Archivos para el tag ‘Barcelona’

El riesgo de venir a Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2017 a las 5:00

avión

AL bueno de Zoido le hace la agenda el enemigo. Y el enemigo siempre está dentro. En el vientre, en las entrañas, en las agallas. Dice un político andaluz de raza que todo dirigente que se precie ha de contar con tres colaboradores propios: un jefe de gabinete, un jefe de prensa y una secretaria. Nadie como la cuadrilla propia va a salir del burladero a protegerte con el capote en caso de cornada grave. Se supone. Pero a Zoido nadie de su cuadrilla, ninguna mente sesuda de Génova, ningún asesor de los que suma trienios en Interior, debió avisarle la noche del domingo que el lunes no era el día para venir a Sevilla, con Cataluña tambaleándose como una olla a presión y con los telediarios repitiendo las imágenes de policías y guardias civiles enfrentándose a la población civil, o siendo directamente agredidos por gente encolerizada y astutamente aleccionada para ganar la batalla de la imagen.

Resulta un ejercicio frustrante tratar de convencer a la opinión pública de que quien levanta la porra es el bueno, que quien frena a una masa vociferante es el que está haciendo cumplir la legalidad, y que quien pretende votar –¡oh, concepto albo e inmaculado!– y está en apariencia desarmado es el malo, quien quiere romper a las bravas el clima de convivencia. Dicho está: “Lamento tener que defender lo obvio”.

El ministro del Interior nunca debió volverse a su tierra el lunes 2-O, ni mucho menos publicar una fotografía de su vuelo a Sevilla, una frivolidad en tiempos convulsos, una ligereza fatua, una licencia impropia. El día no era para fotos en un jet, ni para colgar medallas, ni para otros postureos. Alguien debió estar pendiente, alguien debió hacer guardia en los despachos oficiales apretando la esclavina de la prudencia, para salir al quite del ministro y librarlo del avieso toro de las redes sociales, del agujero negro donde la imagen de un político corre el riesgo de perderse por el sumidero de los mensaje fáciles, de la dictadura de los 140 caracteres que dominan una política más que nunca epidérmica, lastrada por los contenidos vacuos, irreflexivos y de usar y tirar. El ministro del Interior del Reino de España tenía que estar el lunes en Madrid, en su despacho de trabajo, o en Cataluña, junto a los policías y guardias civiles que andan en una penosa búsqueda de posada sin estrella que les sirva de guía. Pero el lunes no era el día para estar en Sevilla. Muchos de sus correligionarios, mucha gente que lo estima, muchos militantes que valoran su elevado grado de conocimiento entre electorado, se quedaron ojipláticos al comprobar que Zoido efectuaba el viaje a Sevilla, se quitaba de Madrid y se dedicaba a la entrega de distinciones cuando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado habían quedado retratadas injustamente como opresoras y –todavía peor– justo a esas horas del lunes aparecían como liebres asustadas huyendo de la presión del separatismo mostrenco, de esteladas y puños en alto.

Zoido comenzó su pontificado en Interior regresando a Sevilla a los dos minutos para asistir a una celebración religiosa ante el Gran Poder en la Catedral, cuando la Guardia Civil, precisamente esos días, estaba en jaque en Alsasua después de que varios agentes hubieran sufrido las agresiones de unos bárbaros, unos hechos por los que la Fiscalía pide 50 años de cárcel para los autores al apreciar delitos de lesiones terroristas.

Y Zoido se vino a Sevilla, en plena crisis catalana, para presidir la entrega de las medallas de la festividad de la Policía Nacional. Como lo peor está por llegar, en Sevilla le tenían preparada una suerte de emboscada, pues alguien se preocupó de comprobar las identidades de los agentes condecorados por Zoido. Entre ellos figuraban varios policías locales que habían ejercido como sus escoltas en sus cuatro años de alcalde. De nuevo nadie le advirtió que resulta llamativo que un ministro del Interior galardone a sus antiguos escoltas. Es sabido cómo cuidaba Zoido a sus agentes siendo alcalde, incluidas invitaciones a mesa y mantel. Su pasión por esa micropolítica –llamémosla así– se conocía en Sevilla, todavía se recuerda y hasta fue admirada en muchas ocasiones. Sus aficiones por las políticas de corto alcance, de proximidad con el ciudadano, fueron su gran aval para alcanzar la cúspide municipal, pero ahora están siendo sus pies de barro como ministro del Interior en la coyuntura más delicada para España tras el 23-F, según la calificación del presidente gallego, Alberto Núñez Feijoó.

O la cuadrilla de asesores de diverso plumaje no sabe imponer sus criterios ni estrategias, o este rey no tiene nadie que sea capaz de decirle que está desnudo. Por la curia llega la lepra, advierte el Papa argentino. Los escoltas, para colmo, simbolizan a la perfección ese círculo de confort donde los políticos tienden a empadronarse con grave riesgo de perder la perspectiva. Hay aviones a los que no conviene subirse. Hay fotos que no deben hacerse. Hay veces que conviene no estar en Sevilla aunque solo sea, precisamente, para mantener la silla. Cataluña ardiendo y el ministro en la capital de Andalucía entregando medallas a sus anteriores escoltas es una secuencia letal. Acebes es la cara del 11-M. Zoido lleva camino de ser el rostro de un Estado incapaz de apagar el coloso en llamas que es Cataluña. Esto no se resuelve con tuits, ni almuerzos para agradar a los escoltas, ni abrazos por doquier. Esto es política de altura. Y la altura no se consigue por mucho que uno se suba a un avión. Un ministerio no es un ayuntamiento. Ytodos comprendemos que cambiar la melva por la sobrasada no es plato de buen gusto.

El comercio cangrejea

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 03/02/2014.
Hay calles malditas con locales malditos en los que el rosario de negocios caídos está en la memoria colectiva. Hay calles traseras, con aspecto de traseras, olor y hedor a traseras y estética de contenedores destapados y gatos rabiosos en las que nadie sabe cómo hay bares y tiendas que triunfan. Estos negocios llevan años abiertos y con una demanda de clientes considerable a pesar de estar ubicados en calles donde todas las puertas parece que son la de atrás. Hay grandes avenidas por las que pasan miles de peatones a la hora, pero donde no se vende un bollo por más pizarras abatibles que el dueño coloque en la vía pública como mojones en una carretera comarcal. En años de crisis y en cuestiones de comercio se cumple el aserto de que los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Madrid y Barcelona arrasan. Y en particular, las principales calles de Madrid y Barcelona son las que engullen las posiciones de privilegio del ránking nacional. Entre las dos grandes urbes se llevan los ocho primeros puestos. Para Valencia queda el noveno con la calle Colón. Y Sevilla ha estado a punto de abandonar el top ten por primera vez, donde se agarra al asidero del puesto décimo con Tetuán. Hemos cangrejeado como vulgares capillitas ¿La causa? Las grandes firmas se vuelven muy conservadoras, no asumen riesgos y prefieren apostarlo todo a las principales calles de los grandes núcleos de población. Son inversiones infinitamente más caras (entre 240 y 160 euros el metro cuadrado en alquiler) pero con una garantía mayor a la hora de asegurarse un retorno de la inversión. ¿Se entiende ahora que otras calles no levanten el vuelo? En Sevilla lo único que ha abierto en plena Plaza Nueva desde que estalló la crisis es un bar de montaditos y la adoración perpetua de San Onofre, donde monseñor Asenjo confiesa todos los lunes a primera hora. Con la desaparición de las paradas de Tussam se acabó el bombeo de clientes. En la mayoría de locales hay telarañas empadronadas. Mientras tanto todos los bajos de ese eje privilegiado de Tetuán, Velázquez y O’Donnell están ocupados, nutridos por el efecto llamada de los grandes almacenes, de las paradas de Tussam del Duque y de la recuperación hace ya dos años de la máxima penetración de autobuses urbanos hasta la Campana. Los atractivos turísticos permanentes también se apuntan como vitales para fortalecer el comercio, así como una oferta internacional de moda, lo que ayuda a la captación de las grandes firmas. Sevilla lo tuvo al alcance de la mano hasta pocos años, con una Plaza Nueva convertida en la gran milla de oro de esas primeras marcas de pasarela. Ahora sólo queda la firma tradicional de caballeros del también caballero O´Kean, que se acerca ya a los 60 años de apertura. Lejos, muy lejos, ha quedado Sevilla de tener alguna calle como el actual modelo barcelonés del Paseo de Gracia, donde rusos y japoneses navegan en el cuerno de la abundancia, libando carbónicos y jamando productos de gourmet.
El último informe de la consultora catalana de Jordá deja claro que cuanto mayor es la crisis, más notable es la fuerza de un número cada vez más reducido de calles. Ni el estar entre las 50 calles principales de España le sirve a la de Sierpes (puesto 37 con un alquiler de 70 euros al mes por metro cuadrado) para tener todos sus locales ocupados. La única alternativa es tener esa capacidad para oler el negocio en un local de calle trasera por mucho que los sesudos informes digan lo contrario. Que se lo digan al del adobo de Blanco Cerrillo. O a Javier Sobrino, donde el personal no tiene reparos en meterse en un pasaje y en bajar y subir escaleras para comprarse ropa aun habiendo establecimientos a pie de calle. Valor añadido, le llaman. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, por no alejarnos del espíritu de San Onofre. Mientras tanto los irlandeses de Primark siguen buscando posada en un centro comercial. Ni accesibilidad, ni fenómenos de concentración, ni lanzaderas, ni peatonalizaciones. El olor a adobo atrae mucho más que el selecto carbónico servido en altos vidrios. Y no provoca gases, si acaso acidez. Pero eso es ya otra historia.
SEVILLA, 03/02/2014.