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La liquidación de la quinta del Cardenal

Carlos Navarro Antolín | 22 de noviembre de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 27/02/2014.
EL día que un muchacho llamado Alfonso Jiménez recogió en la Real Maestranza el premio al mejor expediente de la Facultad de Arquitectura, su padre quiso que Curro Romero, presente en la ceremonia, firmara detrás del diploma. El Faraón de Camas dejó el toreo en 2000, unos meses después del fallecimiento de Diodoro Canorea, el empresario con el que se entendió a la perfección al negociar el número de tardes en el abono sevillano. Tres o cuatro en la Feria y una en San Miguel. Sin Diodoro, Romero no se veía. El ciclo estaba liquidado. No lo retiró un toro, sino la interpretación precisa de la coyuntura.
Ironía del destino, al maestro mayor de la Catedral no lo quita su edad de los andamios del templo, sino que ya no tiene a Francisco Navarro a su lado, su particular Canorea con el que confeccionaba el programa de obras de cada año como Curro y Canorea pactaban cada temporada. La vejez que esgrime don Alfonso en su carta se merece un tururú de grande como la Catedral y su sucursal del Salvador (convertida en museo con tienda en la puerta principal) juntas. Con Jiménez se va la última gran referencia de un pontificado de casi 30 años. En esta diócesis ocurren cosas muy extrañas: en una misma semana hay un cura que entrega las llaves de la parroquia al vicario de zona y un arquitecto de prestigio que entona el ya estoy yo en mi casa cuando sabemos que se encuentra divinamente y con salud para seguir quitando jaramagos de los pináculos e inventando andamios imposibles para auscultar esa piedra con la que yo creo que ha llegado a hablar a solas como el doctor Rodríguez de la Fuente se entendía con los lobos.
La quinta del Cardenal está en liquidación. A cierta edad y con cierto currículum no está uno para admitir ciertas tutelas. Ni para bailar con el loberío de medio aullido. Querido don Alfonso, lo de la edad se lo cuenta usted a los canónigos. O al Lagarto de la Catedral.

La diócesis tiene a su Karanka

Carlos Navarro Antolín | 23 de julio de 2013 a las 18:33


El cardenal Amigo nunca quiso tener obispos auxiliares pese a que la diócesis sevillana estaba acostumbrada a la figura de estos prelados asistentes del titular. La grey le cogió cariño a alguno de ellos de tal forma que hasta hubo uno, monseñor Cirarda, que fue pregonero de la Semana Santa. Monseñor Amigo prefirió un esquema de delegación de poder basado en vicarías territoriales. Y así estuvo 28 años. No había un número dos de la diócesis, dicho sea en la terminología de los aparatos políticos. El cardenal, además, estaba omnipresente en la agenda de actos de la ciudad, difundiendo una imagen de hiperactividad y ausencia de fatiga que ríanse ustedes de la voracidad de fotos del hoy alcalde. Don Carlos presidía el mismo día una ceremonia de confirmación de cientos de jóvenes en la Parroquia del Cerro, asistía después a una celebración privada a mediodía y al humo de las velas cogía el coche para presidir una misa en Écija. Todo un cardenal vitaminado. Monseñor Asenjo tardó muy poco en nombrar a un obispo auxiliar, el simpatiquísimo Santiago Gómez Sierra, que rápidamente se ha convertido en el Karanka del Arzobispado, como el entrenador madridista que salía del burladero para dar las ruedas de prensa cuando Mouriño no quería darle la cara al toro. Gómez Sierra se traga todos los actos a los que el titular de la diócesis no puede o considera que no es conveniente ir para evitar una sobreexposición. Cuestión de criterio. La misma noche del domingo, cuando el Arzobispado informó oficialmente del fallecimiento de Francisco Navarro, el comunicado anunciaba que el funeral de hoy martes sería presidido por Gómez Sierra. Monseñor Asenjo se reserva para la misa del lunes próximo en la Parroquia de los Remedios, donde Navarro ha ejercido de párroco en los últimos años. Al final, el cardenal Amigo vino a Sevilla a presidir el funeral de cuerpo presente de quien ha sido una figura destacada en la transformación de una diócesis como la de Sevilla a lo largo de los últimos 30 años. Era lógica la presencia de don Carlos en la despedida de quien fue uno de sus grandes colaboradores. A Gómez Sierra le ha tocado hacer de Karanka y disculpar públicamente la ausencia del titular de la diócesis, que según el Arzobispado atiende estos días unos compromisos adquiridos en su tierra natal. A esta ciudad le pirra sentir muy próximos a dos figuras claves en la vida cotidiana de la urbe como son el alcalde y el arzobispo, como si quisiera revivir la importancia histórica del cabildo municipal y el eclesiástico. Tal vez por eso el cardenal y el hoy alcalde han terminado triunfando, por estar a pie de calle un día sí y el otro también. Hay que estar el 6 de enero con el Gran Poder en el Día de la Epifanía aunque sea un día para vivirlo en familia, hay que estar en la novena de la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla y su Archidiócesis, aunque sean días oficiales de asueto; hay que estar en el funeral de quien hizo posible que la Iglesia de Sevilla tuviera en la Catedral una gran fuente de ingresos con la que se restauran templos y se edifican otros nuevos en los barrios emergentes de la ciudad. El ministerio pastoral, como el periodismo, requiere de estar en la calle.