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El peligro del precio según mercado

Carlos Navarro Antolín | 28 de noviembre de 2013 a las 5:00

gerencia

En la vida cotidiana sevillana hay que temerle a muy pocas cosas. Pero es importante tener claro qué cosas son aquellas ante las que hay que agarrarse la cartera, cambiar de acera o silbar para liberar el miedo. Cuando el tío del chambergo deshilachado entra en el tranvía y comienza el discurso con el prefiero pedir antes que robar, fíjense cómo el personal sufre un repentino interés por la arquitectura regionalista del Alfonso XIII, la tardofranquista de los juzgados o la herreriana del Archivo de Indias (de Herrera el del Escorial, no el de la radio). Mientras el tío suelta la filípica de la madre que está enferma, el personal hace el estatuario sin quitar el ojo de la ventanilla. Hay que reseñar también la de gente que no tiene ventanilla y que cuando entra ese tío se mueve a buscar asiento en la otra punta del convoy, como si fueran en el AVE a Valladolid y acabaran de subirse en Puertollano. Otros peligros de Sevilla son los servicios de caballeros de ciertos grandes almacenes, donde siempre hay unos tíos que extrañamente tardan un mundo en hacer sus necesidades en el retrete. Hay que apuntar a estos tíos en la lista de las grandes esperas de la vida cotidiana por detrás (nunca mejor dicho) de esos usuarios de cajeros automáticos que se eternizan ante la ventanilla.
-Oiga, si no hay dinero, no hay dinero, déjelo ya… Que los últimos movimientos no cambian por más que lo intente.
Pues esos tíos de los urinarios de los grandes almacenes son siempre los mismos, de la muy antigua congregación de los mirones de Sevilla, blonda y mantilla. Hay mirones de obra, como hay mirones de retrete, verdaderos mirones de retrovisores afinados, así como quien no quiere la cosa; mirones que van del urinario al lavabo, del lavabo al calefactor, del calefactor al espejo, a la búsqueda de la mejor perspectiva… de la escobilla del váter.
Y otro de los grandes peligros son esas cartas de restaurantes con sus platos estupendamente explicados, hasta con subtítulos en inglés en plan ham croquet o fish salad, y sus precios perfectamente tasados con sus céntimos y su IVA. Hasta que, zas, llegan los mariscos o las carnes de esos animalitos que se crían con música para que relajen las carnes y, horror de los horrores, aparece la peligrosa leyenda: precio según mercado. O directamente su abreviatura: s/m. Toda una leyenda astifina, tanto o más que la del camarero que entona el peligroso “tenemos fuera de carta”, que suele convertirse en “fuera de precio”. Ni un solo camarero recita los platos fuera de la carta con las pedreas de los precios.
Recordaba la teoría hostelera del “precio según mercado” a cuenta de dos recientísimos casos en los que se han hecho o están a punto de hacerse contrataciones estrellas en tiempos de penurias. Hace unos meses ficharon en cierta institución muy peculiar a un ejecutivo con un sueldo propio del paraíso que prometen en esa casa a todo el que por allí se arrima, que se arriman bastantes. Y el prenda de turno que nos justificaba semejante fichaje galáctico de alrededor de 6.000 euros del ala al mes (con su cuadrilla de pagas extra) decía tajante y solemnemente: “Es que se le ha fichado a precio de mercado”. ¡Olé! Los mercados mandan. Y cómo mandan.
Esta semana mismo anunciaba la Gerencia de Urbanismo que se hará con los servicios de cuatro expertos para revisar el PGOU, que parece que el PGOU es como los principios de Groucho Marx, que si no gustan se cambian, mientras traiga la prenda en buen estado y el recibo de compra. Parece que el gerente de Urbanismo contará con cuatro grandes especialistas de la planificación y legislación sobre la materia procedentes de la calle, que parece ser que en las caracolas de la Cartuja no hay nadie que sepa de esas materias. ¿Y cuánto cobrarán los sesudos analistas? “Estarán remunerados de acuerdo con los precios del mercado”, dice el gobierno en una respuesta por escrito. Pues ya lo saben. La cosa va de estocada, como los langostinos fuera de carta, como la carne de los bueyes, como las ostras del gourmet. O como en el retrete de los mirones como se descuide un segundo. Estocada al canto… Cuando se alude al precio de mercado hay que hacer como la señora del tranvía cuando entra el tío de la madre enferma: agarrar el bolso. Que vienen los mercaderes del templo, nunca mejor dicho.