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La primera cerveza con Sergio Rodrigo Torrijos

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2018 a las 19:17

13.07.00 CERVEZA FOTO JAIME MARTINEZ

LAS primeras veces se anclan en la memoria, son hitos en una trayectoria, muescas de recuerdos que jalonan una vida. No hay segunda oportunidad para una primera vez, pero hay toda una vida para recordar esas primeras veces. La muerte de alguien es el momento idóneo para desenrollar esa alfombra de recuerdos que pisaremos asidos a la memoria y que nos conducirá al palacio efímero de las evocaciones más variopintas. Se ha muerto Sergio Rodrigo Torrijos, el encargado durante veinte años del bar del Instituto de Enseñanza Secundaria Nervión, el hombre que sirvió la primera cerveza a muchos sevillanos que hoy tienen cuarenta y tantos años, el profesional que hizo más agradables los viernes a alumnos y profesores, discípulos y maestros, personal de administración y limpieza, en esos tiempos en que no existían las estupideces de género ni las imposiciones de lo políticamente correcto.

El grosor de las ruedas de chorizo de los bocadillos de Sergio servía al profesor Buenaventura Pinillos para explicar conceptos de su disciplina de Física. Hoy no se sirven fermentados en los centros de enseñanza, pero fuera de ellos, ay qué risa, corren los destilados como las ratas por la ribera del río. Cuando se instauró la ley seca en los centros de enseñanza desparecieron los tiradores de la Cruzcampo, pero quedaron algunos botellines en la reserva. Algún profesor se tomó alguno ya servido en el vaso de tubo, junto al que Sergio colocaba un botellín vacío de cerveza sin alcohol para disimular. Con la muerte de Sergio desaparece un sevillista cabal, fino y con retranca que cada lunes colocaba en el platillo del café de profesores como Rafael Lozano tantos sobres de azúcar como goles le hubieran metido al Betis. Comunicación no verbal se llama. Eso era sutileza y gracia y no las tonterías con la que hoy te martillean por el teléfono móvil. Veo hoy a Sergio sirviendo el café con esa seriedad auténtica, exenta de imposturas, a profesores como Lola Arias, Ana Prieto, Ángel Álvarez, Manoli Ramírez, Victoria Fernández Luceño, Lola Alfageme…

Con el paso de los años conocí y traté al concejal Antonio Rodrigo Torrijos, hermano de Sergio. Antonio es poseedor de la doble condición de comunista (por carné) y conservador (según algunos de sus socios de gobierno socialistas). Ambos hermanos sevillistas, exquisitos en el trato y buenos conversadores. La primera vez que probé la cerveza me la sirvió un señor apellidado Rodrigo Torrijos. No me entusiasmó nada la bebida. Tardé muchos años en probarla de nuevo. La primera vez que cubrí un Pleno del Ayuntamiento intervino otro señor apellidado Rodrigo Torrijos. Los plenos sí me gustaron, aunque terminaron siendo más repetitivos que la carta de ajuste. En ambas experiencias percibí la amargura: la de la cerveza y la de la política. Aunque quiero creer que Antonio sabe, en el fondo, que después de toda amargura siempre viene la Esperanza.

La jubilación del ‘decano’ del Nervión

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2015 a las 5:00

lozano
La enseñanza pública de los años noventa no estaba siempre masificada. Aún no se hablaba de las ratios, el sintagma nominal sujeto ya hacía estragos, las Ciencias Naturales aún no eran el Conocimiento del Medio y los profesores (luego bautizados como docentes en la despersonalizada terminología al uso) aún generaban un respeto entre los alumnos por el mero hecho de ser eso: los responsables de transmitir valores y conocimientos. Las políticas de educación que igualan lo inigualable todavía no habían modelado en barro los pies de los maestros para fortalecer (debilitar, en realidad) la figura del alumno. En ocasiones había clases de diez o doce alumnos por efecto de la pérdida de atractivo de las humanidades frente a materias aparentemente con mayor salida laboral de cara a ese futuro que aguardaba tras el extinto COU y los cuatro o cinco años de una carrera (antes licenciatura, ahora grado en el Lampedusa de la educación).

Algunos tuvimos el privilegio de recibir clases de Literatura en el Instituto de Educación Secundaria Nervión en un grupo tan reducido que era casi como estar en un aula de mesa-camilla. El Nervión es aquel centro fundado en los años ochenta que descargó las aulas del viejo Martínez Montañés. Enseñar hoy en el Nervión está muy cotizado, pues se exige un número de puntos tan elevado que suelen llegar profesores con más de 50 años.

Sólo en los grupos reducidos se puede dar con mayor nitidez esa hermosa conjunción de recibir conocimientos sobre la vida y obra de escritores y esos valores que ayudan a la forja del espíritu crítico, tan útil en la vida como la tabla de multiplicar. Mañana se jubila un profesor con casi 40 años de dedicación a la enseñanza: don Rafael Lozano Bravo, forjado en las aulas de la vieja Fábrica de Tabacos, en la primera promoción de Filología Hispánica (1973-1978) junto a su amigo Juan Manuel Infante Moraño, hoy también en el Departamento de Lengua del mismo centro. Hace más de veinte años que no nos vemos. Lozano es el decano, el profesor que más años lleva en el centro.
Pero no se puede olvidar la deliciosa experiencia de sentarnos en dos o tres mesas a recibir sus clases de Literatura y a esperar sus comentarios sobre la actualidad y, en general, sobre la vida tan larga que teníamos por delante. ¡Cómo olvidar aquella charla sobre la política y el sentido común! Una conversación que sigue estando de plena actualidad. El profesor Lozano enseñaba Literatura y adiestraba en el saber polemizar, en analizar los textos, en buscar las tesis principales y los argumentos de defensa.

En aquel instituto público había otros grandes profesores, como Ángel Álvarez, de Historia (“Los soldados de Napoléon llevaban las ideas revolucionarias en sus mochilas”); Neftali Santos, de Geografía e Historia (inolvidable las explicaciones sobre la trama urbana de las ciudades o la excursión al polo químico de Huelva); Manoli Ramírez, de Arte (“Repasad bien el canon de las siete cabezas para Selectividad”); Luis Navarro, de Matemáticas (el primero en usar ticero para enseñar la trigonometría); Dolores Arias, Gracia Sánchez y Ana Prieto (“¡Que se nos va la pascua, moza!”), de Lengua y Literatura; Dolores Blanco, espléndida profesora de Filosofía; Olga Zimerman, alegre profesora de Inglés;Oscar Tosato, de Educación Física, que acaba de cumplir los 50 años en Los Estudiantes; Francisco Guijarro, el rigor en todas las disciplinas de Biología yGeología; los canónigos Ángel Gómez y Eduardo Martín Clemens, de Religión. Y hasta un profesor de Latín, don José Bellido, que alertaba de los riesgos de quedarse in albis en los exámenes y formulaba una advertencia al principio de curso para evitar equívocos y desahogos: “A mi se me habla de don y de usted”. Aquellos años despachaba en la cafetería un señor amable y eficaz llamado Sergio Rodrigo Torrijos, unos apellidos de los que me he seguido acordando tantos años después por la actualidad municipal.

Una sociedad que orilla y debilita a los profesores, que los reduce a evaluadores de materias cuando no los coloca en la posición de ser evaluados por alumnos ventajistas y padres crecidos, es una sociedad que no funciona y que incurre en la insensatez de no invertir en el valor más preciado y a más largo plazo: la educación. Hoy se jubila un profesor que ha enseñado algo aún más importante que la mejor Literatura española: ha enseñado a pensar, a discutir, a enfrentar ideas. Y eso no necesita ni de discursos grandilocuentes de políticos, ni de tabletas digitales lanzadas como placebos desde la carroza del poder político, ni de cambiar el nombre de las materias para que todo siga igual. Necesita de maestros con vocación, discípulos con interés, tiempo, dos o tres mesas y alguna tiza. Quien lo probó lo sabe.