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Las cenizas de hoy

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2014 a las 11:19

RAMAS DE OLIVO ARDIENDO PARA CONVERTISE EN CENIZAS FOTO RUESGA BONO
Aquellos maravillosos años había parejas de recién casados que en un plisplás llevaban un tren de vida propio de economías consolidadas. Ni pasaban por el trámite del alquiler, directamente a la propiedad. Ni el viaje por carreteras nacionales, directamente al avión con aterrizaje en destinos exóticos, tan exóticos que algunos presumían de haber estado en lugares donde no se permitía el pago con tarjeta. Mucho mejor cuanto más lejos fuera el periplo. La mesura sólo merecía el desprecio de una mirada por encima del hombro. Todo debía estar condicionado por una velocidad de vértigo. Con 30 ó 35 años se alcanzaban estatus que a la generación anterior le había costado llegar más de cincuenta años en el mejor de los casos tras sacrificios, ahorros y administraciones diligentes. Todo era posible. Todo era sólido. Todo cuanto ocurría alrededor invitaba a subirse a la noria, a entrar en el cuerno de la abundancia, a hablar, pensar y escribir con tramos de ceros. La borrachera era duradera y estable. El sueño de todo borracho: no conocer la resaca.
Las cajas de ahorros tenían testaferros a los que entregaban millones de euros para ir señalando solares, hombres de paja que ahora vivaquean escuálidos por la calle; las fundaciones se multiplicaban al amparo de la perfecta coartada de la responsabilidad social corporativa, pedir el DNI en una notaría era poco menos que una grosería que enlentecía el tráfico jurídico y la CEA era vista como el sueño americano, la cúspide de una pirámide robusta y la representación del verdadero poder fáctico a cuya melodía de flauta acudían todos los roedores de langostinos previa rendición de culto al faraón y a su Anubis. Hoy al secretario general de la patronal lo han zarandeado a las puertas de los juzgados cuando antaño lo recibían con olivos en todos sus destinos. Hoy hay un nuevo preso en la cárcel que antaño levantaba trofeos. Hoy hay esquelas que son un grito de Munch, de las que, en elocuente paradoja, todos hablan y todos callan a la vez. De la hoguera de las vanidades quedan rescoldos de ceniza que tienen la música de la esquila que sigue anunciando caídos.
Dicen que España ha iniciado la senda de la recuperación cuando la ciudad se estremece porque siguen cayendo los cascotes de ese glacial con el que hasta hace poco se ensimismaba. Y de pronto ha entrado el miedo en los cuerpos, la jindama, el deseo de retornar a la prudencia perdida, de volver a circular a aquella velocidad pausada que era despreciada con la altivez propia del pobre harto de pan, a hacer las cosas despacio, al ritmo que marca la prudencia y desaconseja la codicia, a reconstruir los cimientos de la vida cotidiana con los ladrillos de los valores de siempre, a bajar de los altares a los falsos dioses, a la despreciada cultura del esfuerzo y la moderación, a ofrecerle notoriedad a quien de verdad hace cosas sustanciales, a taponar las chimeneas por las que se escapa tanto humo venteado por los agentes de la ficción, a no firmar los expedientes de dinero público sin mirar la letra pequeña, a volver en fin al espíritu de Mañara y la lección de Valdés Leal…. Aquellos nombres elevados a la cúspide en las tertulias, en charlas de café o en simples encuentros a pie de calle, aquellos nombres presentados como valores seguros, con marchamo de éxito incontestable, como referencias sólidas y de trayectorias infalibles, aquellos gentileshombres de la sociedad aupados a las carrozas y exhibidos en los murales de la vanidad, aquellos nombres de prestigio siguen desprendiéndose como arena de Catedral vieja, ligados a destinos fatales, a la misma cárcel o a la diáspora del olvido, mientras el futuro aparece como un callejón vacío, oscuro y con la sola presencia de un gato arisco que en su apresurada huida derriba un cubo cuyo estruendo nos dispara la angustia interior, nos retrotrae a la búsqueda del dormitorio paterno y nos obliga a dejar de una vez el oro de la Visa para los atletas aplicados.

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.

Los restaurantes clandestinos

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2012 a las 20:10


Con la crisis rebrotan una serie de actividades muy interesantes, negocios perdidos u oficios en desuso. La crisis agudiza el ingenio de los cinco botellines en el cubo o del llévese usted la botella de vino que ha descorchado para ronear ante sus invitados y se la termina en su casa con una tapa de queso. Hay familias de las llamadas bien que recuerdan cómo salieron adelante en los años ochenta gracias a esa madre coraje vendiendo joyas por las casas de sus selectas amistades, catálogo en mano y con el orgullo alto. O montando la boutique de turno. O dando clases del manejo del robot de cocina, hoy llamado thermomix. Con discreción y con toda dignidad, la cabeza de familia pulsaba los timbres de los hogares, se metía en el recibidor y desplegaba los últimos modelos de collares, pendientes, esclavas y gargantillas. Y visita a visita iban entrando algunas perras en esa maltrecha economía casera por el fallecimiento del padre o por una desgracia sobrevenida en la empresa familiar por culpa de un hermano trincón.
Las señoras de hoy no venden joyas, pero han hecho de sus grandes casas, con sus extensos salones con vistas al Casco Antiguo o al Aljarafe y sus numerosos aseos, selectos restaurantes en los que dan de comer a una clientela que procede, una vez más, de sus muchas amistades cultivadas en los años de bonanza. Sólo tiene usted que avisar por la mañana y saber la dirección. No hay anuncios ni publicidades, pues no deja de ser un mercado negro del menú al que ya quisiera hincarle el diente el ministro Montoro. Funcionan con el boca a boca y así les va bien. Les llaman ya los restaurantes clandestinos. “¿Quiere que le prepare unas lentejitas o unas albóndigas? Si es para alguna celebración podemos encargarle gambas”. Y la señora, de apellido de rancio abolengo y exquisita educación, le pondrá de almorzar en un ambiente de absoluta tranquilidad y confidencialidad. Tal vez coincida en la mesa de al lado con un aristócrata venido a menos, con un empresario conocido o con alguno de esos niños bien que sus padres han dejado en el agosto sevillano para hincar los codos que no hincaron durante el curso. Puede comer la mar de a gusto desde los 20 euros, atendido con unas formas ya perdidas y metiéndose hasta la cocina de una casa de tronío de la ciudad, sin necesidad de la pastilla de almax y con unas vistas envidiables.
En uno de estos restaurantes clandestinos ya se ofrece hasta la posibilidad de tener un pase de cine privado los martes y domingos. ¿A quién le extrañan estos nuevos negocios? Es una forma de sacarle partido a la agenda y a esas casas de 500 metros cuadrados de los años de vino y rosas, imposibles hoy de colocar a un incauto comprador. Antes eran las joyas, ahora son los guisos. Los guisos…y la intimidad misma de un hogar lo que se ofrece. Hasta en el selecto Aeroclub de la Avenida de la Constitución tienen los socios ya la posibilidad de hacerse su propio plato, que para eso han puesto un hermoso horno en el sótano.

Los bares florecen como hongos

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2011 a las 13:34

Los bares florecen como hongos. Son los champiñones de la crisis. Calles tradicionalmente sin bares y plazas maravillosamente diáfanas sin mesas ni sillas han quedado convertidas a la nueva religión del consumo al aire libre en un plis plas. No hace falta consultar las fotos en sepia de la calles San Fernando y Albareda o del mismísimo Paseo de Colón para comprobar cómo se han terciarizado brutalmente determinados espacios urbanos que renacen como esa playa de Benidorm atiborrada de sombrillas pero con mesas, sillas y camareros driblando peatones. Cada día abren más y más bares. Donde menos se imaginaba, donde más imposible parecía. Donde había una oficina de Banesto junto al Arco del Postigo hay ahora un bar. Donde había una tienda de recuerdos en el Paseo de Colón se está montando una barra la misma mañana del primero de noviembre festivo. Donde había una camisería en Bailén, funciona ya una cafetería especializada en las tortas de Alcalá. Donde había una… Y siga usted mismo la retahíla porque seguro, segurísimo, que echa de menos aquella tienda de complementos o aquella entidad donde se hallaba el cajero automático de guardia. Ahora donde usted piensa hay un bar, con sus mesas, sus sillas, sus pizarras de colores para los güiris y sus camareros con el oficio por aprender.

Antes tenía usted un local y se frotaba las manos si llegaba el tío del banco ofreciéndole un traspaso. Encajarle su bajo comercial heredado a una entidad bancaria era como encontrar el Vellocino de Oro. Ahora que ya nos hemos acostumbrado a los veladores en la Plaza de San Francisco, que resistió más de 50 años libre de mesas y sillas, sólo nos queda la Plaza de Pilatos como espacio libre de paelladores y montaditos franquiciados. De las Zonas Acústicamente Saturadas, que son las ZAS que siempre recuerdan a la margarina de la infancia, habríamos de pasar a la concesión de Zona Libre de Veladores para espacios dignos de protección. La Plaza de Pilatos es un buen ejemplo de nuestro particular lince ibérico en versión urbana. ¿Se ha tropezado usted alguna vez con un lince yendo para Matalascañas o Sanlúcar de Barrameda? Rápido, piense en una plaza del centro de Sevilla donde no haya un solo bar. Y que no sea la de Pilatos… ¿Lo ve? Ocurre como con el lince.

La fuga de talentos

Carlos Navarro Antolín | 3 de diciembre de 2010 a las 12:19

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Zoido se encerró ayer con alumnos de Económicas y Empresariales en un foro promovido por los cachorros de Nuevas Generaciones, luego el viento soplaba a favor de querencia, aunque el público resultó muy variopinto como se pudo deducir de diversas intervenciones (y de la ausencia casi total de pelo engominado). Más de dos horas dieron para mucho. Hubo debate de verdad, del que se suele celebrar cuando ya no hay periodistas en la sala. O el personal cree que no lo hay. Los jóvenes se expresaron sin tapujos, lamentando que han sido engañados en cierta forma porque en sus casas les instaron a hacer una carrera universitaria y ahora resulta que la carrera no garantiza ningún porvenir. Sólo uno levantó la mano cuando la mesa preguntó cuántos de los presentes estarían dispuestos a fundar su propia empresa al terminar la carrera. ¡Y eso que era la facultad que era!

La fuga de talentos, marca de la casa hispalense, continúa a una gran velocidad como pudo comprobar el aspirante del PP a la Alcaldía, especialmente cuando un joven recién salido de las aulas realizó todo un relato de su vida con el siguiente eje: “Soy ingeniero industrial, hablo dos idiomas perfectamente y en breve me voy a tener que ir de Sevilla. ¿Sabe usted lo peor? Lo peor no es vivir fuera, que ya lo hice un año en Inglaterra, lo peor es que sé que ya no volveré salvo en Navidad”. Otros se quejaron del paro creciente que hay en el gremio de los odontólogos, aprovechando la presencia del presidente del colegio profesional, Luis Cáceres, quien no se anduvo por las ramas en su exposición al denunciar que el Estado no regula la profesión en función de la verdadera demanda de plazas, así como que los miles de odontólogos sin empleo están condenados en el mejor de los casos a trabajar como asalariados, pues montar por su cuenta una consulta supone un desembolso entre 150.000 y 200.000 euros en el supuesto más económico. “Nos gastamos un dineral en universidades para formar odontólogos que luego no van a poder trabajar como tales”.

Terminó el acto después de un sesudo debate sobre el papel de los bancos, la inutilidad del ICO y la impotencia de las cámaras de comercio por ayudar a todos los jóvenes emprendedores. Uno de los recién licenciados se acercó ya en privado al candidato: “Me he criado en una casa de izquierdas, de lo cual estoy muy orgulloso, pero sepa que yo a usted le votaré antes de irme definitivamente de Sevilla”.