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La obsesión por el eje

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2015 a las 5:00

01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla
NINGÚN alcalde de Sevilla de la democracia se ha caracterizado por chinchar a las localidades hermanas, ni siquiera a la hora de reivindicar el estatuto de capitalidad. Sevilla se emborrachó de inversiones en el 92 y presumió de jefe del Gobierno de 1982 a 1996. Hoy permanece en ese estado de melancolía y arrepentimiento que sigue a los períodos de excesos. Por complejo o por arrepentimiento, asume estar relegada a un papel discreto y sumiso cuando pasan y pasan los presupuestos autonómicos y estatales sin que reflejen un verdadero compromiso con alguno de los grandes proyectos pendientes, más allá de partidas aisladas, dinero para estudios previos o arreglo de carreteras menores.

Ningún alcalde ha levantado la voz, decíamos, más allá de alguna réplica poco original de Zoido cuando en 2013 aludió a que Málaga tendría el Pompidou, pero no la Giralda y otros valores de postal de la capital andaluza. Tampoco Zoido, hay que reconocerlo, tuvo jamás la afición pirómana de Celia Villalobos, cuando siendo alcaldesa de Málaga, era un catálogo de ocurrencias, majaderías y perlas al abonarse al discurso fácil de los agravios entre ambas ciudades en los años de la pos-Expo, justo cuando Sevilla estaba más débil. El populismo de la esposa de Arriola contra el supuesto centralismo sevillano le valió una mayoría absoluta. Cuando Aznar la reclamó en 2000 como ministra de Sanidad, toda España comenzó a saber lo que hasta entonces sólo era conocido de Despañerros para abajo. Y cumple tres lustros ya de polémica en polémica, ora porque llama tontitos a los discapacitados, ora porque es pillada dispersa con un videojuego en lugar de atender a la sesión del Congreso de los Diputados, ora porque tiene una gran facilidad para ver machismo a las primeras de cambio.

Villalobos incendió aquellos pastos entre Sevilla y Málaga que otros hoy tratan de apagar. Hasta en el fútbol dejó sembrados cultivos donde las llamas se extienden rápido, como los celos, el rencor y los agravios. Nunca otros alcaldes de Málaga habían incurrido en semejante irresponsabilidad. Ni los de Sevilla. Ni Luis Uruñuela, ni Manuel del Valle, ni Alejandro Rojas-Marcos, ni Monteseirín. En su relación con Málaga, Zoido estaba condicionado por los celillos personales que Francisco de la Torre sentía en clave interna por el auge del aparato sevillano (Zoido y su cirineo Sanz) en la estructura regional tras la (presunta) dimisión de Arenas. Es cierto que Zoido ya había aludido a la necesidad de potenciar el eje Sevilla-Málaga años antes que Juan Espadas y Francisco de la Torre fueran de la mano. Pero también lo es que Monteseirín aceptaba siempre cualquier debate con el alcalde malagueño del PP y ya hablaban de una necesaria colaboración que beneficiara a ambas partes. Durante una serie de años, los posteriores a la era de los disparates de la Villalobos, Sevilla se ha movido entre ese complejo por haber sido la niña bonita del Estado felipista y el blablablá de las buenas intenciones entre ambos municipios nunca cristalizadas en logros. Cuando hace un par de años se reunieron en Antequera algunos ex-políticos y algunos empresarios de postín de Sevilla y Málaga para impulsar una plataforma de trabajo conjunto, uno de los asistentes confesó a la salida: “Hemos comido muy bien, esto es un buen inicio. Pero el sevillano seguirá prefiriendo coger el vuelo a Londres que le deja en Gatwik, a dos horas y media por carretera de la capital, antes que ir a Málaga a tomar el que le deja directamente en Heathrow. Y el malagueño va a la ópera en Madrid, no al Teatro de la Maestranza en Sevilla”.

Aquel foro nació marcado por un fin noble, una ilusión necesaria: el buen entendimiento entre dos ciudades vecinas. Nació marcado también por la cantidad de ‘ex’ que se sentaban a la mesa, expertos en diferentes ramas y disciplinas, pero casi todos con el retrato ya pintado de antiguos presidentes de instituciones, alcaldes o decanos. José Rodríguez de la Borbolla, Manuel del Valle, Luis Merino, Antonio Ojeda, José María Ferrer, Manuel Atencia, Manuel Contreras, Concha Cobreros…

Hacían falta tal vez no sólo caras más jóvenes, pues el de menor edad era el empresario José Moya, con 62 años, sino que los convocados tuvieran posición en la trinchera de la actualidad diaria, en la gestión cotidiana, en el día a día donde se deciden presupuestos, trazados urbanísticos y calendarios de vuelos internacionales de los aeropuertos, más allá de vacas sagradas influyentes en función de un currículum y de una trayectoria. En esto estábamos, con el enésimo intento de crear una plataforma, un lobbie o un chiringuito, según los casos, cuando el alcalde sevillano, el socialista Juan Espadas, se toma muy en serio la iniciativa y asume esta semana la reivindicación de mejoras de la propia Málaga aludiendo al impacto indirecto que tendrían en la economía sevillana. No es que reciba en Sevilla hasta seis veces al alcalde de Málaga en un solo trimestre con las consiguientes fotos, sino que se mete a exigir la conexión por AVE de la estación ferroviaria María Zambrano con el aeropuerto Costa del Sol, donde llegan millones de guiris de piel albina y regresan como salmonetes. Espadas aspira a que entre vuelta y vuelta en la sartén de las playas, se acerquen a Sevilla y dejen unos euros en la Catedral, los veladores, el Alcázar y las setas. Y, por encima de todo, tiene la esperanza de que el Estado y la Junta pierdan el complejo de invertir en Sevilla si se presentan proyectos entre ambas urbes, sobre todo porque cada ciudad está gobernada por un partido político distinto. Y eso vende concordia. El eje es un pacto de intereses, una alianza, una UTE en clave política, que evolucionará de la palabrería a los hechos, de los castillos en el aire a los resultados prácticos, del comité de sabios con la servilleta atada al cuello en el comedor del Parador de Antequera a los presupuestos públicos, y de las fotografías amables a la ausencia de discursos incendiarios, cuando de Sevilla a Málaga se pueda ir directamente en AVE sin parada en Córdoba, cuando de verdad lleguen los fondos europeos a proyectos trabajados por ambas ciudades, cuando se demuestre que el turismo de cruceros que llega a Málaga repercute en Sevilla y cuando se dispare el número de norteamericanos a los que se vende el destino Sevilla a través del aeropuerto de la Costa del Sol; cuando el entendimiento entre las ciudades andaluzas evite, por ejemplo, una multiplicación estéril de facultades y una mejor administración de los esfuerzos, cuando se aplaque el cainismo de taberna y graderío, cuando pasen más años y sigan en las Alcaldías los perfiles de políticos mesurados, que si no trabajan juntos, al menos que no incendien y, sobre todo, el eje tendrá resultado cuando un político del PSOE pague unos pantalones en la franquicia malagueña de Roberto Verino y, al pagar con la tarjeta del banco en la que aparece la Giralda, no tenga que oír de la cajera: “De Sevilla y viene aquí a comprar…”.

El alcalde de Sevilla tiene fijación por el eje con Málaga. Es su juguete preferido en estos momentos, una naranja fácil de exprimir porque genera titulares inmediatos en una política municipal ávida de novedades, en una política de márquetin que agradece mensajes de entendimiento más allá del ámbito local, pero es una estrategia que rápidamente se va a prestar a evaluación. Las fotos de sofá no son más que una declaración de intenciones. El eje no es más que la lucha por salir del complejo. Que dejen de vernos como los eternamente preferidos, como los obligados a pedir perdón (hasta lo suplicamos por apoderarnos por error del salmorejo cordobés), como los condenados a estar cubiertos por una hoja de parra porque ya tuvimos nuestro particular cuerno de la abundancia. Sólo cabe esperar que el eje no sea una muestra más de que el complejo continúa. Y que sea verdad eso de las alianzas, las sinergias productivas y la Andalucía Tech, que suena a perfume barato de equivalencia, y se traduzca en resultados apreciables por el contribuyente. Por el momento, el primer resultado es que en Antequera se come bien. Y el segundo es que ya sabemos que a Espadas le encanta subir a Gribalfaro, ver los aviones tomar pista y soñar con que están cargados de turistas deseosos de venir, en realidad, a una Sevilla que asume el enésimo intento por no parecer lo que es: una capital condenada.
01/07/15 Los alcaldes de Málaga y Sevilla

Parlamento: fin del trayecto

Carlos Navarro Antolín | 6 de julio de 2014 a las 5:00

Zoido debate sobre la Davis en el pleno del parlamento.
El Parlamento ya no es lo que era para sus intereses. Ya no necesita esa proyección extra que requería en los años de líder de la oposición en el Ayuntamiento (2007-2011), cuando utilizaba el escaño como altavoz de una serie de reivindicaciones para la ciudad ante la Junta de Andalucía y conseguía unos titulares difíciles de conseguir cuando no se gestiona un presupuesto. Juan Ignacio Zoido no está ya a gusto en el salón de plenos de las Cinco Llagas. Se ha quedado en blanco y negro en el pos-arenismo que gestiona de forma plana Juan Manuel Moreno Bonilla. Así lo confirman varios de sus colaboradores, que aseguran que si quedaran tres años para las elecciones autonómicas, el alcalde de Sevilla no dudaría en irse ya del Parlamento, pero que en la coyuntura actual –en la que se da por hecho un adelantado electoral– prefiere no dar una espantá ni generar debates de corto alcance, pero debates al fin y al cabo, sobre la falta de conexión con el cada día más discutido presidente del PP andaluz. Que hay un cambio de etapa se percibe en algunas directrices del aparato autonómico, como que se haya prescindido de los abogados que han llevado el asunto de Invercaria. La corrupción ha dejado ser el primer argumento de la oposición contra el gobierno de PSOE e IU, cuando Zoido cree con firmeza que es un asunto del máximo interés para los ciudadanos. De hecho, su equipo usó los desmanes de Monteseirín y Torrijos como el ariete más eficaz para alzarse con una mayoría absoluta sin precedentes.
Hay quien apunta a que otro de los cambios de Moreno Bonilla sería establecer como criterio que los alcaldes deben dedicarse a sus ciudades. Precedentes hay ya. Zoido no será el primer alcalde andaluz en abandonar un segundo cargo institucional. Francisco de la Torre acaba de dejar su escaño en el Senado para dedicarse por completo a Málaga, donde se da por hecho que el PP no tiene garantizada la Alcaldía. Poco a poco se irán dejando huecos libres para futuras listas electorales, sobre todo de cara a unas autonómicas en las que el PP andaluz no sacaría ahora mismo los 50 escaños que logró Arenas hace dos años.Eso tiene una repercusión indudable en todos los escalafones del partido. Figurar en un puesto de salida por el PP andaluz estará mucho más cotizado. Una de las diputadas que quiere huir del Parlamento y retornar al Ayuntamiento es Alicia Martínez.
Demasiadas inquietudes como para perder más tiempo en un Parlamento donde 50 almas peperas vivaquean con un futuro incierto que puede dejar al partido con menos diputados que en los tiempos de Téofila. Zoido no tiene más que aplicar la cláusula rebus sic stantibus para salirse del ruedo autonómico. Para echar unos minutos de asueto en El Tremendo, taberna próxima al Parlamento, no le hace falta seguir siendo diputado y sentirse como gallina en corral ajeno. Puede centrarse exclusivamente en Sevilla y esperar sentado el previsible hundimiento de la marca regional del PP. Porque en la sede provincial del partido no se duda un minuto de un nuevo batacazo.

El tonto de la capitalidad y los pellizcos por los bocadillos

Carlos Navarro Antolín | 4 de agosto de 2012 a las 13:31

Está visto que al tonto contemporáneo le salen nuevas modalidades a la velocidad de las franquicias de los cien montaditos. El tonto contemporáneo tiene sucursales nuevas, novísimas, que marchan divinidamente. Un poner: la ginebra y los libros de Chaves Nogales han existido siempre, pero parece que hay quienes han ido a registrar la patente del enebro y de la biografía de Belmonte. El tonto premium no para ahora de dar la barrila con las modalidades de tónicas, como el tonto descubridor de Chaves Nogales te habla de sus obras y de los estudios de la profesora Cintas como si fueran de ayer. Novelero puro. En la política andaluza está el tonto de la capitalidad, modalidad monja pellizcadora, que es el alcalde de Málaga. A Zoido le ha salido un moscón desde el primer día con Francisco de la Torre, que empezó clamando las verdades desde Gibralfaro cuando nadie se atrevía (“Zoido tiene muchos cargos”), pero que ahora ha dicho una majadería supina hablando de los ingresos y beneficios que a Sevilla le genera el “turismo de manifestación”. Dice De la Torre en el manual apócrifo sobre el tonto de la capitalidad que el manifestante cortará el tráfico y provocará molestias, “pero al final consume, tiene que comer y beber algo, compra algo”. Y, claro, el alcalde de Málaga no está dispuesto a renunciar a los ingresos por bocadillos y botellas de agua. Y así llevamos…años. El pasado otoño triunfaron el tonto del gin tonic y el tonto de la Davis, con la Feria del Libro emergió el tonto de Chaves Nogales y el verano nos ha regalado una nueva edición del tonto de la capitalidad. Resulta que la clave estaba en los bocadillos de los manifestantes. El mar, idiota, el mar.