbanismo ha enviado a los inspectores y ha mandado lo que mandó el comandante: callar. Urbanismo ha trincado que se trata de una obra del bar Toro, del número dos de la calle Mateos Gago, conectada con el privilegiado número uno de la Plaza de Santa Marta, una peligrosísima vinculación tal como se temían los vecinos. La Gerencia ha decretado la suspensión inmediata porque la obra carece de licencia alguna. Pero el vecindario teme que a la placita lleguen pronto los veladores. Cuando en ella casi ni cabe un camello de los que muerde. Niño, quieto.

Ya era hora de una Alameda sin hora

Carlos Navarro Antolín | 13 de febrero de 2012 a las 22:18

La concejal del distrito Centro, Amidea Navarro, se ha comprometido con los vecinos de la Alameda a tomar las medidas de seguridad oportunas para proteger de los vándalos el reloj que fue instalado en el sector más próximo a la calle Amor de Dios. Dicen que ya no da la hora por culpa de los gamberros. Ocurre en esta historia como con ciertos robos que resultan oportunísimos. Cuando los cacos entran en ciertas iglesias siempre hay quienes preguntan con su mijita de colmillo si no han aprovechado para llevarse a esa virgen de rostro avinagrado o a ese crucificado con las manos como garras. Pues pasa algo similar. Igual que en buena hora le roban a uno algo que no sabía cómo quitárselo de encima, hay que reconocer que hay vándalos que son una divinidad, que son la mar de oportunos. Son como una reedición del buen ladrón, pero en su versión del buen vándalo. Porque este reloj ‘ajirafado’ de la Alameda de Hércules es como ese jarrón chino que a usted le enviaron por su boda y le estorba hasta en el trastero. A la Alameda le pusieron en tiempos de Monteseirín una estética amarillenta de paciente con hepatitis. Y al final de la obra le clavaron a la pobre este reloj de hotel ‘Enehache’ como rejonazo de muerte a un espacio urbano histórico y como final a una remodelación modernísima y estupendísima. Así que Doña Amidea podía aprovechar la coyuntura porque los vándalos se la han puesto como a Fernando VII. Urge mandar a una cuadrilla de Lipasam a quitar este reloj modelo ‘Robocop’. Plante usted varios arbolitos en su lugar, que luego los vecinos se dedican a la jardinería las mañanas de los domingos porque dicen que Zoido no pone árboles. Y el reloj lo coloca usted junto a los contenedores una de estas noches que ya verá como se cumple aquello de que en diez minutos se lo ha llevado el chatarrero. O los vándalos. Los buenos vándalos, que estarán a la derecha en el paraíso. Huy, la derecha…