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Pornografía en el Alcázar de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 10 de octubre de 2018 a las 11:14

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El Alcázar ha rehabilitado el estanque del Mercurio. Y el mercurio, el otro, se ha disparado. Una pareja especializada en la grabación de vídeos pornográficos ha hecho de las suyas en el interior del recinto. El monumento civil más importante de la ciudad ha servido de escenario para escenas de sexo explícito, grabadas después de un paseo que la protagonista inicia en el Jardín del Marqués de Vega-Inclán, muy próxima a la cafetería, y que termina en el lugar conocido como El Macetero, donde se encuentra el vivero de plantas, muy cerca ya del Palacio de Yanduri de la Puerta Jerez. Durante el paseo, la protagonista deja ver sus partes íntimas al mismo tiempo que el cámara se recrea en algunas de las zonas del monumento.
Los actores entran en el Real Alcázar como turistas y, una vez en el interior y siempre tras el paseo inicial, aprovechan una zona de escasa afluencia de visitantes (la del vivero) para la grabación de las escenas más subidas de tono. Pornografía pura y dura. El Ayuntamiento, que asegura haber tenido conocimiento del asunto hace unos días, estudia tomar medidas contra los intervinientes. Los servicios jurídicos contemplan desde la interposición de una denuncia por haberse efectuado una grabación irregular, sin haber pedido permiso ni haber afrontado el pago de tasas, o la aplicación directa de la ordenanza en materia de igualdad y violencia contra la mujer. En cualquier caso, todo apunta a que los hechos serán puestos hoy mismo en conocimiento de la Policía Nacional. Mientras el patronato del Alcázar y el propio Ayuntamiento estudian las medidas, el vídeo acumula ya más de dos millones de visitas. El patronato tiene comprobado que el vídeo fue grabado en abril y subido al portal pornhub en agosto. La misma pareja ha grabado escenas del mismo tono en lugares públicos de la ciudad como el Parque de María Luisa, pero ahora el caso es especial al tratarse de un recinto privado, vigilado por cámaras y al que se accede mediante el pago de una entrada.

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Así cayó la cruz de los caídos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

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De la Sevilla de 1984 a la Callosa de Segura de 2018. Parece que hemos ido a peor, que hemos involucionado a la hora de abordar un período de la historia de España, que la tan bienintencionada como mal enfocada Ley de la Memoria Histórica ha tenido unos efectos perversos. En la Sevilla de 1984 no existía Lipasam, la empresa municipal de limpieza. La sociedad municipal no se fundó hasta marzo de 1986 en una escritura pública autorizada por el notario Ángel Olavarría.

Los hechos que conectan la Sevilla de entonces con la Callosa de Segura de hoy, localidad que es noticia en toda España, ocurrieron en la típica noche fría de un primero de diciembre. El año expiraba en una ciudad gobernada por Manuel del Valle, alcalde con mayoría absoluta, la única que hasta ahora ha disfrutado el PSOE. Atrás había quedado una Semana Santa marcada por la presencia de la Familia Real al completo desde la tarde del Jueves Santo y por la conocida como guerra de los chaqués. Los ediles socialistas se negaban a lucir los tiros largos en la presidencia de la ciudad de la Plaza de San Francisco al paso de las cofradías, una etiqueta que los concejales conservadores sí querían mantener. Esa primavera se había estrenado el ciclo Cita en Sevilla, que trajo a la ciudad a cantantes y grupos de primera fila nacional e internacional de rock, pop, flamenco y jazz. Fue un éxito que duró hasta 1991. Se podría decir que Sevilla dejaba paulatinamente el blanco y negro para aproximarse a su versión en color.

La ciudad aún contaba aquel 1984 con un símbolo claro del franquismo: el Monumento a los Caídos, ubicado junto a la Puerta del León de los Reales Alcázares. Se trataba de una cruz de hierro y de un monolito con la leyenda en recuerdo a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. No estaba en una fachada de la Catedral ni en la de ningún otro templo, como en la inmensa mayoría de las ciudades españolas, porque el cardenal Segura, como es conocido, se negó a permitirlo con rotundidad ante los gerifaltes del régimen.

El alcalde Manuel del Valle no quería ni oír hablar de la retirada del monumento. Nunca quiso firmar orden alguna, pese a los requerimientos insistentes que le hacían algunos colaboradores y funcionarios. El alcalde se mostraba siempre esquivo, lo cual tampoco extrañaba mucho a sus más allegados, conocedores de la escasa disposición de aquel político de ruan por meterse en problemas, asumir riesgos o emprender cualquier tipo de proyecto aventurado. Manuel del Valle era y sigue siendo un sevillano de un perfil discreto, extremadamente discreto.

Francisco Mir, funcionario municipal asignado en aquel momento al Real Alcázar, ya era un socialista de largo recorrido. Procedía de los despachos de la Junta de Andalucía, donde había ejercido de director general de Relaciones Políticas con los presidentes Plácido Fernández Viagas y José Rodríguez de la Borbolla. Mir apeló directamente a Manuel del Valle a finales de noviembre: “Dame un papel firmado, Manolo, dámelo y quitamos la cruz de los caídos”. Silencio del alcalde. “Dame un sí, al menos que yo oiga un sí”. Nuevamente silencio. Ni siquiera el concejal Curro Rodríguez apoyó la iniciativa. Nadie quería saber de aquello. Manuel del Valle calló… y otorgó. Rafael Manzano, arquitecto conservador del Alcázar, nada radical, de estilo señorial y de talante liberal como corresponde a un gaditano, siempre se mostró partidario de la retirada del monumento por una causa meramente estética. Paco Mir, que trabajaba día a día con Manzano, contó para la operación con la ayuda de su hermano Alfonso, que ya formaba parte del Servicio de Limpieza y que hoy es un histórico de Lipasam, empresa que años después llegó a dirigir como concejal. Ni Manzano ni los Mir eran radicales, ni podrían encuadrarse hoy en Podemos, ni nada por el estilo. Manzano es un profesional de enorme prestigio. Los Mir son veteranos socialistas que en su día se llevaron estupendamente con el cardenal Bueno Monreal, forman parte del ala más moderada del PSOE y, sirva como detalle, disfrutan de la Semana Santa con familiares muy directos vinculados a Pasión. Pero uno por estética y los otros por considerar desfasado el significado del monumento, decidieron acabar con la cruz de los caídos. Lo hicieron con nocturnidad y montando un operativo que duró más de lo previsto. En ningún momento hizo falta presencia policial, aunque hubo instantes en los que se corrió cierto riesgo…

Un camión del entonces Servicio de Limpieza del Ayuntamiento taponó la calle San Gregorio para impedir la subida de vehículos procedentes de la Puerta de Jerez. Se pretendía una maniobra rápida y sin testigos. Otro camión se colocó al inicio de la subida de la calle Santo Tomás con el objetivo de que ningún conductor alcanzara la Plaza de Triunfo desde la Avenida. Los cortes de circulación se hicieron así. Con habilidad y rapidez. Sin agentes.

Alfonso fue el que organizó los camiones para taponar el tráfico rodado. Y también fue el que llevó hasta el lugar un vehículo dotado de pala con un conductor especializado que sería el encargado de derribar el monumento a las dos de la madrugada de aquel primer día de diciembre. Hicieron falta muchas maniobras de enorme complejidad. La cruz tardó en caer. Se inclinaba hacia la muralla del Alcázar en lugar de hacerlo hacia el camión de transporte. Cuando la cruz se desplomó por fin sobre el camión provocó un gran estruendo. El impacto del hierro de la cruz con la chapa metálica del vehículo fue terrible. Despertó de forma abrupta a los vecinos de las casas próximas. En ese momento se encendieron las luces de los salones y desde aquellos balcones se oyeron todo tipo de lindezas contra los promotores del derribo: “¿Qué hacéis, canallas? ¡Rojos! ¡Sinvergüenzas!”

La localidad alicantina de Callosa de Segura lleva una semana en los telediarios nacionales por la resistencia de muchos de sus vecinos al derribo de la cruz de los caídos, una operación que en este caso se ha efectuado con la presencia de un fuerte dispositivo policial. El Tribunal Superior de Justicia de Valencia ha atendido el requerimiento de la denominada Plataforma Ciudadana en Defensa de la Cruz y ha paralizado la operación, pero lo ha hecho cuando el derribo ya se ha producido. El desmontaje de la cruz se hizo de noche, con una grúa y un camión, como se efectuó en Sevilla 34 años antes. Paradójicamente, el ambiente de crispación ha marcado la maniobra de supresión de la cruz en una localidad valenciana de menos de 20.000 habitantes a los 43 años de la muerte de Franco, mientras que en una gran ciudad como Sevilla se hizo sin apenas resistencia cuando no hacía ni una década de la muerte del general. En Sevilla no hubo más allá de unas flores y unas banderas falangistas en señal de desagravio, colocadas a la mañana siguiente del derribo por nostálgicos del régimen en el mismo lugar donde había estado el monumento. La prensa apenas dedicó una imagen del lugar vacío con un pie de foto con las explicaciones de Manuel del Valle. “Se trata de un símbolo que, en vez de unir, divide a los ciudadanos. No es acorde a los actuales tiempos democráticos. Y la ubicación no es la adecuada”. Durante muchos años, los asistentes a la misa por Franco y José Antonio que se oficiaba cada 20 de noviembre en la Catedral siguieron acudiendo posteriormente hasta ese lugar, junto a la Puerta del León, para entonar el Cara el Sol brazo en alto. Hace 34 años que no hay cruz de los caídos en Sevilla. El himno de la Falange en su versión discotequera ha ocupado varias semanas el primer puesto de reproducciones de Spotify en los Estados Unidos. Esta versión no incluye la letra, pero sí varios “¡Arriba España!” para embravecer al personal y los correspondientes efectos especiales en las salas de baile. Ahora se dice Alcázar y no Alcázares. Todo cambia, menos el león, que ruge en su azulejo. Y se echan de menos en la vida pública aquellos “rojos” moderados que se entendían con Bueno Monreal, el Tarancón sevillano. Por cierto, el Arzobispado no dijo nada de la retirada del monumento. Silencio eclesiástico, como el silencio del alcalde de ruan en los días previos.

El Alcázar, en el punto de mira

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2017 a las 5:00

catedral de sevilla  de lamadrid 6.

Otra vez Icomos actúa de rompeolas del patrimonio histórico. El Real Alcázar no se toca. El proyecto de reforma de la Puerta del León se queda en el aire porque el alcalde, reacio a las polémicas, no quiere ser noticia, busca siempre el círculo de confort del perfil plano, la comodidad del tono gris, la actuación solvente del futbolista que juega mejor sin el balón en los pies. No quiere problemas. Juan Espadas ni de lejos está dispuesto a pasar a la historia por ser el alcalde que puso en peligro la declaración de patrimonio de la humanidad de los tres principales edificios monumentales de la ciudad: la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias. Icomos amaga con que Sevilla pierde la máxima catalogación y el alcalde se pliega porque sabe que en esta sociedad lo que importa, ante todo, es la etiqueta, la marca, el eslogan. Malos tiempos para asumir riesgos en la política. Tan es así que Zoido, siendo alcalde, se fue a San Petersburgo a defender la Torre Sevilla para eso, para que Sevilla no perdiera la etiqueta de ciudad patrimonio de la humanidad. De anunciar la paralización de la torre en campaña electoral a defender su construcción. Responsabilidad institucional, dijeron unos. Oportunismo político, otros. El caso es que los hechos fueron así. Hasta se vendió el regreso de San Petersburgo como un retorno triunfal, con foto del alcalde bajando del avión, una suerte de Air Force Juan (Ignacio). Sólo faltó la banda de música.

Nada cuanto ocurre en el Alcázar es ajeno a Sevilla. Se trata de un edificio codiciado, símbolo de poder y estatus. El Alcázar –o los Alcázares mejor dicho– reúne la belleza del arte, el valor de la historia, el misterio de las leyendas y la capacidad de identificación con sultanes, emperadores, jefes de Estado, presidentes del Gobierno, alcaldes, poetas… El Alcázar lo tiene todo. Ytodos los gobernantes en algún momento quieren dejar su impronta.

Se lió cuando en la década de los años ochenta se suprimieron los parterres de las murallas, bonita decoración vegetal que todavía se recuerda. Se lió cuando el gobierno socialista de Manuel del Valle quitó a medianoche, por sorpresa y sin previo aviso, la Cruz de los Caídos que el cardenal Segura no había dejado instalar en los muros de la Catedral, ¿verdad Paco Mir?

Se lió cuando Rojas-Marcos ejercía de alcalde en  el despacho reservado para este cargo en tan  reales dependencias, al igual que cuando no se terminaba de suprimir el antiestético aparcamiento de autobuses turísticos delante de la Puerta del León. Se lió cuando el concejal Javier Landa (PP) impidió su uso a los miembros del Curso de Temas Sevillanos (¡Duro con  las espigas, suave con las espuelas, don Javier!) y hasta cuando se encendió la polémica por la intención de borrar del nomenclátor el título de la Plaza de la Alianza para dedicarla al ministro Indalecio Prieto, quien firmó la cesión del monumento a la ciudad de Sevilla, un rótulo finalmente colocado delante de la sede de Hacienda, a la vera de la Casa de la Moneda.  Se lió cuando desapareció un trozo de yesería, cuando el jefe de gabinete de Rajoy, Jorge Moragas, encendió un pitillo en el Patio de la Montería, o cuando una concejal usó sus salones y patios para el reportaje de su boda.

El Alcázar es un monumento sensible, con un eco indudable. La Catedral igualmente lo es. Son dos iconos de la ciudad. La reforma de los accesos del turismo por la Puerta del León no es un proyecto cualquiera, como no lo fue la transformación de la Catedral para su puesta a punto para la Exposición Universal de 1992, una revolución liderada por el inolvidable canónigo Francisco Navarro, que sustituyó los estadillos hechos a mano por las hojas de excel, introdujo los tornos y promovió una serie de reformas que le costaron no pocos disgustos. ¿Recuerdan aquel proyecto de cafetería en la Cilla finalmente frustrado?

Si será importante el Alcázar que sus puestos en el patronato se reservan para los principales concejales, la figura del alcaide se otorga a una trayectoria de prestigio y hasta una ex alcaldesa, Soledad Becerril, llegó a dimitir  como consejera en protesta por el desvío de fondos para la conservación de la Casa Consistorial. Becerril siempre defendió que los ingresos que genera el Alcázar por la visita turística deben revertir con exclusividad en su conservación. El Alcázar tiene una contrastada capacidad de autofinanciación.

El Alcázar está hoy en el punto de mira. La seguridad, las tarifas, los macetones, las obras por ahora frustradas en la Puerta del León y hasta el rifirrafe entre políticos de diferentes partidos condenados al entendimiento para sacar adelante el presupuesto de  una gran capital. Nunca a nadie ha dejado indiferente el primer monumento civil de la ciudad. Obama se quedó sin conocerlo, Rojas-Marcos lo usó como despacho. El andalucista concebía la política como una vocación que llevaba implícito el riesgo. Hoy los tiempos son distintos. Icomos frunce el ceño y el Ayuntamiento se allana.  La prudencia máxima, el dontancredismo como norma. El león es el único que tiene asegurada la permanencia.

Del yate al Alcázar

Carlos Navarro Antolín | 24 de abril de 2012 a las 5:00

El multimillonario Ricardo Salinas Pliego está en Sevilla desde el sábado. No ha llegado en el AVE, sino en su yate Azteca, que está atracado en el muelle de las Delicias. Este barquito de nada menos que 72 metros de eslora fue el símbolo de poder de Paco el Pocero, aquel constructor venido a menos cuando estalló la burbuja inmobiliaria (dicen ahora, por cierto, que la que está próxima a estallar es la burbuja morada, y a ver a quién le colocamos entonces el barco decadente y a la deriva de la Semana Santa). Salinas compró el yate por cerca de 60 millones de euros. Tal vez El Pocero fue feliz ese día, porque aseguran que los barcos sólo dan dos días de felicidad: cuando se compran y cuando se venden. El caso es que Salinas llegó, atracó y cenó con el alcalde. Se vieron la noche del domingo en La Isla, la marisquería del Arenal a la que le ha venido de perlas la reapertura del hotel Alfonso XIII para captar esos escasos clientes de cigalas y gambas que son como las de peina y mantilla: qué poquitos van quedando.

Zoido y Salinas no estuvieron solos a la vera del Postigo, pero tampoco se sentaron muchos a la mesa de tan selecta reunión. Cuentan que el alcalde se reunió con Salinas a petición de un grupo de empresarios a título particular, al margen de la oficialidad del organigrama de la patronal andaluza. Quizás por eso siempre repiten en la Plaza Nueva aquello de que “existen empresarios y empresas más allá de las instituciones”. El caso es que los dos protagonistas compartieron velada con empresarios mexicanos y españoles. Estaban un socio de Amancio Ortega, Juan Pedro y Álvaro Domecq, Ramón Ybarra, el empresario de la Monumental de México, Herrerías y Rafael Peralta, entre algunos otros. Ydel gobierno local, el superconcejal Serrano. Salinas tiene medios de comunicación, equipos de fútbol, empresas de transporte, varias fundaciones y un largo etcétera de firmas bajo su control. Zoido tiene un Ayuntamiento que estrena plan de ajuste y, por cierto, una televisión local que heredó en la ruina y que ahora se encuentra en fase de disolución. Cuentan que Salinas habló con el alcalde de futuras inversiones en la ciudad, pero nadie quiere especificar detalles. Tras la cena hubo mudanza al yate, donde aguardaba una gran fiesta abierta a muchos más invitados, pero sin fotógrafos del corazón, pese a que algunos reporteros gráficos iban especialmente recomendados y se quedaron en tierra. Zoido y Serrano fueron los primeros en abandonar el barco, dicho sin segundas. Si no hay canapés en la caseta municipal, no es lo más recomendable subirse a este yate más tiempo del que aconseja la cortesía exigible.

Ayer, a la mañana siguiente, Zoido y Salinas se citaron de nuevo. En esta ocasión en el Real Alcázar, porque el empresario expresó su deseo de conocer el principal monumento civil de la ciudad. ¿Desayuno con diamantes? Por el momento, sólo se trata de hacer de anfritrión. En una Feria carente de visitantes ilustres desde los tiempos del blanco y negro, el yate Azteca se presenta como el principal atractivo externo. Y el viejo Alcázar sigue ayudando a cortejar al que viene de fuera.

Golpes de maza: No confundir con Jesús Maza

Carlos Navarro Antolín | 11 de julio de 2011 a las 12:10

  • No confundir con Jesús Maza. Zoido ha nombrado como hombre fuerte de las empresas municipales a un gerente al que le gustan tela los faroles. Y no piensen mal. Es que Jesús Maza porta uno de los cuatro privilegiados faroles de respeto que figuran junto a la Custodia cada Jueves de Corpus. Un gerente con farol…
  • Descarten a la mujer en la que algunos pensábamos como directora-conservadora del Real Alcázar. Al final se buscará el perfil de un arquitecto. O arquitecta. Por cierto, la posibilidad de rescatar a José María Cabeza pierde todo el fuelle.
  • Juan Espadas está muy activo en su muro de facebook. Ayer cargó contra el gobierno de Zoido a cuenta de un artículo de prensa. Su reflexión fue la siguiente: “Solo un mes y ya parece que empezamos a darnos cuenta de en qué consiste el cambio! Esto no ha hecho mas que empezar, sigan atentos a sus pantallas”. Los socialistas no esperan ni los cien días.
  • Alguien debió explicarle a Javier Landa que el presidente del Consejo Económico y Social (CESS) no lo eligen ni él ni el alcalde. Hay que votarlo en la asamblea, tal como tuvieron que explicarle los representantes sindicales.
  • Oído en la Universidad: “Anda que como se enteren de que ha dicho en su currículum que es doctor cuando no tiene la tesina… ¿Pero no se da cuenta de que aquí leemos los periódicos? ¿A quién se le ocurre meter semejante gato en su trayectoria laboral?”
  • El de la televisión no será el único gerente que permanecerá en el organigrama municipal. Y está colocado a conciencia el término: el organigrama municipal, donde caben muchos cargos y muy distintos.

Unos vienen y otros van, los maceros siempre están