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El listón del alcalde

Carlos Navarro Antolín | 26 de diciembre de 2013 a las 5:00

INCENDIO EN CC LOS ARCOS, DIARIO DE SEVILLA/MANUEL GOMEZ
Termina el café y pregunta al camarero si le dejan fumar aprovechando su antigüedad como parroquiano. No hay nadie en el bar ni atisbo de clientela a deshora. Los taburetes están recogidos, las mesas apiladas y los baños fregados a la espera de la jornada siguiente. El camarero pasa la bayeta al tubo de calentar la leche, echa las cuentas y se hace el despistado de cuanto está oyendo. El protagonista rompe por fin a hablar.
“Mira, Juan Ignacio ha dejado claro que le basta la mera imputación de la Guardia Civil para echar a un alto cargo. Te aseguro que no lo dudó ni un minuto, la prueba es la rapidez con la que actuamos. Nuestro gran logro es la normalización de la vida municipal. Fíjate que hasta nos llevamos bien con los concejales del PSOE con los que algunos de los nuestros hasta han compartido mesa y mantel estos días. La poca acritud se queda en los Plenos y en casos aislados como el de la denuncia del piquetero Carlos Vázquez por las cuentas de la Davis, que no deja de ser la maniobra de un kamikaze. IU juega su papel y no deja de ser un grupo residual en la vida municipal, que hace más ruido por su pasado que por su presente o sus expectativas de futuro. Nosotros sabemos que al tercer año de gobierno pueden aparecer algunas grietas. Es lógico. En la oposición es fácil controlar a los concejales, estábamos los quince metidos en el mismo sitio y con las ocupaciones muy tasadas. Pero en el gobierno somos más, no compartimos dependencias, casi no nos vemos entre nosotros en el día a día y estamos cada uno gestionando un presupuesto famélico. Cuando el jefe nos convocó para echar a Joaquín, aquello parecía la salida de una cofradía de negro, todos callados y alguno hasta con la mirada baja, pero nadie dudó ni un minuto en que así se debía proceder. Te aseguro que el alcalde no le tenía especial cariño a Peña. No te niego que él lo nombró, eso es cierto, pero no era de sus favoritos, precisamente. El día que lo echó, el alcalde se puso a sí mismo el listón. La mera imputación de la Guardia Civil le ha bastado para quitarse de encima a un director general que, por otra parte, está por ver la verdadera gravedad de su acción, que yo creo que en lo de Joaquín no hay nada grave. Fíjate que los del PSOE no han dicho ni pío, nos ha salido todo bastante bien”.
Justo en ese momento escruta la posición del camarero. Agacha la mirada queriendo anunciar el comienzo de un nuevo capítulo en su monólogo. “Pero ahora nos tememos otra situación, o como diríais los periodistas, nos tememos un escenario mucho peor. ¿Y si un empresario ya ha implicado a un cargo público en su declaración ante la juez? Es lo que algunos de nosotros, con más reserva que otra cosa, nos preguntamos estos días de encuentros informales. El secreto del sumario está permitiendo al jefe ganar tiempo para tomar una decisión. Porque algún día se levantará ese secreto. ¿Dentro de un mes? ¿Tal vez cuatro? Si ese cargo público, elegido en las urnas, es imputado por la juez, no me cabe duda de que Zoido no tiene más remedio que cumplir con el listón que él mismo se autoimpone para seguir diferenciándose del gobierno anterior. Son los días en los que, como él mismo dice, se acuerda de lo exigente que fue con el gobierno cuando era líder de la oposición. Y tiene que ser consecuente. Serían ya dos los cesados. ¿Pero qué hacemos si sólo se trata de la declaración de un empresario que apunta a un cargo público y de ahí no pasa la cosa? ¿Qué hacemos con el listón? ¿Cómo nos defendemos si acabamos manchados por unos tejemanejes de la etapa anterior que no sólo no habríamos suprimido sino que, cuando menos, habríamos consentido? Nosotros hemos llegado al gobierno tras muchos años en la oposición, nos hemos encontrado las cajas vacías, hacemos unos presupuestos sin concesiones ni capacidad para tirar un sólo cohete. Solo nos queda presumir del mapping, de no llevarnos nada calentito y de ser ejemplares en la gestión del dinero público. No podemos permitirnos el lujo de que se nos meta en el mismo saco. Y tampoco podemos estar todo el día extirpando tumores. Estarás conmigo en que la extirpación debe ser una medida excepcional. El miedo que tenemos algunos es que haya que echar mano del bisturí más veces de las deseadas. En tal caso es que habríamos elegido mal a nuestros principales colaboradores. Y eso a algunos no nos gusta nada, eso ya de por sí es muy feo”.
Y el camarero advirtió que era la hora del cierre. Los taburetes se quedaron del revés encima de la barra. Olía a lejía.

El consejero y el Muguita

Carlos Navarro Antolín | 13 de febrero de 2013 a las 20:52

Miércoles de Ceniza, tiempo apropiado para el ayuno y la asbtinencia. El comedor con vistas al centro comercial y con perspectiva a la Giralda está vacío. O casi vacío. Sólo hay un comensal, encorbatado y con mangas de camisa. La chaqueta está colocada en la silla de al lado, como en los salones de celebraciones de las bodas. Se trata de un consejero de la Junta, llanero solitario de la hostelería de febrero. Un consejero modelo chaqueta voladora, como en las comidas de las hermandades de barrio. No para de usar el móvil. La batería se le agota, entrega el terminal y el cargador a la camarera para que lo enchufe donde pueda. La camarera se lleva el teléfono. Sobre la mesa hay un aperitivo de la casa de paté de perdiz y una botella de Muga de 50 centilitros. El consejero está solo, liba el caldo y mira al cielo limpio de cuaresma por el ventanal, convertido en un ascua de luz que anticipa primaveras. Tal vez canturrea aquello de adónde estaré Dios mío la próxima primavera, con perdón por la alusión celestial, que estamos en la Andalucía laica donde los mismos socialistas que se fotografian a los pies de cristos restaurados con fondos públicos, pegan la espantá como el demonio al ver el hisopo y el agua bendita en la nueva sala para atender a los niños enfermos de Andex. Imparables… en la empanada mental.

Llega otro camarero, saluda al consejero con el don y el usted por delante, tratamientos que no son apeados. El cliente es el cliente, como Dios y el Estado Laico mandan. El consejero solitario reclama una ración pendiente de jamón. “Ya se lo están cortando, don…” Pasa el tiempo. Qué sola la soledad del consejero… Continúa el teléfono cargándose. El consejero se levanta, acude hasta el enchufe donde está el teléfono, comprueba que no hay llamadas y retorna a su mesa. “Me trae otra de Muguita y una caña”. Que no nos falte de ná. Y en un plisplás es servida otra botella del excelso caldo de Rioja, tamaño nuevamente de 50 centilitros, y la cerveza solicitada para una compañía que no termina de entrar por la puerta. Llega el jamón en un plato del diámetro del sombrero de un picador. Y llega, por fin, la compañía esperada. El consejero ya no está sólo en el restaurante despoblado. Hay jamón, hay cerveza, hay Muguita recién descorchado, hay compañía, el teléfono está cargado y el maitre ya toma nota de las viandas. Comen fugazmente. Veinte minutos. Se van. ¿Alguien pidió la cuenta? Tal vez la luz cegadora de esta primavera nubló la escena. Es muy posible. Cuaresma, tiempo de ayuno y abstinencia. Pero del vino no dijo nada la Madre Iglesia. Ponga otra de Muguita. Muguita a Muguita… Imparables. Usted sí que sabe, don…