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¿La naranja caída?

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

Ayuntamiento. Javier Millán, portavoz de Ciudadanos en el ayunt

NADIE discute que la política es una montaña rusa, es un teatro cotidiano donde la gran verdad es que todo es falso y es también el terreno propicio para que las relaciones personales sean uniones temporales de intereses que se disfrazan de amistad. El elogio en política puede ser una daga, la crítica puede ser una maniobra para despistar la atención, pero el ninguneo, ay el ninguneo, es ese chorreón de vinagre barato que se vierte en una ensalada incomestible. Al portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento, Javier Millán, lo ninguneó su líder dónde y cuándo más escuece: en Sevilla y a diez meses de las elecciones municipales. Ocurrió el miércoles ante un auditorio que se quedó perplejo. Albert Rivera, presidente de un partido donde sólo Inés Arrimadas resta brillo al líder, se explayó al ponderar la figura de Manuel Valls, el ex primer ministro francés que se perfila como atractivo candidato naranja a la Alcaldía de Barcelona. Rivera citó el caso de Ana Hidalgo, la gaditana que ejerce de alcaldesa de París con toda naturalidad, y elogió de Valls su talante europeísta y moderado. Acto seguido, tras un largo discurso en el que jamás se refirió a Sevilla, se le preguntó directamente si Ciudadanos está necesitado de un Manuel Valls para la carrera electoral en la capital de Andalucía. La respuesta de Rivera fue de las que lo dicen todo, absolutamente todo, sin decir nada, absolutamente nada.

–¿No le gustaría tener un perfil parecido al de Manuel Valls para aspirar a la Alcaldía de Sevilla? ¿Echa en falta tener una cantera más amplia?
–Bueno, pues… Viendo a los competidores, tampoco veo demasiada cantera… En todo caso sí que le reconozco una cosa. Estamos incorporando talento a este proyecto. Las puertas están abiertas. Se pueden presentar independientes a las primarias, lo acaba de aprobar el consejo general del partido por unanimidad, lo cual no es fácil en política. Esto no lo ha hecho ningún partido. Lo lógico en un partido es meter los codos para que no entre gente buena. Y aquí, la unanimidad de un consejo general ha dicho sí a que se presente gente aunque no sean militantes. De hecho, la mitad de la ejecutiva que yo presido eran gente independiente. Juan [Marín] era independiente, no era de Ciudadanos cuando se incorporó. ¿Qué creo que hay que hacer? Abrir, buscar y encontrar gente, gente que está trabajando dentro y que está trabajando fuera. Así que yo, en este caso de las primarias de Ciudadanos, veo que hay gente que ha trabajado en el Parlamento que ha hecho una labor magnífica y que va a estar ahí. Y yo me alegro, pero también se abren las puertas a renovaciones e incorporaciones, porque ésa es la idea de Ciudadanos: seguir creciendo, seguir sumando y ser un partido unido. Fíjese en la diferencia. Somos un partido con primarias, con independientes, unido y creciente. Otros tienen un partido menguante, sin primarias, con división interna y, desde luego, sin independientes. Yo entiendo la política de otra manera, yo vine de la sociedad civil, de la empresa, me incorporé hace unos años a esto y creo que es bueno haber trabajado en otros ámbitos distintos a la política.

Rivera ninguneó a Millán. No lo citó. Ni siquiera para valorar su trabajo de más tres años en la oposición municipal. Ciudadanos tiene tres concejales, obtenidos en las elecciones de 2105, y a nadie escapa que el partido naranja no termina de capitalizar en Sevilla el auge de la marca en España, aunque Rivera y los suyos se hayan quedado ahora con cierta sensación de noqueo tras la moción de censura.

La verdad es que en procesos de designación de candidatos a la Alcaldía hemos visto vodeviles de todo tipo, pero jamás el ninguneo al que Rivera sometió a Javier Millán. Hemos presenciado a Arenas jugando con Raynaud, Soledad Becerril y Zoido de cara a las municipales de 2007. Hemos visto al PSOE barajando para 2011 al entonces alcalde Monteseirín, a Rosamar Prieto-Castro para un período interino, a la hoy ministra María Jesús Montero y, por supuesto, a Juan Espadas. Pero no veíamos a los líderes ningunear a los que, por el momento, estaban con un puesto en el Ayuntamiento. Al menos cumplían con la fórmula del elogio al “gran trabajo que se está haciendo”, una labor que “hoy por hoy” hacía acreedor al que estaba en el puesto de poder continuar, aunque el partido tiene “muchas personas válidas” para emprender con éxito la carrera electoral. Se ve que Rivera es distinto. Debe ser efecto de la nueva política. Millán no existe para el líder. Millán es consciente, de hecho, de dos claves fundamentales para su futuro político:no despega por sí, acaso aumentaría los concejales porque la marca nacional sumaría votos, y es consciente de que no es el deseado, sino el que pasaba por allí y dirige el grupo municipal con más ilusión que cabeza.

Rivera pudo haber ponderado la labor del grupo municipal de Ciudadanos, al menos para destacar su capacidad para dar estabilidad al gobierno de minoría de Juan Espadas. ¿Acaso no lo hizo con Juan Marín, que con sus solitarios nueve diputados ha hecho tanto bien por Andalucía, según repitió Rivera varias veces en su discurso?”. Rivera castigó a su portavoz municipal en Sevilla con un silencio de desprecio propio de la afición de la Real Maestranza, ese público cruel que, mientras el matador regresa al callejón con la cara descompuesta, busca al tío de las bebidas, aprovecha para ir a los aseos (orinaderos en el argot de la cartelería de la plaza) o estira las piernas mientras contempla el vuelo de los vencejos con la Giralda de fondo. Todo, menos dedicarle siquiera una mirada compasiva al diestro.

La puntilla de Rivera fue recurrir al mal de muchos para justificar la falta de un candidato ilusionante en Sevilla. “Viendo a los competidores, tampoco veo a demasiada cantera”. No defendió a su portavoz, se abonó al consuelo de tontos. Aceptamos Millán como candidato (o no) mientras se busca un Manuel Valls. Acto seguido, Rivera publicita una suerte de casting (primarias) al que invita a militantes e independientes. Y eso que sólo quedan diez meses para los comicios.

En política existen los candidatos cuneros, los candidatos a palos, los supercandidatos, los criados en las filas de las juventudes de turno, los paracaidistas y los que son ninguneados en su propia tierra por un presidente que viene de Madrid. Debe ser, claro que sí, la nueva política, la que no guarda las viejas formas hipócritas. Rivera nos dejó a Millán como una naranja caída. Y si Ciudadanos se la come como aspirante a la Alcaldía en 2019 es porque no hay otra. Sevilla busca un Manuel Valls. Si Millán se queda como candidato es por descarte. Ni Rivera ni Marín lo quieren. Lo clamoroso es que no lo disimulan. Hay silencios que apalean, hay naranjas sin vitamina, hay consuelos irritantes. Lo de aguantar como sea en el puesto sí que es propio de la vieja política. Ya lo dice Rivera: para como están los demás… Nos vale Millán, el ninguneado por el jefe en su propia plaza.

La primera cerveza con Sergio Rodrigo Torrijos

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2018 a las 19:17

13.07.00 CERVEZA FOTO JAIME MARTINEZ

LAS primeras veces se anclan en la memoria, son hitos en una trayectoria, muescas de recuerdos que jalonan una vida. No hay segunda oportunidad para una primera vez, pero hay toda una vida para recordar esas primeras veces. La muerte de alguien es el momento idóneo para desenrollar esa alfombra de recuerdos que pisaremos asidos a la memoria y que nos conducirá al palacio efímero de las evocaciones más variopintas. Se ha muerto Sergio Rodrigo Torrijos, el encargado durante veinte años del bar del Instituto de Enseñanza Secundaria Nervión, el hombre que sirvió la primera cerveza a muchos sevillanos que hoy tienen cuarenta y tantos años, el profesional que hizo más agradables los viernes a alumnos y profesores, discípulos y maestros, personal de administración y limpieza, en esos tiempos en que no existían las estupideces de género ni las imposiciones de lo políticamente correcto.

El grosor de las ruedas de chorizo de los bocadillos de Sergio servía al profesor Buenaventura Pinillos para explicar conceptos de su disciplina de Física. Hoy no se sirven fermentados en los centros de enseñanza, pero fuera de ellos, ay qué risa, corren los destilados como las ratas por la ribera del río. Cuando se instauró la ley seca en los centros de enseñanza desparecieron los tiradores de la Cruzcampo, pero quedaron algunos botellines en la reserva. Algún profesor se tomó alguno ya servido en el vaso de tubo, junto al que Sergio colocaba un botellín vacío de cerveza sin alcohol para disimular. Con la muerte de Sergio desaparece un sevillista cabal, fino y con retranca que cada lunes colocaba en el platillo del café de profesores como Rafael Lozano tantos sobres de azúcar como goles le hubieran metido al Betis. Comunicación no verbal se llama. Eso era sutileza y gracia y no las tonterías con la que hoy te martillean por el teléfono móvil. Veo hoy a Sergio sirviendo el café con esa seriedad auténtica, exenta de imposturas, a profesores como Lola Arias, Ana Prieto, Ángel Álvarez, Manoli Ramírez, Victoria Fernández Luceño, Lola Alfageme…

Con el paso de los años conocí y traté al concejal Antonio Rodrigo Torrijos, hermano de Sergio. Antonio es poseedor de la doble condición de comunista (por carné) y conservador (según algunos de sus socios de gobierno socialistas). Ambos hermanos sevillistas, exquisitos en el trato y buenos conversadores. La primera vez que probé la cerveza me la sirvió un señor apellidado Rodrigo Torrijos. No me entusiasmó nada la bebida. Tardé muchos años en probarla de nuevo. La primera vez que cubrí un Pleno del Ayuntamiento intervino otro señor apellidado Rodrigo Torrijos. Los plenos sí me gustaron, aunque terminaron siendo más repetitivos que la carta de ajuste. En ambas experiencias percibí la amargura: la de la cerveza y la de la política. Aunque quiero creer que Antonio sabe, en el fondo, que después de toda amargura siempre viene la Esperanza.

El Cecop manda más que los hoteles

Carlos Navarro Antolín | 11 de mayo de 2018 a las 9:04

Ambiente de feria 2018 Jueves

LAS tensiones internas son habituales en todos los gobiernos. Absolutamente en todos. Se miran de reojo Cospedal y Santamaría en los maitines de Génova, como pugnan dos canónigos por el favor del arzobispo. Luchas de poder, ego, influencias. Nada nuevo bajo el sol… del paseo Marqués de Contadero. Tremendo sol, por cierto. Un sol embotellado (Tío Pepe) en el agua recalentada de las mochilas de los turistas. En el escuálido gobierno de Espadas no se pierden de vista Antonio Muñoz y Juan Carlos Cabrera: la Sevilla cultureta y la Sevilla del centro, el traje desestructurado y el terno clásico de Dustin, el sevillano de la Alameda y el sevillano del Rinconcillo, el aficionado a las cofradías de tapadillo y el cofrade público y comprometido. Qué listo este Espadas que tiene corceles para las diferentes carreras, qué largo este alcalde que emplea diferentes cañas de pescar según el caladero, qué hábil que lo mismo se pasea con el pintor Luis Gordillo y Antonio Muñoz por los palcos que se presenta por sorpresa en la cruz de mayo de Los Estudiantes. Se puede ser sevillano al estilo de Muñoz, como se puede serlo al estilo de Cabrera.

Muñoz, ay mi dilecto Antonio, quería una Feria que arrancara inmediatamente después de la Semana Santa, con el primero de mayo incrustado en plena celebracion de farolillos. Es cierto que defendió su propuesta sin acritud, como diría Felipe González. Sin escándalos. Cabrera, en cambio, apostó siempre por un periodo de dos semanas entre la entrada del Resucitado y la inauguración del alumbrado. Dos planteamientos legítimos en la Sevilla dual. Dos formas de concebir la realidad, dos visiones distintas de la ciudad. Muñoz mira por los hoteleros, sector pujante en un turismo cambiante. Cabrera cuida de los técnicos de sus delegaciones: Seguridad, Movilidad y Fiestas Mayores.

El alcalde se ha basado en el informe del Cecop para dejar finalmente esas dos semanas de seguridad entre las fiestas mayores. La seguridad es hoy un valor incontestable, una carta insuperable si se echa en el tapete donde se juega la organización de cualquier fenómeno de masas. Con la seguridad ocurre hoy como con la igualdad. Da igual el enfoque. Nadie osa discutir ningún argumento que se base en una u otra bandera.

Si el alumbrado se celebrara el sábado posterior al Domingo de Resurrección, el dispositivo de Feria se debería montar el jueves anterior, lo que hubiera supuesto contar con sólo tres días de margen entre las dos fiestas: solamente el lunes, martes y miércoles para montar los estacionamientos (la letanía del P-1, P-2, P-3…), los carriles de Asunción, las placas de tráfico, la inspección de las casetas y los cacharritos, las cámaras de seguridad, etcétera. No se olvide que los técnicos que montan y desmontan la Semana Santa son los mismos que trabajan en la Feria. Las cámaras son las mismas: hay que mudarlas del Salvador a Joselito el Gallo, del Postigo a Pascual Márquez. No había tiempo material por mucho que Rojas-Marcos proclamara en el 92 que Sevilla puede con todo cuando aquel año se sucedieron la Semana Santa, la Feria y la inauguración de la Exposición Universal. La ciudad de hace 25 años no es la de hoy. El modelo ha cambiado tanto que aquellos patrones no sirven. Esta sociedad se ha vuelto garantista, calculadora, previsora, alarmista y acomodaticia. Queremos la máxima seguridad y el máximo impacto económico. La Feria íntegra en mayo garantiza lo primero. La Feria de formato largo está concebida para lo segundo. La Feria de 2019 es previa a las elecciones municipales, por lo que, cómo no, ha ganado la seguridad. En política vencen los aparatos. Yen las fiestas mayores siempre gana el Cecop. Espadas ya ha contentado bastante a los hoteles con la Feria ampliada. Es hora de no arriesgar. De darle la razón a Cabrera.

¿Usted mismo no prefiere unos días de desahogo entre una fiesta y otra? Las cuentas corrientes y el estómago lo agradecen. Sobre todo con tanto formato largo por todas partes. A Espadas le arrean por estirar la Feria de Sevilla al estilo de Málaga, pero hace tiempo que la Semana Santa también fue artificialmente alargada y nos la hemos tragado sin rechistar como si fuera una insípida tortilla francesa a la que sigue de postre una pera. O su masculino: un pero. Agradezcamos su decisión al alcalde. Con seis días entre Semana Santa y Feria, algunos hubiéramos confundido ciertas cofradías con el Ratón Vacilón.

Dos cabalgan juntos

Carlos Navarro Antolín | 18 de febrero de 2018 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el portavoz del grupo municipal del PP, Beltrán Pérez, firman el acuerdo de Presupuestos para 2018

DE ser acusado de chulo en el Pleno a ser el político fundamental para dar estabilidad al Ayuntamiento. De tenido por chantajista a ser un líder de la oposición con altura de miras. El alcalde ha modificado sustancialmente su percepción del edil Beltrán Pérez en menos de dos meses. El 27 de diciembre se celebró un Pleno en la Casa Grande para aprobar las ordenanzas fiscales con los precios y tasas públicos para 2018. Eran las vísperas de los Santos Inocentes y, por cierto, del cumpleaños de Javier Arenas. El alcalde estalló aquella mañana. Estaba molesto por el estilo que emplea la oposición desde que Pérez asume la tarea de Pepito Grillo: “¡Con la chulería no se va a ninguna parte!”, le advirtió Espadas, quien reprochó al político del PP que le recordara que los presupuestos estaban a la vuelta de la esquina y que necesitaría para sacar adelante las cuentas de los doce votos, o de las doce abstenciones, de los chicos de la gaviota. Beltrán se erigió en todo un oráculo. Acertó. El alcalde se defendió y metió los dedos en el Grupo Popular al recordar las convulsiones internas del partido y sus efectos en el Ayuntamiento: “Lleváis tres años atascados”. El ambiente se vició.

Mes y medio después ha sido Beltrán Pérez, el acusado de chulería y de chantajista, quien ha salvado el presupuesto. No porque a Pérez le haya entrado un repentino ataque de piedad para con el alcalde en minoría, ni un sentimiento de arrepentimiento y reflexión propio del arranque de la cuaresma. Espadas necesita a Pérez, y Pérez necesita de Espadas. Dos cabalgan juntos. Los movimientos en política, desde tiempos de los clásicos, son una suma de conveniencias. Las conveniencias son intereses a corto plazo. Y la política de hoy es tan cortoplacista como esclava del márketing. El presupuesto aprobado permite a Espadas ejercer sus políticas de gobierno. O, al menos, determinadas políticas, porque después ya sabemos cómo son los paupérrimos grados de ejecución de los presupuestos. Espadas se libra de la dependencia del apoyo de la izquierda radical, la misma que en su día lo aupó a la Alcaldía. A este alcalde que encarna el socialismo moderado empiezan a escocerle más de la cuenta los revoltosos chicos de IU y Participa Sevilla. Él es hombre de costumbres sanas, de saber vivir un domingo familiar (costumbrista) en compañía de Rafa Serna, el letrista que públicamente ha proclamado: “Soy del PP, pero votaré a Juan Espadas”. Cuando los concejales de Participa Sevilla anunciaron su rechazo a los presupuestos, el alcalde llamó al correoso Beltrán Pérez para sacar adelante las cuentas. “Beltri, te necesito”. Tardaron cinco minutos en entenderse. Espadas hizo de la necesidad virtud. Y Pérez, acusado de haber estado ejerciendo una política de cara a la galería con su presupuesto alternativo, vio la oportunidad impagable de erigirse en el salvador de las cuentas, de orillar a Ciudadanos como único partido conservador capaz de contribuir a la gobernabilidad, de desprenderse del barniz de niño terrible y de aparecer como político con alturas de miras, todo lo cual escenificado en una firma solemne en la planta alta del Ayuntamiento que ni la del acto de adhesión de España a la Unión Europea.

Espadas demuestra una gran cintura política. Es capaz de entenderse con todos. Y Beltrán Pérez se cobra su apoyo a corto y medio plazo. El PP no ha cambiado un dígito de las cuentas de 2018, que son exactamente las pactadas por el PSOE y Ciudadanos. Beltrán Pérez ha seguido la táctica de despreciar la vía técnica de la presentación de enmiendas. Toda su apuesta ha sido política. El PP pone sus miras en 2019 al obligar al alcalde a asumir un cuadro fiscal que regirá en el año electoral, para el que ya no necesitará del apoyo de Ciudadanos y con el que tendrá que gobernar el futuro alcalde. Y el PP también, he aquí el rédito político que tendrá efectos a la mayor brevedad, se garantiza en breve un Pleno extraordinario en el que se aprobará la exigencia de fondos autonómicos de hasta 14 millones de euros al año para Sevilla (la denominada Patrica, femenino del fijador de pelo) y la red de Metro, en ambos casos tal como las plantean los populares, dos mociones que escocerán a la presidenta Susana Díaz. Además, el abatido líder regional del PP, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) encontrará en la política municipal un poco de ayuda exterior para argumentar sus rifirrafes con el ejecutivo autonómico.

Cuando la presidenta Carmen Castreño abrió el Pleno de presupuestos a los periodistas e invitados el pasado miércoles (“¡Audiencia pública!), Espadas se afanó en estar saludando a los concejales de Ciudadanos en ese momento. Sabe que son los más perjudicados de su pacto con Beltrán Pérez. Espadas los quiso mimar con ese gesto público por lo que pueda ocurrir. El alcalde guarda la ropa por si el peligroso Beltrán le hace una ahogadilla durante el baño. En ese instante de puertas recién abiertas en el Salón Colón, Beltrán apareció rodeado de todos los concejales del PP. Sentado estaba Alberto Díaz, ex portavoz del Grupo Popular, que en 2017 ya tuvo la idea de apoyar de alguna manera los presupuestos de Espadas para ganar peso político.

Queda probada que la unión de los dos grandes partidos tiene una fuerza arrasadora. El presupuesto de 2018 es el que se ha aprobado antes de los tres de Juan Espadas. Con Monteseirín llegamos a ver presupuestos aprobados en junio. El PP está henchido de gloria porque ha logrado evidenciar, al menos por ahora, que Ciudadanos es irrelevante en el ruedo municipal. La verdadera influencia en la elaboración de un presupuesto no se tasa en millones, sino en clave política. La política de hoy es imagen. En la firma del acuerdo enre Espadas y Pérez estaban de nuevo las cámaras de las emisoras de televisión. Y después corrió la cerveza para algunos en los bares de los alrededores, oro líquido que baña los grandes momentos de la ciudad, espuma efímera, glorias pasajeras. Nada en política perdura. Ninguna cerveza se mantiene siempre fría.

El reencuentro del PP y Ciudadanos en el Labradores

Carlos Navarro Antolín | 7 de febrero de 2018 a las 5:00

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MEDIA mañana. Sede del Real Círculo de Labradores. Café. Luces y taburetes altos. La cabeza del toro Nochebuena desparrama la vista por la estancia. En los sofás mullidos hay clientes ajenos a la escena. En una mesa debaten sobre la ciudad los portavoces municipales de dos importantes grupos políticos que han tenido serios roces en los últimos días a cuenta de la negociación del presupuesto general de la ciudad. Hablan de todo, se dicen las cosas a la cara. Hay reproches por el pasado y también guiños de cara a posibles coyunturas de futuro. Nadie quiere enemistarse con nadie, ni tampoco exhibir pasteleos antes de tiempo. Es verdad que los días de Navidad fueron tensos. La propuesta de presupuesto alternativo presentada por el PP soliviantó a Ciudadanos. Y la victoria de Ciudadanos en Cataluña encumbró a los chicos del partido naranja. La batalla por el voto de centro-derecha alcanza de lleno la Plaza Nueva. Beltrán Pérez, portavoz del Grupo Popular, necesita hacer ruido para ser el candidato a la Alcaldía. Y Javier Millán, portavoz de Ciudadanos, no podía consentir de ningún modo que el PP pactara el presupuesto con el PSOE y le birlara su rol de único partido político de la derecha que es capaz de colaborar con el gobierno y, por lo tanto, ser el modelo de esa nueva política que quieren los ciudadanos, hastiados ya de la confrontación por la confrontación.

A Beltrán Pérez le molestó que Millán denunciara públicamente que la estrategia del PP en el presupuesto podía desembocar en una “posible prevaricación”. Se lo dijo ayer de forma directa. Millán había censurado que el PP presentara una propuesta de presupuesto alternativo sin el formato técnico de enmienda. “Yo no puedo votar ni pronunciarme en la junta de portavoces sobre un documento que no se ajusta técnica ni reglamentariamente a las características de una enmienda. Pretender que hiciéramos eso, con un informe en contra del secretario y del interventor, era pedirnos que prevaricáramos. Y yo no puedo hacer eso, Beltrán”. El concejal Rafael Belmonte, brazo derecho de Beltrán Pérez, es testigo de la escena en silencio. Toma algunas notas. Se percibe cierta tensión. Pérez se defiende: “El presupuesto alternativo era y es un documento político, para generar debate político, no pretendíamos que se tomara como enmienda”. Millán se lamenta de que el PP intentara excluirles (despreciarles) del debate presupuestario al exigir entenderse a solas con el PSOE. “Beltrán, nos quisisteis apartar y eso no lo podemos consentir”. El líder del PP pasa al contraataque: “¿Nosotros quisimos eso? ¡Yo quiero la paz, Javier, pero si me lanzas una pedrada como lo dela prevaricación, tengo que responder!”, le recrimina Beltrán Pérez, molesto todavía por la alusión a un posible delito: “Hombre, Javier, que tú sabes lo que es una prevaricación. Que diga eso un funcionario del grupo A…”.

Belmonte sigue en silencio, siempre con un papel doblado por varias caras preparado para las anotaciones. El Pleno del presupuesto es el 14, día de San Valentín. “Lo que tenéis que hacer es absteneos y dejad que las cuentas salgan adelante por el bien de la ciudad”, exige el portavoz de Ciudadanos. Beltrán responde con rapidez. “Votaremos no al presupuesto salvo que se cumplan nuestras condiciones”. “¿Las tres condiciones que habéis exigido al alcalde?”, pregunta Millán con precisión. “No seré yo quien revele las cosas que hablo con determinadas personas en ciertos despachos”, zanja el líder de la oposición.
Millán desvía la conversación para poner en duda la estrategia del PP de arremeter contra Ciudadanos. “Os estáis equivocando, Beltrán. Os han dicho desde Madrid que tenéis que hacer eso y es un auténtico error. No te puede hacer una idea la de gente del PP que se viene con nosotros y lo que dicen…”. Beltrán se niega a aceptar que haya recibido orden alguna de atacar por atacar a Ciudadanos. “De hecho promuevo unas buenas relaciones con vosotros siempre que sea posible”. El líder de la oposición alude a que así se lo han reconocido en su partido en alguna ocasión. De pronto, cómo no, se habla de las encuestas. Millán tiene claro que Beltrán Pérez será el candidato del PP. No lo dice expresamente, pero en sus afirmaciones asume que así será. “No tenemos orden de apoyar a la lista más votada. No está escrito en ningún sitio”, sentencia el portavoz de Ciudadanos. Beltrán bromea: “¿Entonces nos apoyarías también si no quedamos los primeros?”. Y el de Ciudadanos formula un augurio:“Creo que los tres partidos podemos quedar bastante igualados…”.

Millán se siente feliz de concejal, se entiende con el socialista Juan Espadas. Está convencido de que repetirá como candidato a la Alcaldía, una condición que se oficializará después del verano. Presume de un partido que disfruta de paz interna, a excepción de algunos episodios tensos en el Aljarafe que Belmonte se encarga de recordarle. “¡Menudo padrinazgo tienes con Arenas!”, le refiere Millán a Beltrán Pérez. El dirigente del PP le recuerda –con razón– que también ha tenido sus años de pesares en política. Un bedel irrumpe en la tertulia:“¿Don Rafael Belmonte? Unos señores le esperan”. Se disuelve lentamente la tertulia del reencuentro. Los tres se paran junto al busto del Rey Juan Carlos I. Alguien dice: “El bien de Espadas no es necesariamente el bien de la ciudad”. Millán habla de sus plenos en la Diputación, donde se las tiene que ver con la presidenta del PP, Virginia Pérez.

Nochebuena se queda en su calma astifina. Los políticos se van. Se esfuman. Parece que hay vida en los ojos del burel, parece como si quedara una ráfaga de bravura en su expresión. Las tazas de café aguardan a ser recogidas. Alguien lee un libro en la barra. Hay periódicos repartidos por la mesa con la tablilla de madera de la entidad. Se forman nuevas tertulias. Alguien rechaza el café y apunta a que ya es la hora de un fino con escolta reducida de patatas fritas. Lo más destacado, quizás, es que alguien ha hablado de los presupuestos en un café. Sólo queda encontrar una tertulia sobre los dictámenes del Consejo Económico y Social. Un cartel anuncia que el club carece de peluquero desde el 31 de enero. La ciudad tendrá presupuesto. Pero en el Labradores seguirá vacante el puesto de peluquero.

Elogio de las ratas

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

RATAS EN LAS FAROLAS, LA PESTE

POR fin explotamos el producto propio, el que mejor nos identifica como ciudad en este largo período de depresión posterior a la Expo. Por fin alguien tiene la valentía de colocar el símbolo que con más acierto refleja la decadencia de la ciudad, la degradación de la vida urbana, el pesimismo con el que se imprime la heráldica del tiempo que nos ha tocado vivir. Hartos de vender Sevilla como lo que no es, hastiados de interpretaciones forzadas, de postizos, aderezos e imposturas, y de ser el reclamo para las despedidas de solteros, ya era hora de que alguien vendiera Sevilla tal como es realmente. Por fin tenemos la ruta de las ratas, con su mapa, sus rincones con encanto y con unas esculturas doradas que simulan eso: ratas de verdad, ratas trepadoras. Sobre escaparates, sobre farolas, subiendo por las paredes. Tenemos ruta del raterío con marchamo oficial, con el aval del Ayuntamiento, con los permisos de Urbanismo. Ratas doradas repartidas por los puntos donde se desarrolla la serie La Peste. La rata en Sevilla es la mar de importante. Qué acierto su vaciado en material áureo. No hay mejor metal precioso para este roedor tan sevillano. Las ratas son al siglo XVI lo que los ratas al XXI. Sevilla es una ciudad de ratas, de superpoblación de ratas. Decían los romanos que los cerdos se paseaban ya cocidos. Aquí los ratas se pasean impunemente cada día. Tenemos ratas de cuatro patas que asustan a los turistas de los cruceros, hábilmente explotadas por los socialistas cuando estaban en la oposición y así le creaban un problema al delegado de Turismo, Gregorio Serrano, que hoy hasta estará echando de menos aquellas ratas en comparación con la nevada que se lo puede llevar por delante como a las tropas de Napoleón. Tenemos ratas, también de cuatro patas, por el Paseo Juan Carlos I que parecen empadronadas, con sus papeles en regla y a las que les faltan dar los buenos días a los caminantes de la ruta del colesterol. O del “coleteró”, como dice un conocido empresario de la ciudad cuando acude al médico del seguro. Tenemos ratas en algunos colegios, también de cuatro patas, en la Andalucía imparable del bilingüismo, de las altas tecnologías y del todos y todas, que no falte el ellos y ellas, los niños y las niñas, los andaluces y las andaluzas. Pues eso, como no vamos nosotros a ser menos, marchando media ración de ideología de género camuflada como loable igualdad: las ratas del XVI y los ratas del XXI.

Hay ratas que pasean las agendas por la calle Tetuán, que se pasan la vida en las conspiraciones orgánicas de los partidos sin hacer nada sustancial por la sociedad, ratas que vivaquean por la Plaza Nueva, pululan por los actos sociales a partir de las 20:30 o por los finales de los cultos de la cuaresma que dura todo el año. Los ratas suelen preferir la mañana, cuando están abiertos los despachos del poder, o salir ya a la caída del sol, cuando se citan en los salones de actos donde los supuestos poderosos bajan la guardia y se muestran accesibles. La ruta de las ratas debería colocar roedores dorados por el Ayuntamiento, la Diputación, el salón de actos de la Cruzcampo, Cajasol o esas entidades financieras que aún reparten el canapé, la cerveza gratis, el libro de regalo, el pañuelo para la señora y los pasadores para el señor. Si usted no tiene un puesto que pueda ofrecer semejantes dádivas con cargo al presupuesto ajeno, es que no es un rata que se precie.

Hay ratas y ratas. No todos los ratas son iguales. Hay ratas de altura y de bajura, como la pesca. El rata, modalidad más aviesa y con menos gracia que el tradicional gorrón, puede presentarse en su vertiente de rey mago, aristócrata, usuario de chaqué alquilado en José Gestoso, invitado de boda de postín que busca el regalo más barato en la lista de El Corte Inglés (taburete de 45 euros), trincón de comida en el Ministerio del Interior, etcétera. Estos ratas traen la peste del siglo XXI aunque se revistan de gracejo, aunque escalen socialmente el tiempo (breve) que consiguen tener engañados a tanto ingenuo como anda suelto por Sevilla. Sevilla es una ciudad de enteraos donde los ingenuos son nuestra particular mayoría silenciosa.

El raterío de la ciudad merece algo más que el reconocimiento social, merece protección oficial. E incluso merece ser considerado con cierta caridad. Porque al fin y al cabo son ratas, aunque sean revestidas de oro. Un día se acaba el brazo de farola y la rata se despeña, o se colapsa la red del alcantarillado social y el rata se precipita al vacío. Después pasan los años y alguien hasta hace una película.

MillánYBeltrán

 

Las derechas buscan sus dominios propios

La política es un teatro. Todos actúan. Esta semana se han repartido estopa los representantes de las derechas en el Ayuntamiento, que dicho así suena a cartel electoral de la Segunda República: “Sevillanos, si queréis cofradías, ¡votad a las derechas!”. En Ciudadanos han visto cómo el líder del PP, Beltrán Pérez, ha apretado el acelerador para ganar el perfil institucional que tanto necesita. Está dispuesto a apoyar a Juan Espadas para sacar adelante los presupuestos. La formación naranja se ha soliviantado ante la posibilidad de perder la exclusividad a la derecha del alcalde socialista. Cuestión de dominios, cuestión de espacios, cuestión de ocupación de nichos. A río revuelto en la derecha, ganancia del pescador Espadas. Está claro que el alcalde es el que sale ganando en todos los casos. Lo dijo el visionario Moreno Bonilla: “Espadas es triangular”. Ciudadanos se ha visto sorprendido. Y eso es una victoria parcial de un PP que teme verse superado por la marea naranja que viene de Cataluña. El gesto de Pérez en la fotografía es nítido. El vodevil continúa. El presupuesto es el pretexto. La conquista del poder es el único objetivo.

 

La afeada Plaza de Pilatos

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

 

Los bares cargan con las culpas de casi todo lo que ocurre hoy en la vía pública. Muerto el perro (precintados los establecimientos del Paseo de Colón) se acabó la rabia (noches de puente de la Inmaculada en calma con las aceras expeditas). Los bares son el mayordomo de esta película de miedo que es la convivencia urbana que nos ha tocado en suerte, donde el desahogo y la mala educación son la heráldica real de una ciudad que no cede el asiento a los mayores, iguala siempre por abajo y llama abuelo a cualquier persona de edad. Los bares son siempre sospechosos, generadores de una degradación paisajística al ser focos de atracción de un público que tiene que fumar en el exterior por decisión de Zapatero, una de las escasas decisiones verdaderamente beneficiosas que tomó el peor presidente de la democracia. El Ayuntamiento lleva meses tratando de meter en cintura a los bares tras unos años en los que se hizo la vista gorda. El Estado tiene que recuperar su presencia en Cataluña, y el Ayuntamiento de Sevilla la suya en el Paseo de Colón, Arfe y tantas otras calles. Tan pronto se dice que los bares dan vida como que suponen una tortura.

Pocas plazas hay en el centro de Sevilla que carezcan de bares. La Plaza de Pilatos, la plaza de Teresa Enríquez y muy pocas más. En Sevilla, a un bar le sigue otro. Ydespués otro más. Es como la materia, ni se crea ni se destruye, se transforma. De bar clásico a gastrobar, de gastrobar a bar de copas y trago largo. Pero siempre bar, siempre materia. En la Plaza de Pilatos no han puesto todavía el primer bar. Ni Dios lo “premita”, que dijo Lola Flores cuando le preguntaron si sabía inglés. Pero es una plaza afeada a base de intentarlo una y otra vez. Las sucesivas corporaciones municipales no han hecho más que romper la estética donde está uno de los monumentos más visitados de la ciudad. Un día colocaron la cartelería estridente con las direcciones a los hoteles. No había otro sitio mejor que el elegido. Puestos a aprovechar, ya podrían haber indicado la dirección de La Carbonería, o de lo que queda de ella, que es lo que verdaderamente preguntan los guiris.

Otro día colocaron justo a la vera de la fachada de la Casa de Pilatos, encima de una de las columnas romanas que en su día bordearon la Catedral, una boca de riego con su pedazo de cartel: “Hidrante contra incendios”. No se sabe si es peor el cartel o el lenguaje empleado. Otro día, horror de los horrores, plantaron el cartelazo de Turismo de Sevilla, ante el que sólo se puede gritar: “¡Al suelo que vienen los nuestros!”. Los anuncios de las nuevas rutas de Ryanair son de una belleza muy apropiada para la entrada empedrada al palacio. ¿Y qué me dicen de los contenedores soterrados de basura? Pringosos, que se llenan con rapidez cuando no se atascan con el palo de escoba, las botellas de lejía y la rueda pinchada de una bici. El tío de los contenedores soterrados se ha forrado gracias a una clase política dirigente que en la España de las vacas gordas se dedicó a hacer polideportivos y a cavar la tierra de los cascos históricos para enterrar los basureros. Pero no se vayan todavía que aún hay más. Todavía queda la estación de bicicletas, cardiosaludables naturalmente, con su torreta de pago. Un gran ejemplo de embellecimiento paisajístico, una apuesta en toda regla por una estética acorde a la entrada a un palacio que combina el renacentismo italiano y el mudéjar español. La incorporación menos agresiva a la Plaza de Pilatos es, sin duda, la del tío del carro que vende agua y frutos secos a los cientos de visitantes. Nos quejamos de algunos bares, de los abusos con los veladores, del ruido de las terrazas, de la basura que dejan los clientes, pero hay plazas sin bares que se las carga el Ayuntamiento, sin ayuda de nadie, ¿verdad don Ignacio Segorbe? Poquito a poco van comiéndole terreno a la belleza serena de una plaza donde sólo deberían destacar el bronce de Zurbarán y la fachada de esa Casa de Pilatos de donde un día partió cierto vía crucis que es origen de la actual Semana Santa, otra que también se están cargando poquito a poco.

El Paseo de Colón enmudece

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2017 a las 5:00

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

LA Campana sin veladores, el Paseo de Colón sin gin tonics. Los hoteles rozan el lleno en estos días de bulla, luces altas, humo de castañas, frenadoles, mucho paseante de la hermandad de los mirones y mucha triple fila en los bares. En el Paseo de Colón se ha hecho la ley del silencio. Llegó la Policía y mandó callar. Se acabó la diversión. La política es el arte de lo posible, mandar es el arte de que otro haga lo que tú quieres que haga sin que se note que tú lo has querido. Juan Espadas inauguraba la exposición de los dulces de conventos y, entre bollito de Santa Inés y yema de San Leandro, precinto que te crió. A Dios rogando y el Paseo de Colón ordenando. El alcalde con cara de ángel, los dueños de los bares con rostros de demonios. Eso es mandar: que no se noten las intenciones, que sólo se vea la mano que adquiere dulces para ayudar a esos cenobios donde se reza mientras los demás precintan. En el Paseo de Colón no hay público por las aceras, no hay cables, no hay pantallas de televisión, ni repisas para descansar las copas de balón. Al Paseo de Colón le han puesto como a algunos de los vagones del AVE: el silenciador.

Dicen que los bares andan buscando las posadas de letrados ilustres, la asistencia jurídica que permita la reapertura de puertas en estos días de temporada alta en el consumo. Se dice que si abogados apadrinados por ministros, que si letrados independientes y, por lo tanto, peligrosos para el poder establecido… Malos tiempos para los bares, qué lugares. Pero nadie, nadie, enfoca el asunto desde el punto de vista de la indefensión del cliente. Un bar de copas con elementos instalados sin el amparo de una licencia y con informes que dictaminan la imposibilidad de legalización, es un establecimiento sin esperanza. Y donde no hay esperanza, sólo hay peligros. Caídas, incendios, posibles intoxicaciones y un etcétera más largo que un Pleno municipal. El seguro del bar no se haría cargo de los gastos provocados por toda esa ristra de posibles incidencias. Sería como viajar en un coche sin la ITV en regla. En Sevilla hace tiempo que ya no funciona el nunca pasa nada. Recuerden el caso de Cádiz, aquel de los 70 consumidores ingresados por una ingesta de alimento en mal estado. El derecho de indemnización se esfuma si no hay cobertura legal de la actividad. No digamos en caso de incendio si sale afectado, por ejemplo, la vivienda de arriba. Los seguros se lavan las manos. De nada de esto se habla, nada de esto se escucha, salvo en los informes de seguridad y emergencias que maneja Urbanismo sobre esta emergente milla de oro del gin tonic.
Precinto a precinto, tacita a tacita, bienmesabe a bienmesabe, este alcalde con silenciador cierra los bares, limpia la vía pública y, por si acaso, engorda la cuenta de las productividades en el presupuesto de 2018 para que no falte un policía en las procesiones y otros actos de 2018. La superioridad moral de la izquierda, bien aprovechada, es un filón para este Espadas. Política de tiquitaca, dulces y precintos, barrenderos y sinergias con Málaga. Espadas no entra en los bares. Los cierra. La noche es para dormir, el bastón de alcalde es para mandar. Sin que se note. La fiera que rugía en el Paseo de Colón amanece hoy enjaulada.

 

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

Beltrán clava la sombrilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de diciembre de 2017 a las 5:00

Beltrán clava la sombrilla 2

EL portavoz del PP se reivindica. Beltrán Pérez está descaradamente en campaña. No se corta. Esta semana se ha retratado con un par de ministros en Sevilla (el de Justicia y la de Empleo), ha hecho de vocero oficial de Fomento al anunciar inversiones para la conexión ferroviaria entre Santa Justa y el aeropuerto, ha amagado con llevar a Juan Espadas a los tribunales si no entrega un informe sobre el arbolado (la judicialización de la vida política evoca los años más tronantes de Zoido en su etapa municipal) y ha logrado sacar adelante una moción para que los autobuses urbanos tengan wifi gratuito. Ha estado hábil para echar en el tapete un naipe contra el que no hay baraja que compita. El uso de las tecnologías entra en ese ramillete de temas sin aristas que el código políticamente correcto aprueba con notoria facilidad. Da igual que el wifi nos vuelva tontos en un autobús, nos prive de la conversación, de la lectura o de la contemplación del paisaje urbano. Nadie osará decir que el uso abusivo del teléfono móvil fomenta la cultura de la distracción. Contra el wifi no se puede ir en la sociedad actual. Y este Pérez, que tiene carnet de becerrista, le ha sacado una tanda de pases aseados al torito de su moción. Por unanimidad. Todo, absolutamente todo, está encaminado a clavar bien fuerte la sombrilla de su candidatura en la playa de un PP donde Arenas empuja a favor del objetivo, pero donde el ministro Zoido sigue mirando a Sevilla por el retrovisor del coche oficial del parque móvil de Interior. ¿Para qué si no se mete Zoido a valorar el acuerdo entre los hermanos mayores de la Madrugada? ¿A cuenta de qué desciende el ministro a un asunto local? Para hacerse presente en la vida de la ciudad por enésima vez. Huelva tiene su ministra, nuestra dilecta Fátima Báñez, que es llamada así por sus colaboradores en las redes sociales: “La ministra de Huelva”. Pero Zoido, en cambio, no se atreve a decir que es el ministro de Sevilla, aunque es palmario que no quiere olvidarse de Sevilla como destino político por mucho que comente en privado que su vida municipal está finita. Por eso Beltrán Pérez juega con toda la habilidad de la que es capaz desde su puesto de jefe de la oposición, con una evidente obsesión por fijar su posición como candidato. En las filas socialistas vaticinan de forma interesada que el correoso concejal del PP no será el candidato, que el centro-derecha sevillano apostará al final por un independiente si es preciso, por alguien que tenga más edad y una posición más consolidada en la sociedad civil. Claro que también propagaban en 2011 que el PP nunca sacaría mayoría absoluta en Sevilla y terminó obteniendo 20 concejales.

Por si acaso, Beltrán Pérez se codea con el rector, el arzobispo, las cofradías y toda la ristra de ministros sonrientes a los que es capaz de tener acceso con la ayuda de su padrino político, al mismo tiempo que presume sin complejos de su afición taurina o se retrata en círculos sociales de la ciudad de contrastada frivolidad. Combina la moqueta y los saraos. Ocupa todos los nichos que puede con prisas, con la premura propia del velocista que sabe que tiene pocos metros por delante y varios rivales (fuertes) en la carrera. Nunca olviden al senador José Luis Sanz, ex presidente provincial y alcalde de Tomares. Beltrán Pérez sabe que los tiempos tienen luces y sombras. Cuanto más tarde el PP en designar candidato, más se abrirá el debate sobre la idoneidad del hoy portavoz municipal y emergerán las dudas, pero también tendrá más días para elevar su grado de conocimiento en esas encuestas que el partido usará para imponerle la beca de alcaldable, o para mandarle a la papelera de reciclaje. Su gran ventaja es que está dentro del edificio, se encuentra ya en el interior del castillo que pretende controlar: el Ayuntamiento. Ha rebajado la tensión con la presidenta provincial tras haber tomado decisiones peliagudas que no fueron respaldadas por la jefa. A Virginia Pérez le dedicó públicamente su conferencia en el club Antares, una suerte de bálsamo en una ceremonia oficiosa de proclamación de candidatura con testigos de excepción: Javier Arenas (¡cómo no!) y el delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz.

Beltrán Pérez hinca el palo de la sombrilla con toda la intensidad que puede, cava el hoyo para asegurarse la mayor profundidad, y se afana en la tarea con la ilusión de un dominguero que calcula los movimientos de la marea para garantizarse la misma ubicación durante toda la jornada. Pero que, en el fondo, sabe que la política genera olas impredecibles capaces de arrasar los castillos de la ilusión por muchas conchas y caracolas que hayan sido colocados como fortaleza, doblar los más fuertes palos de sombrillas y dejarte con el cubo y el rastrillo en las manos para lo que resta de domingo. La sombrilla clavada genera el derecho de conquista para este político que primero tiene que sortear los monstruos internos (el PP tiene una colección digna de la cafetería de la Guerra de las Galaxias) si quiere enfrentarse al segundo gran enemigo: un alcalde sin aristas al que su partido no le discute la ubicación de su sombrilla, porque la playa socialista, al menos la sevillana, está en calma y con la bandera verde al viento. Si Moreno Bonilla, líder regional del PP, pasa a la historia por algo en Sevilla será por su precisa definición de Juan Espadas: un político triangular. Conecta con todos los estamentos de la ciudad. Espadas goza del frescor efímero de una sombrilla bien clavada, pero sufrirá cada día más una doble oposición: la que ejerce Beltrán Pérez, con una experiencia de catorce años en el Ayuntamiento, y la del ministro de Interior, que prefiere el cortinaje, el ascua de luz de las arañas y los lienzos nobles del Salón Colón, antes que la contemplación del retrato del desgraciado Eduardo Dato que preside la sala de reuniones de su palacete del Paseo de la Castellana. Hay palacios que aburren. Cualquier sombrilla genera más sombra que un arbolito de la Avenida.

Moreno revienta Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de octubre de 2017 a las 5:00

Parlamento, Sesión de control.

AQUELLA noche de marzo de 2015 en la que Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) se pegó el batacazo en las elecciones autonómicas, el PP de Sevilla lo dejó abandonado en el salón del Hotel Meliá. Un abandono cruel como los silencios de indiferencia que la ciudad dedica a ciertos personajes y a determinadas obras. Ni el alcalde Zoido ni otros destacados dirigentes estuvieron para arroparle en un descalabro que dejó al partido con sólo 33 diputados de los 50 que logró Javier Arenas. Esa noche sólo aparecieron cuatro concejales del entonces todopoderoso gobierno de la ciudad: Beltrán Pérez. Evelia Rincón, Rafael Belmonte y José Luis García, cuatro ediles orillados en aquel ejecutivo que quisieron tener un gesto con el líder regional en sus peores horas, cuatro concejales que después sufrieron los efectos de haber dado aquel paso al frente en aquellas fatídicas horas al estar en un acto prohibido, en el que, además, se cumplía la elocuente realidad de haber menos gente que invitados. Juan Manuel Moreno Bonilla seguía así una historia de desencuentros con la capital de Andalucía. Nunca se ha entendido con su partido en Sevilla: ni con Virginia Pérez, ni con Juan Bueno, ni por supuesto con Juan Ignacio Zoido, ni con el senador José Luis Sanz, ni con tantos y tantos cargos de mayor o menor relumbrón del organigrama hispalense. Llegó meses después el año de fuertes tensiones en el PP sevillano, una oportunidad para ejercer la autoridad, pero Moreno Bonilla se puso de perfil. Jugó a la tibieza. Ni estuvo con el bando donde se incluían aquellos cuatro concejales que acudieron a lamerle las heridas en esa noche negra (un bando impulsado por Javier Arenas), ni mucho menos con el bando de los partidarios de Zoido y Cospedal. Sevilla ha sido su gran problema en estos más de tres años y pico que lleva en la capital de Andalucía. Sólo un político de la talla de Javier Arenas ha sabido manejarse en esta ciudad sin haberse sentido nunca integrado en ella. Arenas le ha tenido siempre un miedo reverencial a Sevilla. El miedo reverencial es un freno, pero también protege de meteduras de pata. A Moreno se le nota su desconfianza con la ciudad y a la ciudad se le nota el poco entusiasmo que tiene para con el malagueño. No nos engañemos: poca gente ve en Sevilla a Juan Manuel Moreno como la esperanza blanca del centro-derecha andaluz que logre sacar al PSOE del Palacio de San Telmo. El último inquilino de derechas que ocupó el viejo palacio llevaba sotana. Y nada hace presagiar que el sastre de la curia se pase por la sede la calle San Fernando próximamente. Nada.

A Moreno le aplican en Sevilla la sentencia del conde de Mayalde sobre algunos políticos jóvenes: «Tienen todos nuestros defectos y ninguna de nuestras virtudes». Y se la dedican sus potenciales votantes, aquellos que anidan en los sectores que, sobre el papel, deberían ser sus apoyos naturales. Moreno sí se ha hecho con la compañía de un ramillete de sevillanos, pero muy corto. Insuficiente. Su espacio se lo tiene comido Susana Díaz.

El error de este presidente regional ha sido doble esta semana. Primero, expresarse a puerta cerrada sobre la actualidad de su partido con un lenguaje de taberna, sin valorar que si han trascendido las votaciones y deliberaciones de un cónclave donde se elegía pontífice, no iba a ocurrir menos con su reunión con los concejales de la capital. “En Málaga nos podemos meter una hostia”. “En Huelva tenemos un grupo machacado”. “Al final, coño, cuanto antes tengamos a la gente trabajando con certidumbre, mucho mejor”. Y la guinda de referirse al alcalde de Sevilla, Juan Espadas, con la expresión “el tío”. El segundo error fue ordenar a la mañana siguiente, con el café recién servido, el cese como portavoz adjunto del grupo municipal de Alberto Díaz, al que culpa sin pruebas de haber transmitido sus palabras. Fuentes de la regional reiteran que en ningún momento se señaló a nadie en particular, sino simplemente se pidió una investigación y la toma de decisiones. Dicho lo cual, que diría don Manuel Fraga, conviene precisar que el martes por mañana, bien tempranito, la estructura regional del PP, encolerizada como casi nunca se había visto, comenzó a tensionar el grupo municipal pidiendo la cabeza del portavoz adjunto, Alberto Díaz, destacado zoidista, vicepresidente del PP sevillano y miembro de la Junta Directiva Nacional a propuesta de Rajoy. Incluso esa misma estructura regional le dio un plazo de 48 horas al portavoz, Beltrán Pérez, para ejecutar el cese de su portavoz adjunto. El PP andaluz puso entre la espada y la pared a Beltrán Pérez. Y, lo que es peor, evidenció por primera vez un desacuerdo entre dos que hasta ahora habían cabalgado juntos: la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el portavoz municipal, Beltrán Pérez. Incomprensiblemente, sin la diligencia de un buen padre de familia, el líder andaluz estaba volviendo a reabrir heridas en un partido que terminaba de celebrar sus congresos de distrito con un resultado uniforme (Virginia Pérez ya controla los once), que no lleva ni tres meses con un nuevo y experimentado portavoz en el Ayuntamiento y que, según el propio testimonio del presidente regional expresado el lunes, considera que es fundamental que la formación en Sevilla rinda al cien por cien para obtener un resultado que le permita gobernar Andalucía con Ciudadanos. ¡Pista, que va el artista!

Moreno ha reventado el partido en Sevilla con tal de alcanzar una suerte de salvación tras su discurso airado, con tal de ajustar cuentas, con tal de mostrar la autoridad (escasa) de quien da un arreón sin control, ejerce una maniobra destemplada, pega una andanada sorpresiva, sin importarle a quién se lleva por delante. O quizás sí: queriendo castigar a Alberto Díaz por ser el íntimo amigo del senador José Luis Sanz, alcalde de Tomares, orillado de la candidatura a presidente regional cuando el malagueño accedió a ella: “Juanma, tú lo has querido”, le dijo Rajoy en aquel congreso.

Moreno creía que al ser duro con las espigas de Alberto Díaz limpiaba su imagen tras sus reproches a puerta cerrada a la dirección nacional (en los que ha podido tener hasta razón) y tras haber exhibido un perfil poco serio, más propio de quien –mosqueado– le pega un empujón a la máquina de los petacos en una taberna con el firme cargado de serrín. Nada de pedir disculpas por el tono empleado, nada de retractarse de algunas afirmaciones, nada de destensionar el entuerto con alguna fórmula inteligente. Una cabeza, el malagueño necesitaba una cabeza. Y Beltrán Pérez –contra el criterio del aparato orgánico provincial– optó por entregársela. “No hay ninguna prueba”, afirmaron ayer fuentes oficial del PP sevillano. Al mismo tiempo, confirmaron que el señor Díaz seguirá no sólo de concejal, sino de vicepresidente del partido. Nadie entiende nada. Si se tiene la profunda convicción de que Alberto Díaz transmite lo que no debe, si se tiene la certeza de que revela las deliberaciones, ¿cómo es que sigue de concejal, asistiendo a las reuniones y vicepresidiendo el partido? Era, simplemente, la gran coartada de la resentida estructura regional para señalar a quien fue jefe de gabinete de Zoido. El pretexto para el ajuste de cuentas. La exigencia planteada a un joven portavoz, temeroso de que Moreno Bonilla no colabore en su sueño de ser el candidato a la Alcaldía, pues la regional tendrá que pronunciarse en su momento. A Díaz no le tocan ni el sueldo ni el cargo orgánico. Sólo se le arrincona de forma simbólica. Lo mismo hizo Juan Bueno cuando tensionó el partido para orillar a Virginia Pérez. La quitó de coordinadora general (camarlenga, le decíamos) pero la mantuvo de portavoz en la Diputación. La camarlenga se creció en el castigo –como el toro de Miguel Hernández que citó el ministro Wert– y es hoy la presidenta del partido.

El doble error de Moreno evidencia debilidad, revela torpeza, demuestra un estilo chusco. Porque sería mucho peor creernos la versión oficial del partido, que se lava en cierta manera las manos al asegurar que no pidió ninguna cabeza en concreto, lo que supondría que la estructura regional deja sólo a Beltrán Pérez en la compleja maniobra de castigar a alguien del que no existe una sola prueba sobre las acusaciones que se vierten. Y Pérez se la jugó aquella noche de 2015 estando a su lado en las horas más duras de su trayectoria política. A Moreno Bonilla cabe aplicarle el título de aquella célebre tribuna de opinión de Ricardo de la Cierva: “Qué error, qué inmenso error”. Al tiempo.

 

Alberto Díaz y Beltrán Pérez