Archivos para el tag ‘impuestos’

Hacienda y su voraz apetito

Carlos Navarro Antolín | 7 de abril de 2014 a las 11:38

Foto Impuesto sin nombre copia

Somos números, seres sin identidad reducidos a dígitos. Todos los sabemos. Todos operamos con esas coordenadas. Somos un número como empleados del grupo multinacional en cuya sede jamás entraremos al estar a miles de kilómetros, como miembros del colegio profesional donde hay diez mil como nosotros, como hermanos de una cofradía (sobre todo en clave de antigüedad), como contribuyentes del Estado, como socios del club deportivo y hasta en la cola del supermercado de barrio para comprar la carne con el ticket arrancado. Somos números, pero eso jamás se reconoce oficialmente. Somos números como somos agua. Se sabe, se tiene interiorizado, pero no se dice. Los partidos políticos hasta lo disimulan cuando en el encabezamiento de las las cartas del candidato figure el nombre del elector. La primera vez que se puso en práctica esa estrategia se produjeron anécdotas que revelaban la ingenuidad de los electores.

–Me ha escrito Felipe González. Con mi nombre y todo. Tendré que responderle, Pepi.

Hasta que alguien rompe el tabú, se olvida de las formas, confunde la acritud con la sinceridad, se deja la cortesía en el bolsillo del traje de fin de año y trata al de enfrente como un número, una fría y perfecta secuencia de dígitos acompañada de una leyenda dolorosa: “Persona sin nombre”. Y así llegan las cartas. Sólo el Fisco es capaz de remitir este tipo de gélidas misivas. Usted, persona sin nombre, debe pagar cuanto antes el sello del coche, uno de los cinco magníficos impuestos municipales, aunque haya habido políticos muy conocidos que se han pasado el sello por el Arco. Usted, al que ni siquiera tengo el detalle de dirigirme por su nombre y dos apellidos, se debe poner al día con la mastodóntica estructura tributaria del Ayuntamiento, so pena de que se abra el período ejecutivo con la guadaña de los embargos y el estigma de ser señalado como un tieso ante el banco. Usted, del que sé dónde vive y cuál es la matrícula de su vehículo, debe apoquinar cuanto antes en mi ventanilla, para lo cual no me tomo ni la molestia de saber su nombre, pues mi interés sólo está en su cartera. Usted, ciudadano sin nombre, ha de pagar un tributo que han dejado de pagar hasta alcaldes de la ciudad. Usted va a pagar los impuestos que no pagan las grande sociedades deportivas que presentan cuentas bancarias a cero para evitar los embargos, aunque todo el mundo veamos cómo vuelan los millones para los fichajes. Si usted, persona sin identidad, no tiene derecho a la rebeldía fiscal, ¿cómo va a tener siquiera derecho a que le llamen por su nombre? Demasiado que se le considera persona, sin nombre, pero persona. Todo un derroche de consideración.

La Hacienda local es como aquel personaje simpático, desgraciado y orondo de los tebeos. Guillermito y su voraz apetito, el joven pasado de báscula que engullía sin pensar en los posteriores dolores de tripa. Aquí se trata de cobrar sin pensar en el contribuyente. Total, si son números. Total, si son unos bollos. No va a pasar nada. Hasta que las vergüenzas quedan negro sobre blanco y se ve el plumero de la frialdad con la que se gestionan los asuntos del pecunio. Ofendido el ciudadano, siempre cabe echarle la culpa al muerto, que no es otro que el ordenador. El ordenador de la todopoderosa Hacienda del Estado llegó a tener un nombre. ¿Recuerdan? Se llamaba Berta, para hacer del Fisco un ente más cálido, más próximo y cercano al ciudadano. Por eso se ponen nombres a las personas, a los animales y hasta a las cosas. Pero cuando aprieta la tiesura, Guillermito sólo piensa en jamar y jamar bollos sin importarle si quedarán viandas para el que viene en cola.

Alguien ha metido esta vez el pinrel de forma palmaria. No ya por remitir recibos a “personas sin nombre” con el resto de datos perfectamente recogidos (DNI, matrícula del vehículo, residencia, etcétera), sino porque no se han tomado ni la molestia de saber que una de esas personas sin nombre lleva cinco años fallecida. Como Guillermito y su voraz apetito, sólo se trataba de zampar bollos. La culpa será del ordenador. O peor aún: la culpa es del sistema, que es como el chachachá que tú me invitaste a pagar. Si Hacienda somos todos, vamos a cerrarla, se decía en aquellos ochenta de horripilantes hombreras y buen pop en que el Estado tuvo el detalle de bautizar a su computadora omnisciente. Ya no hay Berta que valga. El muerto al hoyo y Hacienda al bollo.