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Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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El coraje de la artillera Virginia Pérez, presidenta del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de mayo de 2018 a las 5:00

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EL PP de Sevilla parece afectado por el picudo rojo, pero tan rojo, rojísimo, que se parece cada día más al PSOE sevillano de toda la vida, ese PSOE de familias enfrentadas, de agrupaciones rebeldes (”Hay que ser de Bellavista antes que socialistas”), de cuando los congresos a cara de perro, esos días en los que siempre había alguien que apuntaba: “Colócate al lado de Bernardo Bueno, es la mejor forma de asegurarte que estarás con los ganadores. No se te olvide, siempre junto a Bernardo”. En el PP nunca había críticos, ni enfrentamientos entre agrupaciones, ni mucho menos esos pleitos salpicaban el ámbito institucional, como cuando Carmelo Gómez, ay Carmelo, se quedó con la brocha pintando muros altos y Monteseirín le quitó la escalera de la Delegación de Hacienda. Adiós, Carmelo, adiós. En el PP existía siempre el ordeno y mando de Arenas. Y poco más, salvo alguna escaramuza aislada en aquel congreso de principios de siglo que ganó Tarno (Ricardo) contra Miguel Ángel Arauz , y que se solucionó haciendo senador a Arauz en esos tiempos en los que se guardaba pleitesía absoluta al líder Arenas.

El año que lleva vivido el PP de Sevilla marca un pico pronunciado en la gráfica de la convivencia interna. La gran novedad es que la actual presidenta, Virginia Pérez, está echándole redaños al asunto, muestra un coraje inusual y tiene el apoyo de un amplísimo sector de las bases con un poder orgánico que se asienta cada día. Pérez no procede de familia alguna, más bien al contrario: está enfrentada a familias que se resisten a dejar de ser principalísimas en el partido. Siendo como es, su principal rival es ella misma.

El PP de Sevilla está sufriendo la crisis propia de un cambio de casa reinante. El antiguo régimen se resiste a abandonar sus posiciones y el nuevo régimen no ve la hora de confeccionar unas listas en las que quede reflejado el resultado del congreso: unos han ganado y otros han perdido. Pero la pérdida más dolorosa, la que provoca mayor angustia, es la de perder el medio de vida cuando se ha hecho de la política la única vía de subsistencia. Las opciones de paz entre los dos regímenes son escasas, nulas, inexistentes. Virginia Pérez, a lo Agustina de Aragón de la derecha sevillana, está dispuesta a fajarse como artillera frente a la evidente presión –un asedio en toda regla– que ejercen los perdedores del congreso. El PP de Sevilla tendría que estar rearmándose en torno al candidato de la capital, Beltrán Pérez, para hacer frente a Ciudadanos, que subirá en las urnas en 2019 y que sería su socio natural en un gobierno de coalición. Pero los enfrentamientos internos tiene a unos pensando en cómo atacar los cimientos del partido para provocar la imposición de una gestora, y a otros preparando el cañón para defender la fortaleza.

Este PP de Sevilla es irreconocible porque desde hace un año no dejan de pasar cosas insólitas, empezando por la pérdida de la Alcaldía (60.000 votos menos en sólo cuatro años), la celebración de un congreso donde ganan los críticos y la irrupción de la figura de una presidenta enérgica que, por el momento, mantiene una relación fluida con el que los ha criado, enseñado y forjado a casi todos: Arenas. El enfrentamiento de la presidenta, nadie se engañe nunca, es contra el círculo que rodea al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. El equipo del ministro quiere recuperar el control del partido como sea. Y la presidenta, lo ha dicho en un comité ejecutivo extraordinario, está dispuesta a usar el cañón. Como Agustina. En el PP de Sevilla no existe hoy la aburrida y añorada paz de otros tiempos, cuando el dedo de Javié iba señalando quién debía ocupar la presidencia cada cuatro años. Y todos, absolutamente todos los de entonces, asentían, le llevaban la maleta, aguantaban las broncas y complacían sus deseos. El antiguo régimen se ha encontrado ahora con un grupo de treintañeros y cuarentañeros que fueron compañeros de aulas y rivales universitarios de la presidenta andaluza (¿verdad Susana Díaz?) y que han tomado la decisión de no querer ser devorados como los hijos de Saturno por unos padres que llevaban dos generaciones a la sombra.

Hoy hay un rostro nuevo, el de la presidenta Virginia Pérez, que además goza de la ventaja del momento político y social actual, muy favorable hacia el perfil de la mujer luchadora. Tendrá una trayectoria garantizada mientras no meta la pata y, por supuesto, se coloque bien para evitar el impacto del retroceso de todo cañón tras un disparo. Bernardo Bueno, por cierto, está hoy de alcaide del Alcázar. Dentro de una fortaleza que solo abandona para pasar las vacaciones en La Antilla.

Rajoy desciende a los distritos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de enero de 2018 a las 5:00

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RAJOY estará el sábado en Sevilla salvo sorpresas. De la junta directiva nacional de ayer a la sabatina con los distritos de Sevilla. De una cita en la sede de Génova a otra en el salón del NH Convenciones de Diego Martínez Barrio, donde el PP ha vivido algunos de sus momentos de mayor gloria. El presidente del Gobierno desciende a un formato de micropolítica en la capital de Andalucía, un foro que se suele convocar con la intención de activar la maquinaria interna del partido de cara a unas elecciones municipales. Por este motivo hay quienes interpretan la asistencia de Rajoy como un aldabonazo a la presidenta provincial, Virginia Pérez, que ganó un congreso tras un año de fuertes tensiones internas, y por supuesto a Beltrán Pérez, deseoso de ser proclamado candidato a la Alcaldía de Sevilla. La historia reciente de la designación de candidatos del PP aconseja no dar absolutamente nada por hecho. Las encuestas, las presiones de los ministros, las influencias externas, los equilibrios internos de poder, las causas judiciales abiertas y otras circunstancias pueden dar un vuelco en cualquier momento. Incluso en el último instante. El último ejemplo ocurrió cuando José Luis Sanz tenía todos los avales listos para hacerse con las riendas del PP andaluz y hubo que activar la trituradora porque el dedo de Rajoy designó al malagueño Juan Manuel Moreno Bonilla por influencia de Soraya Sáenz de Santamaría. El registrador de la propiedad todavía se está arrepintiendo. Años antes, Raynaud se perfilaba como un solvente candidato para las municipales de 2007, pero lo acabó siendo Juan Ignacio Zoido después de que se le ofreciera la posibilidad a Soledad Becerril, que declinó el ofrecimiento por considerar cerrada su etapa en la política municipal.

Todo el mundo tiene claro que la visita de Rajoy a Sevilla no está promovida por el líder regional, Juan Manuel Moreno Bonilla, sino por el factótum del PP andaluz, Javier Arenas, que lideró la facción ganadora del congreso provincial sevillano. Arenas está fuerte en Sevilla. Siempre lo ha estado desde un punto de vista orgánico. Pero ahora más. Liberado de la presión electoral directa, su reto es colocar a alguien de confianza en la carrera hacia la Alcaldía. Nadie mejor, por el momento, que un pupilo de la quinta del 74 (aún joven) y curtido en la cruzada municipal. Pero cuando se trata de Arenas y de una política volátil siempre cabe aplicar la cláusula rebus sic stantibus. El PSOE, por ejemplo, ventea que los populares apostarán finalmente por una mujer, como la ex edil Alicia Martínez, actual diputada autonómica que viene de abanderar iniciativas tan blancas como la declaración como BIC de la cabalgata de Sevilla, una moción en la que logró la unanimidad de todos los grupos políticos. El propio alcalde, Juan Espadas, ha reconocido públicamente la labor de la parlamentaria del PP, una forma de alabar el trabajo del Ateneo, de quedar como un político que reconoce la labor del rival y, cómo no, de meter un dedo en el ojo al líder de la oposición, Beltrán Pérez.

La apuesta del presidente Rajoy por acudir a Sevilla se desveló tras la junta directiva nacional celebrada ayer en la sede de la calle Génova, una sesión de dos horas de duración marcada por un ambiente enrarecido, condicionada por cierto halo de melancolía. No son buenos tiempos para el PP en España: la amenaza de Podemos se diluye, por lo que ya no habrá coartada para apelar al voto del miedo;Ciudadanos prepara la maquinaria para comerle el máximo terreno posible al partido de la gaviota y rentabilizar en el mapa nacional el éxito territorial de Cataluña. El panorama en Andalucía no es precisamente mucho mejor que en otras autonomías. El partido no levanta cabeza, los sondeos colocan por debajo de los 30 diputados a Moreno Bonilla y hay serios riesgos de perder varias alcaldías. La de Sevilla se presenta muy difícil para los populares, de ahí que el aparato orgánico apueste por proclamar cuanto antes a Pérez como candidato. El sábado no se espera que Rajoy lo haga, pero a nadie escapa que la fotografía será un primer aval con fuerza. Tal vez en marzo, con ocasión de la convención del PP andaluz prevista en Sevilla o Málaga, sea el momento de un anuncio oficial. No más tarde.

Pese al pesimismo que lastra a este PP desde que en Cataluña se ha quedado como un solar, nadie de Andalucía tomó la palabra en la junta directiva nacional. Acudieron la presidenta provincial, Virginia Pérez; el senador y alcalde de Tomares, José Luis Sanz; los diputados nacionales Ricardo Tarno y María Eugenia Romero y el diputado autonómico Jaime Raynaud, entre otros andaluces. No asistieron el senador Toni Martín, brazo derecho de Moreno Bonilla en la difícil plaza hispalense, ni la diputada Silvia Heredia, ni el concejal Alberto Díaz, vicepresidente del PP de Sevilla.

El partido ha comenzado una movilización extraordinaria de militantes para el sábado. Sin precisar que Rajoy presidirá la convención, se han lanzado mensajes de convocatoria en los que se califica la cita de “importantísima”. Y se afirma: “Es fundamental que demostremos la fortaleza de nuestro partido”. En la arenga telefónica se insta a los militantes a invitar a cuantos amigos se desee y a reservar la mañana del sábado al completo para la actividad del partido. No hay duda de que el aparato orgánico quiere y necesitra explotar al máximo la visita del presidente del Gobierno.

Moreno revienta Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de octubre de 2017 a las 5:00

Parlamento, Sesión de control.

AQUELLA noche de marzo de 2015 en la que Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) se pegó el batacazo en las elecciones autonómicas, el PP de Sevilla lo dejó abandonado en el salón del Hotel Meliá. Un abandono cruel como los silencios de indiferencia que la ciudad dedica a ciertos personajes y a determinadas obras. Ni el alcalde Zoido ni otros destacados dirigentes estuvieron para arroparle en un descalabro que dejó al partido con sólo 33 diputados de los 50 que logró Javier Arenas. Esa noche sólo aparecieron cuatro concejales del entonces todopoderoso gobierno de la ciudad: Beltrán Pérez. Evelia Rincón, Rafael Belmonte y José Luis García, cuatro ediles orillados en aquel ejecutivo que quisieron tener un gesto con el líder regional en sus peores horas, cuatro concejales que después sufrieron los efectos de haber dado aquel paso al frente en aquellas fatídicas horas al estar en un acto prohibido, en el que, además, se cumplía la elocuente realidad de haber menos gente que invitados. Juan Manuel Moreno Bonilla seguía así una historia de desencuentros con la capital de Andalucía. Nunca se ha entendido con su partido en Sevilla: ni con Virginia Pérez, ni con Juan Bueno, ni por supuesto con Juan Ignacio Zoido, ni con el senador José Luis Sanz, ni con tantos y tantos cargos de mayor o menor relumbrón del organigrama hispalense. Llegó meses después el año de fuertes tensiones en el PP sevillano, una oportunidad para ejercer la autoridad, pero Moreno Bonilla se puso de perfil. Jugó a la tibieza. Ni estuvo con el bando donde se incluían aquellos cuatro concejales que acudieron a lamerle las heridas en esa noche negra (un bando impulsado por Javier Arenas), ni mucho menos con el bando de los partidarios de Zoido y Cospedal. Sevilla ha sido su gran problema en estos más de tres años y pico que lleva en la capital de Andalucía. Sólo un político de la talla de Javier Arenas ha sabido manejarse en esta ciudad sin haberse sentido nunca integrado en ella. Arenas le ha tenido siempre un miedo reverencial a Sevilla. El miedo reverencial es un freno, pero también protege de meteduras de pata. A Moreno se le nota su desconfianza con la ciudad y a la ciudad se le nota el poco entusiasmo que tiene para con el malagueño. No nos engañemos: poca gente ve en Sevilla a Juan Manuel Moreno como la esperanza blanca del centro-derecha andaluz que logre sacar al PSOE del Palacio de San Telmo. El último inquilino de derechas que ocupó el viejo palacio llevaba sotana. Y nada hace presagiar que el sastre de la curia se pase por la sede la calle San Fernando próximamente. Nada.

A Moreno le aplican en Sevilla la sentencia del conde de Mayalde sobre algunos políticos jóvenes: «Tienen todos nuestros defectos y ninguna de nuestras virtudes». Y se la dedican sus potenciales votantes, aquellos que anidan en los sectores que, sobre el papel, deberían ser sus apoyos naturales. Moreno sí se ha hecho con la compañía de un ramillete de sevillanos, pero muy corto. Insuficiente. Su espacio se lo tiene comido Susana Díaz.

El error de este presidente regional ha sido doble esta semana. Primero, expresarse a puerta cerrada sobre la actualidad de su partido con un lenguaje de taberna, sin valorar que si han trascendido las votaciones y deliberaciones de un cónclave donde se elegía pontífice, no iba a ocurrir menos con su reunión con los concejales de la capital. “En Málaga nos podemos meter una hostia”. “En Huelva tenemos un grupo machacado”. “Al final, coño, cuanto antes tengamos a la gente trabajando con certidumbre, mucho mejor”. Y la guinda de referirse al alcalde de Sevilla, Juan Espadas, con la expresión “el tío”. El segundo error fue ordenar a la mañana siguiente, con el café recién servido, el cese como portavoz adjunto del grupo municipal de Alberto Díaz, al que culpa sin pruebas de haber transmitido sus palabras. Fuentes de la regional reiteran que en ningún momento se señaló a nadie en particular, sino simplemente se pidió una investigación y la toma de decisiones. Dicho lo cual, que diría don Manuel Fraga, conviene precisar que el martes por mañana, bien tempranito, la estructura regional del PP, encolerizada como casi nunca se había visto, comenzó a tensionar el grupo municipal pidiendo la cabeza del portavoz adjunto, Alberto Díaz, destacado zoidista, vicepresidente del PP sevillano y miembro de la Junta Directiva Nacional a propuesta de Rajoy. Incluso esa misma estructura regional le dio un plazo de 48 horas al portavoz, Beltrán Pérez, para ejecutar el cese de su portavoz adjunto. El PP andaluz puso entre la espada y la pared a Beltrán Pérez. Y, lo que es peor, evidenció por primera vez un desacuerdo entre dos que hasta ahora habían cabalgado juntos: la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el portavoz municipal, Beltrán Pérez. Incomprensiblemente, sin la diligencia de un buen padre de familia, el líder andaluz estaba volviendo a reabrir heridas en un partido que terminaba de celebrar sus congresos de distrito con un resultado uniforme (Virginia Pérez ya controla los once), que no lleva ni tres meses con un nuevo y experimentado portavoz en el Ayuntamiento y que, según el propio testimonio del presidente regional expresado el lunes, considera que es fundamental que la formación en Sevilla rinda al cien por cien para obtener un resultado que le permita gobernar Andalucía con Ciudadanos. ¡Pista, que va el artista!

Moreno ha reventado el partido en Sevilla con tal de alcanzar una suerte de salvación tras su discurso airado, con tal de ajustar cuentas, con tal de mostrar la autoridad (escasa) de quien da un arreón sin control, ejerce una maniobra destemplada, pega una andanada sorpresiva, sin importarle a quién se lleva por delante. O quizás sí: queriendo castigar a Alberto Díaz por ser el íntimo amigo del senador José Luis Sanz, alcalde de Tomares, orillado de la candidatura a presidente regional cuando el malagueño accedió a ella: “Juanma, tú lo has querido”, le dijo Rajoy en aquel congreso.

Moreno creía que al ser duro con las espigas de Alberto Díaz limpiaba su imagen tras sus reproches a puerta cerrada a la dirección nacional (en los que ha podido tener hasta razón) y tras haber exhibido un perfil poco serio, más propio de quien –mosqueado– le pega un empujón a la máquina de los petacos en una taberna con el firme cargado de serrín. Nada de pedir disculpas por el tono empleado, nada de retractarse de algunas afirmaciones, nada de destensionar el entuerto con alguna fórmula inteligente. Una cabeza, el malagueño necesitaba una cabeza. Y Beltrán Pérez –contra el criterio del aparato orgánico provincial– optó por entregársela. “No hay ninguna prueba”, afirmaron ayer fuentes oficial del PP sevillano. Al mismo tiempo, confirmaron que el señor Díaz seguirá no sólo de concejal, sino de vicepresidente del partido. Nadie entiende nada. Si se tiene la profunda convicción de que Alberto Díaz transmite lo que no debe, si se tiene la certeza de que revela las deliberaciones, ¿cómo es que sigue de concejal, asistiendo a las reuniones y vicepresidiendo el partido? Era, simplemente, la gran coartada de la resentida estructura regional para señalar a quien fue jefe de gabinete de Zoido. El pretexto para el ajuste de cuentas. La exigencia planteada a un joven portavoz, temeroso de que Moreno Bonilla no colabore en su sueño de ser el candidato a la Alcaldía, pues la regional tendrá que pronunciarse en su momento. A Díaz no le tocan ni el sueldo ni el cargo orgánico. Sólo se le arrincona de forma simbólica. Lo mismo hizo Juan Bueno cuando tensionó el partido para orillar a Virginia Pérez. La quitó de coordinadora general (camarlenga, le decíamos) pero la mantuvo de portavoz en la Diputación. La camarlenga se creció en el castigo –como el toro de Miguel Hernández que citó el ministro Wert– y es hoy la presidenta del partido.

El doble error de Moreno evidencia debilidad, revela torpeza, demuestra un estilo chusco. Porque sería mucho peor creernos la versión oficial del partido, que se lava en cierta manera las manos al asegurar que no pidió ninguna cabeza en concreto, lo que supondría que la estructura regional deja sólo a Beltrán Pérez en la compleja maniobra de castigar a alguien del que no existe una sola prueba sobre las acusaciones que se vierten. Y Pérez se la jugó aquella noche de 2015 estando a su lado en las horas más duras de su trayectoria política. A Moreno Bonilla cabe aplicarle el título de aquella célebre tribuna de opinión de Ricardo de la Cierva: “Qué error, qué inmenso error”. Al tiempo.

 

Alberto Díaz y Beltrán Pérez

Un portavoz ante el espejo

Carlos Navarro Antolín | 23 de julio de 2017 a las 5:00

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CONSCIENTES del tiempo que se ha llevado sangrando la herida de la división interna, el PP de Sevilla se apresura en pintar la fachada, adecentar la casa y mesarse los cabellos para poner su mejor cara ante el votante. Los populares se dan prisa para alcanzar agosto con los primeros deberes hechos. El líder supremo, Javier Arenas, ha desembarco nada menos que en el Ayuntamiento para reforzar la posición del jefe de la oposición, Beltrán Pérez. Arenas no pisaba la Casa Consistorial desde la toma de posesión como alcalde de Juan Ignacio Zoido, allá por el verano de 2011. A la sesión estaban convocados todos los cargos electos de Sevilla, en presencia, por supuesto, de la presidenta provincial, Virginia Pérez. Arenas, a puerta cerrada, les pidió a todos que trasladen la voz del grupo municipal a los despachos de la Administración del Estado. Y Virginia, siempre con la aguja y el dedal para coser los jirones internos tras un año de zozobra, hizo alusión a que la familia estaba al completo pese a las heridas aún por cicatrizar: “Como veis, existen mesas lo suficientemente grandes para que podamos caber todos”. Claro, lo dijo porque en la sala había miembros destacados del bando oficialista que perdió el control del partido, algunos tan importantes como José Luis Sanz, alcalde de Tomares y senador, jaleado y proclamado el jueves en las redes sociales como “referente del municipalismo del PP”, y también estaban Alberto Díaz, hoy portavoz adjunto del grupo municipal, y los ex presidentes provinciales Ricardo Tarno, diputado nacional, y Juan Bueno, diputado autonómico. La verdad es que acudieron todos los citados salvo la concejal Lola de Pablo-Blanco y la diputada nacional Silvia Heredia, en ambos casos por razones justificadas.

Beltrán Pérez, llamado a ser el candidato en 2019 con todo el apoyo de Arenas y Virginia, tal como se pudo evidenciar el viernes, ha trazado la hoja de ruta de los próximos meses en un documento al que ha tenido acceso este periódico. Lo llamativo del guión es que el PP de Sevilla se dispone a la recuperación del voto de los electores “tradicionales de la Derecha”, escrito así: con mayúsculas. El PP es consciente de que debe remontar el auge de Ciudadanos y contrarrestar el efecto de Espadas en los sectores conservadores de la ciudad. El actual alcalde no provoca rechazo en Los Remedios, ni en el Centro, ni en Triana, ni mucho menos en Nervión, distritos tradicionalmente azules. Espadas es un socialdemócrata sin aristas de los que tanto gusta en Sevilla. Tampoco acumula mandatos como Monteseirín, por lo que aún no ha cometido irregularidades que puedan generarle escándalos mediáticos, ni tan siquiera preside un Ayuntamiento con sueldos altos. Por todo esto, Beltrán Pérez tiene que sacar su perfil más político, reinventarse como concejal correoso de la oposición. No le vale hoy su estilo de éxito anterior a 2011, cuando fue uno de los arietes más fuertes contra el cuartel de Monteseirín. Basta recordar aquella rueda de prensa en la que hizo sonar un cencerro para llamar la atención del entonces alcalde socialista. Hoy no hay facturas de comilonas, ningún cargo electo cobra por encima de los 60.000, todavía no hay primos colocados y los viajes (pocos) han dejado de ser noticia.

Beltrán Pérez se mira estos días al espejo a la búsqueda, quizás, de un nuevo perfil, de un nuevo estilo que lo diferencie a las claras de la imagen de un alcalde que le ha comido terreno al PP por los terrenos de esa derecha sociológica tan amplia en una ciudad como Sevilla. El viernes, entre los suyos y sin cámaras, pronunció un discurso de alcalde, en el que llamó a los cargos hispalenses del PP a trabajar para que Sevilla ejerza una “calidad competitiva” como capital de Andalucía y que sea una urbe que lidere el área metropolitana. En el documento insta a huir de “los liderazgos personales”, a mantener “agilidad y comunicación” con otros grupos municipales de la oposición y a que los doce concejales del PP tengan la convicción de que forman “el mejor grupo del Ayuntamiento”, entre otros detalles de funcionamiento interno. El mismo guión insta a los concejales a “tener vida propia, capacidades propias y agenda propia”. Pero la principal idea es la de la necesidad de “convencer” al votante de derecha. Tal vez por eso Arenas citó a los suyos en el Salón Santo Tomás: para que sus cachorros rebeldes (el bando oficialista) metieran el dedo en la llaga del costado del que ha sido designado como candidato ‘in pectore’ a la Alcaldía de Sevilla en 2019. Beltrán es el elegido por Arenas. De eso no hay duda. En política, un cuarto de hora es mucho tiempo. Arenas representa la eternidad, capaz de pegar un regate en una baldosa, de estar brujuleando por Génova y aparecer en pleno julio en el Ayuntamiento del que fue concejal hasta 1989. Su éxito es que se reinventa. Beltrán Pérez tiene que pasar del cencerro al perfil institucional sin descuidar el aguijón político. Y, al mismo tiempo, mirarse en el espejo y reconocerse.

Saturno en el PP

Carlos Navarro Antolín | 25 de junio de 2017 a las 5:00

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MIENTRAS declaraba como testigo de la Gürtel en Madrid, la nueva cúpula del partido en Sevilla ejecutaba con mano dura y guante de seda la enésima maniobra por la que Javier Arenas se hace omnipresente en el PP sevillano: la sustitución de Alberto Díaz como portavoz del grupo municipal por Beltrán Pérez. El sillón de jefe de la oposición es el alba con la que se cubre al llamado a ser revestido con la estola de candidato a la Alcaldía. Arenas autorizaba desde Madrid un golpe de mano que, nunca se olvide, ha estado ejecutado e impulsado en Sevilla por Virginia Pérez, la figura incontrolable que ha tambaleado hasta convertir en virutas las frágiles patas de la mesa camilla en la que se han cocido las decisiones del partido en los últimos quince años: Juan Ignacio Zoido, Juan Bueno, Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Arenas los ha vencido a todos a base de comérselos, como un Saturno que devora a sus hijos por temor a perder el trono. Se ha hecho con la influencia máxima en el aparato local gracias a unos discípulos leales que reconocen su magisterio, con algunas incorporaciones de nuevo cuño como la de la propia Virginia Pérez. Si algo ha sabido en la vida este Saturno disfrazado de lince andaluz es interpretar los cambios políticos cinco minutos antes que los demás. Por eso sobrevivió a Óscar Alzaga, Fraga y Aznar. Apostó por Rajoy en 2004 cuando todos parecían dejarle tirado en el congreso de Valencia. Y acertó. Siempre ha acertado en las guerras internas, lo que escuece hasta la pataleta a sus propios hijos políticos.

Sobrevivió también a la creación de sus propias figuras políticas de cierta proyección (Luis Miguel Martín Rubio) y de incontestable trayectoria (Juan Ignacio Zoido) y también a las que no controlaba directamente pero operaban con fuerza en sus dominios (Soledad Becerril, Teófila Martínez). A la sagacidad y capacidad de análisis de Arenas hay que sumar su pequeña cuota de riesgo: en algunas ocasiones se la ha jugado, como en la citada de Valencia en 2004. En política hay que arriesgar en alguna ocasión para alcanzar alguna meta. Que se lo digan al socialista Gómez de Celis, que la primera vez que ha apostado en serio por un objetivo –al margen del carril acomodaticio del partido– ha salido triunfante. Sólo las especies que se adaptan sobreviven en la selva de la política actual.

Saturno devoró a sus hijos para cumplir la condición impuesta por su hermano Titán si quería reinar en su lugar. Arenas alcanza ya el grado de deidad en este PP en minoría en España, ansioso en Andalucía y tratando de despertar del coma tras la pérdida de la Alcaldía en Sevilla. Sobrevive a todos los líderes nacionales, regionales y locales. Cierra el Espigón, Arenas sigue. Cambia de dueño Antares, Arenas sigue. Cambian los hermanos mayores de la Macarena, Arenas sigue. Controla a buena parte de sus hijos políticos y tiene ya hasta nietos que aprenden de su estilo. Es un mito al que han querido derribar varias veces, pero aún no ha salido el Júpiter que acabe con su influencia. Porque lo que se juega Arenas a estas alturas del partido no es ya ser ministro o alcalde, sino influir en quien desde Andalucía pretenda pintar algo en cualquier orden del PP. Arenas no está para presidir consejos de Emasesa, ni soportar encierros eventuales de despedidos de Lipasam, tras haber volado en el Falcon de los vicepresidentes del Gobierno, haber pasado fines de semana en las fincas del Estado de Doñana o Quintos de Mora, o haber sido recibido por el Papa en el Vaticano. Uno de los problemas de Arenas es que le tiene miedo reverencial a Sevilla: siempre de su casa al AVE sin pasar por la calle Sierpes.

En Andalucía tiene a Antonio Sanz, delegado del Gobierno. En Sevilla, el doble tentáculo de los Pérez: Virginia y Beltrán. Declarando en la Gürtel cambió al jefe de la oposición: quitó a un hombre al que conoce sobradamente, Alberto Díaz, del bando perdedor en el congreso provincial, para colocar a Beltrán Pérez, del bando ganador. Sustituyó nada menos que al que fue jefe de gabinete de Zoido en la Alcaldía, todo un símbolo. Díaz, por cierto, no ha podido sufrir una coyuntura más adversa como portavoz y, al menos, ha salido del entuerto con una elegancia unánimemente elogiada.

Mientras Rajoy siga en Madrid y Moreno Bonilla no crezca políticamente, Arenas seguirá siendo fuerte en Génova, con crédito entre algunos de los periodistas más influyentes de la corte, y continuará ostentando la marca andaluza del PP en la capital de España. A los hijos rebeldes del líder natural de la derecha andaluza sólo les queda –otra vez– esperar confinados en sus respectivos destinos tras haber intentado su derribo. No sería extraño que trate de recuperar a alguno de sus cachorros rebeldes –ya talluditos– cual Maquiavelo que quiera provocar divisiones incluso en el bando derrotado.

Saturno se comió a los hijos cuando ya tenía las sienes encanecidas. El pasado domingo denunció en estas páginas el veterano Juan Manuel Albendea que “está de moda meterse con Arenas”. No, don Juan Manuel, lo que ocurre es que es Arenas quien no deja de estar de moda. Y es Arenas el que no perdona lo que entiende como deslealtades: que algunos no recuerden que han sido lo que han sido por su dedo. Arenas va a durar más que Villar en la Federación Española de Fútbol, Gallardo en el Colegio de Abogados o Cañete en Aprocom. Es la fuerza del mito. Un Saturno de perseverancia voraz.

Maitines en Génova, sabatinas en Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 19 de junio de 2017 a las 5:00

foto comité

LA nueva era en el PP sevillano estará marcada por las sabatinas de Virginia Pérez. ¿No se celebran en la pomposa sede de Génova los maitines dichosos donde siempre vemos a Arenas cuchichear con la Cospedal como si se llevaran la mar de bien aunque luego se tiren los dardos en la diana del PP sevillano?

–¿Y al final quién de los dos ha ganado a los dardos?

–Arenas. Cuando son guerras de partido siempre gana Arenas. Nunca lo dude usted.

Pues si Génova tiene sus maitines, decíamos, la camarlenga Virginia Pérez se ha inventado las sabatinas. “Trabajaremos los sábados”, proclamó en el congreso en el que se alzó con la presidencia. Anda que si lo llega a decir antes de aquellas primarias en las que Juan Bueno acabó junto a la piedra llorosa la iban a votar… en su pueblo. Pues la Pérez estrenó las sabatinas el pasado fin de semana. A las diez de la mañana en el hotel NH Convenciones, donde mismito fue el congreso de su victoria. Las diez de la mañana es la mejor hora, porque las cabezas están fresquitas, no hace todavía el calor tórrido de este junio y se evitan las largas sobremesas que carga el diablo. O la diabla.

El primer comité ejecutivo del nuevo PP de Sevilla estuvo marcado por un ambiente de tranquilidad, abrazos y saludos cordiales no exento de algunos detalles para el análisis. La fotografía del estrado ha cambiado. Como dirían los cursis: se nota el nuevo escenario. Qué barrila con los escenarios. Todo es un escenario en la política de hoy.

La presidenta saludó con especial afecto a Arenas: “Javier, bienvenido a tu casa”. Y tanto que es su casa, como que dicen que usa el despacho de la presidencia provincial cuando se queda en Sevilla. Hemos pasado del Javié de Zoido al Javier de Virginia Pérez, que usa toda las erres y todas las eses con una estudiada pulcritud. Con semejante pronunciación la vemos cualquier día de protagonista en esos desayunos de Madrid donde se quedan siempre las pastas y la bollería en los platitos.

En lugar destacado del estrado estaban Juan de la Rosa, Beltrán Pérez, Patricia del Pozo, Toni Martín y Alberto Díaz. Las mayorías han cambiado. En la primera fila del público estuvieron Felisa Panadero (bienvenida a las encuestas sobre los alcaldables) y los ex presidentes provinciales Jaime Bretón y Juan Luis Muriel. Paco Lucena y Melgarejo junior se encargaron del protocolo para que cada cuál estuviera en su sitio. En asientos destacados colocaron a los alcaldes de Carmona, Villanueva del Ariscal y Pilas. “Llamarnos más, que estamos disponibles”, dijo el regidor Antonio Enamorado, de Lora del Río, que debe estar encantado con el nuevo sistema de sabatinas que se avecina.

Arenas presidió el cónclave. Cómo no. Con el sumo sacerdote en lugar destacado del presbiterio está asegurada la paz de cualquier celebración. Su presencia recuerda a cuando cierto hermano mayor organizaba los cabildos espinosos en el templo y no en la casa de hermandad. Nadie se atrevía a decir nada que tensionara el ambiente delante de las imágenes sagradas. Arenas habló. Actuó. Alternó los pases relajados y los trincherazos con los naturales largos. Pero sin especiales análisis, ni discursos sesudos. Se recreó. Era su desfile de la victoria frente a Cospedal, Zoido y los cachorros de la denominada mesa de camilla que ha gobernado el PP en la última década. Era su día.

Las ausencias fueron sonadas. No estuvieron ni Zoido, ni varios diputados y senadores nacionales o autonómicos. Debe ser que el sábado les pilló a contraquerencia. El primero en hablar fue Pedro González, vicesecretario nacional de Nuevas Generaciones, que hizo un llamamiento a la unidad y destacó las numerosas nuevas incorporaciones que está consiguiendo la organización juvenil: “El PP está volviendo a ilusionar”. A alguno se le puso cara de emoticono ojiplático. Otros musitaron: “Dios oiga a este muchacho”.

Por fin le tocó el turno a Juan de la Rosa, secretario general designado por el bando perdedor. En su discurso hizo de “relator” de la “intensa” actividad de la presidenta y de su equipo durante estas primeras semanas: visitas a los pueblos, reuniones con cargos públicos, encuentros sectoriales, etcétera. Tanta intensidad imprimió a su balance que tuvo un lapsus que generó las risas sanas de los presentes: “Han sido 26 años intensos”, en vez de los 26 días que han transcurrido desde el tensísimo congreso provincial. Arenas sonrió. Por el momento no parece que la convivencia entre la presidenta y el secretario general que le han impuesto sea como para convertir los días en años. De momento.

Juan de la Rosa anunció una remodelación en la sede de la calle Rioja durante el inminente verano: “Hay que adaptar espacios”. ¡Vienen la piqueta y el pladur, oiga!. La camarlenga arranca mandato con albañiles. A tirar tabiques y quién sabe si algo más. El PSOE cose. El PP usa escayola para las roturas y pintura para enlucir las paredes. El verano es tiempo de obras. Se debatió sobre políticas rurales, temas que generaron varias intervenciones. Alberto Sanromán, nuevo vicesecretario de Empleo, trazó estrategias de apoyo a las comarcas. Se recordó que pronto es el aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, por lo que hay que cuidar los actos conmemorativos.

Habló la presidenta desde la mesa, permanentemente al lado de Arenas, al que rogó silencio cuando Javié cuchicheaba con Juanito (de la Rosa). La camarlenga mandó callar a Arenas como Letizia al príncipe el día de la pedida de mano. ¿Recuerdan?

Virginia Pérez dio las gracias por la actitud de muchos de los que han sido sus adversarios. Y para “algunos que todavía no lo tienen claro” , tendió la mano en público para “trabajar todos en la misma dirección, que a partir de ahora es la de derrotar al PSOE”. Anunció las próximas citas electorales: “Las autonómicas nos las tomaremos como unas municipales, Juanma tiene que ser presidente para que los municipios de Sevilla ganen”. Y añadió: “Somos el único partido que defiende ya la unidad de España frente al desafío soberanista”. El PP sevillano trabaja con la fecha de marzo de 2019 para las autonómicas.

La presidenta sometió un único acuerdo a la aprobación del comité ejecutivo: la ratificación de su iniciativa de crear un consejo de ex presidentes, tal como anunció en su discurso de investidura. Será un órgano asesor integrado por quienes tuvieron la oportunidad de dirigir el partido en Sevilla: Juan Luis Muriel, Jaime Bretón, José María Pareja Soledad Becerrill, Amalia Gómez, Ricardo Tarno, José Luis Sanz y Juan Bueno. A ellos se supone que pedirá consejo y opinión alguna vez. Arenas fue el que preguntó a los presentes si se apoyaba la iniciativa: “¿Estamos de acuerdo?” Y nadie le dijo que no a Javier, como siempre ocurre en el PP.

Se levantó la sesión, algunos corrieron hacia el atasco de la playa, otros a rendir pleitesía al nuevo orden. Javié se fue con sus particulares Santas Justa y Rufina (Patricia del Pozo y Macarena O’Neill) a comentar las jugadas de la sesión. El verano es tiempo de obras, pintura y pladur. Por ahora reina la paz. Las sabatinas son para la oración. Ya llegarán los tiempos de penitencia.

ARENAS SE REÚNE CON EL ALCALDE DE CARMONA, JUAN ÁVILA

El retorno de la dama al balcón

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2017 a las 5:00

Soledad Becerril

EL profesor Márquez Villanueva evocaba su infancia sevillana desde su despacho universitario en los Estados Unidos con una frase que tenía el efecto de un aldabonazo: “Nací en una casa de la calle Oriente que ya no existe”. Es difícil que tan pocas palabras encierren tanto desgarro. El imposible retorno al lugar donde se tomó conciencia primera de las cosas es una cruz particular que muchos llevan en su interior. Casas que ya no existen, colegios derribados, calles transformadas hasta ser irreconocibles, con la piel mudada, los comercios clausurados de los que acaso queda el pastiche de una fachada y los rótulos viejos sobre una pared descascarillada… El pasado es una mano que de vez en cuando aparece tendida y nos invita a entrar en un mundo que puede resultar explosivo para los sentidos.

Hay quien tiene la suerte de poder hacer ese viaje fugaz al pasado, de reencontrarse con la casa en la que nació, el colegió donde estudió, el templo donde se casó, el hotel donde se hospedó y el despacho donde trabajó. En definitiva, hay afortunados que tienen la opción de conservar los escenarios de su vida, de tenerlos como acudideros en momentos de zozobra o, incluso existiendo, de mantenerse firmes en su intención de no volver nunca a ellos, una especie de desprecio al pasado o de franciscana perspectiva alegre de futuro.

La ex alcaldesa Soledad Becerril estuvo el otro día en el Ayuntamiento por un asunto relacionado con la Fundación Jiménez Becerril. Hace dieciocho años que dejó el cargo de alcaldesa. Aquel verano de 1999 consideró cerrada su etapa municipal. Cuando acabó la entrevista formal con el actual alcalde, Juan Espadas, la ex alcaldesa miró hacia el balcón del despacho, sintió que la mano del pasado la invitaba a entrar en el túnel del tiempo y pidió salir a esa preciosa balconada de la que disfrutan los alcaldes de la ciudad. Quiso experimentar de nuevo la sensación de ser alcaldesa por unos minutos, cuando ella miraba por ese balcón en sus últimos meses en el cargo: la Avenida estaba abierta al tráfico, los autobuses eran naranjas, el tranvía no existía y ya sentía el doloroso vacío de Alberto Jiménez Becerril y su mujer. Las dos damas se miraron una a otra. Sevilla y Soledad. Soledad y Sevilla. Soledad echaría de menos los árboles, ay sus árboles, en aquellos años en que se convocaba a los concejales con un pitido en el busca y no por teléfono móvil, en esos tiempos en los que Filella era una confitería, la Avenida un rosario de bancos, zapaterías y cafeterías, la Catedral se ennegrecía por efecto de la polución del tráfico, el Metro no existía y la tesorería del Ayuntamiento sufría la depresión de los años posteriores a la Exposición Universal.

Soledad miró a Sevilla desde uno de sus balcones con mayor lustre. Quiso volver, veinte años no son nada. Se atrevió quizás a evocar los días en que apagaba las luces de los despachos para no engordar la factura de la luz de la Casa Consistorial y cumplía con las tediosas visitas matinales a las hermandades (“¿Qué estrenáis, qué estrenáis?) con esas frases repetidas aposta, un recurso de oratoria que ella empleó mucho antes que Arenas (Javié).

No temió la dama mirar al pasado como nunca temió seguir paseando por Sevilla después de ser alcaldesa. Pudo seguir siendo alcaldesa, pero no estuvo dispuesta a pagar determinados precios. Otros sí pusieron tierra de por medio durante un tiempo, otros sí guardaron una suerte de luto para volver a volver, que diría la canción. Ella miró al pasado porque, al final, la memoria selectiva va limando las aristas y va peinando los flecos enredados de los sucesos más agrios para, al final, indultar los episodios más entrañables y enriquecedores.

Hay toreros que se sacuden las zapatillas y no vuelven a una plaza, alumnos que jamás pisan el aula donde fueron suspendidos y fieles que nunca retornan al templo donde soportaron el aguacero de una mala boda. Soledad volvió a su despacho y quiso que le abrieran ese balcón donde hay una vista privilegiada que se reserva a los alcaldes y sus invitados. Quien no teme mirar cara a cara al pasado es porque tiene la conciencia tranquila. Sólo los honrados pueden hacer esos viajes interiores de ida y vuelta. Y colocar en el epitafio de una etapa el mensaje rotundo que lo dice todo: “Hice lo que pude”.

Ella podrá afirmar algún día: “Trabajé en un despacho como alcaldesa con un balcón que sigue existiendo”. El balcón está intacto. La ciudad es como un hijo, que según crece van cambiando los problemas que genera. Los autobuses naranjas se volvieron rojos. La Catedral está más blanca gracias a la limpieza. Apareció el tranvía con su muñidor. Se fueron los bancos y llegaron las cafeterías franquiciadas de veladores estrechos para clientes escuálidos. “¿Y los árboles?”, preguntaría quizás como el que se interesa por un familiar. Y alguien, después de unos cruces de mirada y de un espeso silencio, le diría a la ex alcaldesa con la mirada baja: “Los árboles murieron”. Y entonces se agrietó la bella porcelana del pasado.

La guerra del PP en la capital

Carlos Navarro Antolín | 23 de mayo de 2017 a las 5:00

VIRGINIA PÉREZ, NUEVA PRESIDENTA DEL PP DE SEVILLA CON EL 61 % DE LOS VOTOS

LA clave para que el PP se coma alguna vez el rosco gordo en Andalucía está en buena medida en la provincia de Sevilla. Arenas dmostró tenerlo muy claro cuando la noche de noviembre de las generales de 2011 todos celebraban el éxito de Rajoy en el balcón de la calle San Fernando, pero él tenía el rostro cariacontecido. No se fiaba un pelo. Sabía desde el principio que con esos resultados no alcanzaba meses después a los 55 diputados en las autonómicas. Y no erró. Lo que ocurrió desde aquellos comicios generales de noviembre a los regionales de marzo fue que Arenas apostó por una campaña plana y se pegó un tiro en el pie al dejar vacío el sillón del debate de Canal Sur. El mejor orador de la política andaluza renunció a la parcela que más controla. Juan Manuel Moreno Bonilla proclamó el domingo pasado que Sevilla es clave para su llegada a San Telmo. Asumió el discurso de Arenas de aquel 2011 en el que la Armada Invencible del PP se fue al traste por el temporal de errores propios. Moreno Bonilla sólo tiene una ventaja respecto a Arenas: la posibilidad de un acuerdo con Ciudadanos. En todo lo demás, el malagueño lo tiene peor que el lince de Olvera. Ni tiene su currículum, ni su proyección, ni su oratoria, ni la capacidad de culebrear que Arenas ha demostrado, otra vez, manejando los hilos en el conflicto interno del PP sevillano. Moreno Bonilla, en cuya heráldica debía estar representada la tibieza con su silueta de perfil, se encuentra ahora con un partido hecho unos zorros y donde los que han ganado saben que no le deben, precisamente, ningún favor al líder regional. “Ná te debo, ná te pido”, le van a cantar los sevillanos manijeros al presidente regional cuando les pida apoyos. El propio Moreno Bonilla aludió en su discurso a la de veces que han discutido su secretaria general, Loles López, con la nueva presidenta provincial, Virginia Pérez.

El PP de Sevilla tendrá que recomponerse en el Ayuntamiento. Por el momento seguirá Alberto Díaz de portavoz mientras no genere problemas de convivencia. El Juan XXIII del palomar podría hacer un papel parecido al del socialista Antonio Hernando cuando la gestora decidió dejarlo como portavoz del grupo en el Congreso contra todo pronóstico. Obviamente esta decisión no es recibida con botes de alegría por Beltrán Pérez, portavoz adjunto en el Ayuntamiento y uno de los principales activistas de la revuelta manijera, quien por el momento podría dedicarse a sus funciones de presidente de la rescatada Junta Local de Sevilla, una estructura recuperada ahora gracias a las mociones presentadas por Rafael Belmonte (sector crítico) y David Antequera (sector oficialista). Ocurre que los oficialistas pretendían armar este organismo de abajo a arriba –desde los distritos a la cúpula– calculando que así podrían controlar sus riendas. Pero una de las primeras decisiones de Virginia Pérez el pasado domingo fue delegar sus funciones directoras en esta junta en Beltrán Pérez (de arriba a abajo), lo que convierte al concejal en el número tres del partido y lo coloca al frente de un organismo que será fundamental en la propuesta del candidato a la Alcaldía en las próximas elecciones municipales.

Virginia Pérez tiene que restablecer contactos en el seno del partido, tender puentes y cerrar algunas heridas. Todo gobierno necesita la paz. “Tenéis que coser, ¿eh?”, le dijo el ministro del Interior a un grupo de militantes cuando se marchaba del plenario del congreso. Los manijeros celebraron la victoria en el bautizado como Kiosko Felisa, ubicado tras el hotel donde se celebró el congreso, un bar donde tuvo lugar el homenaje a Felisa Panadero cuando fue destituida por Zoido como subdelegada del Gobierno. Allí volvieron los críticos (casi todos) a brindar por la victoria a diez euros per cápita. Los principales oficialistas enjugaron las lágrimas de la derrota en La Espumosa de Nervión.

La batalla estará ahora en la capital. La provincia es el particular frente ruso del PP. En la provincia está casi todo por hacer. Moreno Bonilla necesita recuperar la Alcaldía y un gran avance en los pueblos. La marca electoral más fuerte del partido en Sevilla sigue siendo hoy Juan Ignacio Zoido. Si el ejecutivo de Rajoy se mantiene vivo, no hay que descartar que alguien en el PP plantee el retorno del magistrado a la carrera municipal. Pero de aquí a un año pueden ocurrir muchas cosas. La nueva presidenta ha reiterado varias veces que no desea un partido marcado los personalismos. Eso vapor Zoido. La legislatura puede cortarse de repente el próximo otoño tras el resultado de las primarias del PSOE, por lo que la figura de Zoido se quedaría un tiempo en el aire. Si no es Zoido, la opción que más empuja es la de Beltrán Pérez, que sumará dieciséis años de concejal al final del presente mandato, por lo que cuenta con una dilatada trayectoria que o bien corona subiendo hasta la cima de liderar una candidatura, o bien da por zanjada y apuesta por el comienzo de una nueva etapa. La tercera opción es la de José Luis Sanz, senador y alcalde de Tomares, que mantiene en el grupo municipal a Alberto Díaz, persona de su máxima confianza, y que cuenta con un grupo de leales. No hay de momento muchos más nombres, salvo que Arenas saque un conejo de la chistera y, por supuesto, quiera jugar sus cartas en la partida, que las jugará de una u otra forma. La propia Virginia Pérez, conseguida la presidencia del partido y logrado el imprescindible poder orgánico, tendrá también que revelar en algún momento cuál es su objetivo en política por mucho que ahora se pase unos meses consagrada a los asuntos internos propios de un partido fracturado.

Acabado el congreso cesan, al menos, las miradas de tensión, nos libramos de oir a esos militantes que –como gallinas– pronuncian machaconamente eso tan terrible del “coc”, acrónimo del Comité Organizador del Congreso, y dejamos de soportar a los que dicen “catorce congreso” en lugar del ordinal decimocuarto.

Los críticos son ahora oficialistas. Los antiguos oficialistas tendrán que demostrar capacidad de reorganización o diluirse poco a poco. Se acabaron la peinetas que unos (muy conocidos) han dedicados a otros (también conocidos). La feria más larga no va a ser la de Sevilla en 2018, sino la de este PP sevillano que pone rumbo incierto hacia un nuevo orden donde el lince, las gallinas, el tibio y los tíos de la peineta cogerán posiciones en el tío vivo.

Los viejos tiempos de la Holiday

Carlos Navarro Antolín | 4 de mayo de 2017 a las 5:00

Sev.

LA Holiday no es ya la discoteca a la que Aznar acudía a relajarse tras los mítines en el Parque de los Príncipes de aquellos años noventa donde las gradas estaban pobladas por clientas rubiancas de la extinta Nova Roma y fogosos estudiantes de Derecho. El PP tampoco es ya el de aquellos años. Mucho han cambiado la discoteca y el partido. Todo ha cambiado. O casi todo. Salvo el incombustible Javié (Arenas), de aquellas noches de la Holiday no queda nada. Ni casi nadie en la escena pública. Pero los símbolos tienen su fuerza. Tal vez por eso los críticos del PP quisieron brindar por la victoria en el mismo local de la Holiday, que aún mantiene el nombre, sólo el nombre, pero nada más, como ocurre con la Óptica Rodríguez del Valle, qué detalle. Brindaron como en los grandes años de Felipe Rodríguez Melgarejo, dueño del histórico negocio que hoy está arrendado a otros hosteleros. Veinticuatro votos, sólo veinticuatro votos de diferencia. Veinticuatro caballeros le bastaron a San Fernando para conquistar Sevilla. Y hasta hoy. Veinticuatro nazarenos con cirio verde llevan los tramos del Cristo de la Vera-Cruz en su recuerdo. Veinticuatro es un número con fuerza en la historia de Sevilla. Con San Fernando debió entrar ya Arenas al frente del PP, además de José Joaquín Gallardo en el Colegio de Abogados, Paco Vélez en el Consejo y Cañete en Aprocom.

Arenas no fue a la Holiday con su fiel muchachada. Él es más de mediodía. Por eso citó a los leales al día siguiente. Había que zamparse un arroz. El arroz de la victoria. El almuerzo fue en la discreta planta alta de Antares, el club donde antaño jugaba al pádel con Zoido y compañía. Zoido está hoy de ministro del Interior, estrenado de nuevo condición de abuelo y pendiente de las votaciones para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado. Arenas pagó el café o la copa, según la elección de cada comensal. Pero el arroz se pagó a escote: 25 euros del ala. Presidió la mesa el gran anfitrión, el lince de la derecha andaluza, el ciprés de la sombra alargada, el que ha logrado ganar por enésima vez una batalla interna, que es su gran especialidad, el plato estrella de la casa. Y a la vera del maestro se fueron sentando Virginia Pérez, Beltrán Pérez, Rafael Belmonte, Rafael Salas, Patricia del Pozo, Macarena O´Neill, la concejal Evelia Rincón, el concejal José Luis García, Luis Panigua, María Eugenio Moreno (Huévar), Isabel Díaz (Olivares) y Eloy Tarno, esposo de Virginia Pérez.

La presidenta electa del PP se dio ayer un baño de masas por el real de la Feria, escoltada por Beltrán Pérez. El comité de derechos y garantías tiene que resolver aún una denuncia firmada por José Miguel Luque a cuenta del recuento en una mesa de Dos Hermanas. Pero con las felicitaciones públicas de Zoido y Maíllo a los ganadores, pocas ganas habrá en Génova de seguir avivando el fuego. La Pérez tiene que coser un partido donde hay poco hilo, casi ningún dedal y muchas agujas. Tendrá que controlar su propia fuerza, saber pasar de la condición de ariete a la de balanza del equilibrio. Transformarse, como ha hecho la Holiday, para no morir de éxito. Los abrazos en la Feria son gratis. Como los tuits de enhorabuena. El arroz se paga. Javié solo da café.