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El alcalde irritado

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS VOTA LA CONSULTA SOBRE LA FERIA
SE ha tambaleado el pedestal de su trabajada fama de técnico riguroso, alejado del humo del puesto de las castañas urbanísticas. El alcalde Juan Espadas se ha metido él solito en una bulla de Feria en pleno septiembre. Le han birlado la cartera de hombre serio, le han despojado de la coraza de político gestor, de la imagen de ejecutivo que saca 25 horas al día y que jamás se salpica del irreversible barro de las frivolidades.

Se ha irritado a golpe de telediario nacional, de los informativos rapaces que buscan la carroña del ceceo y el sobrepeso para mantenernos condenados a la estética estereotipada de pueblo inculto, indolente, conformista y anestesiado. El gran técnico del PSOE de Sevilla, amamantado y criado en los despachos de la Junta, lápiz, calculadora y cartabón, ha hundido a la ciudad en el pozo de las banalidades, caseta, jolgorio y vino. Su bien elaborada fama de gestor, de hombre de despacho, de silencio, temple y mando, de flexo y folios ordenados en una carpetilla para cada asunto, se ha desmoronado como un castillo de arena a la primera ola embravecida del mandato: la consulta sobre la Feria.

Juan Fernandez-Rodríguez García del Busto, el alcalde de frac en las grandes solemnidades que era hermano de Pasión, trasladó la Feria del Prado a los Remedios. Y Juan Espadas nos lleva a las urnas cibernéticas para preguntarnos por su fecha de celebración. Espadas se ha irritado cuando se ha visto colocado deliberadamente en la casilla de salida de los alcaldes de corte populista, se ha sentado en ese velador de la política local que está cargado de cacahuetes y cerveza fresquita, esas mesas donde se arregla el mundo a golpe de tirador. “No es lo que parece”, pretende explicar sin éxito el alcalde. Él, al que difícilmente se sorprende en un bar ni siquiera después de un Pleno, quedará en el recuerdo como el alcalde que convocó el plebiscito de la Feria. El alcalde irritado porque llevó a Sevilla a los telediarios un mes de septiembre a cuenta de una fiesta, otra más. El alcalde que siendo líder de la oposición quiso bautizar a Zoido como el superalcalde de las fiestas mayores y que está ya como el propio Zoido: colocando las fiestas mayores en el centro del debate político, talando árboles y promocionando procesiones magnas, el hat trick justamente contrario de su ideario.

Tanto pregonar sostenibilidades, transversalidades y reformas estructurales en el pregón cotidiano de las idioteces vacuas de la oratoria política actual, para, al final, colocar los farolillos (y farolillas) a destiempo y con el viento en contra. Se cuidó de no acudir a presidir el balance de la pasada Semana Santa, su mayor logro de gestión hasta ahora, para no inmiscuirse en los asuntos costumbristas, de acuerdo con el tacticismo de salón tan del gusto de los gobernantes de hoy. Se ausentó por conveniencia, para no parecer un alcalde folclórico, y ha terminado al poco tiempo pinchándose al tocar la rosa de la Feria. El alcalde se irrita y atribuye toda la polémica “a dos o tres mentes estrechas”.

Tanto trabajarse el eje turístico con los alcaldes de Málaga, Granada y Córdoba, y tanto vendernos hasta una aventura galáctica (¿Recuerdan cuando Sevilla iba a acoger un congreso de la agencia espacial europea?), para al final quedarnos condenados al fotocol del caballito de plástico, clavel de solapa y sombrero de ala ancha.

El golpe ha sido duro por imprevisto. Espadas, un tipo en apariencia muy alejado del perfil de Zoido y más próximo al de Manuel del Valle, se ha visto sobrepasado por los efectos de su propia decisión. La ciudad banalizada. Ya le ocurrió al trascender que el Ayuntamiento alquila monumentos y plazas públicas de la ciudad para cuchipandas de alto copete, una decisión de su gobierno tan legítima como discutible. Se irritó al ver las recreaciones virtuales de una Plaza de España, una Puerta de Jerez o un Monasterio de Santa Clara con mesas altas y taburetes. El patrimonio histórico rentabilizado con fines hosteleros. La ciudad convertida en un gran velador, la ciudad preocupada por la fecha de la Feria en los coletazos del verano. La política de hoy es márquetin. Y el márquetin tiende a la reducción, a la injusta simplificación. Yeso irrita al alcalde, que corre el riesgo de ser el cojo del desfile, convencido de ser el único que lleva el paso correcto.

Espadas reabrió la caseta municipal, tras los años de la austeridad de escaparate impuesta por Zoido, para ganar la gloria efímera de un titular de prensa. Nadie lo criticó. Espadas ha confirmado su participación como Baltasar en la cabalgata del centenario, invitado por el Ateneo. Su presencia en el cortejo está más que justificada. Pero Espadas debe entender que debutar en las consultas populares preguntando por la Feria lo coloca como un alcalde con pies de barro en el ya de por sí lodazal de la política de hoy.

Los árboles cayendo y el sevillano votando si quiere un día más de juerga oficial. Las nuevas líneas de Metro desapareciendo y el sevillano distraído con el sonido del sonajero de la consulta ferial. Los veladores creciendo como adosados del Aljarafe en tiempos de bonanza y el sevillano celebrando que el pescao frito de un sábado será de mejor calidad que el de un lunes.

El alcalde de escuadra y cartabón, que se había ganado el respeto de la derecha sociológica, anda perdido en la bulla. Yde la bulla sólo se sale con calma, apretando la cartera con una mano y esperando a que se organicen las dos corrientes en sentidos opuestos. Hay quien dice que todo no es más que la maldición de Carretero. Como el Benfica con Gutmann.