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El Gallo Negro cacarea de nuevo

Carlos Navarro Antolín | 25 de julio de 2013 a las 13:47


¿Quién dijo que estaba muerto? ¿Quién lo comparó con el de Morón, sin pluma y cacareando, pero en versión hostelera: sin bayas de enebro y rodajita de limón? ¿Quién firmó su acta de defunción? El Gallo Negro ya tiene los papeles en regla, que se los ha dado el Ayuntamiento, no sabemos si por rectificación pura y dura después de haber cerrado el corral, o si por canguelo ante los dos contenciosos interpuestos por la titularidad del negocio al entender lesionados sus derechos. Recuerden que una reciente sentencia obliga al Ayuntamiento de Sevilla a indemnizar con 300.000 euros a un bar cerrado indebidamente en Triana en tiempos de Monteseirín. Parece que los gallos, si son negros y cacarean en horario nocturno, tienen como mínimo dos vidas. El Ayuntamiento cerró en primavera El Gallo Negro. Y el mismo Ayuntamiento permite en verano su reapertura. El Gallo Azul es heladería de Jerez de la Frontera, donde las papas ya se sabe cómo se yantan. El Gallo Negro es bar de copas en Sevilla que resucita con las calores, oh misterio. Dónde está la bolita de la licencia, dónde está, a ver, a ver que voy moviendo los cubiletes, a ver dónde está la bolita… Y salió el garbanzo, negro como el gallo. El Gallo Negro cacarea de nuevo en el Arenal. Kikirikí. Sevilla, ciudad de la Pasión, donde los bares también resucitan. Y con el aval de la autoridad, municipal por supuesto.

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De la milla de oro del café a la milla de oro del gin tonic

Carlos Navarro Antolín | 22 de enero de 2013 a las 17:38


Arfe era la calle de los punkies en los años ochenta, de las litronas en los noventa, la calle donde a los penitentes del Gran Poder y el Calvario les echaban por delante una alfombra de cristales rotos. Con el nuevo siglo y el boom del ladrillo, Arfe se convirtió en el corredor por el que pasaban los fichajes de Don Manué para el Betis, venga a pasear a los jugadores y a sus representantes por la marisquería La Isla, junto a los constructores, junto a los neocatetos del bogavante y el champán y junto a los clientes del Alfonso XIII enviados directamente por el conserje. A Don Manué siempre le esparaba reservada la mesa que está justo debajo de la escalera, hasta que un sábado a mediodía se sentó en ella el abogado Moeckel, a quien un camarero le recordó en voz baja que esa era la mesa de Don Manué. “Es que está lista por si viene Don Manué”.

-Pues si viene le dice usted que está aquí sentado Joaquín Moeckel, porque ni mi amigo ni yo nos vamos a levantar ahora.

Don Manué siempre llegaba y pedía la comanda en la barra antes de sentarse. Un poquito de esto, un poquito de lo otro. A base de poquitos hacía el menú. Y, por supuesto, un poquito de agua mineral. La cara del resto de comensales era de poema.

Arfe tenía esos años La Isla verdadera, como una suerte de Villarriba. Y La Isla de los pobres, como una perfecta Villabajo, era el bodegón Reyes, taberna que trabaja la melva con morrón en soporte de generoso pan que garantiza el alejamiento del hambre unos veinte minutos.

La crisis llegó. Don Manué ya no preside el club. El hotel Alfonso XIII cerró un año. El Postigo lo levantaron por obras. Joaquín, el camarero célebre del bodegón Reyes, se jubiló. Y los bares de copas se extendieron como adosados del Aljarafe en tiempos de créditos hipotecarios autorizados en esas notarías que más parecían charcuterías donde había que pedir la vez. Arfe se convirtió de la noche a la mañana en la milla de oro del gin tonic, como la Avenida es la milla de oro del café, como la plaza del Pan es la milla de oro de los trajes de boda, Acetres es la milla de oro de las antigüedades o Amor de Dios es la milla de oro de las funerarias. Las calles tienen vida, mudan de piel y reflejan los cambios sociales. Las calles se tematizan, que diría el cursi. O experimentan un fenómeno de concentración, que diría el técnico. Donde hubo bancos, ahora dan café. Donde hubo bogavantes y fichajes millonarios, ginebra para olvidar. Donde hubo mesas bajas para gastar, ahora mesitas altas para disimular. De una milla a otra milla. Hasta que pasemos por la milla de Amor de Dios, que allí sí que pueden decir de todos lo que decía el camarero de la mesa de Don Manué. “Por si viene”. Y tanto que acabaremos yendo. Aquí nadie se queda.