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Los bares florecen como hongos

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2011 a las 13:34

Los bares florecen como hongos. Son los champiñones de la crisis. Calles tradicionalmente sin bares y plazas maravillosamente diáfanas sin mesas ni sillas han quedado convertidas a la nueva religión del consumo al aire libre en un plis plas. No hace falta consultar las fotos en sepia de la calles San Fernando y Albareda o del mismísimo Paseo de Colón para comprobar cómo se han terciarizado brutalmente determinados espacios urbanos que renacen como esa playa de Benidorm atiborrada de sombrillas pero con mesas, sillas y camareros driblando peatones. Cada día abren más y más bares. Donde menos se imaginaba, donde más imposible parecía. Donde había una oficina de Banesto junto al Arco del Postigo hay ahora un bar. Donde había una tienda de recuerdos en el Paseo de Colón se está montando una barra la misma mañana del primero de noviembre festivo. Donde había una camisería en Bailén, funciona ya una cafetería especializada en las tortas de Alcalá. Donde había una… Y siga usted mismo la retahíla porque seguro, segurísimo, que echa de menos aquella tienda de complementos o aquella entidad donde se hallaba el cajero automático de guardia. Ahora donde usted piensa hay un bar, con sus mesas, sus sillas, sus pizarras de colores para los güiris y sus camareros con el oficio por aprender.

Antes tenía usted un local y se frotaba las manos si llegaba el tío del banco ofreciéndole un traspaso. Encajarle su bajo comercial heredado a una entidad bancaria era como encontrar el Vellocino de Oro. Ahora que ya nos hemos acostumbrado a los veladores en la Plaza de San Francisco, que resistió más de 50 años libre de mesas y sillas, sólo nos queda la Plaza de Pilatos como espacio libre de paelladores y montaditos franquiciados. De las Zonas Acústicamente Saturadas, que son las ZAS que siempre recuerdan a la margarina de la infancia, habríamos de pasar a la concesión de Zona Libre de Veladores para espacios dignos de protección. La Plaza de Pilatos es un buen ejemplo de nuestro particular lince ibérico en versión urbana. ¿Se ha tropezado usted alguna vez con un lince yendo para Matalascañas o Sanlúcar de Barrameda? Rápido, piense en una plaza del centro de Sevilla donde no haya un solo bar. Y que no sea la de Pilatos… ¿Lo ve? Ocurre como con el lince.