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Rajoy busca enganche

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

rajoyenganches

EL éxito de un acto en Sevilla es que se quede gente fuera de la convocatoria. A Rajoy le organizaron una cuchipanda el viernes por la noche en el Museo de Carruajes bajo el pomposo título de un encuentro del presidente del PP con la “sociedad civil andaluza”. El jefe del Ejecutivo se movió entre los enganches con esa parsimonia, esa serenidad y esa paciencia que son marcas de su heráldica particular. Daba la mano con la izquierda por una lesión en dos dedos de la derecha. Rajoy es la serenidad pura en un corrillo, es ese señor que da gusto encontrarse en el ascensor y cambiar impresiones sobre el clima, es el secretario idóneo para la comunidad de propietarios. Hacendoso, cumplidor, gris y perseverante. Que hay que ir a la cuchipanda de Juan Manuel Moreno, se va. Que hay que saludar y alternar, se saluda y se alterna. Estuvieron algunos de sus ministros: unos con más ganas, otros con menos. A estas alturas no hay caretas. La de Empleo, Fátima Báñez, fue la única que expresó alegría. Siempre se mueve como pez en el agua por Sevilla. Zoido compareció notoriamente cansado. Cospedal y Soraya acudieron con estilo desenfadado y con el tiempo justo. La de Defensa tenía prisa porque la esperaban en el restaurante La Raza para participar en una cena con los componentes de la delegación castellano-manchega. El ministro Nadal andaba por allí, pero en Sevilla es poco conocido. Casi lo confunden con el metre. Montoro fue el último de los ministros en marcharse, anduvo con el perfil bajo, de tapadillo, pero pasándoselo bien a juzgar por el tiempo que permaneció en el sarao. Todos los demás ministros hicieron rabona. Arenas (Javié) estuvo el tiempo preciso. Llegó, fichó y llevó al abogado Moeckel hasta los dominios de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría: “Soraya, éste es Moeckel, el tío que querrían fichar todos los partidos”.

En esa “sociedad civil andaluza” que Moreno Bonilla logró reunir para cumplimentar a Rajoy estaban algunos clásicos del tío vivo local, esa atracción que gira y gira y donde siempre suben y bajan los mismos… ejemplares. El concepto de sociedad civil es tan amplio (y difuso) que permite meter de todo. Curiosamente no estaban algunos de los empresarios andaluces que figuran entre los de mayor facturación de España, según la última clasificación. Tampoco estaban las cofradías. Sí estaban Juan Ramón Guillén, Miguel Gallego, Manuel Contreras, Francisco Herrero, Francisco Arteaga, Jorge Paradela, Ricardo Pumar, etcétera. El alcalde de Carmona llegó con rostros amables como Pansequito, Raúl Gracia El Tato (“Al aparato”, respondía cuando se le llamaba por teléfono) o la pintora Nuria Barrera, siempre oliendo a Quizás (Loewe), una especialista en los tonos azules, azules como los de este PP teñido de cierta melancolía estos días. No corren buenos tiempos para la gaviota reconvertida en encina tras su paso por el laboratorio de Arriola. Rajoy necesita nuevos enganches. El ambiente de la recepción distaba mucho de la de 2011, celebrada en el Real Alcázar. La euforia actual, cuando se escenifica, está muy forzada. Lo de la Cifuentes ha dolido. En privado se reconoce que no se termina de salir de un entuerto cuando el partido se mete en otro. “Presidente, al menos tiene usted la mano izquierda intacta, que es la que mas necesita”. Y Rajoy se ríe por educación mientras musita una suerte de “chichichí”, que en realidad es un “sí, sí, sí”.

El pintor Ricardo Suárez habla de Arte y de la romería del Rocío con Báñez, la ministra de Huelva, como le gusta proclamar a su jefe de gabinete. Juan Ávila es el único alcalde de la provincia de Sevilla que asiste a la recepción. “También es el único que tiene un Parador”, apunta alguien para justificar su presencia. Santiago León, teniente de la Real Maestranza, se lleva bien con Beltrán Pérez, aspirante a la Alcaldía. Los dos son taurinos. Los condes de Peñaflor se despiden a una hora prudente. El encargado del cátering, Miguel Ángel, se hace una foto con el presidente. Soraya se ha ido. Zoido también. De Arenas no queda rastro. Eladio, un amable camarero, sigue atendiendo con la misma diligencia que en el primer minuto. En el exterior cae una lluvia fina sobre la ciudad. Sólo falta una melodía de violín para cuadrar una escena trufada de cierta melancolía que nadie admite en público, pero sí en privado. Entre los invitados emerge la figura colosal de Antonio del Castillo, padre de Marta. Le agradece a Moeckel un artículo que publicó sobre su hija hace unos años. El senador Toni Martín es el alguacil de la plaza, el ojo que todo lo ve, el que apunta con la mirada quienes van saliendo de la cuchipanda. Moreno Bonilla sonríe. A la portavoz parlamentaria Carmen Crespo no le gusta oír una coletilla sobre su jefe: “Llamadme Juanma”. Por el gesto se le nota la desaprobación, pero ya se sabe lo que dijeron en Cádiz: “¡Viva la libertad!”.

El empresario Miguel Gallego se hace fotos con el presidente del Gobierno con numerosos testigos de la escena: el periodista Fernando Seco, Juan Carlos Hernández Buades y María Luisa Ríos (CEU-San Pablo), Julio Cuesta (eternamente Cruzcampo) y ese largo etcétera que hace la melé en torno a los grandes personajes del poder. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, se mueve de corrillo en corrillo. Hay pocos políticos locales. El aforo es limitado y se ha ajustado mucho la lista de invitados. Incluso hay quien da en la diana: “No hay bulla, pero aquí hay más gente que invitados”.

El presidente se ha ido y nadie sabe como ha sido. Hay algunos peinados de peluquería que encajarían en la cafetería de la Guerra de las Galaxias. Esta derecha ya no es la que era. En el umbral, que no en el dintel, se fuma a resguardo de la lluvia. Alguien envía un mensaje: “¿No viene usted a la recepción del presidente”. Y al rato se recibe la respuesta: “Yo he ido a lo de Ciudadanos con los autónomos”.

Eladio rellena con amabilidad algún último catavino de manzanilla. Los enganches aguardan sus jacos. La Feria está próxima en todos los sentidos. El PP está cansado. También necesita que tiren de su carro. Los escándalos son como la lluvia fina. Terminan calando y aparecen los estornudos. Y entonces hay que pedir un pañuelo. Y tener mano izquierda. “Chichichí”.

La obsesión por el eje

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla
NINGÚN alcalde de Sevilla de la democracia se ha caracterizado por chinchar a las localidades hermanas, ni siquiera a la hora de reivindicar el estatuto de capitalidad. Sevilla se emborrachó de inversiones en el 92 y presumió de jefe del Gobierno de 1982 a 1996. Hoy permanece en ese estado de melancolía y arrepentimiento que sigue a los períodos de excesos. Por complejo o por arrepentimiento, asume estar relegada a un papel discreto y sumiso cuando pasan y pasan los presupuestos autonómicos y estatales sin que reflejen un verdadero compromiso con alguno de los grandes proyectos pendientes, más allá de partidas aisladas, dinero para estudios previos o arreglo de carreteras menores.

Ningún alcalde ha levantado la voz, decíamos, más allá de alguna réplica poco original de Zoido cuando en 2013 aludió a que Málaga tendría el Pompidou, pero no la Giralda y otros valores de postal de la capital andaluza. Tampoco Zoido, hay que reconocerlo, tuvo jamás la afición pirómana de Celia Villalobos, cuando siendo alcaldesa de Málaga, era un catálogo de ocurrencias, majaderías y perlas al abonarse al discurso fácil de los agravios entre ambas ciudades en los años de la pos-Expo, justo cuando Sevilla estaba más débil. El populismo de la esposa de Arriola contra el supuesto centralismo sevillano le valió una mayoría absoluta. Cuando Aznar la reclamó en 2000 como ministra de Sanidad, toda España comenzó a saber lo que hasta entonces sólo era conocido de Despañerros para abajo. Y cumple tres lustros ya de polémica en polémica, ora porque llama tontitos a los discapacitados, ora porque es pillada dispersa con un videojuego en lugar de atender a la sesión del Congreso de los Diputados, ora porque tiene una gran facilidad para ver machismo a las primeras de cambio.

Villalobos incendió aquellos pastos entre Sevilla y Málaga que otros hoy tratan de apagar. Hasta en el fútbol dejó sembrados cultivos donde las llamas se extienden rápido, como los celos, el rencor y los agravios. Nunca otros alcaldes de Málaga habían incurrido en semejante irresponsabilidad. Ni los de Sevilla. Ni Luis Uruñuela, ni Manuel del Valle, ni Alejandro Rojas-Marcos, ni Monteseirín. En su relación con Málaga, Zoido estaba condicionado por los celillos personales que Francisco de la Torre sentía en clave interna por el auge del aparato sevillano (Zoido y su cirineo Sanz) en la estructura regional tras la (presunta) dimisión de Arenas. Es cierto que Zoido ya había aludido a la necesidad de potenciar el eje Sevilla-Málaga años antes que Juan Espadas y Francisco de la Torre fueran de la mano. Pero también lo es que Monteseirín aceptaba siempre cualquier debate con el alcalde malagueño del PP y ya hablaban de una necesaria colaboración que beneficiara a ambas partes. Durante una serie de años, los posteriores a la era de los disparates de la Villalobos, Sevilla se ha movido entre ese complejo por haber sido la niña bonita del Estado felipista y el blablablá de las buenas intenciones entre ambos municipios nunca cristalizadas en logros. Cuando hace un par de años se reunieron en Antequera algunos ex-políticos y algunos empresarios de postín de Sevilla y Málaga para impulsar una plataforma de trabajo conjunto, uno de los asistentes confesó a la salida: “Hemos comido muy bien, esto es un buen inicio. Pero el sevillano seguirá prefiriendo coger el vuelo a Londres que le deja en Gatwik, a dos horas y media por carretera de la capital, antes que ir a Málaga a tomar el que le deja directamente en Heathrow. Y el malagueño va a la ópera en Madrid, no al Teatro de la Maestranza en Sevilla”.

Aquel foro nació marcado por un fin noble, una ilusión necesaria: el buen entendimiento entre dos ciudades vecinas. Nació marcado también por la cantidad de ‘ex’ que se sentaban a la mesa, expertos en diferentes ramas y disciplinas, pero casi todos con el retrato ya pintado de antiguos presidentes de instituciones, alcaldes o decanos. José Rodríguez de la Borbolla, Manuel del Valle, Luis Merino, Antonio Ojeda, José María Ferrer, Manuel Atencia, Manuel Contreras, Concha Cobreros…

Hacían falta tal vez no sólo caras más jóvenes, pues el de menor edad era el empresario José Moya, con 62 años, sino que los convocados tuvieran posición en la trinchera de la actualidad diaria, en la gestión cotidiana, en el día a día donde se deciden presupuestos, trazados urbanísticos y calendarios de vuelos internacionales de los aeropuertos, más allá de vacas sagradas influyentes en función de un currículum y de una trayectoria. En esto estábamos, con el enésimo intento de crear una plataforma, un lobbie o un chiringuito, según los casos, cuando el alcalde sevillano, el socialista Juan Espadas, se toma muy en serio la iniciativa y asume esta semana la reivindicación de mejoras de la propia Málaga aludiendo al impacto indirecto que tendrían en la economía sevillana. No es que reciba en Sevilla hasta seis veces al alcalde de Málaga en un solo trimestre con las consiguientes fotos, sino que se mete a exigir la conexión por AVE de la estación ferroviaria María Zambrano con el aeropuerto Costa del Sol, donde llegan millones de guiris de piel albina y regresan como salmonetes. Espadas aspira a que entre vuelta y vuelta en la sartén de las playas, se acerquen a Sevilla y dejen unos euros en la Catedral, los veladores, el Alcázar y las setas. Y, por encima de todo, tiene la esperanza de que el Estado y la Junta pierdan el complejo de invertir en Sevilla si se presentan proyectos entre ambas urbes, sobre todo porque cada ciudad está gobernada por un partido político distinto. Y eso vende concordia. El eje es un pacto de intereses, una alianza, una UTE en clave política, que evolucionará de la palabrería a los hechos, de los castillos en el aire a los resultados prácticos, del comité de sabios con la servilleta atada al cuello en el comedor del Parador de Antequera a los presupuestos públicos, y de las fotografías amables a la ausencia de discursos incendiarios, cuando de Sevilla a Málaga se pueda ir directamente en AVE sin parada en Córdoba, cuando de verdad lleguen los fondos europeos a proyectos trabajados por ambas ciudades, cuando se demuestre que el turismo de cruceros que llega a Málaga repercute en Sevilla y cuando se dispare el número de norteamericanos a los que se vende el destino Sevilla a través del aeropuerto de la Costa del Sol; cuando el entendimiento entre las ciudades andaluzas evite, por ejemplo, una multiplicación estéril de facultades y una mejor administración de los esfuerzos, cuando se aplaque el cainismo de taberna y graderío, cuando pasen más años y sigan en las Alcaldías los perfiles de políticos mesurados, que si no trabajan juntos, al menos que no incendien y, sobre todo, el eje tendrá resultado cuando un político del PSOE pague unos pantalones en la franquicia malagueña de Roberto Verino y, al pagar con la tarjeta del banco en la que aparece la Giralda, no tenga que oír de la cajera: “De Sevilla y viene aquí a comprar…”.

El alcalde de Sevilla tiene fijación por el eje con Málaga. Es su juguete preferido en estos momentos, una naranja fácil de exprimir porque genera titulares inmediatos en una política municipal ávida de novedades, en una política de márquetin que agradece mensajes de entendimiento más allá del ámbito local, pero es una estrategia que rápidamente se va a prestar a evaluación. Las fotos de sofá no son más que una declaración de intenciones. El eje no es más que la lucha por salir del complejo. Que dejen de vernos como los eternamente preferidos, como los obligados a pedir perdón (hasta lo suplicamos por apoderarnos por error del salmorejo cordobés), como los condenados a estar cubiertos por una hoja de parra porque ya tuvimos nuestro particular cuerno de la abundancia. Sólo cabe esperar que el eje no sea una muestra más de que el complejo continúa. Y que sea verdad eso de las alianzas, las sinergias productivas y la Andalucía Tech, que suena a perfume barato de equivalencia, y se traduzca en resultados apreciables por el contribuyente. Por el momento, el primer resultado es que en Antequera se come bien. Y el segundo es que ya sabemos que a Espadas le encanta subir a Gribalfaro, ver los aviones tomar pista y soñar con que están cargados de turistas deseosos de venir, en realidad, a una Sevilla que asume el enésimo intento por no parecer lo que es: una capital condenada.
01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla

Se vende hotel por 36 millones de euros

Carlos Navarro Antolín | 14 de abril de 2012 a las 5:00

Se lo han ofrecido ya varias veces a distintos empresarios. Pero nadie termina por comprar ese hotel que, curiosamente, todos coinciden en calificar como una joyita de las que siempre da dinero. Uno ha estudiado la operación a fondo, pero lo niega y aduce que su sector no tiene que ver con el hotelero, sino con el transporte. Está en una ubicación privilegiada. Es un referente para el turismo de calidad, sobre todo para el procedente de Madrid hacia arriba. Ya ha hospedado a muchos famosos en fechas señaladas. Sus vistas son de ensueño. Y posee ese toque minimalista y oscuro, con alguna licencia en oro, que gusta mucho ahora, aunque los expertos dicen que tiene el inconveniente de que esta estética tiene los días contados. Hubo un empresario comprador que incluso cerró con un afamado relaciones públicas que se hiciera cargo de la promoción del negocio entre cierta jet set. Y el susodicho asesor de imagen, muy respetado en todos los círculos desde 1992, lo ha comentado en clave en su blog. Pero el precio de 36 millones termina siempre chocando en el rompeolas de los bancos. O según quién pida la financiación. Ayer mismo, uno de esos empresario ha confesado: “Este hotel es como ciertos barcos, que sólo dan dos días de felicidad: cuando los compras y cuando los vendes. ¿Cuántos clientes tengo que captar para amortizar 36 millones de euros? Son muchas horas de navegación”. El dueño niega la mayor: el hotel no se vende. Dice que alguien habrá oído campanas, pero que no se ha enterado de dónde. Y eso que ese campanario lleva siglos oyéndose en todo el centro. Si la Giganta contara la de gin tonics que se toman en esa terraza…