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Una sociedad sin maestros

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

Personaje

EN esta sociedad no hay ya maestros, ni modelos de conducta, ni creadores de escuela. Así lo lamentó el letrado Jesús Bores en el homenaje póstumo al catedrático Alfonso de Cossío celebrado en el Colegio de Abogados, uno de esos actos que combinan las anécdotas con el análisis minucioso de la dilatada trayectoria de un personaje y en los que, por lo tanto, nadie se remueve en la butaca a los cinco minutos como suele ocurrir en los pregones, ceremonias de ingreso en las academias, meditaciones de luz baja y otras disertaciones muy apropiadas para terapias de una clínica del sueño o para tutoriales sobre cómo elaborar pestiños. Para que haya maestros tiene que haber un reconocimiento previo de autoridad. No es que la sociedad no admire ya a nadie, don Jesús, es que la autoridad en todas sus acepciones está en crisis. A nadie se le concede autoridad como no se ceden los asientos a las personas mayores en un el tranvía, próxima parada Archivo (sin Indias). La falta de autoridad y la degradación de la convivencia urbana, causas verdaderas de episodios como los de la Madrugada, se aprecian en la vida cotidiana cualquier día del año. No hay que esperar la llegada de las fiestas mayores para reconocer nuestras miserias. Hay ejemplos menores como los hay de peso.

La cuenta oficial del Arzobispado en las redes sociales informa, por ejemplo, del fallecimiento de un “compañero sacerdote” en lugar de un “hermano sacerdote”. El otro día se asombró gratamente un conocido personaje sevillano cuando un viandante lo paró por la calle, le felicitó por su labor y se despidió con un “que Dios te bendiga”. Las referencias celestiales en las despedidas en sus distintas modalidades (“Quede usted con Dios”, “Vaya usted con Dios” o simplemente un “con Dios”) actúan como un lubricante en las relaciones sociales con independencia del credo, pero han sido sustituidas la mayoría de las veces por un terrible y desahogado “venga” cuando no por un vacuo “nos vemos”. El “venga” impera incluso por encima de correctísimas modalidades laicas para decir adiós. La gente va a un funeral o a un responso en mangas de camisa o en bermudas. El calor todo lo justifica. El calor es la gran coartada para la relajación de ciertas formas mínimas.

La autoridad la han perdido también, por supuesto, muchos agentes de la ídem. Hay policías que tutean a los ciudadanos, se dirigen a ellos con las gafas alzadas sobre la frente, mascando chicle, con barba descuidada de tres días o, aún peor, se refieren a la gente que quiere cruzar la carrera oficial de Semana Santa con escaso cuidado del lenguaje: “Hay tres mil tíos esperando para pasar”.

Hoy no hay maestros porque la autoridad está en crisis, don Jesús. La docencia está degradada, como denunció el catedrático León-Castro en su discurso en el acto de homenaje a su maestro Cossío. A qué pocos hombres de raza se les oye hablar de su maestro con el cariño, respeto y admiración que lo hace León-Castro de Cossío, con quien además le unió una amistad moldeada con la cautelas y directrices marcadas por Cicerón: “La confidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva”.

La Administración ha degradado a los profesores, los ha igualado con los alumnos, los ha sometido de hecho a la evaluación periódica de sus púpilos situándolos temeriamente en el mismo plano, una suerte de populismo sordo que ha terminado por reducir la docencia a una prestación de servicios en el que los usuarios (estudiantes) califican a los proveedores de conocimientos (profesores). De los médicos se puede afirmar casi lo mismo. Vergonzosos para una población son los carteles que se difunden por los centros de salud estos días para clamar respeto para los galenos en una especie de campaña Por favor, no agreda a su médico. Si a la sociedad del momento se le conoce por sus prohibiciones, hemos pasado del “prohibido escupir” o “prohibido el cante”, al “prohibido pegarle al médico”, un retrato perfecto de la degradación de los valores denunciada por dos profesionales (Bores y León-Castro) que no son precisamente representantes de la Sevilla cavernaria, sino testigos directos y activos de la Transición en las filas y bajo el magisterio de quienes luchaban por abrir el camino a la democracia.

El hijo de don Alfonso de Cossío, por cierto, rogó que en la convocatoria impresa del acto no se tratara de don a su difunto padre. Simplemente pidió que se pusieran el nombre y su apellido. A los maestros de cualquier disciplina basta llamarlos por el apellido. No hacen falta más florituras. Sobre todo en una ciudad como Sevilla, en la que tan alegremente se otorgan los dones, como denunció León-Castro en su discurso. Y todo el mundo tutea a todo el mundo en la cotidiana estampida de mal gusto que nos tiene permanentemente cogidos por el badajo de la campana de San Cristóbal de la Giralda.

La otra Susana

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2015 a las 5:00

Sev.
Solo una macroencuesta interna con datos preocupantes podría explicar desde una perspectiva lógica el desbarre de la candidata del PSOE en el segundo debate. Pero nada indica que haya lógica donde todo apunta a que hay una cuestión puramente emocional e instintiva. Susana Díaz incurrió en varias desaplicaciones, que diría el chileno Cantatore. No dejará de ganar las elecciones el próximo domingo, pero el salto a Madrid se la ha puesto carísimo. Será la lista más votada en Andalucía, pero ha podido perder algunos puntos en ese voto sociológicamente conservador que no le hace ascos a una opción socialdemócrata, sobre todo en tiempos de caída en picado del PP y del auge de opciones como Podemos. El juego destructivo de la presidenta (con continuas interrupciones), la exaltación del ego que revela inseguridad (“La presidenta soy yo”) y el situarse por encima de los demás (invistiéndose como moderadora para conceder la palabra a su principal oponente), trufado todo con elevaciones de tono y con una gesticulación más propia de una tertulia en una asociación vecinal que de alguien con altura institucional, deja por los suelos la imagen que ella misma se había labrado con todo mérito durante año y medio. No se vio a la Susana consultada por el Rey en plena operación de relevo en la Jefatura del Estado. No se vio a la Susana embaucadora de empresarios y líderes sociales en foros de Madrid y Barcelona. No se vio a la Susana que recibe a Botín en San Telmo, o que improvisa buenos discursos en cenas de relumbrón ante personalidades de primera fila. Se vio, más bien, el perfil de aquella agreste estudiante que logró ser delegada de curso con el paso de los años tras varios intentos y a base de agarrar el micrófono y alentar a la masa. Se vio, más bien, a la Susana Díaz que se enojaba con los compañeros que no cumplían los acuerdos para hacer puente y seguían acudiendo a clase. Se vio, más bien, a la Susana Díaz de la distancia corta, aquella secretaria de organización implacable a la hora de poner orden en las filas internas o de tensionar a todo un gobierno local desde la sede del partido.

La tosquedad de la presidenta fortalece a Moreno Bonilla entre los suyos, lo que no es poco para un candidato que no generaba entusiasmo en sus propias filas. El líder regional del PP ha sido el primero en hacer aflorar a la otra Susana. A muchos socialistas sevillanos no les extrañó el perfil exhibido por la presidenta, unas formas desconocidas por la gran mayoría. Sí les chocó que ese perfil apareciera cuando menos falta hacía, cuando siendo la ganadora en todas las encuestas bastaba con mirar a la cámara, hablar de Andalucía sin necesidad de parecer la dueña de la región (ay, los políticos y su sentido patrimonialista de símbolos e instituciones) y sonreír una y otra vez. Los nervios, sobre todo semejante muestra de nervios, sólo se pueden explicar por disponer de una preocupante macroencuesta interna o porque de forma inexplicable ha retornado a los años de juventud, cuando agarraba el micrófono y aparecía ese tosco perfil que valió para ser delegada de curso, pero que puede ahuyentar cierto voto moderado y poner muy cuesta arriba la escalada a la Moncloa.