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Ataque de odio contra Manuel Lombo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2018 a las 13:17

Presentacion del concierto de Manuel Lombo en la catedral.
Al cantante Manuel Lombo, que no ha matado a nadie, le han arreado estopa en esas puertas traseras de aseo de instituto que son las redes sociales. ¿Por qué atacan a Lombo pública y cobardemente? No por su voz, ni por las letras de sus composiciones, ni por su capacidad para la interpretación en los escenarios, ni por un calendario de actuaciones más o menos perfilado a juicio de la crítica especializada de su sector. No, a Lombo lo han puesto a parir por odio. El odio es el motor que mantiene a media España viva. Viva… y envenenada. El odio descansa en dos pedestales: el complejo y la envidia. A Lombo le han dicho este fin de semana en letra gorda que es “taurino y cantantucho de copla mala”, le han referido que está “en contra del aborto” y le han rematado con un tiro de gracia: “Eres simplemente patético”. Después, en una segunda oleada de ataques lo han puesto de “asesino”, de tener una “mente atrasada” y, he aquí donde aparece ya el pelaje más profundo, le han referido a su hermano sacerdote, que trabaja con toda discreción en asuntos jurídicos en la curia. Las víboras que se amparan en el anonimato y se envuelven en la noble bandera del feminismo exhibieron en ese momento su verdadera piel demoníaca. Nunca recordarán, por ejemplo, que un sacerdote fue el que cayó asesinado hace dos años en la calle Carrión Mejías por el ex marido de su sobrina. El tipo iba directo a Triana a segar la vida de la que había sido su mujer cuando el cura, que estaba informado por ella del calvario que estaba sufriendo, pagó con su vida retener a aquella bestia todo el tiempo que pudo. No pudo matarla a ella, pero acabó con su protector. Nadie guardó un minuto de silencio por este señor que se enfrentó en la vía pública a aquel individuo poseído por el mal. Nunca mereció un nunca más, ni un tuit de agradecimiento o memoria, ni una velita en el pavimento donde su sangre quedó derramado. Claro: era varón y sacerdote. Lo tenía todo en la sociedad de hoy…

A Lombo le refieren ahora ser hermano de un cura cuando ya no queda otro argumento, cuando se han acabado los celofanes rosas, los esloganes y las manifestaciones, cuando por fin aparece la verdadera razón de ser de estos seres: odiar, envidiar, exterminar al prójimo, vengarse, vomitar la bilis que revuelve sus entrañas, asumir como papagayos la doctrina perversa de la ideología de género. No son capaces de analizar su evolución de promesa del flamenco a firme realidad, ni su falta de complejos para ser joven y apostar por el género de la copla. ¡A quién se le ocurre cantar copla! Se trata únicamente de acabar con Lombo por taurino y defensor de la vida, consiste en acabar con el diferente, con el que está fuera del pensamiento lanar. Siga usted cantando, señor Lombo, nunca suelte el micrófono. Es la mejor respuesta a los ataques de este fin de semana. A cantar, a cantar. Algunos papagayos, hartos de tragar, se acaban convirtiendo en lobos ávidos de carnaza por la árida estepa de las redes sociales.

El gran tablao

Carlos Navarro Antolín | 6 de noviembre de 2016 a las 5:00

tablao
PASAN los presupuestos por Sevilla como pasan los camareros de batines blancos tras el banquete de postín y sólo queda en las bandejas la raspa del pescado. Del bombo sólo nos caen pedreas para el tranvía de Alcalá o para el arreglo de puertas y ventanas de los juzgados del Prado. Pasan los presupuestos por Sevilla y en la ciudad del tebeo sólo se quedan Pepe Gotera y Otilio. Silencio sobre la Ciudad de la Justicia, silencio sobre el Museo de Bellas Artes, silencio sobre el Hospital Militar. Silencio, están bailando en el corazón muerto de la ciudad. Sevilla es un gran tablao donde el taconeo ensordecedor tiene enmudecida cualquier voz crítica. Están bailando, están bailando, a la vera del Archivo están bailando. Y cuando Sevilla no baila, se sienta en el velador a contemplar el paso de los días. Silencio sobre el Museo Arqueológico, silencio sobre la red de tranvías del Aljarafe, silencio sobre la ampliación de la red de Metro. Silencio, Sevilla baila en el mismo corazón indolente de una ciudad que muy pronto cumplirá veinticinco años de la Exposición Universal, por cuyo éxito sigue pidiendo perdón y cuya factura sigue pagando entre taconeos y palmas.

Pasan los presupuestos, unos y otros, estatales y autonómicos, y siempre hay alguien que quiere acallar el mínimo llanto con una piruleta. La liturgia de los presupuestos se repite con una ortodoxia siempre marcada por el pimpampún entre los dos partidos y porel silencio de una bancada municipal donde unos están preocupados por no causar molestias en San Telmo y otros han mirado por sus objetivos felizmente logrados en la capital del reino.

Sevilla baila, se deja llevar por el ruido de la calle, se entretiene con el eco de una manifestación en favor de los veladores (se dice pronto), se refugia en la autenticidad de las grandes devociones, se consuela con que no haga mucho calor en este otoño de sol y playa y se traga cada día el espectáculo de unos presupuestos que orillan esos proyectos que pondrían a punto el motor de una ciudad demasiados años al ralentí. Sevilla baila y se acostumbra, feliz, a convivir con la cutrería cotidiana, con la fealdad convertida en norma, con el horror en las narices. Hace demasiado tiempo que Sevilla es una ciudad sin criterio en la que Halloween irrumpe sin encontrar resistencia alguna, como si fuéramos un pueblo deseoso de importar historia y costumbres por carecer de ellas. Hace demasiado tiempo que nadie se acuerda de nosotros para los grandes proyectos que generan economía productiva porque nos saben entretenidos a pie de calle con el primero que ponga la cabra en lo alto de la escalera.

Nos conformamos con poco, tragamos con una hostelería de cada vez peor calidad porque somos clientes poco exigentes, pusilánimes y acomplejados; consentimos que el casco antiguo sea tuneado con el aval de la autoridad, permitimos el uso desordenado e indiscriminado de los espacios públicos. Ni protestamos por no tener más Metro, ni casi nos damos cuenta de que la gastronomía de tapas ya no es ni la mitad de lo que fue. El plato ha sustituido a la tapa como el tranvía ha sustituido al Metro. Nos colocan gatos donde debían correr las liebres. Y ponga usted más picos.

Pasan los presupuestos, queda el machaqueo de unas castañuelas que buscan el donativo del guiri que nos alimenta. Ironías del destino, la Policía impide a tiros que un coche arrolle a decenas de viandantes en la Cartuja. Esta misma isla era hace veinticinco años el símbolo del esplendor recuperado de la vieja ciudad. Hoy es la boca del lobo cuando el sol se pone. Así está Sevilla:cuatro bailando y los demás mirando. Somos un gran tablao donde nadie se queda, todos van de paso. Somos la fuente donde se echa la moneda de cobre para pedir un deseo, pero nadie se fija en nosotros para grandes obras hidráulicas. Terminado el día, nos conformamos con rescatar las perras del fondo de las aguas quietas. Poco más. Somos de raspa, no de besugo gordote. Somos de propina de tranvía, no de red completa de metro. Somos de parcheos en ventanas y paredes, no de nueva infraestructura. Somos de museos a medio gas con los depósitos cargados de cuadros, no de proyectos de ampliaciones para crear una verdadera ruta no ya a la altura de Madrid y Barcelona, sino de Málaga. Somos, al final, como casi todos los restaurantes de la ciudad. Nuestra cocina cierra a las once. Yaceptamos media de jamón como cena y una tapa de queso como postre. Mientras haya baile. Porque, al fin, nadie nos puede quitar lo bailao.

¿Quién queda por hacer huelga?

Carlos Navarro Antolín | 17 de agosto de 2011 a las 18:08

Los farmaceúticos de Castilla la Mancha se ponen de huelga. Chatarreros de toda España se manifiestan por las calles de Madrid. Los futbolistas confirman que irán al paro en el arranque de la liga. El alcalde de Sevilla dice que el estado del Ayuntamiento es ruinoso. El anticlericalismo paleto vive sus horas de gloria. Qué preocupados están algunos, lobos con piel de cordero, no por la visita del Papa, según precisan melifluamente tomándonos por lelos, sino por su financiación. Quien no os conozca que os compre. Qué repentina preocupación por el dinero público, que espíritu de interventores les ha florecido a algunos. Los flamencos se manifiestan delante del chiringuito que montó en su día la Junta para gestionar el cante jondo, llámese agencia, que a ver cuando nos prometen la Agencia contra el Calor. Todo esto ocurre en un agosto con cada vez más gente en las capitales. La crisis ha consolidado la costumbre de los diítas, pues sólo se pasan uno diítas en la playa, o unos diítas en la parcelita o unos diítas en el pueblo. No hay para más. ¿Con qué manifestaciones nos encontraremos en septiembre? A ver si se ponen de huelga los fabricantes de cera y acabamos con tanta procesión fuera de calendario, los artesanos de las navajas albaceteñas, los fabricantes de imanes para las puertas del frigorífico y los tíos que hacen las estupidas camisetas que contaminan el paisaje del barrio de Santa Cruz. Entre las huelgas y los mensajes de angustia de la clase dirigente vamos a forrar a los psiquiatras. Mientras unos lloran, otros venden pañuelos. ¿Se pondrán de huelga los fabricantes de celulosa? ¿Y los psiquiatras?