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El sufrido Cervantes

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

cervantes
Cervantes es un cine. Como Blas es una parada de Metro para las nuevas generaciones. “Me bajo en Blas”, dice el sevillano bisoño. “Me quedo en Sol”, anuncia el madrileño que está en Madrid, que no es lo mismo ser madrileño que vivir en Madrid, como no es lo mismo ser de la Quinta que estar apuntado en la Quinta Angustia. La muerte no es el olvido, es el monosílabo. “Me bajo en Blas”. El Metro se detuvo y el Partido Andalucista se hundió. Cervantes es eso: un cine, una calle donde ver el caballo de la Lanzada, un trozo del cartel de Ricardo Suárez empeñado en recordar que hace 400 años murió el autor de las Novelas Ejemplares en la ciudad donde hay tela de ejemplares, más ejemplares que vallas pone un socialista en Semana Santa.

Cervantes también es un monumento junto a la cárcel donde penó el escritor por cuestiones de pecunio. Un monumento de Sebastián Santos Rojas. Sufrió Cervantes en la cárcel que hoy –ironías del destino– es un banco. Sufre en el bronce de su memoria, convertido en la trastienda de una caseta donde se almacenan las bebidas a la espera de gaznates. Pocas cosas hay en Sevilla más feas que la trasera de una caseta con rendijas que dejan ver los cartones y plásticos de las provisiones. Y sufre siendo vecino de los contenedores donde van a morir los residuos de la ciudad monumental. El monumento de Cervantes está relegado a una estética de almacén, a servir de poyete de vasos de madrugada alta. Hasta sus ojos han servido de cenicero en más de una ocasión. Las palmeras que lo abrigan recrean el ambiente carcelario de Argel. Todo es sufrir.

400 años hace que murió. Y no hay procesión extraordinaria en su recuerdo. Ni cartel que lo rescate del olvido. Ya no está Márquez Villanueva para evocarle desde los Estados Unidos. ¿Qué fue de aquellos capítulos escogidos del Quijote que Andrés Amorós, hermano del Silencio como Pacheco, suegro de Cervantes, compiló para su distribución en los Paradores? Cervantes no tiene un Moeckel que cuide su piel de bronce. Está ahí, hierático, maltratado, efigie que ve pasar los días con indiferencia, dispuesto siempre a ser el nido de palomas errantes. Está ahí como tantas cosas están en Sevilla sin que nadie se pregunte quién es, quién lo puso y por qué. Sevilla tiene un especial arte en mantener cosas de las que ignora su significado o finalidad. Es como la máquina limpiabotas del Labradores, que hace años que no expide crema negra ni marrón, pero está ahí; el cepillo funciona, pero nadie se pregunta por qué no se activan todas sus funciones. Los preciosos azulejos que recuerdan los lugares donde se desarrolla la obra cervantina son como los documentales de La 2. Todo el mundo habla de ellos, pero los chares cantan que casi nadie los ve. Los chares son los pájaros chivatos de la audiencia. ¿Quién es Blas? Una parada de Metro. ¿Quién es Cervantes? Un cine. ¿Donde dejo las cajas de botellines y gaseosas? En la trastienda de la ciudad, donde Sevilla es el Diógenes que todo lo guarda. Yalarga así el sufrimiento de quien penó en esta ciudad.

La máquina cepilla pero no dispensa crema. Prestaciones recortadas. Cervantes vigila la carga y descarga, acoge a las palomas, sirve de mesa por las noches y aupa a los niños en Semana Santa. Si otra ciudad pudiera presumir de una vinculación tan intensa con Cervantes, anda que se le iba a escapar el toro vivo. Pero con Sevilla hemos topado. Me bajo en Blas, que deja cerca de la Feria.