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La ciudad de Fernando

Carlos Navarro Antolín | 12 de agosto de 2018 a las 5:00

Eclipse de luna. Antonio Pizarro/Diario de Sevilla.

APENAS el tiempo de una primera nana con música de chicharra de agosto y con el sabor de dulces besos de bienvenida, apenas el tiempo de un Avemaría en los labios de una abuela para dar gracias por el alumbramiento, apenas el tiempo de poner el meñique entre tus minúsculos dedos para sentir el tacto de tu piel rosa, apenas el tiempo de unos prematuros y precoces achuchones, cuidados de capazo, ojitos cerrados. Fernando se ha ido fugaz, veloz, con el tiempo justo para ser Fernando, testimonio cierto de vida, con el tiempo preciso para dejar su huella entre los suyos, entre nosotros, una huella de patuco de miel, con ese amor limpio que brota de la verdad desnuda que son los recién nacidos. Su vida ha durado apenas el tiempo de una chicotá de la Virgen de la Esperanza, los cuatro zancos a tierra que Ella quiere bendecir a la criatura con su mirada; de un ir y venir de cualquier día y a cualquier hora, de un bendito plisplás en el que cabe, sublime contradicción, todo el amor y todo el vacío.

Apenas el tiempo de realizar cualquier actividad rutinaria, de las que se hacen cada día sin pensar, llevados por esa hermosa inercia de los actos de la vida cotidiana en la que todos le habíamos hecho hueco. Apenas el tiempo que se tarda en subir el puente de San Bernardo para buscar la presencia gozosa de la cigüeña, que ya sabrás, Fernando, que las zancudas aparecen por San Blas en los campanarios de Sevilla como lo hacen por la tierra de barros por donde tu sangre se hace extremeña. Apenas el tiempo que se dedica a dibujar el boceto del lienzo de tu vida, efímera existencia de color blanco donde todavía no caben baches de carboncillo. Apenas el tiempo que se emplea en modelar una nube de algodón dulce y rosa, que ahora, Fernando, tus algodones son las nubes de verdad, celestial parque de bolas para jugar, reír y saltar sin pensar en nada más, para imaginar garabatos en el aire y danzar en cualquier canasto de oro, y tus regalos serán los globos que mis hijos y tantos otros niños lanzan siempre para recreo de los querubines que en el cielo de Sevilla ya zascandilean contigo.

Apenas te ha dado tiempo de conocer tu ciudad y, fíjate, ya nunca te olvidaremos, santo inocente de este agosto, el tiempo en que todos huyen de Sevilla y, ay Fernando, Dios ha venido a por ti, precisamente a por ti, para acunarte en su regazo de noches frescas y amaneceres de espadaña, gorriones y cielos claros.

Apenas el tiempo de la procesión de la Virgen, sonrisa enigmática, palio de tumbilla y Niño Jesús calzado de oro, la Virgen que trajo el Rey Santo, patrón del que recibiste su nombre. Sale la Virgen, parto de nardos por la Puerta de los Palos, y se recoge tan fugaz que parece un sueño que a las pocas horas nos mantiene embriagados por las dudas. Y sabemos que todo fue cierto porque fue bello, que todo ocurrió porque fue auténtico, que todo fue verdad porque fue breve. Las cosas importantes en Sevilla siempre duran poco, como el tiempo de la Virgen en la calle, como tu existencia, Fernando, tus benditas horas con sabor a caramelo y melodía de tiernos gorjeos.

Apenas el tiempo para paladear tu presencia de nenuco, para saber que eres de los nuestros para siempre, cuando la ciudad es más ciudad porque hay más silencio y cuando huele al jazmín engarzado en las moñas tan efímeras y bonitas como tú. Apenas el tiempo que un mozo tarda en recorrer la cucaña y, zas, caer al río que nos lleva, que siempre nos conduce a la Sanlúcar de tu padre. Apenas el tiempo que un coche de punto tarda en abandonar el centro por la calle San José, adoquines, convento y San Nicolás al fondo, mientras el sonido de los cascos del caballo marca la distancia recta que conduce al arrabal de tus abuelos.

Apenas el tiempo, quizás, de un cambio de clase en las aulas de la Universidad donde se cruzaron las vidas de tus padres. Apenas el tiempo de una oración apresurada cuando el Señor busca ya la posada de su basílica en la noche alta, apenas el tiempo que tarda el sol en cobijarse en el horizonte de una playa del Puerto de Santa María, apenas el tiempo en que la luna flirtea con la Giganta con la imposible celestina de un eclipse, apenas el tiempo en que un vencejo se posa para hurtar las migas olvidadas en un velador, apenas el tiempo en que la noria de la vida tarda en subirte al trono y bajarte al cieno, apenas el tiempo que dura el dorado de una palma rizada en un balcón, apenas el tiempo que tarda en girar el torno de San Leandro cuando compramos yemas, o el de Santa Paula cuando vamos a por mermeladas y ofrecemos la mejor respuesta a un saludo de bienvenida: “Sin pecado concebida, hermana”.

Apenas el tiempo que tarda en pasar la cabalgata donde tú ya eres nuestro rey y nosotros los beduinos que mantendremos alegres tu recuerdo. Apenas el tiempo que tarda en despedirse la espuma blanca de las olas que se echan a morir en la playa de tu corta existencia. Apenas el tiempo que dura el cruce de miradas de la pareja que baila, o la manzanilla en dejarse caer por la venencia hasta la caña. Apenas el tiempo en que tardas en besar la mano de la Esperanza cada diciembre, apenas el tiempo justo en que los seises están estirados de puntillas cuando adoran a Dios.

Las cosas trascendentes de Sevilla están marcadas por el sello de la fugacidad. Escrito está que los niños no se mueren, nunca se mueren, son caireles que tintinean siempre a la vera del Refugio que alumbra tu barrio. Todo se compendia en tu pequeña vida de agosto, como toda la ciudad se concentra en el mes en que Sevilla es más Sevilla. Y Sevilla es ya para siempre la ciudad del niño Fernando.

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La ciudad eclipsada

Carlos Navarro Antolín | 29 de septiembre de 2015 a las 5:00

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Sevilla es una ciudad aliada de los eclipses, de la noche que vuelve pardos los gatos, de los contraluces, medias luces y apagones. A esta ciudad le sientan mejor las luces indirectas, de lámpara de pie, que las directas, de lámparas votivas que cuelgan del techo y se mecen con las brisas. La Sevilla de hoy soporta mal los baños de luz, que deja ver la piel de naranja de calles convertidas en abrevaderos, pero administra bien los restos de su belleza idealizada cuando se enrosca en el casquillo una bombilla de baja potencia. Los eclipses de luna maquillan la ciudad, ofrecen de ella la versión idealizada que cada cual ha ido forjando en el arcano de la memoria, y contribuyen a reforzar la gran verdad sobre Sevilla: su belleza habita cada día más en una recreación virtual y no en una realidad cuidada y mimada con criterio.

Sevilla está sentada en los veladores de la memoria, cuyo bisturí extirpa la gangrena de la arquitectura de tanatorio, siempre a la espera de una esperanza blanca que vaya más allá de las que salen de terciopelo y oro en una noche cada año más encanallada. Sevilla vive feliz en su mentira de postal, en su pasado exaltado, en sus ojos velados, en su ignorancia defensiva, en su carácter indolente, en su particular submundo que es en realidad su mundo cotidiano, en su olor a callejón trasero y frito recalentado, en su comercio globalizado y despersonalizado, en sus arranques de grandeza cada cien años, andanadas de ciudad mansa; en el usar y tirar con crueldad a políticos como pañuelos de papel. Vive feliz al viajar en el tranvía más corto del mundo, en el Metro que va por superficie, en el fuego cruzado de confrontaciones políticas, en un aeropuerto sin tren pero con mafiosos al volante y derecho a parada. Vive feliz en polémicas estériles de procesiones y tiros largos, venteando el humo del puesto de castañas de proyectos imposibles, oyendo el chuchú de trenes de la felicidad que nunca llegan a Santa Justa, recibiendo turistas de bolso en banderola y paella precocinada, perdiendo las horas, los días y las fuerzas en reformas de la carrera oficial, y soñando que del bombo de la lotería del Estado salga el Gordo de una nueva exposición, un nuevo sonajero agitado a conciencia, un nuevo señuelo que sirva para alimentar la conciencia colectiva de vivir en una urbe universal.

A Sevilla le sientan los eclipses como un traje a medida, proyectan la luz perfecta, de baja intensidad, que solo permite intuir la silueta, la forma, los contornos, los perfiles, las fachadas. No está la ciudad para mirarla cara a cara bajo lonas y al son de las corcheas, no soporta un primer plano de su rostro cotidiano. Mejor intuirla en el sonido de los cascos de un caballo, soñarla oliendo a jazmines, recrearla en la sombra fresca del patio de una casa señorial, vivirla en el escaparate de sus fiestas mayores, velar su sueño de dama revestida por la historia, abrigar su estado de continua esperanza, acunar los destellos de belleza aún conservada y oficiar en la intimidad el funeral civil de cada día por cada rincón adulterado, por cada negocio centenario cerrado, por cada árbol sacrificado en el altar del urbanismo duro, por cada interior de vivienda del XVII y XVIII derrumbado.

La gran verdad de la Sevilla de hoy no es que se nos vaya, como en una proclama manoseada de quien se limita a lanzar quejíos de poesías y versos fáciles. La gran verdad es que sobre una mentira prefabricada se levanta la arquitectura de su definición más ajustada: la ciudad eclipsada.