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Catedrales con interés

Carlos Navarro Antolín | 31 de enero de 2016 a las 5:00

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AHORA se entiende el reciente interés del Ayuntamiento sevillano, siendo alcalde Juan Ignacio Zoido aunque en muchos momentos no lo pareciera, por apropiarse del salmorejo cordobés, al que incluyeron en los catálogos oficiales atrapaturistas como plato típico hispalense. El salmorejo era el sonajero, la primera nave de la armada sevillana por hacerse con el patrimonio cordobés. Anda que no. El objetivo en realidad era la mezquita, con la que están obsesionadas las plataformas laicistas que tienen tanto tiempo libre que lo pierden en las colas del Registro de la Propiedad haciendo balance de todas las propiedades inmatriculadas por la Iglesia, esa vieja enemiga. La derecha sevillana no quería el salmorejo, que es de digestión pesada y pide almax como los palios cuando se mecen pidiendo Campanilleros. La derecha quería la mezquita, la misma que controla el Cabildo Catedral más rico de España. ¿Pero cuántos saben el dinero que maneja la deseada, que no la isla que avistó Colón en su segundo viaje, sino la pedazo de Catedral cordobesa visitada por ilustres personalidades mundiales? La mezquita, a efectos de generar y facilitar información, no supera los test de transparencia a los que se someten las administraciones para luego presumir de resultados o esconderlos como pelusas debajo del aparador. Ocurre como con Abengoa, otro ejemplo de opacidad en los días que vivimos apasionadamente. Los cabildos catedrales de España, que tienen su personalidad jurídica propia, su NIF y todos sus avíos, no están obligados a entregar sus cuentas a nadie. Hasta hay casos de obispos que reciben un simple resumen, pero sin entrar en muchos detalles, sin incluir los números reales de ingresos y gastos. El Cabildo de Sevilla ha sido pionero en presentar sus cuentas.

La Catedral hispalense mueve en torno a los nueve millones de euros al año. La de Córdoba supera de largo los diez. ¿Y los intereses financieros? Aquí arrasa el Cabildo de Córdoba porque probablemente sea la entidad eclesiásticas más potente de toda España. El Cabildo cordobés puede obtener intereses financieros por encima del millón de euros en varios ejercicios, mientras que otras entidades análogas, como el Cabildo Catedral sevillano, se quedan aproximadamente en 25.000; la propia diócesis de Córdoba en unos 300.000; y la Conferencia Episcopal entre 35.000 y 85.000 euros.

Se entiende que Sevilla quisiera penetrar en Córdoba más allá de la lanzadera, ¿verdad?. En Córdoba está la pasta. Los laicistas ven más allá de la arquería bicolor, muchos más.Se pirran por la caja registradora. Quien obtiene más de un millón de euros en intereses en solo un año es que tiene, por lo menos, para comprar unas cuantas toneladas de salmorejo. Por eso proponen una gestión compartida. ¡Yo la vi primero, yo la vi primero!

En Sevilla no hay problema, vivimos al día. La Diócesis está saneada gracias a la Catedral. Los números cuadran y no hay deudas. La Iglesia hace una ingente labor de caridad (del Baratillo) y, al menos, no se depende de los bancos. Trabajo ha costado. En los últimos 25 años ha entrado dinero con las enajenaciones de patrimonio: San Telmo y la antigua Escuela Francesa. En el actual equipo hay un ejecutivo diocesano que hace las funciones de ecónomo. En 2016 se aplica la segunda subida de sueldo a los sacerdotes, que aún así, seguirán recibiendo apenas 700 euros mensuales. Si se trata de transparencia, conviene subrayar que los curas de Sevilla siguen viendo el mileurismo en nómina como un metafísico imposible.

La Catedral de Sevilla es un modelo de autofinanciación gracias al turismo. Se lleva la fama y los premios internacionales. Publica sus cuentas y explica en qué invierte cada euro que recibe de los visitantes de pantalón corto, botellita de agua y camiseta. La Catedral de Sevilla ha convencido porque publica gran parte de sus cuentas y habitualmente difunde las obras de mantenimiento. Por eso las plataformas laicistas la desprecian, hacen la vista gorda, porque saben que la cera que arde da para pocos juegos de artificio. Tan sólo se fijaron en la Giralda por lo simbólico, para ganar algún titular llamativo, cuando el alminar forma parte de la Catedral conjunta e inseparablemente, como los antiguos dominicales de prensa. No hay grandes reservas puestas a rentar, no hay salmorejo. Los grandes dineros de la Iglesia no ya andaluza, sino española, están en Córdoba. Su destino: obras sociales. No hay duda. Pero como en Abengoa: llevan años sin decir nada, sin explicar los criterios de disposición de los fondos, sin someterse a test de transparencia.

Cuando se publicó que los mil millones de pesetas que el Arzobispado recibió de la Junta de Andalucía por el palacio de San Telmo fueron destinados a un fondo de alta volatilidad (Open Found, del BBVA Privanza), se disparó el morbo por preguntarle sobre la cuestión al entonces arzobispo Amigo. Monseñor zanjó la polémica a alegar la parábola de los talentos. Fin de la cita, que decía uno que anda estos días yendo a todos los platós de televisión a los que debió acudir hace cuatro años.

No salir nunca en una foto genera desconfianza. No explicar cuánto dinero se recauda ni a qué se destina, genera deseos de fiscalidad. El día que pedimos perdón por apropiarnos del salmorejo, perdimos metas mayores. La clave estaba en la Catedral, una Catedral con mucho interés. Ni la montaña hueca sevillana, ni los obispados andaluces, ni la Conferencia Episcopal que sale en los telediarios, ni las hermandades sevillanas de relumbrón… La clave está en el salmorejo, que algunos se lo quieren jamar sin haber siquiera ayudado a majar el pan y el ajo. Si por algo le decían el tesorero de Dios a don Miguel Castillejo, aquel presidente de CajaSur que colocó a media Córdoba. Ymientras aquí, pleiteando por tener siempre un cardenal. Vanidad hispalense. La gran Catedral está a golpe de lanzadera.
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Sevilla, capital por fin de algo serio

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2015 a las 19:15

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SEVILLA es proclamada capital de tantas sandeces a lo largo del año que está muy bien que al menos, por una vez, lo sea de algo tan serio como el Domund, gracias al cual se financia especialmente la labor de los miles de misioneros católicos repartidos por todo el mundo. El calor, las tapas, el fútbol europeo, la peatonalización, las casas regionales, el socialismo español, los frikis sin fronteras, no digamos los veladores y otras tantas materias, sostienen apócrifos títulos de capitalidad que surgen como efímeros champiñones todo el año, ya sea con intereses comerciales, periodísticos o políticos. Hasta hemos sido alguna vez la capital de la corrupción y lo somos del desempleo de forma perenne. Todo menos hacer uso del título de capital de Andalucía, título aprobado en el Parlamento en junio de 1982, no se vayan a molestar los vecinos del mapa.

La Conferencia Episcopal, ese órgano que de vez en cuando sale en los telediarios con señores de negro que rezan de pie con un librito, se trae a Sevilla las jornadas anuales que darán a conocer a toda España cómo se parten la cara en todo el mundo los misioneros, mil de ellos andaluces. El Domund es para el imaginario colectivo la hucha de un niño y un cartel de color chillón que colisiona cada otoño con la estética de la reja de la Puerta de los Palos de la Catedral. El Domund suena al padre Martín Clemens dejando la comodidad del cirio escolta junto al Cachorro para irse largo tiempo al Perú a vivir otros Viernes Santos. Los misioneros son los grandes activistas de la Iglesia Católica, la fiel infantería que ocupa siempre las primeras posiciones de la caridad y cuya labor casi siempre tiene el silenciador evangélico de la mano derecha que ignora la ayuda que ofrece la izquierda.

Baste un ejemplo. Cuando en 2010 se produjo la tragedia de Haití, un alto representante de las misiones envió un mensaje a varios medios de comunicación con eco nacional ante la oleada de apoyo económico y la ingente cantidad de voluntarios desplazados hasta la isla caribeña, muchos de ellos ofreciendo su ilusionado testimonio mochilero antes de subirse al avión en Barajas. El mensaje privado era muy directo: “Agradecemos enormemente el dinero y las manos que nos llegan. Nosotros, los misioneros españoles, ya estábamos aquí antes del terremoto, seguimos aquí recibiendo con alegría tanta ayuda, y aquí seguiremos también cuando todos se hayan ido, cuando cesen las aportaciones periódicas y cuando ya no se hable de Haití”. Nadie aprovechó la oportunidad que se brindaba para elaborar informaciónde calidad sobre la labor de los misioneros, cuyo testimonio hubiese sido quizás enormemente valioso para tener conocimiento directo de los problemas del país. Claretianos, salesianos, paúles, oblatos de María Inmaculada, misioneras de la Inmaculada Concepción… Siguieron en el afán de cada día sin las luces de los focos. Nunca las han buscado, tampoco las han rehuido.