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El río, el eterno maltratado

Carlos Navarro Antolín | 16 de octubre de 2016 a las 5:00

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EL río no tiene esquinas, pero un paseo matutino por las riberas es morir lentamente en ellas con la banda sonora del zumbido de las barredoras de Lipasam, trompetas que anuncian la recuperación de la higiene perdida. El Guadalquivir es a los programas electorales lo que los deportes minoritarios a la televisión:sólo interesan cada cuatro años. Consumadas las opciones de medalla en el hockey, el tiro al plato y el judo, se esfuma como humo de castañas el interés del público de sofá, se produce el apagón hasta los próximos Juegos. Sufridas las promesas de los candidatos sobre el aprovechamiento del río, nada más se sabe hasta los siguientes comicios. Con el río nos han prometido casi de todo: desde una playa hasta una piscina fluvial, desde ser convertido en la calle ancha de Sevilla con catamaranes para ir a la Feria hasta proyectos de dragado que nunca llegan.

La realidad siempre tiene el efecto del mazazo de un péndulo que se venir. La ribera del río es muchas mañanas un gran espejo de las entrañas de la ciudad indolente. El río trae el olor de la mar para los poetas y tiene el sonido de las barredoras para los viandantes, el bufido sostenido de esas sopladoras que retiran la cochambre como el que ordena apresuradamente cuatro libros y estira los cojines arrugados antes de recibir a una visita. Los sevillanos ensucian el río, los políticos lo manosean, Lipasam lo maquilla. El río es el botellódromo que Sevilla no tiene. A las ciudades se las conoce por los mercados, los cementerios, los parques y los ríos. El río al salir el sol es como la carrera oficial cuando cae la noche: un estercolero que exhibe las miserias de la ciudad.

El río es el eterno maltratado. Nunca una ciudad recibió tanto y valoró tan poco lo recibido. El río no interesa más allá del pimpampún del fuego cruzado entre políticos, más allá del interés de los rapsodas por ensalzar las espumas recamadas de sus aguas en los atriles de los ripios, más allá de los destellos de plata que iluminan las fotos nocturnas de la Semana Santa o la velá trianera. Al río le han sacado más provecho los tres clubes privados, los bares de copas y los caminantes contra el colesterol, que la administración pública con todos sus pomposos anuncios que son afluentes de humo que van a morir a la mar de los paneles de las recreaciones virtuales.

La costra matinal del chapapote de plástico, alcohol y vidrio que afea el Paseo Juan Carlos I, el Muelle de las Delicias o la glorieta de las Cigarreras, contrasta con el interés del Ayuntamiento por convertir un tramo de la margen del río en el gran pabellón de recepción de visitantes. Sevilla con los turistas es la señora que se ajusta el moño en el ascensor antes de llegar a casa de los anfitriones, pero que se ha olvidado de repasar unos zapatos con la piel levantada por los bordes y los tacones desgastados.

A los sevillanos en el río no se nos puede dejar solos. El río es para hacer fotos, para ese morir parsimonioso, para esos paseos cardiosaludables entre vómitos, cristales en punta y desechos propios de las noches altas. Por el río entraba lo mejor para la ciudad y en el río se contempla muchas mañanas una de sus peores estampas. No hay sopladoras bastantes en Lipasam para ir amontonando las vergüenzas de la ciudad en un rincón y dejarlas listas para ser recogidas por el camión de la basura. Llévense las vergüenzas a otra parte, que no quiero verlas, que no quiero verlas. Esa hilera de grandes bolsas de plástico negro con todos los desechos recogidos son una suerte de cadáveres de la noche alineados en un pabellón al aire de los que se habilitan tras una catástrofe.

El río es quizás el símbolo más preciso de la ciudad. El contraluz de su lámina aguanta todos los malos tratos. Por su río los conoceréis. Qué bonito el río de Sevilla cuando se va alejando de la propia Sevilla. El río es una calle sin esquinas en la ciudad que tiene esquinado al Guadalquivir. El río de los barbos y de los esturiones soporta a la ciudad de los pájaros de pico afilado. El río de las márgenes emborronadas como la libreta de un escolar inquieto. La ciudad primero sopla y después pasa la sopladora en un eterno tormento de Sísifo con uniforme de barrendero de Lipasam. El río a su paso por Sevilla está para ser visto de lejos, como la torre del pueblo de Juan Ramón. Pasear una mañana por las riberas del Guadalquivir más urbano es adentrarse en los meandros de una ciudad que a base de creerse la más bella no hace más que evidenciar esa indolencia mal disimulada que es propia de la soberbia.

El río que nos retrata

Carlos Navarro Antolín | 7 de julio de 2014 a las 5:00

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Un simple paseo basta para verle de cerca las arrugas de la cara. El río es fachada de la ciudad y calle trasera al mismo tiempo. Hay calles de Sevilla que son hermosas y costeadas. Y calles que parecen de barrio de Chicago donde caen las tapaderas de los cubos metálicos de basura y los gatos huyen con la pisada del viandante. Pues el río, el de la lámina de agua de los deportistas de élite, el de los versos del poeta y el de los claroscuros de Semana Santa, tiene también mucho de calle trasera. Se hartan de sacarlo en los vídeos promocionales del turismo y en los programas electorales, entre caras risueñas de ojos claritos y algún chino de cuota para el cuento de nuestro carácter universal y hospitalario.

Somos la ciudad que esconde las pelusas debajo de la alfombra, ordena en un santiamén los cuatro libros desordenados del salón y se mesa los cabellos antes de abrir la puerta a la visita. No es que vivamos de espalda al río, tópico de la ciudad que enseñaba la espalda a la Expo hasta que se puso de cara al 92 para colocarse justo después de culo al 93. Vivimos muy de cara al río, quizás más que nunca. El río es una calle más que muchas mañanas poco tiene que envidiarle al entorno de la portada en las noches de Feria o a la carrera oficial tras el último paso de palio entre tijeretazos de sillas. Basura, mucha basura. Sólo falta aquella bruja local clamando su ceceo: “Bazura, bazura”. Todos los que frecuentan la ruta del colesterol cada mañana por el Paseo de Juan Carlos I, la calle Radio Sevilla o el Muelle de la Sal conocen esa otra cara del río que nos une… Y que nos retrata. Y no hay que esperar a una mañana de fin de semana en la que Lipasam tarda en llegar por exceso de trabajo. Un martes, un miércoles o un jueves hay regueros de desperdicios como perfectos bodegones de la ciudad indolente, Guadalquivir trasero con basura sin cubos. Y hasta un mendigo que aparece como un fusilado de Goya, acribillado por el pelotón de la escasa educación de la ciudad.
Un simple paseo basta, no hacen falta observatorios, ni analistas por horas. Un pintor se afana en blanquear la zapata de Triana para los días de avellanas verdes y fritangas mientras un mendigo duerme en la orilla entre desechos caídos como metralla de una bomba racimo. El Ayuntamiento ha recurrido a un humorista escatológico para que no seamos tan guarros. Mejor reír y blanquear para después llorar. El río visto de lejos es cosa de poetas. De cerca es una calle trasera donde la misma ciudad vivaquea su presente con harapos de mendigo.