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El velador como medida de poder

Carlos Navarro Antolín | 28 de enero de 2018 a las 5:00

 

ZONA DE VELADORES, RETIRADA GRÚA

DICE Monteseirín que en sus tiempos se arreglaban los casos de abusos de veladores recurriendo a don Juan Robles. Alfredo llamaba a su tabernero de cabecera, también presidente de los hosteleros por aquel entonces, y allá que iba el empresario a dar el toque a su compañero. O quitaba mesas, o el Ayuntamiento metía mano a todos por igual. La fórmula funcionó hasta que el avieso Zapatero sacó la Ley Antitabaco que mejoró nuestros pulmones y empeoró la vía pública. Zapatero llenó los veladores como Jesulín de Ubrique llenó las plazas. Pero ni la política, ni la calle, ni el toreo ganaron nada. Se fue Monteseirín y llegó Zoido. Los veladores, como las cucarachas, se multiplicaron. Ya no se recurría a don Juan para arreglar las cosas con la autoridad del patriarca. El gobierno dejó hacer con la coartada de la crisis. Se vivieron estampas de verdadero peligro, como un Domingo de Ramos con la calle Albareda taponada por las mesas, la bulla de público que trataba de avanzar en diferentes direcciones, los camareros alocados… Un caos consentido con el atrezo de pilas de platos sucios.

Los veladores son la nueva medida de poder, los tanques de la hostelería. Un bar sin veladores es como un establecimiento de nueva apertura sin tataki ni camarero lento en sus acciones y parsimonioso en el manejo de la aplicación digital. La que lían algunos con la maquinita para encargar un café y media tostada con jamón… Los veladores mandan como antaño mandaban las cofradías. Las vallas impedían antiguamente el tránsito con una leyenda certera: “Paso de cofradías”. Yahora acotan los espacios de aparcamiento, amenazan con pegar el telefonazo al tío de la grúa y advierten de la causa certera de la prohibición: “Zona de veladores”. Esto recuerda a la carretera que comunica Matalascañas y Mazagón, la que ardió el pasado julio, donde están los terrenos del Picacho a los que acude de vez en cuando el Rey para dirigir maniobras del Ejército. En esa carretera, de solo dos carriles y por donde pasa un lince cada 37 años, se repiten los carteles en el vallado metálico: “Zona militar”. Otrosí. En los años de la Transición se leía una pintada a la entrada de Virgen de Luján que daba la bienvenida al barrio de Los Remedios: “Zona Nacional”. Los carteles y las prohibiciones revelan cómo es la sociedad del momento, como lo reflejan los mercados, los cementerios y las listas de tapas. No hay nada como acotar una zona para veladores para que un sitio sea respetado.

Ahora no hay quien ejerza el papel de líder de los hosteleros. La sede está vacante. Quizás porque nadie tiene la influencia en el poder local y autonómico que Robles tenía con los gobiernos de Monteseirín y Chaves. El centro de la ciudad está cargado de esas zonas de veladores que hay que respetar. Veladores que embisten la Anunciación por donde el Cristo de la Buena Muerte recoge oraciones a deshoras, veladores que arremeten contra San Isidoro en la Costanilla dejando un olor a pizza la mar de agradable, veladores que afean la Casa de los Seises en Placentines, veladores que convierten Mateos Gago en una selva urbana, veladores que acosan fachadas… Antes se prohibía escupir, se prohibía el cante, se prohibía colocar a los niños encima de la barra, se prohibía dar conversación al chófer, no se admitían propinas y se advertía del perro peligroso. Guau. Antes se prohibía aparcar para no taponar una salida de emergencia, la trasera del Museo de Bellas Artes o de los teatros, y la zona de carga y descarga de unos grandes almacenes. Pero no una zona de veladores. En Urbanismo falta media hora para que las licencias se concedan con el vado adjunto para que cada hostelero pueda colocar –con todas las de la ley– la prohibición de aparcar incluso en las horas en las que la terraza no está instalada.

De la dejación de funciones del gobierno de la derecha –acomplejado para tomar decisiones como corresponde a la derecha actual– ocurren los desmanes de hoy. De aquellos barros de la crisis, del hacer la vista gorda y el dejar pasar la zancadilla de ciertos hosteleros a las ordenanzas, vienen estos lodos de los hechos consumados, del terreno ganado al mar de las aceras públicas y del ruido y la cochambre. Alfredo llamaba a Juan Robles. Juan Ignacio no llamaba a nadie. Y Juan Espadas limpia la Campana para que nadie le diga que no ha hecho nada.

Tabernero, saca tus veladores, exhibe tus poderes, pronto saldrá el sol y ni siquiera harán falta los calentadores. Ni un español sin pan, ni un bar sin veladores, ni un taxista sin mal humor, ni un cabify sin pedrada, ni una cofradía sin coronación, ni un político sin el lenguaje de género, ni un concejal de Ciudadanos sin la chaqueta estrecha, ni una calle del centro sin tíos pidiendo firmas que se cruzan como banderilleros al encuentro con el incauto viandante.

Los veladores son la medida perfecta de poder en esta ciudad en tiempos donde nadie gobierna, sino coordina. Nadie ejecuta, sino trata de consensuar. Nadie quiere decidir, sino alcanzar acuerdos. Y como usted ose discrepar, le mandan la grúa de lo políticamente correcto y se lo llevan al depósito. Por reaccionario. ¡Se sienten, coño, en un velador! Permaneceremos aquí hasta que acuda la grúa, municipal por supuesto. Tal vez sea mejor que acuda la grúa, mucho mejor, y no que le den a uno el bote en un taxi. La ciudad está condicionada por los taberneros y los taxistas. Y se quejaban del exceso de coronaciones… ¿Canónicas o pontificias? Perdona a tu pueblo, Señor. Que viene, que viene… la grúa. Doctor, en ocasiones veo veladores.

ZONA DE VELADORES, RETIRADA GRÚA

 

El barbero de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2014 a las 19:07

barbero
En Sevilla hay un Museo de Bellas Artes donde funciona a la perfección el aire acondicionado y hay estupendos bancos donde descansar. También hay cuadros, pero eso es uno de los grandes secretos de la ciudad. También la calle misma, sin aire acondicionado ni sombra, es todo un museo permanente de lo efímero, sublime contradicción en la ciudad de las contradicciones. Y de lo sublime. En un paseo cualquiera, cualquier día y siempre, por supuesto, entre bicicicletas, surgen lienzos a base de luces amarillas que conjugadas en armonía afloran el realismo mágico de cada mañana, mendigos que son verdaderos San Jerónimos modelados por el mismísimo Torrigiano, viandantes orondos sacados de la lidia de un toro pintada por Botero, gárgolas zoomórficas que parecen retratos de ciudadanos cotidianos… Sólo hay que adiestrar la mirada como el que halla formas en las sombras o caras en un charco que pierde la mansedumbre por una pisada. La calle es muchas veces una lámina hiperrealista, una galería de personajes velazqueños del siglo XXI, toda una bofetada contra la ortodoxia y el convencionalismo social, que el Arte no debe perder su condición transgresora, reivindicativa y de azote de conciencias. La calle pinta sus propios cuadros a la búsqueda de espectadores, aunque las prisas dejen la gran mayoría de estos lienzos sin público, como ocurre con los de la Pinacoteca, entregados en privilegio a los turistas y a un grupo selecto de sevillanos que caben en un eurotaxi. Hay cuadros de la colección efímera de la calle a los que sólo hay que redactar el rótulo. El que nos ilustra, pintado en el centro de la ciudad con la provocadora brocha de la improvisación, bien podría titularse ‘Hombre que se afeita en la vía pública en la Sevilla de los 250.000 parados”. Cuántas veces no parece Sevilla un salón gigante de peluquería donde los secadores son fulminantes y no dejan rastro de algunos que se pasaron el día en las galerías gráficas hasta antier, donde se cuchichea más que se habla, donde el rostro se esconde tras una revista del colorín, donde se mira tras el visillo y casi nunca de frente. Sevilla es muchas veces ese estereotipo de peluquería, de brocha y cuchilla en plena calle, una res que pierde la bravura de la competitivdad en el afeitado diario de sus pitones, en el silencio indolente de la ciudad que nada ve y todo lo mira. Aquí todos cuidamos la imagen (esquina con Alcázares) de tal forma que el mendigo se afeita a la luz del día y el pudiente se agujerea en privado los vaqueros para lucir estética de reina Letizia yendo al cine. Alguien se afeita en la calle y en un santiamén compone el mejor retrato de la actualidad, todo un Murillo del siglo XXI, confirmando que Sevilla cuida con esmero la sala de su mejor colección permanente. No hay que hacer cola en ningún teatro de ópera para ver a este barbero de Sevilla. Ni entrar en el Museo de Bellas Artes para contemplar los torsos desnudos de nuevos jerónimos penitentes. Los tiene Sevilla la mar de bien conservados en su museo más cuidado y renovado: las calles.

El comercio cangrejea

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 03/02/2014.
Hay calles malditas con locales malditos en los que el rosario de negocios caídos está en la memoria colectiva. Hay calles traseras, con aspecto de traseras, olor y hedor a traseras y estética de contenedores destapados y gatos rabiosos en las que nadie sabe cómo hay bares y tiendas que triunfan. Estos negocios llevan años abiertos y con una demanda de clientes considerable a pesar de estar ubicados en calles donde todas las puertas parece que son la de atrás. Hay grandes avenidas por las que pasan miles de peatones a la hora, pero donde no se vende un bollo por más pizarras abatibles que el dueño coloque en la vía pública como mojones en una carretera comarcal. En años de crisis y en cuestiones de comercio se cumple el aserto de que los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Madrid y Barcelona arrasan. Y en particular, las principales calles de Madrid y Barcelona son las que engullen las posiciones de privilegio del ránking nacional. Entre las dos grandes urbes se llevan los ocho primeros puestos. Para Valencia queda el noveno con la calle Colón. Y Sevilla ha estado a punto de abandonar el top ten por primera vez, donde se agarra al asidero del puesto décimo con Tetuán. Hemos cangrejeado como vulgares capillitas ¿La causa? Las grandes firmas se vuelven muy conservadoras, no asumen riesgos y prefieren apostarlo todo a las principales calles de los grandes núcleos de población. Son inversiones infinitamente más caras (entre 240 y 160 euros el metro cuadrado en alquiler) pero con una garantía mayor a la hora de asegurarse un retorno de la inversión. ¿Se entiende ahora que otras calles no levanten el vuelo? En Sevilla lo único que ha abierto en plena Plaza Nueva desde que estalló la crisis es un bar de montaditos y la adoración perpetua de San Onofre, donde monseñor Asenjo confiesa todos los lunes a primera hora. Con la desaparición de las paradas de Tussam se acabó el bombeo de clientes. En la mayoría de locales hay telarañas empadronadas. Mientras tanto todos los bajos de ese eje privilegiado de Tetuán, Velázquez y O’Donnell están ocupados, nutridos por el efecto llamada de los grandes almacenes, de las paradas de Tussam del Duque y de la recuperación hace ya dos años de la máxima penetración de autobuses urbanos hasta la Campana. Los atractivos turísticos permanentes también se apuntan como vitales para fortalecer el comercio, así como una oferta internacional de moda, lo que ayuda a la captación de las grandes firmas. Sevilla lo tuvo al alcance de la mano hasta pocos años, con una Plaza Nueva convertida en la gran milla de oro de esas primeras marcas de pasarela. Ahora sólo queda la firma tradicional de caballeros del también caballero O´Kean, que se acerca ya a los 60 años de apertura. Lejos, muy lejos, ha quedado Sevilla de tener alguna calle como el actual modelo barcelonés del Paseo de Gracia, donde rusos y japoneses navegan en el cuerno de la abundancia, libando carbónicos y jamando productos de gourmet.
El último informe de la consultora catalana de Jordá deja claro que cuanto mayor es la crisis, más notable es la fuerza de un número cada vez más reducido de calles. Ni el estar entre las 50 calles principales de España le sirve a la de Sierpes (puesto 37 con un alquiler de 70 euros al mes por metro cuadrado) para tener todos sus locales ocupados. La única alternativa es tener esa capacidad para oler el negocio en un local de calle trasera por mucho que los sesudos informes digan lo contrario. Que se lo digan al del adobo de Blanco Cerrillo. O a Javier Sobrino, donde el personal no tiene reparos en meterse en un pasaje y en bajar y subir escaleras para comprarse ropa aun habiendo establecimientos a pie de calle. Valor añadido, le llaman. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, por no alejarnos del espíritu de San Onofre. Mientras tanto los irlandeses de Primark siguen buscando posada en un centro comercial. Ni accesibilidad, ni fenómenos de concentración, ni lanzaderas, ni peatonalizaciones. El olor a adobo atrae mucho más que el selecto carbónico servido en altos vidrios. Y no provoca gases, si acaso acidez. Pero eso es ya otra historia.
SEVILLA, 03/02/2014.

Oropesa, el retrete de la Plaza del Salvador

Carlos Navarro Antolín | 19 de octubre de 2012 a las 5:00


Hay calles de la ciudad tan vivas a las que sólo falta respirar, calles que hablan, que encierran un significado, toda una semiótica, que despiertan instintos, sensaciones, recuerdos, emociones. Hay calles que vibran, por donde no pasa el tiempo o donde cierto tiempo se quedó estancando.
Don Remondo es la calle donde siempre es enero, donde el frío tiene su capilla de adoración perpetua. Sólo le falta un cartelito como en una antigua iglesia: Silencio, aquí se reserva todo el frío de la ciudad desde enero de 1998. Don Remondo es una foto de enero de picos gastados pegada en el álbum de hitos de la ciudad con tapas de terciopelo rojo sangre.
José de Velilla es la calle que despierta el hambre de adobo. Viene usted por Tetuán y Velázquez a mediodía y le llega una corriente de olor a boquerones del Blanco Cerrillo que levanta el gato interior que todo sevillano lleva dentro. Miau. Que alguno hay que tiene que pedirlo por raciones de la cantidad de felinos que tiene empadronados en el vientre.
Castelar pide una cofradía de negro bien estirada con amaneceres rotos, la Alfalfa una bulla cotidiana de barrio en pleno centro, Feria el caos del mercadillo que provoca división de opiniones y la Plaza de Doña Elvira pide el rodaje de la escena bíblica, expulsando los veladores y a sus mercaderes.
Las calles viven. Y las calles hablan. Sevilla por tener tiene hasta una calle con propiedades diuréticas. Pasa usted por la calle Cuna y en cuantito otea las escalinatas de Salvador le entran unas ganas terribles de orinar. Vamos, ni que hubiera ingerido 20 miligramos de Seguril como 20 concejales tiene cierto gobierno.
El orín es un río que no muere en la mar, sino que baja por la mismísima calle Cuna buscando la alcantarilla. El callejón de Oropesa es un meadero nocturno y diurno, de 24 horas como un cajero automático. Lo que se bebe en el Salvador se mea en Oropesa. Oropesa no es una inmobiliaria quebrada, ni un Parador en crisis, sino el retrete de la Sevilla del centro. El Salvador y Oropesa, hermanamiento posible en Sevilla gracias al pipí. En Oropesa se mea en soledad o en comandita, en la puerta del taller de joyería, en el escaparate de los trajes de novia o en la verja inútil que ha colocado el vecindario que soporta las noches de pipí y las mañanitas de zotal. En San Vicente se almuerza y se cena, en Oropesa simplemente se mea. Oropesa es el gran meadero de Sevilla, callejón sin salida donde sólo se escapa el orín. Han tenido que ponerle pañales a los caballos, pero a ciertos jacos de dos patas no hay quien se los coloque. Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son. Y hasta que el pueblo no mea, los callejones, callejones no son. Ponga otra de boquerones en adobo.