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El teléfono móvil fomenta el barroco

Carlos Navarro Antolín | 26 de diciembre de 2014 a las 12:59

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Como un cuadro de composición barroca, de líneas que se cruzan en una estética desordenada. Como figuras de un belén recogidas en un portal improvisado. Sentados en la piedra en lugar del sofá. Como una bulla perfecta controlada por un Gran Hermano de pantalla táctil. Nunca se habló menos y estuvimos menos comunicados que en la sociedad de las telecomunicaciones, que prima el narrar sobre el vivir. La otra noche, antes de la bajada de la Virgen de la Esperanza de su camarín al altar de besamanos, el secretario de la Macarena, Antonio García, dio las instrucciones al escaso y privilegiado público asistente: “A partir de este momento quedan prohibidos los teléfonos móviles y cualquier soporte en el que se puedan registrar sonidos o imágenes. Esto es para vivirlo, no para contarlo. Esto es para dejarlo grabado en el alma, no en un teléfono móvil”.

-Ole, Antonio. Pero corren malos tiempos para el alma.

No se jugaba en la calle porque había crecido la inseguridad, decían. No se jugaba en la calle porque la televisión era el flautista de Hamelín, que matenía a los niños quietos, congelados, en un continuo estado de embobamiento. No se jugaba en la calle porque el tráfico hacía imposible una práctica habitual hasta hace pocos años, decían. No se jugaba en la calle porque los padres habían hecho de las casas el lugar idóneo, el paraíso en muchas ocasiones, para que sus hijos se quedaran el máximo tiempo dentro y poder así vigilar a sus vástagos, decían. Y así fuimos sumando decires hasta que llegaron los teléfonos móviles que permitieron el retorno a la calle. A la calle y a cualquier sitio con wifi. Y en los pendulazos que nos caracterizan, ya tenemos vagones de tren libres de teléfonos móviles como había restaurantes libres de tabaco antes de que ZP lo prohibiera en dos tiempos, un primer tiempo para que los empresarios se gastaran dinero en habilitar zonas libres de humos, contratando cuadrillas de albañiles y cristaleros, y un segundo tiempo para que los empresarios se dieran cuenta de que se habían gastado el dinero inúltimente porque al final el tabaco se acabó prohibiendo en todos los espacios, sin distinción de zonas.

Los niños de antes llamaban a los porteros electrónicos para fastidiar a los vecinos, se sentaban en los portales a pelar la pava o a matar el tiempo en charlas sobre OVNIS. Hoy están absortos ante los teléfonos inteligentes, que son tan inteligentes que se han convertido en santos sin peana. Gracias a los teléfonos móviles se dan estampas que son auténticos retablos barrocos que ni soñados por Montañés o Roldán. Y se metían con la televisión, cuando hasta la televisión es hoy orillada por los teléfonos. Para algunos el alma suena a fármaco para calmar los ácidos después de las comidas de Navidad. En breve veremos bares con zonas libres de teléfonos móviles y veremos talleres en los distritos para enseñar a grabar en el alma lo que un teléfono jamás puede registrar.