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La sorpresa de una buena rehabilitación

Carlos Navarro Antolín | 20 de julio de 2014 a las 5:00

rehabilitación
No todo son plazas duras donde la sombra ni está ni se le espera, que resulta increíble que nadie pensara en la sombra cuando la gran reforma urbanística de la Avenida como sí se pensó con la agradable pérgola del Paseo de Cristina. No todos es fachadismo hipócrita que respeta hasta la primera crujía para recibir la bendición de la Comisión de Patrimonio y arrasar luego con todo lo demás. No todo es pastiche, ni iglesias barrocas reconvertidas en un NH. No todo es la puerca pizarra, ni materiales con estética de óxido que lo mismo ensucian el paisaje del río en restaurantes de cristal que hasta las fachadas de las nuevas casas de hermandad. No todos son farolas de cuarto de baño de nuevo rico, ni bancos de paseo marítimo de aquellos años de concejales de Urbanismo gestionando el presupuesto desde lo alto de una carroza, ni proyectos de azulejos impostados en la zapata trianera rebautizada como malecón por la novelería hispalense, ni ese mininalismo de nuevo cuño revestido de modernidad, ni esa afición por lo oscuro en la ciudad de la luz, ni esas casas del área metropolitana con tejados propios de Cantabria, como si aquí lloviera como en Santander y viviéramos entre vacas tudancas. No todo es eso. Hay casas bien rehabilitadas en el centro de Sevilla, como hay comercios arquitectónicamente modélicos como Abrines o la Joyería Reyes. Sevilla es una ciudad que no ha tenido el mínimo tacto para conservar el caserío del XVII y XVIII, que ha tomado asiento en la butaca de la indolencia ante verdaderas atrocidades y que ha tildado de inmovilista cualquier defensa del patrimonio histórico-artístico realizada con criterio y sensibilidad. Hace pocos días ha concluido la obra de rehabilitación de una casa realizada con sensatez, con respeto a los colores y a los huecos de fachada, incluso con el detalle de conservar uno de los escasos y preciosos azulejos publicitarios que quedan en el casco antiguo, en este caso el de Rioja Palacio. Una intervención sin histrionismos, sin alardes, sin licencias propias de divinos enlutados. Se trata de la casa ubicada en la esquina de Muñoz y Pabón con Almirante Hoyos, muchos años en desuso y en la que ahora hay una peluquería donde antaño hubo un negocio de antigüedades. Una peluquería que, por cierto, ha tenido el buen gusto de no emplear rótulos ni irreversibles ni agresivos, lo que prueba que es perfectamente posible la convivencia entre la estética de un negocio moderno, que apuesta por un estilo de autor, y las líneas arquitectónicas de una casa del XIX. No se ha reinventado donde sólo cabía respetar, no se ha reinterpretado donde sólo cabía conservar. Dejen la pizarra para las aulas, el negro para los entierros y planten árboles, que son buenos para todo tipo de pájaros, sobre todo para los que vuelan. Y pían.