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¿La mudanza del Aero?

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2013 a las 5:00

Selecto club el que tiene su sede en la Avenida de la Constitución, opacos cristales en ese salón de la pecera que permite ver a los peatones de la Avenida sin ser visto, libro de registro de los invitados, corbata preceptiva en el salón comedor alto, lienzos de ilustres pilotos y de aquel al que llamaban en Sevilla simplemente como el general, mullidos sofás en la planta baja con alguna muesca del paso del tiempo, picatostes en la mañana de la Virgen, el cura Pedro Ybarra en familia con su café tras al olor de los nardos, revuelo de niños repeinados en el palco reservado para ver las cofradías en Semana Santa, el gazpacho más frío del verano, cristalería y servilletas con la heráldica institucional… Selecto club que tiene hasta su libro de historia, su premio taurino, su caseta con menú de mediodía y menú de noche. Selecto club con un máximo de 700 socios. Ni un rótulo en la fachada, ningún signo distintivo. Cero publicidad. Quienes tienen que saberlo, saben dónde está el timbre de la puerta principal del Aero. El otro día celebró su junta ordinaria y su junta extraordinaria de elecciones, en la que Enrique Moreno de la Cova fue reelegido presidente. La novedad se produjo cuando se planteó una hipotética mudanza de la sede del club, para cuyas gestiones se capacitó a la junta directiva. Aunque oficialmente no se exponen las alternativas, se han barajado la calle Francos (Peyré) y la Plaza Nueva, siempre en el corazón del centro. Se ha descartado ya un buen local del Arenal porque lo acaba de comprar un importante grupo empresarial. Pero no hay nada claro, salvo que habría que procurar estar en la carrera oficial de la Semana Santa siempre que sea posible. En la ciudad sobran ahora los locales en los mejores sitios y hay quien plantea la necesidad de bajar la renta del actual de la Avenida, que ronda los 10.000 euros mensuales. A peores crisis ha sobrevivido este club donde hay quien dice que en tiempos se elegían los alcaldes. Unos alcaldes que no precisaban, precisamente, del apoyo de los concejales de IU para garantizar la estabilidad del gobierno. Y por decir, se dicen muchas cosas y se cuentan muchas historias de puertas traseras. Pero nunca nadie ha alabado el gazpacho. Ni al camarero que le busca al socio exigente el cigarro rubio que le falta. Si hubiera mudanza, que no cambien el gazpacho.

De la milla de oro del café a la milla de oro del gin tonic

Carlos Navarro Antolín | 22 de enero de 2013 a las 17:38


Arfe era la calle de los punkies en los años ochenta, de las litronas en los noventa, la calle donde a los penitentes del Gran Poder y el Calvario les echaban por delante una alfombra de cristales rotos. Con el nuevo siglo y el boom del ladrillo, Arfe se convirtió en el corredor por el que pasaban los fichajes de Don Manué para el Betis, venga a pasear a los jugadores y a sus representantes por la marisquería La Isla, junto a los constructores, junto a los neocatetos del bogavante y el champán y junto a los clientes del Alfonso XIII enviados directamente por el conserje. A Don Manué siempre le esparaba reservada la mesa que está justo debajo de la escalera, hasta que un sábado a mediodía se sentó en ella el abogado Moeckel, a quien un camarero le recordó en voz baja que esa era la mesa de Don Manué. “Es que está lista por si viene Don Manué”.

-Pues si viene le dice usted que está aquí sentado Joaquín Moeckel, porque ni mi amigo ni yo nos vamos a levantar ahora.

Don Manué siempre llegaba y pedía la comanda en la barra antes de sentarse. Un poquito de esto, un poquito de lo otro. A base de poquitos hacía el menú. Y, por supuesto, un poquito de agua mineral. La cara del resto de comensales era de poema.

Arfe tenía esos años La Isla verdadera, como una suerte de Villarriba. Y La Isla de los pobres, como una perfecta Villabajo, era el bodegón Reyes, taberna que trabaja la melva con morrón en soporte de generoso pan que garantiza el alejamiento del hambre unos veinte minutos.

La crisis llegó. Don Manué ya no preside el club. El hotel Alfonso XIII cerró un año. El Postigo lo levantaron por obras. Joaquín, el camarero célebre del bodegón Reyes, se jubiló. Y los bares de copas se extendieron como adosados del Aljarafe en tiempos de créditos hipotecarios autorizados en esas notarías que más parecían charcuterías donde había que pedir la vez. Arfe se convirtió de la noche a la mañana en la milla de oro del gin tonic, como la Avenida es la milla de oro del café, como la plaza del Pan es la milla de oro de los trajes de boda, Acetres es la milla de oro de las antigüedades o Amor de Dios es la milla de oro de las funerarias. Las calles tienen vida, mudan de piel y reflejan los cambios sociales. Las calles se tematizan, que diría el cursi. O experimentan un fenómeno de concentración, que diría el técnico. Donde hubo bancos, ahora dan café. Donde hubo bogavantes y fichajes millonarios, ginebra para olvidar. Donde hubo mesas bajas para gastar, ahora mesitas altas para disimular. De una milla a otra milla. Hasta que pasemos por la milla de Amor de Dios, que allí sí que pueden decir de todos lo que decía el camarero de la mesa de Don Manué. “Por si viene”. Y tanto que acabaremos yendo. Aquí nadie se queda.