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La función social de la máquina de quitar la cera

Carlos Navarro Antolín | 25 de abril de 2014 a las 19:52

Qué maravilla cómo funcionan las cosas en Sevilla… de Semana Santa. En la ciudad en la que lo provisional es eterno, la cera de Semana Santa se recoge en un santiamén. ¿Ha visto usted los palcos? Ni un tubo queda desde el martes mismo después de Semana Santa. Dicen las malas lenguas que es para que el tío del Laredo que perdimos pueda recuperar el pleno dominio de la plaza con sus veladores. Ni 48 horas después de entrada la Soledad de San Lorenzo quedaba una loneta, ni una silla de enea, ni un muérdago navideño de los que ha puesto este año el Consejo de Cofradías. Y ya estaban todos los veladores en correcta formación. Una retirada perfecta ni soñada por el ejército más disciplinado. Y los vinilos de la Fundación Cajasol que han adornado este año las traseras de los palcos se los han llevado los cacos a lo divino como se llevan los nazarenos rebeldes las flores de los pasos en cuantito entra la cofradía.

-Hermanos, respeten los claveles de la Virgen que son para llevárselos a los hermanos difuntos.

Ni rastro de la Semana Santa en la ciudad que piensa todo el año en la Semana Santa. Como un sueño, como una pesadilla donde las sillitas plegables, los veladores y otros obstáculos persiguen al cofrade atormentado. Y cuando despertó, la sillita plegable seguía allí, en la esquina de Velázquez con Rioja desde una hora antes de que pasara la Canina, porque aquí han hecho espera hasta para la Canina.

-¿Tiene usted algo en contra la Canina? Intuyo guasa de la mala.
-Nada, todo lo contrario; si estoy por hacer una asociación de amigos de la Canina, con capas blancas como los tíos esos a los que no les dejan ingresar en la Real Maestranza y se inventan su orden nobiliaria, pero en plan orden mayor de los canineros de Sevilla.

En ese quitar de la vista el árbol de Navidad el mismo 6 de enero por la noche para que no se noten las fiestas, Sevilla sólo consiente tras Semana Santa el duelo de alguna mudá de regreso al almacén (triste representación itinerante del in ictu oculi) y las palmas mudas que, huérfanas ya del fondo de damasco, se quedan todo el año en el balcón y van perdiendo el brillo del dorado al igual que van cayendo hojas del calendario. El ennegrecimiento de esas palmas revela lo lejos que va quedando la Semana Santa que anunciaron y proclaman lo próxima que se otea en el horizonte la que ha de venir. Ni la cera en el suelo le gusta al sevillano. El chirriar de los coches al pasar por una calle con cera es todo un canto a la melancolía, para muchos una especie de irritación en el alma. Por eso Sevilla tiene la máquina de quitar la cera, con la que Lipasam desarrolla esa función social de la que ahora presumen las empresas comprometidas. Lipasam nos hace más llevadero el duelo quitándonos los lamparones de nostalgia que son los chorreones de cera tiniebla, amén de evitar los costalazos de los motoristas que dejan tiesa la cuenta del seguro de responsabilidad de la Gerencia de Urbanismo. Una máquina que deja la Semana Santa en el sitio donde debe estar así que entra la Soledad: en el altillo de la memoria. Donde nunca se pierde.

Conjunción planetaria: el Ateneo, el Consejo… y Javier Arenas

Carlos Navarro Antolín | 5 de diciembre de 2012 a las 18:16

Hay armas que las carga el cojuelo y coincidencias que la socorrida ironía del destino no es capaz de mejorar. Anoche se celebró la proclamación de los reyes magos, aquellos que fueron nombrados al fresquito de los aires acondicionados del verano. Ya se sabe que en esta ciudad los Oscar de la cabalgata se reparten en julio y la portada de la Feria se elige en agosto, para que luego haya largones porque los libros de los escolares se ponen a la venta un mes antes del inicio del curso, largones con cocodrilos en los bolsillos para pagar los libros pero que se pelean en la barra de Los 100 Montaditos por convidar a los amigos bajo la mirada agresiva de la parienta que ya te enterarás cuando lleguemos a casa. Pues tras el peñazo de los discursos oficiales, los reyes se organizaron su canapé particular en distintos restaurantes de postín, que eso de jamar de Bollullos, pagándose cada uno lo suyo, está estupendamente. Como los guantes Pinos, es divino. En una de esas cuchipandas estaba Melchor trabajando el caballito de jamón cuando se sumaron a su velada el presidente del Ateneo y el presidente del Consejo de Cofradías. Dos cabalgan juntos… Lo mejor viene cuando en ese mismo restaurante se encuentra también Javier Arenas, pero en otra sala, conste en acta que después vienen los problemas. Menuda conjunción planetaria: el Consejo de Cofradías, el Ateneo y… (redoble de tambores) el incombustible y felino Arenas. Dios los cría y el caballito de jamón los junta. O los acerca, porque ya decimos que juntos no estaban exactamente. Los clientes de la barra no salían de su asombro cuando vieron salir del restaurante a Alberto Máximo Pérez Calero y a Carlos Bourrelier. Mucho menos cuando a los tres minutos abandonó casualmente el local el factótum del centro derecha andaluz: Arenas para el público de a pie, el Arenas para los antiguos del partido (exclúyase a Albendea, que es hombre refinado en el trato y no antepone artículo a nombre propio) y simplemente Javié para los allegados. Javié para arriba y Javié para abajo, que a ver cuando a Javié me lo hacen ministro y deja vivir a las criaturitas de San Fernando (la sede, no el cementerio) que este hombre no para, que es de Duracell y que cada vez que se deja retratar con Griñán, oh casualidad, sube el precio del pan en el partido. Pues quedóse el restaurante despoblado y sin el lustre de tan reales pavos cuando se oyó una de esas sentencias que merecen lápida y cortinilla descorrida:
-Compadre, el que peor futuro tiene de los tres que han salido no es precisamente Arenas… Esta vez te digo yo que no.
-Qué razón tienes. Lo de Javié tiene arreglo. Pero lo del Ateneo y el Consejo… es para decirle al dueño que cuente si le faltan cubiertos.